jueves, 11 de septiembre de 2008

Unos padres terroríficos (*)

Todo comenzó una mañana de sábado como cualquier otra.
Julio se despertó sintiendo un delicioso aroma a tostadas que venía de la cocina, de donde llegaba el alegre y familiar sonido de las tazas de losa chocando con platos y cucharas, indicando que papá y mamá ya estaban desayunando.
Se restregó los ojos para despabilarse, puso sus pies en sus pantuflas y caminó siguiendo el rastro del perfume a pan caliente.
Nada le gustaba más que desayunar un sábado con papá y mamá.
Era el día en que ellos estaban alegres por tener la mañana libre, contentos de compartir un rato con su hijito. Era el único día en que mamá estaba relajada y sonriente, sin nervios ni apuro para que Julio llegue a tiempo a la escuela. Además, los sábados siempre había algo sabroso y especial sobre la mesa: una mermelada de frambuesa recién abierta, unas pastas recién compradas, unas tostadas deliciosas… Como todos tenían la mañana libre, los tres se quedaban conversando y bromeando antes de que se despertara Lía, la hermanita menor de Julio, que era mucho más remolona, y le interesaba menos levantarse para desayunar en familia.
Pero ese sábado sucedió algo muy raro.
Apenas Julio puso un pie en la cocina, en lugar de seguir conversando como siempre y saludarlo con alegría, papá y mamá lo miraron sorprendidos y callaron súbitamente.
Luego empezaron a hablar de que era mejor recalentar el café, pues se había enfriado.
Julio pensó que tal vez esa vez entró a la cocina justo cuando papá y mamá estaban hablando de problemas de mayores, y que callaron para no preocuparlo. Y de hecho, olvidó ese instante tan extraño, durante meses. Hasta que tuvo que recordar cómo había comenzado todo.
Porque después de ese desayuno todo se enrareció en la casa.
Mamá y papá callaban cada vez que veían a entrar a Julio a la habitación donde hablaban ellos dos solos, en secreto, en voz casi inaudible. A veces, Julio lograba escuchar palabras sueltas que no comprendía para nada.
Sus padres antes nunca cerraban la puerta de su dormitorio. Pero de pronto, comenzaron a cerrarla para que sus hijos no escucharan lo que conversaban. Y además, siempre hablaban por teléfono lejos de donde estaban sus hijos. Como el departamento donde vivían era tan pequeño que no había ningún sitio donde fuera posible hablar en privado, sus padres acababan siempre hablando en el balcón.
El departamento era tan pequeño que apenas había espacio para jugar a ninguna otra cosa que no fuera ajedrez o los naipes. Julio adoraba jugar en sitios al aire libre, pero no había parques en ese sector de la ciudad, y por eso desde pequeño sólo jugaba en el balcón. Ese balcón había sido, para él, un castillo, una piragua indígena, un barco pirata, una pista de esquí y un territorio plagado de dragones.
Julio recordaba que en verano, él y Lía solían llevar jarras de agua al balcón, con las que se salpicaban imaginando que vivían en una casa con piscina. De muy pequeño había intentado recorrerlo en su triciclo, pero en dos pedaleadas lo cruzaba de lado a lado. Y luego de chocar contra el extremo, para regresar, debía levantarlo con ambas manos y girarlo en el aire antes de montarlo otra vez, porque tampoco había sitio para girar. Mamá se asombraba de la perseverancia de su hijo en repetir el proceso toda la tarde. Y también se entristecía, al ver que había tan poco espacio para los cuatro.
El balcón ahora estaba siempre tan repleto de ropa tendida a secar, que ya no servía para jugar. Cuando los hermanos eran muy chicos , había más espacio, pero ahora que usaban ropa más grande y larga, el balcón estaba atestado de ropa colgada para secarse.
Aún con tantos recuerdos lindos del único sitio de la casa donde se veía algo de cielo (además de la ropa del vecino, que usaba unas horribles toallas con caracoles azules), Julio odiaba al balcón, porque se había convertido en el sitio donde papá y mamá hablaban a escondidas. Si no fuera tan preocupante, hubiera sido cómico eso de escuchar a papá hablando bajito detrás de una sábana flameando al aire. Pero para Julio eso era tan irritante como ver a mamá entre toallones tendidos, cubriendo su boca con la mano al hablar a su celular.


Una tarde que papá y mamá dijeron que irían juntos a hacer las compras.
Julio se dio cuenta de que eso era mentira grande como una casa.
Ellos dos nunca compraban nada juntos: mamá iba a comprar leche y verduras, papá iba a la panadería y al carniceria , o al revés, para aprovechar el tiempo.
Lo cierto es que dijeron eso y se fueron juntos, dejando a Julio y Lía con una bolsa grande de papas fritas (de las siempre decían que hacen mal y sacan el hambre) y una pelicula alquilada a los apurones. Julio no pudo concentrarse en la película, pues se dio cuenta de que papá y mamá se demoraban demasiado. Llamó a mamá al móvil y ella le dijo “ya llegamos, lindo, en un minuto estamos allí”. Julio le preguntó a mamá qué estaban haciendo y ella dijo “las compras, como te dije”. Y al volver a casa, ni papá ni mamá traían bolsas del supermercado. Lo que sí traían era algo asqueroso. Ambos tenían los zapatos cubiertos de un viscoso barro negro. Y lo peor de todo es que no explicaron por qué. Respondiendo todo con evasivas, mandaron a los chicos a dormir.
Y Julio no pudo pegar un ojo.


Al día siguiente, al llegar del cole, vio a mamá poner un montón de ropa sucia en el lavarropas. Ropa más sucia que ninguna otra ropa sucia que él hubiera visto jamás.
Julio pasó cerca de ella a propósito y vio que la ropa tenía barro por todas partes
- ¿Por qué ponés esa ropa allí? – preguntó Julio, con afectada naturalidad.
- Porque está sucia…¿no ves? – le respondió mamá, sin mirarlo a los ojos.
- ¿Y que hiciste para mancharte tanto con barro?
- Nada. Me salpicó un coche que andaba por la calle.
- ¿Papá también se salpicó? – insistió Julio.
- ¿Qué, me vas a interrogar? ¡Dale, andá a poner la mesa ya mismo, que es hora de almorzar!
Más tarde, mamá le sirvió la sopa con uñas sucias de tierra negra…como si no hubiera tenido ni tiempo de lavarse bien las manos.

Dos días después, cuando mamá lo llevó al dentista , Julio vio el piso del auto de mamá muy sucio y lleno de terrones de tierra dura. También vio algo rojo que asomaba debajo de su asiento. Se inclinó para ver qué era, y mamá le dijo “¿ Qué mirás? ¡Ponete el cinturón de seguridad , que se hace tarde!” .
Al bajar del auto, Julio fingió que se ataba el cordón de la zapatilla para espiar debajo del asiento, y vio con espanto una pala de mango rojo.
Esa noche tampoco pudo dormir bien. Entonces se levantó y tocó a su hermana en el hombro.

- Lía, ¿estás despierta? – le preguntó a su hermanita.
- Si, Julio, ¿qué querés?
Julio encendió el velador y le dijo:
- Tengo que contarte una cosa.
- Decime.
- Estoy muy preocupado.
- ¿ Por qué?
- Papá y mamá andan en algo muy raro.
- ¿Como qué?
- ¿No viste que se hablan a escondidas, que cuando aparecemos callan de pronto, que se esconden en el balcón para hablar por teléfono?
- Si, lo noté. Pero noté algo más horrible aún....
- ¿Qué notaste vos?
- ¡Que siempre tienen las uñas sucias de tierra!
- ¡Oh, por Dios, qué alivio me das! ¡No sólo yo lo vi!
- ¿Y vos que viste?
- Mamá lleva una pala en el coche.
- ¡No me asustes! – dijo Lía
- Si, lleva una pala escondida. Y dice con papá que van a hacer las compra pero… vuelven sin compras …¡y embarrados!
- ¿Ves? ¡Están tramando algo!
- ¿Como qué?
- Mirá, no me animo ni a decirlo…ni a pensarlo…Debe ser horrible. Si no lo fuera, nos lo habrían contado. Pero no nos dicen nada.
- ¿Qué vamos a hacer entonces, Lía?
- Nada- dijo su hermanita, suspirando con tristeza- Dormir y esperar que todo esto sólo sea una pesadilla, y que acabe pronto.

Pero en vez de acabar, todo empeoró.



Papá y mamá seguían hablando en secreto, escapándose juntos y diciendo mentiras.
Cuando Lía o Julio preguntaban algo, cambiaban de tema y hablaban demasiado, para que ellos no volvieran a preguntar nada.
Hasta un día Julio descubrió en un armario una pala enorme llena de tierra.
Ya no le quedaba muchas dudas de lo que hacían sus padres. Sólo le asombraba no encontrar gotas de sangre en el tapizado del coche de mamá. Ni en los jeans de papá.
Un día mamá pareció preocupada por su hijo:

- Julio, no tocaste tu plato en tres días…¿ qué te pasa?
- Nada
- ¿No tenés hambre?
- No, mamá. Se me fue.

Esa noche Julio vio los zapatos de papá con una costra enorme de barro seco en el baño. En la cocina había un balde lleno de agua sucia, porque adentro había unas ojotas embarradas de mamá.
Papá y mamá fingían normalidad. Pero con esas uñas siempre negras, no engañaban a nadie. No quedaba ninguna duda. Papá y mamá cavaban fosos en la tierra , en laguna parte. La pala y el pico siempre estaban en el coche o aparecían escondidos en diferentes lugares del departamento: en la cocina, la bañera, o el balcón.
Seguramente, sería cuestión de días para que los descubriera la policía. No es posible enterrar cadáveres con tanta impunidad. Tarde o temprano los encontrarían.
- Lía, debemos denunciarlos a la policía.
- ¿Estás loco? ¡ Son nuestros padres!
- Si no lo hacemos, seremos cómplices de la cosa espantosa que están haciendo…
- ¡Pero no fuimos nosotros!
- Yo ya no quiero vivir mas acá, con dos padres asesinos.
- ¿Y adónde vas a ir?
- No sé… a lo de la abuela, o a un orfanato. Pero esto de que nuestros propios padres lleven una vida siniestra es algo que ya no soporto.
- Entonces, decíselo a ellos.
- ¿Estás loca? ¡Me van a matar!
- No lo creo. Puede que maten a otros, pero no a nosotros.- Lia se quedo mirando el mantel de la mesa - A nosotros nos quieren…creo yo.- dijo revolviendo el azúcar dentro de un tazón de leche…que minutos después volcó en la pileta , porque tampoco pudo tragar.

En la escuela a Julio los compañeros lo veían desganado y callado. La maestra le preguntó si estaba enfermo, porque lo veía demacrado. “No estoy durmiendo bien”, dijo él.
Al llegar a casa mamá quiso apartarle un mechón de pelo de la frente con una caricia. Tenía otra vez los dedos llenos de tierra. Julio se apartó, asqueado. Y mama rió diciendo:
- ¡Ah,qué cosa, mi bebé está creciendo y ya no quiere que mamá lo mime!

En la noche de viernes Julio decidió, finalmente, huir de su casa.
No sería cómplice de las atrocidades que sus padres estaban haciendo.
Puso un buzoen su mochila, sus libros favoritos, su juego portátil de ajedrez, sus naipes y sus útiles escolares, y la puso al pie de su cama. No sabía dónde refugiarse, pero estaba demasiado cansado para pensarlo ahora. Así que se fue a dormir, pensando en huir antes del amanecer.

Julio despertó al escuchar ese familiar entrechocar de tazas entre el aroma del café y de tostadas fragantes que venía de la cocina. “¡Oh, no! ¡Papá y mamá ya están despiertos y no me voy a poder a escapar!” , pensó. Y decidió confesarles todo, y decirles de una vez que los había descubierto. Se puso las zapatillas- ya que es difícil huir en pantuflas-, se acercó a la cocina donde papá y mamá cuchicheaban. Y odió con toda su alma que se callaran súbitamente al verlo a él.
- Buen día, hijo
- Papá….Mamá – dijo Julio con vos temblorosa, tratando de no echarse a llorar – ¡No quiero vivir más acá!
- Si, ya nos dimos cuenta de que descubriste todo…- dijo papá, sonriendo de oreja a oreja.
- Es que vimos tu mochila preparada al pie de tu cama… ¡huyamos todos de esta ratonera ya mismo! - dijo mamá, exultante de alegría.
Julio los miró con los ojos tan abiertos y redondos como dos platos de café, sin comprender nada.
- Despertála a tu hermana , que ya nos vamos – dijo papá
Julio fue a despertar a Lía, temblando como una hoja.
- Lía, levantate que tenemos que huir. Prepará tus cosas. Papá y mamá quieren escapar antes de que llegue la policía.
Subieron los cuatro al auto y salieron de la ciudad a toda velocidad por la autopista.
- ¿Adónde vamos? – preguntó Lía, aún algo dormida.
- Ya van a ver – dijo papá.
Entraron por una callecita secundaria por donde a veces Julio hacía carreras de bicicleta con sus amigos y atravesaron una hilera de arboles grandes antes de aminorar la marcha frente a un portal de piedra y madera.
Julio y Lía estaban sentados muy juntos hundidos en su asiento, sin animarse a mirar afuera.
- Cierren los ojos ahora- dijo papá
Julio empezó a temblar de pánico, seguro de que los llevarían a esconderse en un sótano oscuro donde nadie los encontraría jamás. O quizás querían mostrarle dónde habían enterrado los cadáveres, para que supieran finalmente la verdad de todo lo que habían hecho en los últimos tiempos.
Cuando el coche se detuvo, papá y mamá dijeron:
-Ahora salgan, pero con los ojos bien cerrados.
Julio sentía que sus piernas no le respondían. Pero salió, porque es muy difícil desobedecer a dos padres terroríficos.
Los hermanos bajaron muy pegados, y al poner los pies en el suelo sintieron bajo sus suelas que no era pavimento, sino césped.
Papá y mamá dijeron:
- Ahora abran los ojos.
Julio se encandiló con la luz del sol. Y cuando sus ojos se habitaron a la luz, no vio siniestros montículos de tierra removida en un pastizal abandonado. No era un cementerio antiguo, ni una fosa en una zanja pestilente. No era un bosquecillo oscuro, no se veía sangre por ninguna parte, ni estaban en un sótano oscuro.
Los cuatro estaban de pie en un hermosísimo jardín florido, rodeando una piscina de agua límpida, en cuya superficie los destellos del sol brillaban como diamantes. Había flores de todos los colores: capullos rosados a la derecha, flores colgantes amarillas trepadas a un ciruelo en flor, campanillas azules sobre un cerco, y rosas blancas trepando la pared de una casa que parecía salida de un cuento de hadas.
Y hasta donde llegaba la vista, se extendía un césped de color verde brillante, como nuevo y recién brotado.
- ¿Dónde estamos? – preguntó Lía
- ¡En nuestra nueva casa! – dijo mamá – Este nuestro regalo para ustedes.
- ¿Nuestra nueva qué? – dijo Lía
- Vamos, no disimulen que algo sospechan, al vernos hablar en secreto - dijo mamá.
- Si, y al vernos tan embarrados de trabajar en este jardín – dijo papá
- Queríamos que fuera una sorpresa…- dijo mamá- ¡Se ve que no somos buenos ocultando cosas!
Julio estaba mudo.
- ¿Nos vamos a mudar acá? – preguntó Lía, con ojos brillantes- ¿Voy a poder hacer fiestas, nadar en la piscina, tener perritos y gatos, y jugar a la pelota en el jardín?
- Claro que sí, hijita – dijo mamá
- ¡Qué hermoso, mamá! ¡Soy feliz!– dijo Lía abrazándose a su madre, que no paraba de reír.
- ¿Y vos, Julito, que opinás? – preguntó papá
Julio intentaba con fuerza ordenar sus pensamientos.
- Que…pues…que no puedo creerlo.
En verdad, ese jardín era como un sueño hecho realidad.
Pero en vez de sentirse alegre como todos los demás, Julio se sentía muy extraño.
- ¡Vamos, alegrate, hijo!- dijo papá .
¿Alegrarse, así, de golpe? No, no podía. Y por más que lo intentaba, Julio no podía dejar de pensar en qué parte de todo ese hermoso jardín papá y mamá habrían enterrado a todos los cadáveres.