Christine era blanca como la nieve, rubia comio un trigal al sol, con ojos celestes como el hielo antiguo. Llegó de Bruselas a Cuba tratando de restañar la heridas de un trabajo insalubre y un corazón roto, por un artista que la hizo creer amada, cuando en realidad él solo quería compartir sexo y cervezas los fríos sabados a la noche cuando se cansaba de pintar.Ella sentía que el corazón se le partía al medio cada vez que él la invitaba a volver sola a su casa , " porque mañana tengo mucho trabajo" . Ella se retiraba cubriendo el cuello con su chalina de lana, y salia a caminar por el empedrado húmedo de Bruselas, enganchandose los tacones en cada adoquín , nublándosele la vista con cada carrito de bebé empujado por una mamá orgullosa de su querube de cachetes sonrosados. Iba directo al café de siempre, a tomar un chocolate caliente con una gauffre tibia. Roiedaba de parejas que se hablaban en secreto mirándose a los ojos. Olivier nunca tomaba chocolate caliente. Tampoco quería salir con ella. Mucho menos mirarla a los ojos y tomarla de las manos para calentar sus dedos pálidos. Y tras mucho llorar como las lluvias belgas de invierno, un día Christine cambió de ruta del atelier, y en lugar de ir del atelier de Olivier a la chocolatería...fue directo a su casa , tanto el dolía le corazón al saber que ella lo amaba diez , mil veces más a çel que él a ella. Paso justo por una agencia de viajes donde le llamo al atención una foto de un sol, una palmera y una rubia sonriendo en la playa. " Esa podría ser yo" se dijo. Apuntó el numero de la agencia que promocionaba pasajes a Cuba . Llegó a su casa, se quitó los guantes, llamó a la agencia y decidió huir del frio.
Dos semanas desspues estaba en La Habana, sin guantes ni chalina.Cambió choclliate por mojitos y se puso a bailar cada vez que escuchaba musica . Un mulato alto bailó con ella y la acompoañó al hotel, No oliá a trementina, como Olivier, sino a ron. Lo invitó a su cuarto y al dia siguiente él no se escapó: la invitó a su casa . Alli unos amigos asaron langostas de mar en su honor, y le enseñaron a bailar salsa. Uno de ellos se la llevó a la playa de noche y le hizo el amor entre manglares. la llevó en bicileta a su pueblo y allí convoco a sus parientes para que descargaran tocando sones en guitarra . Un primo de él se la llevó cuando todos estaban ya ebrios de cantar y danzar la llevó en moto hasta Gibara, el primer sitio de América que vio Colón . Visitaron a sus amigos, en medio de un apagón de luz, de los que son tan frecuentes en la isla. Su íntimo amigo, aprovechando el apagón, llevó a Christine a su casa para mostrarle su colección de libros de poesía francesa . Y como era tarde, Chsristine se quedó dormidsa, enroscando sus piernas blancas con las piernas morenas de él y descansando su cabeza rubia en su pecho morrudo. Él tampoco la echó , sino que la llevó a recorrer las selva de Cabo Saitía, y se diviertieron dandole pan a los caimanes . Luego la llevó de vuelta a la Habana, donde antes de ir al hotel pasaron a tomar una cervezas en un bar donde tocaba una banda de jazz . El saxofonista la vio y quedó prendado, y no paró ce mirarla hasta llevársela a su casa . Le enseñó a tocar los bongós y la sumó a la banda. Luego ella se enamoró del contrabajista que la llevó a su casa , donde hacían fiestas todos los dias. En el barrio se comentaba que había una belga rubia, que al llegar a Cuba se volvió loca de remate . Pero loca de verdad, vecina , ¿ eh? .Pobre chica, perdió los estribos, la cabeza, y sus raíces. Loca , totalmente loca.
martes 27 de octubre de 2009
jueves 11 de septiembre de 2008
Por qué no te llamas Charlotte

Ahora eres pequeña y tal vez no lo entiendas, mi amor.
Pero sé que lo que se le cuenta a los niños les queda grabado en el alma, no en la memoria. Y esto es algo que tu alma tiene que entender, para que no creas lo que escuches por ahí, y para que no te sientas mal por haber elegido ese seudónimo para competir en el concurso de poesía. Porque con ese nombre jamás podrás ganar.
Todo empezó con un enorme cansancio. Los tatarabuelos estaban cansados de ser esclavos en el paraíso. Sus tierras eran colinas siempre verdes, llenas de flores fragantes en primavera, rodeadas de playas doradas y castillos majestuosos. Hacían música y poesías para concursar en el Eistedfod, igual que hacemos ahora, con rituales floridos, y bebían mead cuando se enamoraban. Pero eran pobres y perseguidos. Los ingleses los trataban como esclavos, y les prohibían usar su propia lengua. A su tierra le habían puesto el nombre de Wallas, que significaba “Extranjero”, de donde salió el nombre de Wales, o Gales, como se dice aquí en la Patagonia. Pero ellos a si mismo no le llamaban así, por supuesto, sino Cymru.
Empezaron a darse cuenta de que la única manera de poder tener su propia patria era fundándola en otro lado. Así, en 1865, 152 galeses de distintos pueblos zarparon de Liverpool en un barquito de velas blancas llamado, mirá que lindo, Mimosa, que es el nombre de una flor perfumada.
Los que se quedaron, estaban ansiosos por recibir noticias de los que iban llegando…¿Era todo tan bueno en la Patagonia, como contaban? ¿Se podía hacer una vida mejor? En la plaza del mercado de Pwhelli se comentaba que los recién llegados eran muy bienvenidos, que el gobierno argentino les daban cada tres personas 100 acres de tierra, 10 vacas, 5 caballos, 20 ovejas, herramientas de labranza, semillas y trigo suficiente para aguantar hasta la cosecha. Se decía que a los primeros colonos los indígenas les daban carne a cambio de pan con manteca, que para ellos era un bocado exótico como para los galeses pobres lo era la carne.
Entusiasmado por tanta buena nueva, el abuelo Harold comenzó a hablar cada vez más seguido de vender la zapatería y sus herramientas y largarse en el próximo tea clipper hacia ese mundo nuevo y sin ingleses. Lo mejor de todo es que no habría un solo ingles diez mil millas a la redonda, y eso solo bastaba para respirar felicidad. Pero la abuela Charlotte estaba cada día más asustada. Sabes, niña, como somos las mujeres: tenemos un sexto sentido que nos advierte el peligro. Aquí no hacia falta ser mujer para saber que todo era demasiado riesgoso. Y a ella algo le olía muy mal. Las noticias oficiales eran demasiado buenas para ser ciertas, y había escuchado que los recién llagados habían caminado millas para encontrar un río de aguas dulces, y aún así la primera cosecha fue desastrosa. Los colonos eran maestros, herreros, libreros, sastres, gente de ciudad. No sabían nada de agricultura. Sembraron las semillas en la arena, agotaron sus víveres. Muchos murieron de frío, fiebre y hambre. Pidieron ayuda al gobernador británico de las Malvinas y un buque socorrió sólo a algunos, porque no entraban todos. El resto se hartó de sufrir, y volvieron al golfo a esperar que algún barco los sacara de allí. Vivieron como Robinson Crusoe, en cuevas excavadas en los acantilados, durante tres meses hasta que llegaron víveres y herramientas para labrar la tierra en un barco cargado de colonos deseosos de quedarse, porque las noticias que venían de Cymru eran espantosas: otra vez los ingleses habían aumentado los impuestos a los galeses.
Charlotte sabía que la esposa del médico Henry Walsh ni siquiera pudo esperar la ayuda. No resistió el frío y la intemperie y murió de neumonía en sus brazos. Todos estaban tan débiles que apenas pudieron cavar la tierra con las manos y enterrar a Dorothy frente a las cuevas. Todavía se ve la lápida de piedra con la cruz celta, que algún alma tan previsora como pesimista había traído en el barco desde Cardiff. Walsh quedó loco de dolor y nadie quiso atenderse con él. Poco después se cayó de un acantilado, aunque muchos creen que se arrojó. Ella le advirtió todo esto a Harold, su marido, pero él ni la escuchó. El solo escuchaba las buenas noticias.
Una mañana Harold leyó en el periódico lo que necesitaba para acabar de decidirse: la calidad de trigo de los galeses de la Patagonia había ganado un premio en la Feria de París.
“Vamos a Madryn del Sur” , le dijo, cerrando el periódico de un golpe. Charlotte se quedó helada. ¿Cómo creer lo que leía, si lo que todo el mundo decía en el mercado era tan lúgubre? “Son sólo chismorreos baratos de los envidiosos que no se animan a comenzar una nueva vida” le dijo Harold, “La envidia es el pasatiempo de los cobardes”.
No hubo modo de convencer a Harold de que toda la propaganda de Jones eran patrañas, de que en verdad el gobierno argentino no les regalaba nada. Ella sabía que los comentarios maravillados de Fitz Roy y Darwin provenían de boca de naturalistas de paso, turistas entusiastas, no de quienes se quedaban a vivir en esas costas. Además, ¿cómo les iban a regalar tierras si esas tierras ya tenían dueño, porque estaban pobladas de aborígenes muy decididos a preservar sus territorios?
“ Si no pruebo suerte ahora, me arrepentiré toda la vida, Charlotte” dijo Harold. “Aún soy joven y tengo fuerzas, y no quiero morir remendando zapatos para los ingleses. ¿Quieres que luego me pisen con las suelas que yo mismo he cosido?”
Comprenderás que en esos tiempos una mujer no se oponía a la decisión del marido. Cuando te casabas decías “te seguiré adonde vayas en las buenas y en las malas”, y en el mercado las escuchabas decir “nos vamos a Sudamérica“, fingiendo estar entusiasmadas, aunque con terror en los ojos. Los que se decidían a partir eran mirados con una mezcla de admiración y envidia. Se les desalentaba sistemáticamente “¿ No tienen miedo? ¿Y los niños? Ahí no hay hospitales, ni trenes, ni tiendas y el clima es espantoso “
Harold ya no quería hablar del asunto. Vendió todo, cargó con lo que pudo, y subió al barco con Charlotte y sui pequeña hija de tres meses, tu abuela Carol.
Dicen que Charlotte lloró tanto que empapó las ropas al empacar. Cuando abrieron los baúles y las vieron mojadas por una tormenta del mar, ella decía “No es agua de mar, es lo mucho que lloré al guardar todo”. Durante los dos meses de travesía trató de ser optimista, pero no le salió bien. Pensaba que una buena esposa debe ser valiente y mirar hacia delante, pero ella sólo pensaba en ir hacia atrás. Su madre misma, en el puerto de Liverpool, la había despedido con un corto y seco abrazo La empujó al puente del barco y le dijo “Sigue a tu esposo y sé feliz. Aquí ya no hay patria”.
Charlotte intentó consolarse pensando que los antepasados druidas se habían pasado la vida despidiéndose y buscando tierras mejores. Pero no tenía buenos presentimientos. El viaje fue agotador, y las olas golpeaban la quilla como queriendo detener al barco antes de que fuera demasiado tarde. No pudo dormir ni una noche entera . Sólo deseaba que el capitán equivocara el rumbo y atracara en Irlanda, o en un mar de sargazos sin viento, que los obligara a volver a Liverpool antes de morir de hambre. Cruzar el océano, qué locura, ni que fueran Cristóbal Colón.
Las otras mujeres notaron su desánimo y la fueron aislando. Cuchicheaban a sus espaldas y se reían cuando ella pasaba cerca. A los pocos días ya nadie le hablaba. Hay que comprenderlas, lo último que necesitaban era alguien que dudara del éxito de la travesía. Ella intentó entretenerse con los niños, que se divertían descubriendo formas en las constelaciones o haciendo rodar ovillos de lana por la cubierta, inconscientes de la aventura a la que se los estaba exponiendo. A Charlotte no le preocupaba el rechazo de esas mujeres que se la pasaban bordando, fantaseando con que cosecharían las papas más gigantes del mundo e intercambiando recetas de chutneys de durazno, mientras viajaban a una tierra sin duraznos, qué ridículas. Lo más deprimente era escucharlas hablando de qué lindos vestidos venden en tiendas de Cardiff que jamás en la vida volverían a pisar. ¿No se daban cuenta de lo que estaba sucediendo?
Luego de dos meses de ver solo horizonte azul, una mañana el hijo de Glenda Barrett despertó a todos diciendo que escuchaba cantos de sirenas, y que se estrellarían en las rocas si no frenaban. Todos pensaron que había robado whisky del tonel y que ya estaba borracho. Pero todos escucharon a las sirenas .Un canto gutural y profundo que hacia eco en todas partes . Se levantaron , se asomaron por la borda y vieron a unos monstruos gigantes que saltaban en el mar haciendo que el barco se sacudiera con el oleaje. Eran ballenas.Y detrás de ellas, la tierra. Llenos de jolgorio, todos aprestaron su equipaje y prepararon los botes. “¡Mira qué vacas enormes! ¡Aquí sí que se come bien!” gritó Harry Hopkins, señalando las aletas gigantes. Todos reían. Menos de Charlotte, que se quedó dura al ver la tierra.
Sí , claro, tierra a la vista. Sólo tierra. Sólo eso.
Una franja de tierra seca, color gris amarronado. Ni una brizna de pasto, ni un solo árbol. Un desierto total.
A Charlotte se le aflojaron las rodillas, y se aferró al cuerpo de su beba como para no caerse. El barco se acercó a la costa. Era una mañana de sol, y sus rayos se reflejaban en el agua como hojas doradas. Era lo único que había para ver, el reflejo del sol en el mar. En la tierra, no había nada. Cuanto más se acercaba el barco, menos había para ver. Una playa de piedras, unos acantilados que parecían ruinas de pirámides antiguas, limadas por el viento. Y más tierra gris. Hasta un idiota podía darse cuenta de que allí no había manera de hacer crecer una hierba, ni de criar una sola cabra. Supo que los peores rumores que había escuchado en el mercado eran ciertos, y que las maravillas que contaba el periódico eran mentiras. “Vaya a saber quien hace dinero trayendo hasta aquí a un barco lleno de idiotas”, pensó. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se mordió el labio inferior para no llorar delante de todos. Los pasajeros, se agolparon frente al puente para bajar a los botes, eufóricos, cantando a coro Hen Wlad fy Nhadau . A Charlotte le pareció que estaban bastardeando todo el sentido del himno. “La tierra de mis padres” , ja…¡ la tierra del demonio!
Odió las risotadas de Harold, que festejaba las bromas de los otros. “ Hey, Harold, aquí no hay caminos, hay solo piedras, ¡tendrás mucho trabajo reparando zapatos!”, le decían . “¡Entonces me haré rico!”, respondía él .
Charlotte le dio la espalda a ese horizonte gris, y fue a sentarse en la bodega inferior. Se quedó en un rincón oscuro, a amamantar a su beba. Deseó con toda su alma que se olvidaran de ella, que Harold bajara con todos y se quedara ahí remendando zapatos, y que el clipper volviera a casa cuanto antes.
No supo cuánto tiempo paso allí. Tal vez el canto de las ballenas y el balanceo del barco la ayudaron a dormirse para mitigar tanto dolor.
De pronto alguien la sacudió por el hombro, y le dijo “Señora Brown, debe desembarcar”.
Ella levantó los ojos y dijo con voz firme: “No bajaré”.
“Es que ya hemos llegado y están todos abajo. El barco ya debe zarpar”, dijo el marino.
“No bajo. Vuelvo a Cymru en esta nave”, repitió ella.
El marino suspiró y se marchó, contrariado.
Al raro regresó con Murray, el dentista, quien la miró con desconcierto, como si estuviera loca. Ella volvió a decir que no bajaba.
“¿Por qué?” , preguntó Murray.
“ Porque aquí no hay nada. Quiero volver a casa. Todo lo que dijeron son mentiras”.
Murray llamó a Jones y a Graham, y ambos le dijeron “Harold ya está en el bote, esperándola” “Que se vaya. Yo no bajo” , repitió firme. Llamaron a Harold, que primero fue amable, luego la sacudió, la llenó de ruegos, de promesas y de amenazas. Fue todo en vano, ella estaba decidida a quedarse en el barco:
“Yo vuelvo a casa”
“¡Mujer, ya no tenemos casa, hemos vendido todo!”
“Viviré en la calle, no en este desierto”
“Pero no nos quedaremos aquí. Iremos a Rawson” ,
“Esto es horrible por donde lo mires” , dijo ella.
Luego vino la familia Lewis para convencerla. Luego el capitán, los Jones; los Greys …y nada. Charlotte no se movía. Finalmente, Harold la arrastró por los hombros, ya harto de pasar semejante bochorno delante de todo el pueblo. . La llevó a la cubierta cogiendola fuertemente de los brazos .
“Subo a despedirte, pero me quedo aquí” , le dijo ella .
El perdió la paciencia y le dio un puñetazo a los maderos de la pared: “¡Maldición, Charlotte!¡ Sube, ya!¡ La gente está esperándote!”.
El saltó al bote y le extendió el brazo para ayudarla a saltar .
Ella no se movía.
Entonces las mujeres del bote se cruzaron miradas, y hicieron un gesto que ella no entendió.
Rachel Lewis avanzó, saltó nuevamente al barco con la Grey, y con un movimiento brusco le arrancó a la beba de los brazos a Charlotte.
“¡ NO!” gritó Charlotte .
“ Tu hija se queda aquí …¿ Volverás a Cymru sin ella?”, le dijo Rachel.
“ Deja de hacer el ridículo y baja de una vez” , le dijo la señora Jones.
“ No bajo…¡ Devuélvanme a mi hija!”, gritó ella,
“ Si quieres, vete. Pero tu hija se queda conmigo”, le dijo Harold.
Rachel le pasó la bebé a la esposa de Dickinson y ella a una muchacha desconocida, que la envolvió en su capa y saltó al siguiente bote de la fila, el primero de todos. Y ese bote soltó amarras…
Charlotte intentó ver la cabecita rubia de su beba bajo la capa negra, en vano. Era una mancha negra perdiéndose en una densa bruma anaranjada bajo el último sol del atardecer. Su hija desaparecía rumbo al fin del mundo.
“ Nooooo! “gritó Charlotte. Se aferró a la barandilla del barco, pero alguien la tomó de la cintura y otro la empujó con fuerza al último bote. Una vez adentro dejó de luchar. Sólo pensaba en su bebé.
Como una larga fila de inmensos insectos negros, los botes se acercaron a la costa, cautelosos. Las ballenas ya no cantaban. Había un enorme silencio, y sólo se escuchaba el golpe de los remos en el agua. Demasiada quietud. Hasta podían venir indios a atacarlos, no sería la primera vez .
De pronto se sintió el golpe de la quilla en la arena.
Charlotte bajó con dificultades, y sin que nadie le tendiera una mano, luchando con sus faldas largas. Hundió su zapato en agua helada, y trató de acercarse a tierra para buscar a su bebé. Un golpe de viento polvoriento la cegó, y no pudo ver a la chica de la capa negra. Esperó sentir el llanto de su niña, pero nada .
Apenas había dado un paso en la playa helada, cuando se sintió rodeada. Todo fue muy rápido. Sintió que la tomaban de los brazos y de los pelos. La primer bofetada la sorprendió. ¿Quién se atrevía a pegarle? La segunda le ardió como fuego. La tercera la indignó. La cuarta. la quinta y la sexta le cayeron como una lluvia granizos, manos pesadas , hasta que sintió la voz de Rachel Lewis , de la Jones, la Dickinson, la Bates, la Graham y otras que le gritaban : “¿ Qué te has creído?“ “¡Caprichosa!” , “¡Nos averguenzas y averguenzas a tu marido!” “ ¡ Insolente!”, “ ¡Grosera!”, “ ¡A ver si te enteras adónde has llegado!”.” ¡Esto no es Cardiff, mocosa!”
Solo cuando cayó al piso dejaron de pegarle La dejaron allí, llorando sola.
Estuvo ahí, sin fuerzas sollozando dolorida, hasta que vio que el barco se alejaba sin ella. No tuvo más remedio que seguir al grupo, para no quedar sola en la playa helada.
Caminaron por un buen rato, arrastrando sus cosas en carros muy simples.
Escuchó a Carol llorar a lo lejos y gritó “¡Devuélvanme a mi bebe!” .
Nadie le respondió.
“¡Devuélvanme a mi bebé!”, gritó con más fuerza.
Cinco mujeres se abalanzaron sobre ella y la amenazaron con el puño en alto, “ Te callás o recibirás otra paliza”.
”Mi bebe, mi bebé”, gimoteaba Charlotte … y era como si la pequeña Carol la escuchara, porque aunque la llevaban más y más lejos, cada vez lloraba más fuerte .
El carruaje que tenía que recogerlos y llevarlos a Rawson se demoró horas.
Estaban todos tan cansados , ya hartos de soportar los llantos de madre e hija, que Harold arrancó a la beba de brazos de Rachel Lewis y se la lanzó a la cara a Charlotte, diciendo “Que más da, si el barco ya partió…¡Cállense las dos de una vez!”
Y Charlotte se calló durante años, en los que Harold recibió más disgustos que acres.
Harold dejó de reparar zapatos y tuvo que aprender al labrar la tierra. Se hizo amigos de los indígenas, que le ayudaron a salir adelante, trayéndole frutas amargas que sacaban el hambre y carne salvaje, que guisada se podía masticar. La vida era dura, pero lo mejor era que no había ingleses a la vista. Era lo único cierto de los relatos que llegaban a Cymru. Por lo demás, había que pasar horas rogando a Dios que salve las cosechas, que a veces eran estupendas y otras veces, atroces. Pero todo druida conoce los avatares del clima. Quienes pudieron mover toneladas de piedra para construir Stonehenge para favorecer cosechas, también pueden arar el campo con sus manos y resistir heladas y sequías. Al menos el ganado crecía gordo como ballenas, los quesos eran buenos y las mermeladas de los buenos veranos los salvaban del hambre invernal.
Charlotte tuvo otros seis hijos con él: el tío William , el tío Albert, la tía Nancy ,el tío Morris, la tía Elizabeth y el tío Esteban. Creo que tuvo tantos chicos porque no tenía ninguna amiga y el abuelo Harold casi no le hablaba, porque tenía miedo que ella le preguntara cuando regresarían a Cymru. Sus hijos fueron sus únicos amigos.
El abuelo se hacía amigo de los nuevos colonos que iban llegando, y la tierra gris se llenaba de locos que decían “ Este es el mejor lugar del mundo..¡no hay ingleses!”.A veces Harold ni siquiera volvía a casa tomar el té, pues prefería quedarse con amigos entusiastas, a estar con su esposa callada y deprimida, porque él siempre llegaba muy tarde oliendo a alcohol. Su tierra no rendía nada, y vivieron de la caridad de los vecinos, hasta que alguien le recomendó que contratara a Matthews, un joven listo de la Mimosa que ya había aprendido mucho de los indios, y además sabía hacer canales para desviar las aguas del Chupat. De él se comentaba que había ayudado a hacer un canal de 28 kilómetros de largo, 6 metros de ancho y 1,5 metros de profundidad en el centro. Era una maravilla que había convertido el desierto en un vergel.. El abuelo lo contrató para que hiciera un sistema de canalización con el que esperaba sacarle trigo a las piedras.
Matthews era apuesto, fuerte y tan callado y ensimismado como Charlotte. También se decía que había sido uno de los encargados de vengar la muerte de Aaron Jenkins, luego de que fuera asesinado por un mestizo sin que Lewis, el marido de Rachel, que estaba a cargo del orden del pueblo, hiciera nada para esclarecer el caso o buscar a los culpables. Tal vez habían sido sobornados por los criminales. O tal vez Lewis había pagado a los asesinos porque no simpatizaba con el bueno de Jenkins.
Matthews era tan valiente como abnegado. Trabajaba de sol a sol en los campos de los Brown. A Charlotte le daba pena verlo sudar en los días sofocantes de verano, esos que parecen reservar todas las brisas para que te congelen después en invierno.
Un día le ofreció un té y un trozo de torta. El apoyó el plato en un tronco y se limitó a gruñir un cortés “Diolch yn farwr”. Menos mal, no es mudo, sabe decir gracias además de “Bore da” cuando llega y “ Hwyl” al partir, pensó Charlotte . A los pocos días llovió tanto, que lo invitó a compartir el té con ella en la cocina. Y curiosamente, se rompió el silencio. Empezaron a hablar de que los colonos habían encontrado el lugar perfecto para cumplir el ideal de encontrar un país deshabitado que no estuviera bajo ningún gobierno propio. “Es que el gobierno de este país no existe, son todos aristócratas que compiten en fama y demagogia…Como los ingleses…”, coincidieron. Recordaron que los colonos que habían probado suerte en las costas de Estados Unidos también acabaron en la Patagonia, espantados de ver que en Maine los niños olvidaban hablar Cymraeg y comenzaban a hablar el idioma del enemigo. Tampoco habían tenido suerte los que fueron a Brasil, donde los trataban como esclavos igual que en Gales. La idea de llegar a un territorio vacío para no desaparecer absorbidos por otros pueblos vecinos, había sido finalmente lograda.
“Esto no es tan desierto” dijo Matthews.” Hace dos semanas me crucé con diez nativos a diez millas de aquí”. “¿Es cierto eso? ¿Quiénes eran?”, preguntó Charlotte, sorprendida. “ Diez guanacos”, dijo Matthews. Charlotte estalló en carcajadas. Supo que hacía meses, tal vez años, que no reía. Si no era por las gracias de los niños, que inventaban nuevas palabras mezclando el español con el gaélico, no reía jamás.
Matthews ,como ella, se animaba a reconocer que añoraba las playas de Llandudno, el castillo de Bangor, las avenidas de Cardiff, las cumbres de Snowdonia y los jardines de Pwhelli … “Pero alli no hay futuro para los galesos, mientras aquí… quién sabe” dijo él. Y ella sintió que por primera vez creía en esas palabras. De la boca de él parecían verdad, no otra quimera más. Matthews no era un iluso. Era un hombre capaz de sacarle ciruelas al gris de la tierra. Por lo pronto esa tarde le sacó un color carmesí a las pálidas mejillas de Charlotte, cuando rozó su mano para tomar la tetera y decirle “Déjame, yo la llenaré” . Por primera vez en su vida, Charlotte sintió que un hombre se ocupaba de atenderla. El ya casi no parecía europeo. Tenía brazos musculosos y morenos como los de un tehuelche .En ese momento el tío Esteban, que era un nene, cruzó corriendo la cocina y tío Albert , por tratar de alcanzarlo, se chocó con la pierna de Matthews. En vez de enojarse con los chicos por irrumpir, como lo hacía Harold, Matthews rió y les acarició los cabellos rubios con su mano curtida. Ella se emocionó con ese gesto de ternura, tan raro en un hombre. Cuando él se acercó y le sirvió el té muy cuidadosamente en su taza de porcelana, tuvo que mirar para abajo para disimular el montón de sensaciones turbadoras que él le causaba.
Fijó su mirada en el paisaje de la taza. Era un prado celeste, con arbustos azules, casi tan azules como la mirada de él, y algunos árboles al costado que extendían sus ramas como manos tocando el cielo. Si, tal vez gracias a los canales, en ese desierto crecería un prado como el dibujo de la taza. Ella ya había sido empujada a una loca aventura en contra de su voluntad, y había obedecido ciegamente a su marido. ¿Por qué no lanzarse ahora a una aventura propia? Mientras pensaba esto, casi como adivinándole el pensamiento, Matthews le dijo: “Croeso i Patagonia” , y alzó su fragante taza como en un brindis . ¿Bienvenida a la Patagonia? Nadie antes se lo había dicho.
Compartieron juntos cada té, al fin de cada jornada, día tras día. Las conversaciones se hacían más largas y las risas eran tan fuertes que hasta los niños se sorprendían…¡ Increíble, mamá se ríe!
Harold nunca los vio juntos. Cada vez llegaba más tarde a casa.
Ella no lo hizo por impulso, querida mía, no.
Antes, lo meditó largamente.
Los niños mayores ya estaban crecidos, pronto harían su propia vida, Ella aún no había tenido una vida propia. Matt le dijo que ya era hora de hablarlo con Harold, y ella comprendió que tenía razón. Esa noche nadie durmió. Fue un escándalo total. El abuelo Harold repitió lo mismo que había dicho aquel atardecer en el golfo, veinte años atrás “Si querés, andate. Pero los niños se quedan conmigo”. Ella los besó uno a uno mientras dormían. Tu abuela lo sabe porque se hizo la dormida, pero vio a su madre llorar en la oscuridad. Esta vez sí que dejó las sabanas mojadas y saladas como luego de una tormenta en altamar. Se marchó sin nada más que su ropa puesta y su tacita de porcelana, en la que se dibujaba un paisaje del futuro.
Con Matthews tuvo otros cuatro niños, que resultaron ser mucho más salvajes, osados y felices que los Brown. El abuelo Harold prohibió a toda la familia que entrara en contacto con la perversa Charlotte, que los había abandonado para seguir tras un peón. Dicen que Carol, la hija mayor, se escribía con ella en secreto, y que el hijo menor de los Peterson, el que vendía huevos puerta a puerta, era el que les llevaba los mensajes escondidos dentro de su frágil canasta Pero nadie jamás encontró una de esas cartas. Se supone que las dos las leían y las arrojaban al fuego. Una vez que mi tío Esteban creyó ver a su mamá en el pueblo y la siguió detrás, recibió tal paliza de su padre que nunca más volvió a intentarlo. Mi madre, tu abuela Elizabeth, la menor de las mujeres, prefirió creer la versión de su padre, y toda la vida me prohibió preguntar por la abuela Charlotte. Se erizaba cuando alguien la mencionaba. “Esa bruja” decía. Mi abuelo Harold vivió muchos años, la mayoría de ellos borracho, capaz de hacer rodeos de muchas millas extras con su caballo o su carro antes de pasar delante de los campos de los Matthews, tal era su resentimiento. La envidia es el pasatiempo de los cobardes, ja.
Yo intenté averiguar qué fue de ella, pero en el pueblo sólo recogí expresiones de desprecio hacia la muchacha que abandonó a sus siete hijos. Las malas lenguas dicen que murió amargada, añorando regresar a Cymru. Pero el viejo Peterson, el niño mensajero, le contó a mi madre que Charlotte un día le dijo, pícara “me gustaría volver, pero para qué, si lo mejor de Cymru lo encontré aquí”, señalando a Matthews. Por supuesto que esto mi madre lo decía para confirmar su desprecio total hacia su abuela loca. Yo siempre sospeché que no era tan mala. De hecho, ella era la única persona del pueblo que siempre dejaba flores en la tumba de Dorothy Walsh, la mujer del médico, la primer victima en esta tierra inhóspita. Ella también desviaba enormemente de su camino a casa , pero pasar siempre por el campo de los Brown, intentando ver a sus hijos, aún sabiendo que serían castigados si hablaban con ella.
Claro, preciosa, que te parecés a tu tatarabuela, y que quise darte su nombre. Pero para todo el pueblo, Charlotte no es un buen nombre. Fijate que no hay nadie que se llame así. Y yo tampoco quise ponerte esa cruz. Ya bastante sufrió tu tatarabuela. Ahora sos chiquita para entender todo esto. Pero te lo tenía que contar, para que sepas que te conviene elegir otro seudónimo para participar en este Eisteddfod. Te juro que por bien que recites o cantes, con ese nombre no vas a ganar. Pero quiero que sepas que cuando cumplas 18 años, de acuerdo a las leyes de este país, estás en todo tu derecho de cambiarte el nombre de tu tatarabuela paterna Rachel Lewis, por el de tu otra taratarabuela, la que dejó a un hombre gris por otro que hizo florecer el desierto.
Pero sé que lo que se le cuenta a los niños les queda grabado en el alma, no en la memoria. Y esto es algo que tu alma tiene que entender, para que no creas lo que escuches por ahí, y para que no te sientas mal por haber elegido ese seudónimo para competir en el concurso de poesía. Porque con ese nombre jamás podrás ganar.
Todo empezó con un enorme cansancio. Los tatarabuelos estaban cansados de ser esclavos en el paraíso. Sus tierras eran colinas siempre verdes, llenas de flores fragantes en primavera, rodeadas de playas doradas y castillos majestuosos. Hacían música y poesías para concursar en el Eistedfod, igual que hacemos ahora, con rituales floridos, y bebían mead cuando se enamoraban. Pero eran pobres y perseguidos. Los ingleses los trataban como esclavos, y les prohibían usar su propia lengua. A su tierra le habían puesto el nombre de Wallas, que significaba “Extranjero”, de donde salió el nombre de Wales, o Gales, como se dice aquí en la Patagonia. Pero ellos a si mismo no le llamaban así, por supuesto, sino Cymru.
Empezaron a darse cuenta de que la única manera de poder tener su propia patria era fundándola en otro lado. Así, en 1865, 152 galeses de distintos pueblos zarparon de Liverpool en un barquito de velas blancas llamado, mirá que lindo, Mimosa, que es el nombre de una flor perfumada.
Los que se quedaron, estaban ansiosos por recibir noticias de los que iban llegando…¿Era todo tan bueno en la Patagonia, como contaban? ¿Se podía hacer una vida mejor? En la plaza del mercado de Pwhelli se comentaba que los recién llegados eran muy bienvenidos, que el gobierno argentino les daban cada tres personas 100 acres de tierra, 10 vacas, 5 caballos, 20 ovejas, herramientas de labranza, semillas y trigo suficiente para aguantar hasta la cosecha. Se decía que a los primeros colonos los indígenas les daban carne a cambio de pan con manteca, que para ellos era un bocado exótico como para los galeses pobres lo era la carne.
Entusiasmado por tanta buena nueva, el abuelo Harold comenzó a hablar cada vez más seguido de vender la zapatería y sus herramientas y largarse en el próximo tea clipper hacia ese mundo nuevo y sin ingleses. Lo mejor de todo es que no habría un solo ingles diez mil millas a la redonda, y eso solo bastaba para respirar felicidad. Pero la abuela Charlotte estaba cada día más asustada. Sabes, niña, como somos las mujeres: tenemos un sexto sentido que nos advierte el peligro. Aquí no hacia falta ser mujer para saber que todo era demasiado riesgoso. Y a ella algo le olía muy mal. Las noticias oficiales eran demasiado buenas para ser ciertas, y había escuchado que los recién llagados habían caminado millas para encontrar un río de aguas dulces, y aún así la primera cosecha fue desastrosa. Los colonos eran maestros, herreros, libreros, sastres, gente de ciudad. No sabían nada de agricultura. Sembraron las semillas en la arena, agotaron sus víveres. Muchos murieron de frío, fiebre y hambre. Pidieron ayuda al gobernador británico de las Malvinas y un buque socorrió sólo a algunos, porque no entraban todos. El resto se hartó de sufrir, y volvieron al golfo a esperar que algún barco los sacara de allí. Vivieron como Robinson Crusoe, en cuevas excavadas en los acantilados, durante tres meses hasta que llegaron víveres y herramientas para labrar la tierra en un barco cargado de colonos deseosos de quedarse, porque las noticias que venían de Cymru eran espantosas: otra vez los ingleses habían aumentado los impuestos a los galeses.
Charlotte sabía que la esposa del médico Henry Walsh ni siquiera pudo esperar la ayuda. No resistió el frío y la intemperie y murió de neumonía en sus brazos. Todos estaban tan débiles que apenas pudieron cavar la tierra con las manos y enterrar a Dorothy frente a las cuevas. Todavía se ve la lápida de piedra con la cruz celta, que algún alma tan previsora como pesimista había traído en el barco desde Cardiff. Walsh quedó loco de dolor y nadie quiso atenderse con él. Poco después se cayó de un acantilado, aunque muchos creen que se arrojó. Ella le advirtió todo esto a Harold, su marido, pero él ni la escuchó. El solo escuchaba las buenas noticias.
Una mañana Harold leyó en el periódico lo que necesitaba para acabar de decidirse: la calidad de trigo de los galeses de la Patagonia había ganado un premio en la Feria de París.
“Vamos a Madryn del Sur” , le dijo, cerrando el periódico de un golpe. Charlotte se quedó helada. ¿Cómo creer lo que leía, si lo que todo el mundo decía en el mercado era tan lúgubre? “Son sólo chismorreos baratos de los envidiosos que no se animan a comenzar una nueva vida” le dijo Harold, “La envidia es el pasatiempo de los cobardes”.
No hubo modo de convencer a Harold de que toda la propaganda de Jones eran patrañas, de que en verdad el gobierno argentino no les regalaba nada. Ella sabía que los comentarios maravillados de Fitz Roy y Darwin provenían de boca de naturalistas de paso, turistas entusiastas, no de quienes se quedaban a vivir en esas costas. Además, ¿cómo les iban a regalar tierras si esas tierras ya tenían dueño, porque estaban pobladas de aborígenes muy decididos a preservar sus territorios?
“ Si no pruebo suerte ahora, me arrepentiré toda la vida, Charlotte” dijo Harold. “Aún soy joven y tengo fuerzas, y no quiero morir remendando zapatos para los ingleses. ¿Quieres que luego me pisen con las suelas que yo mismo he cosido?”
Comprenderás que en esos tiempos una mujer no se oponía a la decisión del marido. Cuando te casabas decías “te seguiré adonde vayas en las buenas y en las malas”, y en el mercado las escuchabas decir “nos vamos a Sudamérica“, fingiendo estar entusiasmadas, aunque con terror en los ojos. Los que se decidían a partir eran mirados con una mezcla de admiración y envidia. Se les desalentaba sistemáticamente “¿ No tienen miedo? ¿Y los niños? Ahí no hay hospitales, ni trenes, ni tiendas y el clima es espantoso “
Harold ya no quería hablar del asunto. Vendió todo, cargó con lo que pudo, y subió al barco con Charlotte y sui pequeña hija de tres meses, tu abuela Carol.
Dicen que Charlotte lloró tanto que empapó las ropas al empacar. Cuando abrieron los baúles y las vieron mojadas por una tormenta del mar, ella decía “No es agua de mar, es lo mucho que lloré al guardar todo”. Durante los dos meses de travesía trató de ser optimista, pero no le salió bien. Pensaba que una buena esposa debe ser valiente y mirar hacia delante, pero ella sólo pensaba en ir hacia atrás. Su madre misma, en el puerto de Liverpool, la había despedido con un corto y seco abrazo La empujó al puente del barco y le dijo “Sigue a tu esposo y sé feliz. Aquí ya no hay patria”.
Charlotte intentó consolarse pensando que los antepasados druidas se habían pasado la vida despidiéndose y buscando tierras mejores. Pero no tenía buenos presentimientos. El viaje fue agotador, y las olas golpeaban la quilla como queriendo detener al barco antes de que fuera demasiado tarde. No pudo dormir ni una noche entera . Sólo deseaba que el capitán equivocara el rumbo y atracara en Irlanda, o en un mar de sargazos sin viento, que los obligara a volver a Liverpool antes de morir de hambre. Cruzar el océano, qué locura, ni que fueran Cristóbal Colón.
Las otras mujeres notaron su desánimo y la fueron aislando. Cuchicheaban a sus espaldas y se reían cuando ella pasaba cerca. A los pocos días ya nadie le hablaba. Hay que comprenderlas, lo último que necesitaban era alguien que dudara del éxito de la travesía. Ella intentó entretenerse con los niños, que se divertían descubriendo formas en las constelaciones o haciendo rodar ovillos de lana por la cubierta, inconscientes de la aventura a la que se los estaba exponiendo. A Charlotte no le preocupaba el rechazo de esas mujeres que se la pasaban bordando, fantaseando con que cosecharían las papas más gigantes del mundo e intercambiando recetas de chutneys de durazno, mientras viajaban a una tierra sin duraznos, qué ridículas. Lo más deprimente era escucharlas hablando de qué lindos vestidos venden en tiendas de Cardiff que jamás en la vida volverían a pisar. ¿No se daban cuenta de lo que estaba sucediendo?
Luego de dos meses de ver solo horizonte azul, una mañana el hijo de Glenda Barrett despertó a todos diciendo que escuchaba cantos de sirenas, y que se estrellarían en las rocas si no frenaban. Todos pensaron que había robado whisky del tonel y que ya estaba borracho. Pero todos escucharon a las sirenas .Un canto gutural y profundo que hacia eco en todas partes . Se levantaron , se asomaron por la borda y vieron a unos monstruos gigantes que saltaban en el mar haciendo que el barco se sacudiera con el oleaje. Eran ballenas.Y detrás de ellas, la tierra. Llenos de jolgorio, todos aprestaron su equipaje y prepararon los botes. “¡Mira qué vacas enormes! ¡Aquí sí que se come bien!” gritó Harry Hopkins, señalando las aletas gigantes. Todos reían. Menos de Charlotte, que se quedó dura al ver la tierra.
Sí , claro, tierra a la vista. Sólo tierra. Sólo eso.
Una franja de tierra seca, color gris amarronado. Ni una brizna de pasto, ni un solo árbol. Un desierto total.
A Charlotte se le aflojaron las rodillas, y se aferró al cuerpo de su beba como para no caerse. El barco se acercó a la costa. Era una mañana de sol, y sus rayos se reflejaban en el agua como hojas doradas. Era lo único que había para ver, el reflejo del sol en el mar. En la tierra, no había nada. Cuanto más se acercaba el barco, menos había para ver. Una playa de piedras, unos acantilados que parecían ruinas de pirámides antiguas, limadas por el viento. Y más tierra gris. Hasta un idiota podía darse cuenta de que allí no había manera de hacer crecer una hierba, ni de criar una sola cabra. Supo que los peores rumores que había escuchado en el mercado eran ciertos, y que las maravillas que contaba el periódico eran mentiras. “Vaya a saber quien hace dinero trayendo hasta aquí a un barco lleno de idiotas”, pensó. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se mordió el labio inferior para no llorar delante de todos. Los pasajeros, se agolparon frente al puente para bajar a los botes, eufóricos, cantando a coro Hen Wlad fy Nhadau . A Charlotte le pareció que estaban bastardeando todo el sentido del himno. “La tierra de mis padres” , ja…¡ la tierra del demonio!
Odió las risotadas de Harold, que festejaba las bromas de los otros. “ Hey, Harold, aquí no hay caminos, hay solo piedras, ¡tendrás mucho trabajo reparando zapatos!”, le decían . “¡Entonces me haré rico!”, respondía él .
Charlotte le dio la espalda a ese horizonte gris, y fue a sentarse en la bodega inferior. Se quedó en un rincón oscuro, a amamantar a su beba. Deseó con toda su alma que se olvidaran de ella, que Harold bajara con todos y se quedara ahí remendando zapatos, y que el clipper volviera a casa cuanto antes.
No supo cuánto tiempo paso allí. Tal vez el canto de las ballenas y el balanceo del barco la ayudaron a dormirse para mitigar tanto dolor.
De pronto alguien la sacudió por el hombro, y le dijo “Señora Brown, debe desembarcar”.
Ella levantó los ojos y dijo con voz firme: “No bajaré”.
“Es que ya hemos llegado y están todos abajo. El barco ya debe zarpar”, dijo el marino.
“No bajo. Vuelvo a Cymru en esta nave”, repitió ella.
El marino suspiró y se marchó, contrariado.
Al raro regresó con Murray, el dentista, quien la miró con desconcierto, como si estuviera loca. Ella volvió a decir que no bajaba.
“¿Por qué?” , preguntó Murray.
“ Porque aquí no hay nada. Quiero volver a casa. Todo lo que dijeron son mentiras”.
Murray llamó a Jones y a Graham, y ambos le dijeron “Harold ya está en el bote, esperándola” “Que se vaya. Yo no bajo” , repitió firme. Llamaron a Harold, que primero fue amable, luego la sacudió, la llenó de ruegos, de promesas y de amenazas. Fue todo en vano, ella estaba decidida a quedarse en el barco:
“Yo vuelvo a casa”
“¡Mujer, ya no tenemos casa, hemos vendido todo!”
“Viviré en la calle, no en este desierto”
“Pero no nos quedaremos aquí. Iremos a Rawson” ,
“Esto es horrible por donde lo mires” , dijo ella.
Luego vino la familia Lewis para convencerla. Luego el capitán, los Jones; los Greys …y nada. Charlotte no se movía. Finalmente, Harold la arrastró por los hombros, ya harto de pasar semejante bochorno delante de todo el pueblo. . La llevó a la cubierta cogiendola fuertemente de los brazos .
“Subo a despedirte, pero me quedo aquí” , le dijo ella .
El perdió la paciencia y le dio un puñetazo a los maderos de la pared: “¡Maldición, Charlotte!¡ Sube, ya!¡ La gente está esperándote!”.
El saltó al bote y le extendió el brazo para ayudarla a saltar .
Ella no se movía.
Entonces las mujeres del bote se cruzaron miradas, y hicieron un gesto que ella no entendió.
Rachel Lewis avanzó, saltó nuevamente al barco con la Grey, y con un movimiento brusco le arrancó a la beba de los brazos a Charlotte.
“¡ NO!” gritó Charlotte .
“ Tu hija se queda aquí …¿ Volverás a Cymru sin ella?”, le dijo Rachel.
“ Deja de hacer el ridículo y baja de una vez” , le dijo la señora Jones.
“ No bajo…¡ Devuélvanme a mi hija!”, gritó ella,
“ Si quieres, vete. Pero tu hija se queda conmigo”, le dijo Harold.
Rachel le pasó la bebé a la esposa de Dickinson y ella a una muchacha desconocida, que la envolvió en su capa y saltó al siguiente bote de la fila, el primero de todos. Y ese bote soltó amarras…
Charlotte intentó ver la cabecita rubia de su beba bajo la capa negra, en vano. Era una mancha negra perdiéndose en una densa bruma anaranjada bajo el último sol del atardecer. Su hija desaparecía rumbo al fin del mundo.
“ Nooooo! “gritó Charlotte. Se aferró a la barandilla del barco, pero alguien la tomó de la cintura y otro la empujó con fuerza al último bote. Una vez adentro dejó de luchar. Sólo pensaba en su bebé.
Como una larga fila de inmensos insectos negros, los botes se acercaron a la costa, cautelosos. Las ballenas ya no cantaban. Había un enorme silencio, y sólo se escuchaba el golpe de los remos en el agua. Demasiada quietud. Hasta podían venir indios a atacarlos, no sería la primera vez .
De pronto se sintió el golpe de la quilla en la arena.
Charlotte bajó con dificultades, y sin que nadie le tendiera una mano, luchando con sus faldas largas. Hundió su zapato en agua helada, y trató de acercarse a tierra para buscar a su bebé. Un golpe de viento polvoriento la cegó, y no pudo ver a la chica de la capa negra. Esperó sentir el llanto de su niña, pero nada .
Apenas había dado un paso en la playa helada, cuando se sintió rodeada. Todo fue muy rápido. Sintió que la tomaban de los brazos y de los pelos. La primer bofetada la sorprendió. ¿Quién se atrevía a pegarle? La segunda le ardió como fuego. La tercera la indignó. La cuarta. la quinta y la sexta le cayeron como una lluvia granizos, manos pesadas , hasta que sintió la voz de Rachel Lewis , de la Jones, la Dickinson, la Bates, la Graham y otras que le gritaban : “¿ Qué te has creído?“ “¡Caprichosa!” , “¡Nos averguenzas y averguenzas a tu marido!” “ ¡ Insolente!”, “ ¡Grosera!”, “ ¡A ver si te enteras adónde has llegado!”.” ¡Esto no es Cardiff, mocosa!”
Solo cuando cayó al piso dejaron de pegarle La dejaron allí, llorando sola.
Estuvo ahí, sin fuerzas sollozando dolorida, hasta que vio que el barco se alejaba sin ella. No tuvo más remedio que seguir al grupo, para no quedar sola en la playa helada.
Caminaron por un buen rato, arrastrando sus cosas en carros muy simples.
Escuchó a Carol llorar a lo lejos y gritó “¡Devuélvanme a mi bebe!” .
Nadie le respondió.
“¡Devuélvanme a mi bebé!”, gritó con más fuerza.
Cinco mujeres se abalanzaron sobre ella y la amenazaron con el puño en alto, “ Te callás o recibirás otra paliza”.
”Mi bebe, mi bebé”, gimoteaba Charlotte … y era como si la pequeña Carol la escuchara, porque aunque la llevaban más y más lejos, cada vez lloraba más fuerte .
El carruaje que tenía que recogerlos y llevarlos a Rawson se demoró horas.
Estaban todos tan cansados , ya hartos de soportar los llantos de madre e hija, que Harold arrancó a la beba de brazos de Rachel Lewis y se la lanzó a la cara a Charlotte, diciendo “Que más da, si el barco ya partió…¡Cállense las dos de una vez!”
Y Charlotte se calló durante años, en los que Harold recibió más disgustos que acres.
Harold dejó de reparar zapatos y tuvo que aprender al labrar la tierra. Se hizo amigos de los indígenas, que le ayudaron a salir adelante, trayéndole frutas amargas que sacaban el hambre y carne salvaje, que guisada se podía masticar. La vida era dura, pero lo mejor era que no había ingleses a la vista. Era lo único cierto de los relatos que llegaban a Cymru. Por lo demás, había que pasar horas rogando a Dios que salve las cosechas, que a veces eran estupendas y otras veces, atroces. Pero todo druida conoce los avatares del clima. Quienes pudieron mover toneladas de piedra para construir Stonehenge para favorecer cosechas, también pueden arar el campo con sus manos y resistir heladas y sequías. Al menos el ganado crecía gordo como ballenas, los quesos eran buenos y las mermeladas de los buenos veranos los salvaban del hambre invernal.
Charlotte tuvo otros seis hijos con él: el tío William , el tío Albert, la tía Nancy ,el tío Morris, la tía Elizabeth y el tío Esteban. Creo que tuvo tantos chicos porque no tenía ninguna amiga y el abuelo Harold casi no le hablaba, porque tenía miedo que ella le preguntara cuando regresarían a Cymru. Sus hijos fueron sus únicos amigos.
El abuelo se hacía amigo de los nuevos colonos que iban llegando, y la tierra gris se llenaba de locos que decían “ Este es el mejor lugar del mundo..¡no hay ingleses!”.A veces Harold ni siquiera volvía a casa tomar el té, pues prefería quedarse con amigos entusiastas, a estar con su esposa callada y deprimida, porque él siempre llegaba muy tarde oliendo a alcohol. Su tierra no rendía nada, y vivieron de la caridad de los vecinos, hasta que alguien le recomendó que contratara a Matthews, un joven listo de la Mimosa que ya había aprendido mucho de los indios, y además sabía hacer canales para desviar las aguas del Chupat. De él se comentaba que había ayudado a hacer un canal de 28 kilómetros de largo, 6 metros de ancho y 1,5 metros de profundidad en el centro. Era una maravilla que había convertido el desierto en un vergel.. El abuelo lo contrató para que hiciera un sistema de canalización con el que esperaba sacarle trigo a las piedras.
Matthews era apuesto, fuerte y tan callado y ensimismado como Charlotte. También se decía que había sido uno de los encargados de vengar la muerte de Aaron Jenkins, luego de que fuera asesinado por un mestizo sin que Lewis, el marido de Rachel, que estaba a cargo del orden del pueblo, hiciera nada para esclarecer el caso o buscar a los culpables. Tal vez habían sido sobornados por los criminales. O tal vez Lewis había pagado a los asesinos porque no simpatizaba con el bueno de Jenkins.
Matthews era tan valiente como abnegado. Trabajaba de sol a sol en los campos de los Brown. A Charlotte le daba pena verlo sudar en los días sofocantes de verano, esos que parecen reservar todas las brisas para que te congelen después en invierno.
Un día le ofreció un té y un trozo de torta. El apoyó el plato en un tronco y se limitó a gruñir un cortés “Diolch yn farwr”. Menos mal, no es mudo, sabe decir gracias además de “Bore da” cuando llega y “ Hwyl” al partir, pensó Charlotte . A los pocos días llovió tanto, que lo invitó a compartir el té con ella en la cocina. Y curiosamente, se rompió el silencio. Empezaron a hablar de que los colonos habían encontrado el lugar perfecto para cumplir el ideal de encontrar un país deshabitado que no estuviera bajo ningún gobierno propio. “Es que el gobierno de este país no existe, son todos aristócratas que compiten en fama y demagogia…Como los ingleses…”, coincidieron. Recordaron que los colonos que habían probado suerte en las costas de Estados Unidos también acabaron en la Patagonia, espantados de ver que en Maine los niños olvidaban hablar Cymraeg y comenzaban a hablar el idioma del enemigo. Tampoco habían tenido suerte los que fueron a Brasil, donde los trataban como esclavos igual que en Gales. La idea de llegar a un territorio vacío para no desaparecer absorbidos por otros pueblos vecinos, había sido finalmente lograda.
“Esto no es tan desierto” dijo Matthews.” Hace dos semanas me crucé con diez nativos a diez millas de aquí”. “¿Es cierto eso? ¿Quiénes eran?”, preguntó Charlotte, sorprendida. “ Diez guanacos”, dijo Matthews. Charlotte estalló en carcajadas. Supo que hacía meses, tal vez años, que no reía. Si no era por las gracias de los niños, que inventaban nuevas palabras mezclando el español con el gaélico, no reía jamás.
Matthews ,como ella, se animaba a reconocer que añoraba las playas de Llandudno, el castillo de Bangor, las avenidas de Cardiff, las cumbres de Snowdonia y los jardines de Pwhelli … “Pero alli no hay futuro para los galesos, mientras aquí… quién sabe” dijo él. Y ella sintió que por primera vez creía en esas palabras. De la boca de él parecían verdad, no otra quimera más. Matthews no era un iluso. Era un hombre capaz de sacarle ciruelas al gris de la tierra. Por lo pronto esa tarde le sacó un color carmesí a las pálidas mejillas de Charlotte, cuando rozó su mano para tomar la tetera y decirle “Déjame, yo la llenaré” . Por primera vez en su vida, Charlotte sintió que un hombre se ocupaba de atenderla. El ya casi no parecía europeo. Tenía brazos musculosos y morenos como los de un tehuelche .En ese momento el tío Esteban, que era un nene, cruzó corriendo la cocina y tío Albert , por tratar de alcanzarlo, se chocó con la pierna de Matthews. En vez de enojarse con los chicos por irrumpir, como lo hacía Harold, Matthews rió y les acarició los cabellos rubios con su mano curtida. Ella se emocionó con ese gesto de ternura, tan raro en un hombre. Cuando él se acercó y le sirvió el té muy cuidadosamente en su taza de porcelana, tuvo que mirar para abajo para disimular el montón de sensaciones turbadoras que él le causaba.
Fijó su mirada en el paisaje de la taza. Era un prado celeste, con arbustos azules, casi tan azules como la mirada de él, y algunos árboles al costado que extendían sus ramas como manos tocando el cielo. Si, tal vez gracias a los canales, en ese desierto crecería un prado como el dibujo de la taza. Ella ya había sido empujada a una loca aventura en contra de su voluntad, y había obedecido ciegamente a su marido. ¿Por qué no lanzarse ahora a una aventura propia? Mientras pensaba esto, casi como adivinándole el pensamiento, Matthews le dijo: “Croeso i Patagonia” , y alzó su fragante taza como en un brindis . ¿Bienvenida a la Patagonia? Nadie antes se lo había dicho.
Compartieron juntos cada té, al fin de cada jornada, día tras día. Las conversaciones se hacían más largas y las risas eran tan fuertes que hasta los niños se sorprendían…¡ Increíble, mamá se ríe!
Harold nunca los vio juntos. Cada vez llegaba más tarde a casa.
Ella no lo hizo por impulso, querida mía, no.
Antes, lo meditó largamente.
Los niños mayores ya estaban crecidos, pronto harían su propia vida, Ella aún no había tenido una vida propia. Matt le dijo que ya era hora de hablarlo con Harold, y ella comprendió que tenía razón. Esa noche nadie durmió. Fue un escándalo total. El abuelo Harold repitió lo mismo que había dicho aquel atardecer en el golfo, veinte años atrás “Si querés, andate. Pero los niños se quedan conmigo”. Ella los besó uno a uno mientras dormían. Tu abuela lo sabe porque se hizo la dormida, pero vio a su madre llorar en la oscuridad. Esta vez sí que dejó las sabanas mojadas y saladas como luego de una tormenta en altamar. Se marchó sin nada más que su ropa puesta y su tacita de porcelana, en la que se dibujaba un paisaje del futuro.
Con Matthews tuvo otros cuatro niños, que resultaron ser mucho más salvajes, osados y felices que los Brown. El abuelo Harold prohibió a toda la familia que entrara en contacto con la perversa Charlotte, que los había abandonado para seguir tras un peón. Dicen que Carol, la hija mayor, se escribía con ella en secreto, y que el hijo menor de los Peterson, el que vendía huevos puerta a puerta, era el que les llevaba los mensajes escondidos dentro de su frágil canasta Pero nadie jamás encontró una de esas cartas. Se supone que las dos las leían y las arrojaban al fuego. Una vez que mi tío Esteban creyó ver a su mamá en el pueblo y la siguió detrás, recibió tal paliza de su padre que nunca más volvió a intentarlo. Mi madre, tu abuela Elizabeth, la menor de las mujeres, prefirió creer la versión de su padre, y toda la vida me prohibió preguntar por la abuela Charlotte. Se erizaba cuando alguien la mencionaba. “Esa bruja” decía. Mi abuelo Harold vivió muchos años, la mayoría de ellos borracho, capaz de hacer rodeos de muchas millas extras con su caballo o su carro antes de pasar delante de los campos de los Matthews, tal era su resentimiento. La envidia es el pasatiempo de los cobardes, ja.
Yo intenté averiguar qué fue de ella, pero en el pueblo sólo recogí expresiones de desprecio hacia la muchacha que abandonó a sus siete hijos. Las malas lenguas dicen que murió amargada, añorando regresar a Cymru. Pero el viejo Peterson, el niño mensajero, le contó a mi madre que Charlotte un día le dijo, pícara “me gustaría volver, pero para qué, si lo mejor de Cymru lo encontré aquí”, señalando a Matthews. Por supuesto que esto mi madre lo decía para confirmar su desprecio total hacia su abuela loca. Yo siempre sospeché que no era tan mala. De hecho, ella era la única persona del pueblo que siempre dejaba flores en la tumba de Dorothy Walsh, la mujer del médico, la primer victima en esta tierra inhóspita. Ella también desviaba enormemente de su camino a casa , pero pasar siempre por el campo de los Brown, intentando ver a sus hijos, aún sabiendo que serían castigados si hablaban con ella.
Claro, preciosa, que te parecés a tu tatarabuela, y que quise darte su nombre. Pero para todo el pueblo, Charlotte no es un buen nombre. Fijate que no hay nadie que se llame así. Y yo tampoco quise ponerte esa cruz. Ya bastante sufrió tu tatarabuela. Ahora sos chiquita para entender todo esto. Pero te lo tenía que contar, para que sepas que te conviene elegir otro seudónimo para participar en este Eisteddfod. Te juro que por bien que recites o cantes, con ese nombre no vas a ganar. Pero quiero que sepas que cuando cumplas 18 años, de acuerdo a las leyes de este país, estás en todo tu derecho de cambiarte el nombre de tu tatarabuela paterna Rachel Lewis, por el de tu otra taratarabuela, la que dejó a un hombre gris por otro que hizo florecer el desierto.
Bacterias (*)( *adecuados como juveniles)
Era la mañana del 24 de Diciembre. Una fecha que a la mayoría de la gente le alegra pensando en comida rica y regalos bajo el arbolito de Navidad. La abuela Amelia, en cambio, estaba triste. Si hijos le habían dicho que iban a vender la casa grande, y que ella tendría que mudarse a algo más chico. “Si vivís sola, ¿ para que querés una casa tan grande, mamá ?” , le dijeron .
Llegó el día de la mudanza, y sus hijos la llevaron a la casa nueva: una cosita chiquita y vieja en un barrio tranquilo y chato. Cuando ella vio la casa, le pareció que era de juguete, al lado de la suya. Tenía dos dormitorios, un escritorio, y un living chiquito. Lindero al escritorio, tenía un patiecito como para colgar la ropa. Y la cocina daba a un jardincito con parrillita. Ja, como si ella pudiera ponerse a hacer asado.
No se imaginó viviendo allá. El barrio era demasiado tranquilo.Ni siquiera tenía un centro comercial .La convencieron diciéndole que la vuelta tenía almacén, mercería y carnicería, y que enfrente tenia una remisería para ir adonde quisiera. No tenía adonde ir.
Pero no dijo más nada. Ya estaba cansada de todo.
El ranchito era feísimo. Ernesto, su hijo mayor, le había prometido que lo pintaría, y Elena le dijo que le pondría cortinas nuevas antes de la mudanza.
Pero estaba tal cual como ella lo había visto el primer día en que fueron con el empleado de la inmobiliaria. Había polvo y cucarachas muertas panza arriba por todas partes. Las cajas de la mudanza estaban sin abrir, cubriendo todo el suelo. Sólo habían acomodado los muebles en el lugar que ella indicó, seguramente para evitar que se rompiera un hueso corriendo sillones. Todo lo demás estaba como recién bajado del camión de la mudanza. Elena le había dicho que después la ayudaba a guardar las cosas, pero no apareció.
De pronto se dio cuenta de que había sido una desgracia haberse llevado tan bien con su marido. Eran tan apegados el uno al otro, tan amigotes, que se bastaban el uno al otro. Ninguno de los dos necesitaba amistades de afuera. Se habían aislado demasiado. Y ahora ella no tenía ninguna amiga a quien pedirle ayuda sin pasar vergüenza. Así que no tuvo más remedio que arreglárselas sola.
Poco a poco, día tras día, fue abriendo una caja tras otra a hasta terminar de acomodar todo en alacenas, aparadores y placards. Empezó a darse cuenta de que el ranchito, en verdad, era una linda casita sólida, con buena luz, y que con una mano de pintura de un color alegre quedaría bastante acogedora.
Amelia armó en el escritorio una especie de cuartito de tejido, a espaldas de las espantosas cortinas verdes a lunares rojos. La tele la puso en el dormitorio. En el living ni entraba, porque el sofá y los sillones ocupaban todo.
Lo que la tenía más entretenida era el jardín. Plantó la bignonia traída de la casa grande, que rápidamente se apropió de la pared y empezó a largar capullos rosados que atraían a los colibríes, como si nunca la hubieran mudado de barrio. “Que suerte tienen las plantas, que no extrañan” , pensó Amelia.
El jardín estaba quedando lindo, pero las paredes seguían desastrosas.
Sus hijos no la visitaban. Una sola vez pasó Elena con los tres nietos. Acostumbrados como estaban a la casa grande, en la casa chica hicieron tanto ruido que ella acabó agotada. Se lo dijo a Elena, y enseguida se arrepintió, porque Elena le dijo “Está bien, no los traigo más”. Y no volvió.
Pasaban los meses y ella se sentía cada vez más sola y encerrada Se estaba convirtiendo en una de esas viejas que miran la tele todo el día, y la ponen cada vez más fuerte porque se están quedando sordas de tanto escuchar la tele a todo volumen. Y no le gustaba convertirse en eso. Pero ésa era su vida.
Un día, al volver de la carnicería vio a un grupo de adolescentes paradas en la puerta de su casa, señalando la chimenea. Pensó que tal vez había un gato o una comadreja en el techo. Cuando se acercó y sacó la llave, ellas se fueron. Amelia se quedó mirando el techo en puntas de pie, pero no vio nada extraño.
A la semana siguiente vio a cuatro chicas y un chico parados en la puerta de su casa. Pensó que serian evangelistas o testigos de Jehová, de esos que te entregan revistas religiosas o te quieren vender Biblias. Pero apenas la vieron salir, se fueron. Ni siquiera le dejaron la revista Atalaya.
Cuando volvió de cobrar la jubilación el jueves a la mañana, Amelia volvió a ver a un grupo de tres jóvenes admirando su casa como si fuera una maravilla arquitectónica. Dijeron “Hola” al verla entrar y se quedaron sentados en su vereda. Ella pensó que serian sobrinos de la vecina de al lado. Al rato no estaban más.
El viernes a la tarde, ella se levantó de la cama para hacerse unos mates. De pronto sintió risas en la puerta. Pensó que venían de la tele, pero en al tele había un tipo hablando de fútbol. Se acercó la ventana de enfrente, corrió la vieja cortina a lunares, y vio a otro grupo, esta vez de cuatro chicas y dos chicos, sacando fotos del frente de su casa. Algo raro estaba pasando. No esperó más, y llamó a Ernesto.
- Ernesto, habla tu madre. Decime la verdad… ¿Vos me vas a echar de esta casa?
- ¿Qué decís mamá? – preguntó su hijo, sorprendido.
- Pregunto si la vas a vender.
- Mamá…la acabamos de comprar. Es tu casa, ¿Cómo la voy a vender?
- Me pareció.
- ¿Por qué te pareció?
- Porque vienen unos chicos todos los días a mirarla, y hoy hasta le sacaron fotos.
- Mamá, ¿No estarás alucinando?
- Los vi, de verdad. Vienen siempre.
- Son ideas tuyas….
- ¡No! Estaban sacando fotos de la casa , te digo.
- Tendrás una cigüeña en el techo… ¿ Te fijaste?
- No tengo nada en el techo, y le están sacando fotos.
- Bueno, ma…¿ y yo qué tengo que ver con eso?
- ¿Y qué tengo que ver yo?
- No sé..¿qué querés que haga?
- ¿No te parece raro?
- Bueno, si te molesta, llama a la policía. O a un psiquiatra. Capaz que es por el cambio. Con la mudanza, uno ve cosas distintas. ..
- ¿Creés que estoy loca?
- No dije eso. Digo que tenés que habituarte a los nuevos movimientos y costumbres de un nuevo barrio. Y en ese barrio la gente es de caminar, mirar casas…
- No, no caminan. Se paran en la puerta de esta casa a mirarla fijo o a sacarle fotos. sólo en la puerta de mi casa.
- Estas paranoica, mami.
- No es paranoia. Es lo que pasa.
- Mamá, ya se te va a pasar. Estás durmiendo poco, como siempre. Alimentate y acostate temprano. Cualquier cosa, si esto sigue, me avisás y pido turno con el doctor Pascual.
Ella cortó, indignada.
¿Como iba a llamar a la policía? ¿Qué les iba a decir? ¿ “Unos quinceañeros le están sacando fotos a mi casa”? ¿Será legal sacar fotos a casas ajenas?
Ella recordó que casi todos eran chicos en edad escolar. Tal vez no había que alarmarse. Capaz que estaban haciendo un trabajo para el colegio, de la arquitectura barrial de los años ´40 .Tal vez fueran estudiantes de arquitectura. Tal vez le estuvieran sacando fotos a todas las casas del vecindario. “Tal vez”no: ojalá.
Al día siguiente, en la carnicería, le preguntó al carnicero:
- José, le voy a hacer una pregunta rara… ¿ A usted le sacan fotos de su casa?
- No entiendo- dijo el.
- ¿Se para alguien en la puerta de su casa y le saca una foto a su casa?
- Supongo que si mi suegra sale a la vereda en bikini, sí – rió el hombre
- Ja , muy gracioso- dijo ella
- Disculpe la grosería, doña. No, la verdad que nadie le saca fotos a mi casa. Le falta pintura para que hagan eso…. ¿por qué pregunta?
- ¿Nadie le dijo si hay chicos sacando fotos de casas?
- No…¿ Está bien así, de carne picada?
Fin del tema.
Nadie hablaba de chicos sacando fotos en el barrio. Se hablaba de los inadaptados que dejabaque sus perros hagan sus necesidades en las veredas, de las raíces de los árboles que estaban levantando las baldosas, y de los pibes que compraban golosinas en el kiosko tiraban las envolturas en los jardines. Nada más.
Una tarde en la que estaba en la cocina poniendo agua para el té y escuchando el noticiero en la radio, le tocaron el timbre. “¿Quien será?”, pensó ella. Demasiado tarde para el cartero y demasiado temprano un hijo. Además, los hijos la llamaban antes de venir. Por eso no la llamaban nunca.
Corrió apenas la horrenda cortina a lunares del frente y vio a un grupo de chicos como de dieciséis o diecisiete años, observando la puerta, muy serias . No estaban señalando la casa, ni sacando fotos. Pero miraban fijo a la puerta. “¿La abuela de alguna de ellas habrá muerto acá?” , pensó Amelia. Pero no podía ser, porque los chicos eran siempre diferentes. No podían ser todos nietos de la misma abuela. Ninguna abuela tiene sesenta nietos adolescentes. En eso vio que todo se iban.
“Menos mal, así se dejan de molestar”, pensó ella.
Pero en lugar de aliviarse, sintió una incomoda frustración.
Al día siguiente la visitó Elena a la hora del té. Abrió la puerta con su propia llave y fue directo a la cocina.
-¿Que hacen esos chicos allá afuera?- preguntó Elena, mientras abría un paquete con facturas y las acomodaba en un plato con cuidado, mientras se chupaba el dulce de leche de los dedos
- ¿Qué chicos?- fingió Amelia.
- Cuando estaba por entrar, vi un grupo de chicas y de chicos mirando la casa. Creo que le estaban sacando fotos. Cuando me vieron entrar, cruzaron a la vereda de enfrente.
- Me alegro de que lo hayas visto con tus propios ojos. Le conté a Enrique y cree que estoy loca. – suspiró Amelia, dejándose caer pesadamente en la silla de la cocina.
- Claro que los vi . ¿Y porque Enrique cree que estás loca?
- Le dije que hay chicos sacando fotos de la casa, y me dijo que estoy delirando, y que me va a llevar al doctor Pascual.
-¿Así que los viste otras veces?
- Los veo casi todos los dias.
- ¿Y por qué no les preguntás por qué lo hacen?
Amelia se quedo helada ante la obviedad. No sabía por qué no les había preguntado. O sí sabía.
- No sé. Supongo que es porque si estuviera Roberto, preguntaría él.
- Mamá- dijo Elena, acomodando el plato en el centro de la mesa - Papá murió y vas a tener que empezar a hacer cosas que hacía él. Como hablar con la gente.
- No me animo. Son muchos, siempre en grupo. ¿Y si son patoteros?
- Ay, mamá, preguntar no es nada malo. Es tu casa, y es obvio que te llame la atención que le saquen fotos. Y no parecen chicos malos. Son pibes de secundaria.
-Pero viste lo groseros que son … “Boludo de acá, boludo de allá …”
- Ay , mamá…¡ no te van a insultar porque preguntes por qué le sacan fotos a tu casa!
- No sé. No entiendo los códigos juveniles. Ni siquiera puedo comunicarme con mis nietos. Si por lo menos vinieran a verme, aprendería.
- No los invitás.
- Se la pasan visitando a las otras abuelas.
- Ganales de mano a las otras abuelas. Invitalos vos primero.
Amelia pensó que no le daba la cara para invitar a sus nietos a una casa tan fea.
- Cuando la casa esté pintada, los invito- respondió.
Al salir a despedir a Elena, vio un par de chicos que se sobresaltaron al verlas salir. Elena se les acercó :
- ¡ Ey! ¡Ustedes!¡ Paren! – gritó Elena.
Pero los chicos desaparecieron en la esquina.
- ¿ Me habrán robado algo? – pregunto Amelia , asustada
Elena miró la casa…
- Creo que no le falta nada.
- Sí que falta.- dijo Amelia – Le falta pintura.Y cortinas nuevas.
Elena suspiró y puso los ojos en blanco.
- ¿ Otra vez con eso? Ya te prometí que la vamos a pintar. Tengo que arreglar con Ernesto para que mande a su pintor de confianza. Yo compro la pintura. Te juro que va a ser pronto. Vos andá pensando el color. Pero no me lo pidas ya. Porque con el tema de que los chicos empezaron la escuela y todo, ando a las corridas y no tengo un minuto libre…
- Esta bien , hija, entiendo. La vieja está para lo último, ¿ no?
- Viejos son los trapos.
- Si. Los trapos verdes con lunares rojos que cuelgan en las ventanas , ¿ los viste?¡Me dan dolor de cabeza de lo feos que son!
- Te voy a traer cortinas nuevas, mamá. Prometido.
Elena le dio un beso, subió al auto y se fue. Antes de cerrar la puerta de casa, Amelia vio unos chicos en la vereda de enfrente, medio escondidos detrás de la morera, sacándole fotos a su casa. Juntó coraje, y les gritó, decidida:
- ¿ Qué están haciendo?
Todos pegaron un respingo de susto, se empujaron unos a otros y entre risotadas corrieron hasta desaparecer, ellos también, en la esquina, sin mirar atrás.
Ese domingo se le había pasado volando. Como todos los días. Sola, dolorida, aburrida, cansada, sin nadie que la llamara ni viniera a visitarla. Sólo charlaba un poco con la peluquera, con la vecina de enfrente - la de al lado no, porque dejaba que su perro le ensucie la vereda – y con el carnicero José.
La soledad le pesaba por más que el dolor de huesos. Pensaba en empezar a llamar a sus pocas viejas amigas. Pero no lo haría antes de que sus hijos le pintaran la casa. No quería verlas compadecerse de ella, que había pasado de una hermosa casa a este ranchito, por quedar viuda. “Tal vez muero antes de que pinten esto” , se dijo . Ni siquiera había podido seguir tejiendo el chalequito para su nueva nieta. En la mercería le dijeron que ya no se usa el rosa bebé para las nenas. Ahora las recién nacidas usan lila, fucsia, turquesa , verde manzana . Si empezaba a tejer uno nuevo desde cero, para cuando lo terminara, a la nena ya no le entraría. Ese día no había tenido ganas ni de cocinar. Almorzó un té. Estaba lavando la taza, cuando sintió risas en la vereda. Espió por la ventana y vio un grupo de chicas señalando el techo, la puerta, las ventanas, y las plantas. Otra vez lo mismo, y justo hoy no tenia fuerzas ni ganas de enfrentar a nadie . Pero recordó el consejo de Elena. Y se dijo “No puedo seguir sin saber qué pasa”.
Se acercó a la puerta y puso la mano en el picaporte. “No, no me animo. ¿Y si me burlan o me insultan?”, pensó. En ese preciso momento sintió que sonaba el timbre de la calle, y pegó un respingo del susto. Miró por la mirilla para ver si era otra persona. Pero no, las chicas seguían ahí. Otro timbrazo sonó, insistente.
“Estas caraduras se animan a tocar el timbre”, dijo. Y abrió. Para encontrarse con unas muchachas muy jóvenes que la miraban sonrientes y ansiosas.
- Disculpe, señora. Me llamo Leticia. Vivo acá cerca, y mis amigas y yo queremos saber si nos permite conocer su casa por dentro, sólo un minutito.
La chica lo dijo todo de un tirón como si hubiera ensayado mil veces la frase con sus amigas.
- No chicas, es una casa privada. ¿Por qué quieren conocerla?
- Es que acá vivieron los hermanos Obarrio, que son nuestros ídolos – dijo Leticia.
Las de atrás asintieron con un murmullo:
- Siiii….
Leticia agregó:
- ¿Los conoce? Son los líderes de bacterias.
Amelia la miró extrañada:
- ¿Están enfermos?
Las chicas estallaron en sonoras carcajadas.
- ¡No, señora, son los líderes de “Bacterias”, la banda de rock! - dijo la primera.
- ¿Cómo dijiste que se llaman los hermanos? – preguntó Amelia.
- Obarrio- dijeron todas al unísono.
“ Obarrio” , intentó recordar Amelia . ¿No era Obarrio el nombre de esa pareja que le había vendido la casa?
- Entiendo, chicas – dijo Amelia, sin soltar el picaporte- Pero los Obarrio ya no viven más acá …
- Ya sabemos- dijo una rubia.
- ¡Pero vivieron! - dijo una pelirroja de rulos, desde atrás. Leticia la calló de un codazo.
- Lo sabemos, señora, pero lo importante es saber que Edu y Mauri Obarrio estuvieron en esta casa.
- ¡Claro! – dijeron las amigas.
- ¡Y la extrañan mucho! - dijo otra vez la colorada.
- Si, muchas letras de sus temas hablan de esta casa….¿ No nos dejaría pasar un minutito?
- Por favor, señora…- suplicó la rubia.
- Sea buena…- dijo la pelirroja.
- Entramos y salimos, se lo juro. Es un segundo.- insistió Leticia.
Amelia se quedó observándolas, perpleja.
- No entiendo…¿Qué quieren hacer? ¿Sólo mirar?
- Si, sólo mirar…
- ¿Van a sacar fotos?
- ¿Nos dejaría? – dijo una morochita- ¡Qué divina!
- No- dijo Amelia, por las dudas.
- No importa, no sacamos… ¿Podemos ver?
- Déjenme pensarlo, chicas – dijo Amelia.- Voy a consultarlo con mi marido.
- Si, si. Pregúntele. Nosotras esperamos acá.
Amelia cerró la puerta. Eran sólo siete chicas. Parecían buenitas. Toda la historia parecía muy rebuscada como para ser un cuento chino para entrar a robarle. Tenía sentido que todos se pararan a sacar fotos de su casa, si ese grupo de rock era tan famoso. Era cierto que los Obarrio habían vivido ahí.
- ¿ Qué hago Roberto, las dejo pasar?- preguntó con una voz que hizo eco en el Más Allá
Y le pareció que Roberto le diría “Son nenas, Amelia…Dejalas” .
Amelia abrió la puerta lentamente.
Y las vio a todas de rodillas en el piso, con las manos entrelazadas, rogándole como a la Virgen María :
- ¿ Y? ¿Nos deja?
- ¡ Chicas , levántense del piso! Está bien. Pasen – les respondió- ¡ Pero cinco minutos! ¿ Eh?
Las siete se abrazaron, saltaron juntas y entraron en tropel, agitadas, llenándola de besos y abrazos, diciendo “gracias, gracias, qué buena es, qué amable, mil veces gracias”.
Entraron al living y se quedaron mudas,mirando todo asombradas, como quien entra a una catedral. “Falta que se persignen” , pensó Amelia.
- -Ahhhhh…..Ahhhhhh…¡Era así!
La pelirroja preguntó a Leticia:
- ¿Te la imaginabas así?
- Siiiiii…Tal cual.
- Miraaaaaá esa ventana. Da al pino….
- ¡ Siiiiii!
- “El pino que llena mi ventana / que sigue siempre verde aún en invierno…”- corearon todas, emocionadas.
Leticia miró a Amelia, que seguía helada contra la puerta y le dijo:
- ¿En verdad sigue siempre verde, aún en invierno?
- No lo sé. Me acabo de mudar. Todavía no viví el invierno acá. Pero los pinos suelen ser verdes todo el año.
- Claro… - dijo Leticia, pensativa.
- ¿Podemos ver la pieza de Edu y Mauri?- preguntó la rubia.
- ¿Y qué sé yo cuál es la pieza de Edu y Mauri?- se sinceró Amelia
- ¡ Nosotras sí sabemos! – dijeron todas y corrieron juntas directo al cuarto de tejido.
- No…ése es el escritorio- dijo Amelia acercándose al grupo, con un poco de miedo de que le tocaran sus cosas.
- ¡No, era la habitación de ellos!- dijo la rubia
- No entran dos camas.- dijo Amelia
- Pero sí cuchetas.
- La habitación es la de atrás – dijo Amelia.
- No. Acá dormían. En la del medio ensayaban. – insistió la rubia.
- ¿ Junto al dormitorio de los padres? –preguntó incrédula la dueña de casa.
- Si para que no saliera tanto ruido a la calle.
- ¿ Y qué clase música hacían?- inquirió Amelia.
- ¡ Hacen! – corrigió Leticia- ¡Música celestial!
Amelia miraba estupefacta a las chicas acariciando las sucias paredes y revisándolas como arqueólogas buscando señales ocultas en las grietas de la vieja pintura.
- ¿Podemos abrir los placards?- preguntó Leticia.
- ¿ Para qué?- preguntó Amelia, alarmada
- Para ver algo que dejaron ellos. .
- Ahí no dejaron nada . Sólo hay toallas y sábanas mías .
- Pero hay algo que no se pudieron llevar. – dijo Leticia, misteriosa.
Amelia trató de recordar si había visto una caja fuerte. No, no había nada, salvo que estuviera escondido bajo el parquet. Pero qué podían saber esas nenas. Supuso que cuanto antes se sintieran satisfechas, antes se irían.
- Bueno, abran. ¡Pero no toquen nada!
Los dedos de Leticia se posaron sobre la puerta blanca del placard como quien esta a punto de abrir un alhajero. Las demás contuvieron el aliento, expectantes.
- ¿Lo abro?- preguntó la chica, sádicamente
- ¡ Si, dale, no nos hagas sufrir ! – gimieron todas.
Leticia abrió lentamente el placard de las toallas, sin que Amelia pudiera imaginar qué podría tener de interesante. Todas metieron el cogote adentro y lanzaron un largo “ Ahhhhhh!”
- ¡Acá , en la puerta está escrito clarito “ Edu es el mejor”!
- Y ahí, detrás del estante… fijate si esta lo de Mauri …
- ¡ Si, está! ¡”Aquí pasamos los días más felices de nuestra vida. M y E “! ¡ Lo escribieron antes de irse!
- ¡ Y en la puerta hay un pedacito de “ Sonrisa de sol”, tal como dijeron en la entrevista!
- ¡ Leélo en voz alta, Caro!
- “ Sonrisa de sol / regalame un rayo de tu luz / que le dé calor / a mi tiempo helado…” – leyó la chica pecosa de flequillo, con la nariz pegada a la pared interior del placard .
- “ …todo dolor / es ya pasado / ya no debo cargar esa cruz / y por fin, con tu amor/ tengo mi propio sol privaaaaado”…- corearon todas con alegre melodía pegadiza
- Me muero de emoción…¡Estamos pisando el mismo piso que pisaron ellos!
- ¡ Y estamos tocando sus paredes!
De pronto, la chica de pelo enrulado gritó señalando las cortinas, y tapandose la boca con las dos manos .
“¡Oh, no!”, pensó Amelia, “Hasta ella se dio cuenta de lo feas que son…¡Yo sabía que acá no tenia que entrar nadie hasta que Elena las cambie!”
- Disculpen, chicas. Sé que son un espanto, pero no pude cambiarlas – dijo Amelia, poniéndose colorada.
- ¡ Son las mismas! – dijo la de los rulos.
Se acercó, tomó la cortina en sus manos y la besó. Las otras también se acercaron con devoción y besaron las cortinas cerrando los ojos, como si fuera un peluche nuevo. Balanceándose abrazadas a la cortina cantaron a coro algo así como “cortinas verdes musgo, verde hierba / lunares rojo sol, rojo manzana…”.
Dos de ellas estaban tan conmovidas que empezaron a llorar.
- ¡Esto es muy fuerte!- dijo una de las mas emocionadas- Gracias, señora.
- ¡Gracias, de verdad!- dijo la colorada.
- Disculpe la emoción – dijo la rubia.
- No abusemos de la paciencia de la señora, chicas – dijo Leticia - Gracias por habernos dado tanta felicidad. No la molestamos más
- Pero Leti …- dijo la rubia - ¿ No vamos a ver el jardín? “Mi limonero te espera/ con sus ramas abiertas/ como yo….”
- ¿ Y el patio? – dijo la de flequillo - “ Salté de baldosa en baldosa, sin pisar jamás la raya”
- ¿ Y las fotos ? ¿ No vamos a sacar fotos? - preguntó al colorada .
- No chicas, ya está bien –dijo Leticia - Ya entramos y vimos. Ya está.
- ¿Podemos volver otro día? - preguntó una bajita, de ojos claros, que hasta entonces no había hablado.
Amelia miró esos ojitos suplicantes, aún con lágrimas en las pestañas. Pensó que todas tenían la edad de Gaby. A ella no le hubiera gustado que una vieja loca y solitaria le dijera que no a su nieta Gaby .
- Vuelvan cuando quieran.
Todas le saltaron encima llenándola de besos, abrazos y cariñosos estrujones, algunos bastante dolorosos. Le dijeron que volverían con regalos.
- ¡Dígale gracias a su esposo!- dijo la rubiecita al salir
Y ,al cerrar la puerta, Amelia murmuró para sí : “ Gracias, Roberto”.
Al día siguiente le trajeron flores, bombones, mermelada casera que hacía una de ellas y un chal precioso que otra había tejido en telar. Quien se conmovió esta vez fue Amelia, que recibió todo con lágrimas en los ojos. Y para devolver tanta cortesía, les permitió sacar fotos de la casa.
Lo que no sabía era que la noticia de que se podía entrar a su casa había corrido como reguero de pólvora. Inevitablemente, vinieron las visitas. Todos eran chicos buenos, tranquilos, del vecindario. Muchos de ellos venían con remeras del grupo Bacterias. Pensó que sería injusto dejar pasar a unos y otros no. Así que los dejó pasar a todos.
Luego empezaron a venir de otros barrios. Algunos hacían viajes de dos o tres horas para ver su casa. Uno le traía huevos de su gallinero en La Matanza. Otro, limones. Y otro traía poemas que escribía él. Una tarde vinieron dos con una guitarra a tocar temas de Bacteria en el jardín. Un chico muy tierno era Marcos, que venía desde La Plata y se ofreció a cortarle el pasto del fondo todas las semanas. Pero los padres no lo dejaron venir más, porque decían que por visitar a la abuela dejaba de estudiar. Lo extrañó mucho cuando dejó de ir.
Una chica le regaló un canario y otra le regaló un póster de las Bacterias porque dijo que las paredes estaban muy vacías. Los del barrio venían todos los días. Amelia se hartó de atender el timbre cada cinco minutos y dejó la puerta abierta para que los chicos entraran y salieran cuando quisieran. La mayoría venía para sacarse fotos sosteniendo las cortinas verdes a lunares rojos como si fuera un trofeo. La únicas tres condiciones que ella ponía para poder ver la casa de adentro eran: limpiar el baño después de usarlo – los grandulones meaban afuera del inodoro-, no abrir la heladera y cerrar la puerta al salir el último, a las siete de la tarde.
A las únicas que les permitía que hicieran lo que quisieran era a Leticia, Carola, Melina, Mabel, Luli , Flor y Jackie, las atrevidas de la primera vez. Hasta las dejaba cocinar, mirar la tele, y quedarse hasta tarde escuchando a todo volumen los discos de Bacterias. Las chicas se las ingeniaron para estrenarle la parrilla haciendo un delicioso asadito.
Amelia ya se sabía todas las letras de los temas de Bacterias, y las chicas le habían grabado, muertas de risa, un cassette titulado “Amelia y las Bacterias”. Melina le hacía las compras si estaba muy cansada, Jackie le traía revistas de su casa y Mabel se daba mañana para cortarle el pasto y regar el retoño del sauce que ya tenía brotes nuevos. Flor y Leticia estaban aprendiendo a tejer tan bien que se estaban acabando sus propios pulóveres bajo la guía de Amelia. Sus compañeros las envidiaban por esa suerte de pase libre a la casa de los Obarrio. Las chicas a veces le traían a algún invitado especial que se emocionaba tanto como ellas de entrar en esa casa. Todo eran “Ahhh” , “Ohhhh” y “No lo puedo creer” con cada nuevo visitante que recorría la casa . Las chicas estaban muy agradecidas. Se habían hecho muy populares con las primeras fotos del placard de las toallas, que hasta había salido fotografiado en una revista de rock.
Para fin de año ya estaba peleándose por quién de ellas llevaría a Amelia a pasar Nochebuena a su casa. Todas querían tener ese honor. Para que no se pusieran celosas, Amelia, optó por no ir a la casa de ninguna e invitarla a todas a que se reunieran en su casa después de medianoche. Total, todas vivían muy cerca.
Amelia pasó la mejor Nochebuena sin Roberto que jamás hubiera podido imaginar. A los hijos les dijo que se irñia a dormí temprano. Pero la verdad era que prefería pasarla con las chicas . Amelia hizo pan dulce casero y las chicas trajeron helado que regaron con salsa de chocolate para todas. Y se quedaron charlando con Amelia en el jardín, de cosas de mujeres, mirando los fuegos artificiales y luego las estrellas. Hasta planearon llevarla un día a Amelia a ver un show de Bacterias en vivo en un estadio de fútbol.
El 25 de diciembre Amelia se despertó con los trinos del canario. Le sorprendió ver tantas chicas roncando en las reposeras, a su alrededor, en el jardín bañado por la luz rosada del amanecer. Estaba un poco fresco, así que entró a la casa y volvió mantas, con las que las tapó amorosamente a cada una de las chicas.
El único problema que tenía ahora Amelia era que sus hijos no entendían por qué, de pronto, Amelia se negara a que le pintaran las paredes y las puertas. Tampoco quería que le cambiaran las espantosas cortinas.
Ella prefirió que creyeran que se trataba de demencia senil.
- Mamá, estás mal. No podés vivir así, dentro de esas paredes mugrientas, te estas deprimiendo….
- No te preocupes, Elena. – respondió ella, sonriente - Me están gustando las bacterias.
Llegó el día de la mudanza, y sus hijos la llevaron a la casa nueva: una cosita chiquita y vieja en un barrio tranquilo y chato. Cuando ella vio la casa, le pareció que era de juguete, al lado de la suya. Tenía dos dormitorios, un escritorio, y un living chiquito. Lindero al escritorio, tenía un patiecito como para colgar la ropa. Y la cocina daba a un jardincito con parrillita. Ja, como si ella pudiera ponerse a hacer asado.
No se imaginó viviendo allá. El barrio era demasiado tranquilo.Ni siquiera tenía un centro comercial .La convencieron diciéndole que la vuelta tenía almacén, mercería y carnicería, y que enfrente tenia una remisería para ir adonde quisiera. No tenía adonde ir.
Pero no dijo más nada. Ya estaba cansada de todo.
El ranchito era feísimo. Ernesto, su hijo mayor, le había prometido que lo pintaría, y Elena le dijo que le pondría cortinas nuevas antes de la mudanza.
Pero estaba tal cual como ella lo había visto el primer día en que fueron con el empleado de la inmobiliaria. Había polvo y cucarachas muertas panza arriba por todas partes. Las cajas de la mudanza estaban sin abrir, cubriendo todo el suelo. Sólo habían acomodado los muebles en el lugar que ella indicó, seguramente para evitar que se rompiera un hueso corriendo sillones. Todo lo demás estaba como recién bajado del camión de la mudanza. Elena le había dicho que después la ayudaba a guardar las cosas, pero no apareció.
De pronto se dio cuenta de que había sido una desgracia haberse llevado tan bien con su marido. Eran tan apegados el uno al otro, tan amigotes, que se bastaban el uno al otro. Ninguno de los dos necesitaba amistades de afuera. Se habían aislado demasiado. Y ahora ella no tenía ninguna amiga a quien pedirle ayuda sin pasar vergüenza. Así que no tuvo más remedio que arreglárselas sola.
Poco a poco, día tras día, fue abriendo una caja tras otra a hasta terminar de acomodar todo en alacenas, aparadores y placards. Empezó a darse cuenta de que el ranchito, en verdad, era una linda casita sólida, con buena luz, y que con una mano de pintura de un color alegre quedaría bastante acogedora.
Amelia armó en el escritorio una especie de cuartito de tejido, a espaldas de las espantosas cortinas verdes a lunares rojos. La tele la puso en el dormitorio. En el living ni entraba, porque el sofá y los sillones ocupaban todo.
Lo que la tenía más entretenida era el jardín. Plantó la bignonia traída de la casa grande, que rápidamente se apropió de la pared y empezó a largar capullos rosados que atraían a los colibríes, como si nunca la hubieran mudado de barrio. “Que suerte tienen las plantas, que no extrañan” , pensó Amelia.
El jardín estaba quedando lindo, pero las paredes seguían desastrosas.
Sus hijos no la visitaban. Una sola vez pasó Elena con los tres nietos. Acostumbrados como estaban a la casa grande, en la casa chica hicieron tanto ruido que ella acabó agotada. Se lo dijo a Elena, y enseguida se arrepintió, porque Elena le dijo “Está bien, no los traigo más”. Y no volvió.
Pasaban los meses y ella se sentía cada vez más sola y encerrada Se estaba convirtiendo en una de esas viejas que miran la tele todo el día, y la ponen cada vez más fuerte porque se están quedando sordas de tanto escuchar la tele a todo volumen. Y no le gustaba convertirse en eso. Pero ésa era su vida.
Un día, al volver de la carnicería vio a un grupo de adolescentes paradas en la puerta de su casa, señalando la chimenea. Pensó que tal vez había un gato o una comadreja en el techo. Cuando se acercó y sacó la llave, ellas se fueron. Amelia se quedó mirando el techo en puntas de pie, pero no vio nada extraño.
A la semana siguiente vio a cuatro chicas y un chico parados en la puerta de su casa. Pensó que serian evangelistas o testigos de Jehová, de esos que te entregan revistas religiosas o te quieren vender Biblias. Pero apenas la vieron salir, se fueron. Ni siquiera le dejaron la revista Atalaya.
Cuando volvió de cobrar la jubilación el jueves a la mañana, Amelia volvió a ver a un grupo de tres jóvenes admirando su casa como si fuera una maravilla arquitectónica. Dijeron “Hola” al verla entrar y se quedaron sentados en su vereda. Ella pensó que serian sobrinos de la vecina de al lado. Al rato no estaban más.
El viernes a la tarde, ella se levantó de la cama para hacerse unos mates. De pronto sintió risas en la puerta. Pensó que venían de la tele, pero en al tele había un tipo hablando de fútbol. Se acercó la ventana de enfrente, corrió la vieja cortina a lunares, y vio a otro grupo, esta vez de cuatro chicas y dos chicos, sacando fotos del frente de su casa. Algo raro estaba pasando. No esperó más, y llamó a Ernesto.
- Ernesto, habla tu madre. Decime la verdad… ¿Vos me vas a echar de esta casa?
- ¿Qué decís mamá? – preguntó su hijo, sorprendido.
- Pregunto si la vas a vender.
- Mamá…la acabamos de comprar. Es tu casa, ¿Cómo la voy a vender?
- Me pareció.
- ¿Por qué te pareció?
- Porque vienen unos chicos todos los días a mirarla, y hoy hasta le sacaron fotos.
- Mamá, ¿No estarás alucinando?
- Los vi, de verdad. Vienen siempre.
- Son ideas tuyas….
- ¡No! Estaban sacando fotos de la casa , te digo.
- Tendrás una cigüeña en el techo… ¿ Te fijaste?
- No tengo nada en el techo, y le están sacando fotos.
- Bueno, ma…¿ y yo qué tengo que ver con eso?
- ¿Y qué tengo que ver yo?
- No sé..¿qué querés que haga?
- ¿No te parece raro?
- Bueno, si te molesta, llama a la policía. O a un psiquiatra. Capaz que es por el cambio. Con la mudanza, uno ve cosas distintas. ..
- ¿Creés que estoy loca?
- No dije eso. Digo que tenés que habituarte a los nuevos movimientos y costumbres de un nuevo barrio. Y en ese barrio la gente es de caminar, mirar casas…
- No, no caminan. Se paran en la puerta de esta casa a mirarla fijo o a sacarle fotos. sólo en la puerta de mi casa.
- Estas paranoica, mami.
- No es paranoia. Es lo que pasa.
- Mamá, ya se te va a pasar. Estás durmiendo poco, como siempre. Alimentate y acostate temprano. Cualquier cosa, si esto sigue, me avisás y pido turno con el doctor Pascual.
Ella cortó, indignada.
¿Como iba a llamar a la policía? ¿Qué les iba a decir? ¿ “Unos quinceañeros le están sacando fotos a mi casa”? ¿Será legal sacar fotos a casas ajenas?
Ella recordó que casi todos eran chicos en edad escolar. Tal vez no había que alarmarse. Capaz que estaban haciendo un trabajo para el colegio, de la arquitectura barrial de los años ´40 .Tal vez fueran estudiantes de arquitectura. Tal vez le estuvieran sacando fotos a todas las casas del vecindario. “Tal vez”no: ojalá.
Al día siguiente, en la carnicería, le preguntó al carnicero:
- José, le voy a hacer una pregunta rara… ¿ A usted le sacan fotos de su casa?
- No entiendo- dijo el.
- ¿Se para alguien en la puerta de su casa y le saca una foto a su casa?
- Supongo que si mi suegra sale a la vereda en bikini, sí – rió el hombre
- Ja , muy gracioso- dijo ella
- Disculpe la grosería, doña. No, la verdad que nadie le saca fotos a mi casa. Le falta pintura para que hagan eso…. ¿por qué pregunta?
- ¿Nadie le dijo si hay chicos sacando fotos de casas?
- No…¿ Está bien así, de carne picada?
Fin del tema.
Nadie hablaba de chicos sacando fotos en el barrio. Se hablaba de los inadaptados que dejabaque sus perros hagan sus necesidades en las veredas, de las raíces de los árboles que estaban levantando las baldosas, y de los pibes que compraban golosinas en el kiosko tiraban las envolturas en los jardines. Nada más.
Una tarde en la que estaba en la cocina poniendo agua para el té y escuchando el noticiero en la radio, le tocaron el timbre. “¿Quien será?”, pensó ella. Demasiado tarde para el cartero y demasiado temprano un hijo. Además, los hijos la llamaban antes de venir. Por eso no la llamaban nunca.
Corrió apenas la horrenda cortina a lunares del frente y vio a un grupo de chicos como de dieciséis o diecisiete años, observando la puerta, muy serias . No estaban señalando la casa, ni sacando fotos. Pero miraban fijo a la puerta. “¿La abuela de alguna de ellas habrá muerto acá?” , pensó Amelia. Pero no podía ser, porque los chicos eran siempre diferentes. No podían ser todos nietos de la misma abuela. Ninguna abuela tiene sesenta nietos adolescentes. En eso vio que todo se iban.
“Menos mal, así se dejan de molestar”, pensó ella.
Pero en lugar de aliviarse, sintió una incomoda frustración.
Al día siguiente la visitó Elena a la hora del té. Abrió la puerta con su propia llave y fue directo a la cocina.
-¿Que hacen esos chicos allá afuera?- preguntó Elena, mientras abría un paquete con facturas y las acomodaba en un plato con cuidado, mientras se chupaba el dulce de leche de los dedos
- ¿Qué chicos?- fingió Amelia.
- Cuando estaba por entrar, vi un grupo de chicas y de chicos mirando la casa. Creo que le estaban sacando fotos. Cuando me vieron entrar, cruzaron a la vereda de enfrente.
- Me alegro de que lo hayas visto con tus propios ojos. Le conté a Enrique y cree que estoy loca. – suspiró Amelia, dejándose caer pesadamente en la silla de la cocina.
- Claro que los vi . ¿Y porque Enrique cree que estás loca?
- Le dije que hay chicos sacando fotos de la casa, y me dijo que estoy delirando, y que me va a llevar al doctor Pascual.
-¿Así que los viste otras veces?
- Los veo casi todos los dias.
- ¿Y por qué no les preguntás por qué lo hacen?
Amelia se quedo helada ante la obviedad. No sabía por qué no les había preguntado. O sí sabía.
- No sé. Supongo que es porque si estuviera Roberto, preguntaría él.
- Mamá- dijo Elena, acomodando el plato en el centro de la mesa - Papá murió y vas a tener que empezar a hacer cosas que hacía él. Como hablar con la gente.
- No me animo. Son muchos, siempre en grupo. ¿Y si son patoteros?
- Ay, mamá, preguntar no es nada malo. Es tu casa, y es obvio que te llame la atención que le saquen fotos. Y no parecen chicos malos. Son pibes de secundaria.
-Pero viste lo groseros que son … “Boludo de acá, boludo de allá …”
- Ay , mamá…¡ no te van a insultar porque preguntes por qué le sacan fotos a tu casa!
- No sé. No entiendo los códigos juveniles. Ni siquiera puedo comunicarme con mis nietos. Si por lo menos vinieran a verme, aprendería.
- No los invitás.
- Se la pasan visitando a las otras abuelas.
- Ganales de mano a las otras abuelas. Invitalos vos primero.
Amelia pensó que no le daba la cara para invitar a sus nietos a una casa tan fea.
- Cuando la casa esté pintada, los invito- respondió.
Al salir a despedir a Elena, vio un par de chicos que se sobresaltaron al verlas salir. Elena se les acercó :
- ¡ Ey! ¡Ustedes!¡ Paren! – gritó Elena.
Pero los chicos desaparecieron en la esquina.
- ¿ Me habrán robado algo? – pregunto Amelia , asustada
Elena miró la casa…
- Creo que no le falta nada.
- Sí que falta.- dijo Amelia – Le falta pintura.Y cortinas nuevas.
Elena suspiró y puso los ojos en blanco.
- ¿ Otra vez con eso? Ya te prometí que la vamos a pintar. Tengo que arreglar con Ernesto para que mande a su pintor de confianza. Yo compro la pintura. Te juro que va a ser pronto. Vos andá pensando el color. Pero no me lo pidas ya. Porque con el tema de que los chicos empezaron la escuela y todo, ando a las corridas y no tengo un minuto libre…
- Esta bien , hija, entiendo. La vieja está para lo último, ¿ no?
- Viejos son los trapos.
- Si. Los trapos verdes con lunares rojos que cuelgan en las ventanas , ¿ los viste?¡Me dan dolor de cabeza de lo feos que son!
- Te voy a traer cortinas nuevas, mamá. Prometido.
Elena le dio un beso, subió al auto y se fue. Antes de cerrar la puerta de casa, Amelia vio unos chicos en la vereda de enfrente, medio escondidos detrás de la morera, sacándole fotos a su casa. Juntó coraje, y les gritó, decidida:
- ¿ Qué están haciendo?
Todos pegaron un respingo de susto, se empujaron unos a otros y entre risotadas corrieron hasta desaparecer, ellos también, en la esquina, sin mirar atrás.
Ese domingo se le había pasado volando. Como todos los días. Sola, dolorida, aburrida, cansada, sin nadie que la llamara ni viniera a visitarla. Sólo charlaba un poco con la peluquera, con la vecina de enfrente - la de al lado no, porque dejaba que su perro le ensucie la vereda – y con el carnicero José.
La soledad le pesaba por más que el dolor de huesos. Pensaba en empezar a llamar a sus pocas viejas amigas. Pero no lo haría antes de que sus hijos le pintaran la casa. No quería verlas compadecerse de ella, que había pasado de una hermosa casa a este ranchito, por quedar viuda. “Tal vez muero antes de que pinten esto” , se dijo . Ni siquiera había podido seguir tejiendo el chalequito para su nueva nieta. En la mercería le dijeron que ya no se usa el rosa bebé para las nenas. Ahora las recién nacidas usan lila, fucsia, turquesa , verde manzana . Si empezaba a tejer uno nuevo desde cero, para cuando lo terminara, a la nena ya no le entraría. Ese día no había tenido ganas ni de cocinar. Almorzó un té. Estaba lavando la taza, cuando sintió risas en la vereda. Espió por la ventana y vio un grupo de chicas señalando el techo, la puerta, las ventanas, y las plantas. Otra vez lo mismo, y justo hoy no tenia fuerzas ni ganas de enfrentar a nadie . Pero recordó el consejo de Elena. Y se dijo “No puedo seguir sin saber qué pasa”.
Se acercó a la puerta y puso la mano en el picaporte. “No, no me animo. ¿Y si me burlan o me insultan?”, pensó. En ese preciso momento sintió que sonaba el timbre de la calle, y pegó un respingo del susto. Miró por la mirilla para ver si era otra persona. Pero no, las chicas seguían ahí. Otro timbrazo sonó, insistente.
“Estas caraduras se animan a tocar el timbre”, dijo. Y abrió. Para encontrarse con unas muchachas muy jóvenes que la miraban sonrientes y ansiosas.
- Disculpe, señora. Me llamo Leticia. Vivo acá cerca, y mis amigas y yo queremos saber si nos permite conocer su casa por dentro, sólo un minutito.
La chica lo dijo todo de un tirón como si hubiera ensayado mil veces la frase con sus amigas.
- No chicas, es una casa privada. ¿Por qué quieren conocerla?
- Es que acá vivieron los hermanos Obarrio, que son nuestros ídolos – dijo Leticia.
Las de atrás asintieron con un murmullo:
- Siiii….
Leticia agregó:
- ¿Los conoce? Son los líderes de bacterias.
Amelia la miró extrañada:
- ¿Están enfermos?
Las chicas estallaron en sonoras carcajadas.
- ¡No, señora, son los líderes de “Bacterias”, la banda de rock! - dijo la primera.
- ¿Cómo dijiste que se llaman los hermanos? – preguntó Amelia.
- Obarrio- dijeron todas al unísono.
“ Obarrio” , intentó recordar Amelia . ¿No era Obarrio el nombre de esa pareja que le había vendido la casa?
- Entiendo, chicas – dijo Amelia, sin soltar el picaporte- Pero los Obarrio ya no viven más acá …
- Ya sabemos- dijo una rubia.
- ¡Pero vivieron! - dijo una pelirroja de rulos, desde atrás. Leticia la calló de un codazo.
- Lo sabemos, señora, pero lo importante es saber que Edu y Mauri Obarrio estuvieron en esta casa.
- ¡Claro! – dijeron las amigas.
- ¡Y la extrañan mucho! - dijo otra vez la colorada.
- Si, muchas letras de sus temas hablan de esta casa….¿ No nos dejaría pasar un minutito?
- Por favor, señora…- suplicó la rubia.
- Sea buena…- dijo la pelirroja.
- Entramos y salimos, se lo juro. Es un segundo.- insistió Leticia.
Amelia se quedó observándolas, perpleja.
- No entiendo…¿Qué quieren hacer? ¿Sólo mirar?
- Si, sólo mirar…
- ¿Van a sacar fotos?
- ¿Nos dejaría? – dijo una morochita- ¡Qué divina!
- No- dijo Amelia, por las dudas.
- No importa, no sacamos… ¿Podemos ver?
- Déjenme pensarlo, chicas – dijo Amelia.- Voy a consultarlo con mi marido.
- Si, si. Pregúntele. Nosotras esperamos acá.
Amelia cerró la puerta. Eran sólo siete chicas. Parecían buenitas. Toda la historia parecía muy rebuscada como para ser un cuento chino para entrar a robarle. Tenía sentido que todos se pararan a sacar fotos de su casa, si ese grupo de rock era tan famoso. Era cierto que los Obarrio habían vivido ahí.
- ¿ Qué hago Roberto, las dejo pasar?- preguntó con una voz que hizo eco en el Más Allá
Y le pareció que Roberto le diría “Son nenas, Amelia…Dejalas” .
Amelia abrió la puerta lentamente.
Y las vio a todas de rodillas en el piso, con las manos entrelazadas, rogándole como a la Virgen María :
- ¿ Y? ¿Nos deja?
- ¡ Chicas , levántense del piso! Está bien. Pasen – les respondió- ¡ Pero cinco minutos! ¿ Eh?
Las siete se abrazaron, saltaron juntas y entraron en tropel, agitadas, llenándola de besos y abrazos, diciendo “gracias, gracias, qué buena es, qué amable, mil veces gracias”.
Entraron al living y se quedaron mudas,mirando todo asombradas, como quien entra a una catedral. “Falta que se persignen” , pensó Amelia.
- -Ahhhhh…..Ahhhhhh…¡Era así!
La pelirroja preguntó a Leticia:
- ¿Te la imaginabas así?
- Siiiiii…Tal cual.
- Miraaaaaá esa ventana. Da al pino….
- ¡ Siiiiii!
- “El pino que llena mi ventana / que sigue siempre verde aún en invierno…”- corearon todas, emocionadas.
Leticia miró a Amelia, que seguía helada contra la puerta y le dijo:
- ¿En verdad sigue siempre verde, aún en invierno?
- No lo sé. Me acabo de mudar. Todavía no viví el invierno acá. Pero los pinos suelen ser verdes todo el año.
- Claro… - dijo Leticia, pensativa.
- ¿Podemos ver la pieza de Edu y Mauri?- preguntó la rubia.
- ¿Y qué sé yo cuál es la pieza de Edu y Mauri?- se sinceró Amelia
- ¡ Nosotras sí sabemos! – dijeron todas y corrieron juntas directo al cuarto de tejido.
- No…ése es el escritorio- dijo Amelia acercándose al grupo, con un poco de miedo de que le tocaran sus cosas.
- ¡No, era la habitación de ellos!- dijo la rubia
- No entran dos camas.- dijo Amelia
- Pero sí cuchetas.
- La habitación es la de atrás – dijo Amelia.
- No. Acá dormían. En la del medio ensayaban. – insistió la rubia.
- ¿ Junto al dormitorio de los padres? –preguntó incrédula la dueña de casa.
- Si para que no saliera tanto ruido a la calle.
- ¿ Y qué clase música hacían?- inquirió Amelia.
- ¡ Hacen! – corrigió Leticia- ¡Música celestial!
Amelia miraba estupefacta a las chicas acariciando las sucias paredes y revisándolas como arqueólogas buscando señales ocultas en las grietas de la vieja pintura.
- ¿Podemos abrir los placards?- preguntó Leticia.
- ¿ Para qué?- preguntó Amelia, alarmada
- Para ver algo que dejaron ellos. .
- Ahí no dejaron nada . Sólo hay toallas y sábanas mías .
- Pero hay algo que no se pudieron llevar. – dijo Leticia, misteriosa.
Amelia trató de recordar si había visto una caja fuerte. No, no había nada, salvo que estuviera escondido bajo el parquet. Pero qué podían saber esas nenas. Supuso que cuanto antes se sintieran satisfechas, antes se irían.
- Bueno, abran. ¡Pero no toquen nada!
Los dedos de Leticia se posaron sobre la puerta blanca del placard como quien esta a punto de abrir un alhajero. Las demás contuvieron el aliento, expectantes.
- ¿Lo abro?- preguntó la chica, sádicamente
- ¡ Si, dale, no nos hagas sufrir ! – gimieron todas.
Leticia abrió lentamente el placard de las toallas, sin que Amelia pudiera imaginar qué podría tener de interesante. Todas metieron el cogote adentro y lanzaron un largo “ Ahhhhhh!”
- ¡Acá , en la puerta está escrito clarito “ Edu es el mejor”!
- Y ahí, detrás del estante… fijate si esta lo de Mauri …
- ¡ Si, está! ¡”Aquí pasamos los días más felices de nuestra vida. M y E “! ¡ Lo escribieron antes de irse!
- ¡ Y en la puerta hay un pedacito de “ Sonrisa de sol”, tal como dijeron en la entrevista!
- ¡ Leélo en voz alta, Caro!
- “ Sonrisa de sol / regalame un rayo de tu luz / que le dé calor / a mi tiempo helado…” – leyó la chica pecosa de flequillo, con la nariz pegada a la pared interior del placard .
- “ …todo dolor / es ya pasado / ya no debo cargar esa cruz / y por fin, con tu amor/ tengo mi propio sol privaaaaado”…- corearon todas con alegre melodía pegadiza
- Me muero de emoción…¡Estamos pisando el mismo piso que pisaron ellos!
- ¡ Y estamos tocando sus paredes!
De pronto, la chica de pelo enrulado gritó señalando las cortinas, y tapandose la boca con las dos manos .
“¡Oh, no!”, pensó Amelia, “Hasta ella se dio cuenta de lo feas que son…¡Yo sabía que acá no tenia que entrar nadie hasta que Elena las cambie!”
- Disculpen, chicas. Sé que son un espanto, pero no pude cambiarlas – dijo Amelia, poniéndose colorada.
- ¡ Son las mismas! – dijo la de los rulos.
Se acercó, tomó la cortina en sus manos y la besó. Las otras también se acercaron con devoción y besaron las cortinas cerrando los ojos, como si fuera un peluche nuevo. Balanceándose abrazadas a la cortina cantaron a coro algo así como “cortinas verdes musgo, verde hierba / lunares rojo sol, rojo manzana…”.
Dos de ellas estaban tan conmovidas que empezaron a llorar.
- ¡Esto es muy fuerte!- dijo una de las mas emocionadas- Gracias, señora.
- ¡Gracias, de verdad!- dijo la colorada.
- Disculpe la emoción – dijo la rubia.
- No abusemos de la paciencia de la señora, chicas – dijo Leticia - Gracias por habernos dado tanta felicidad. No la molestamos más
- Pero Leti …- dijo la rubia - ¿ No vamos a ver el jardín? “Mi limonero te espera/ con sus ramas abiertas/ como yo….”
- ¿ Y el patio? – dijo la de flequillo - “ Salté de baldosa en baldosa, sin pisar jamás la raya”
- ¿ Y las fotos ? ¿ No vamos a sacar fotos? - preguntó al colorada .
- No chicas, ya está bien –dijo Leticia - Ya entramos y vimos. Ya está.
- ¿Podemos volver otro día? - preguntó una bajita, de ojos claros, que hasta entonces no había hablado.
Amelia miró esos ojitos suplicantes, aún con lágrimas en las pestañas. Pensó que todas tenían la edad de Gaby. A ella no le hubiera gustado que una vieja loca y solitaria le dijera que no a su nieta Gaby .
- Vuelvan cuando quieran.
Todas le saltaron encima llenándola de besos, abrazos y cariñosos estrujones, algunos bastante dolorosos. Le dijeron que volverían con regalos.
- ¡Dígale gracias a su esposo!- dijo la rubiecita al salir
Y ,al cerrar la puerta, Amelia murmuró para sí : “ Gracias, Roberto”.
Al día siguiente le trajeron flores, bombones, mermelada casera que hacía una de ellas y un chal precioso que otra había tejido en telar. Quien se conmovió esta vez fue Amelia, que recibió todo con lágrimas en los ojos. Y para devolver tanta cortesía, les permitió sacar fotos de la casa.
Lo que no sabía era que la noticia de que se podía entrar a su casa había corrido como reguero de pólvora. Inevitablemente, vinieron las visitas. Todos eran chicos buenos, tranquilos, del vecindario. Muchos de ellos venían con remeras del grupo Bacterias. Pensó que sería injusto dejar pasar a unos y otros no. Así que los dejó pasar a todos.
Luego empezaron a venir de otros barrios. Algunos hacían viajes de dos o tres horas para ver su casa. Uno le traía huevos de su gallinero en La Matanza. Otro, limones. Y otro traía poemas que escribía él. Una tarde vinieron dos con una guitarra a tocar temas de Bacteria en el jardín. Un chico muy tierno era Marcos, que venía desde La Plata y se ofreció a cortarle el pasto del fondo todas las semanas. Pero los padres no lo dejaron venir más, porque decían que por visitar a la abuela dejaba de estudiar. Lo extrañó mucho cuando dejó de ir.
Una chica le regaló un canario y otra le regaló un póster de las Bacterias porque dijo que las paredes estaban muy vacías. Los del barrio venían todos los días. Amelia se hartó de atender el timbre cada cinco minutos y dejó la puerta abierta para que los chicos entraran y salieran cuando quisieran. La mayoría venía para sacarse fotos sosteniendo las cortinas verdes a lunares rojos como si fuera un trofeo. La únicas tres condiciones que ella ponía para poder ver la casa de adentro eran: limpiar el baño después de usarlo – los grandulones meaban afuera del inodoro-, no abrir la heladera y cerrar la puerta al salir el último, a las siete de la tarde.
A las únicas que les permitía que hicieran lo que quisieran era a Leticia, Carola, Melina, Mabel, Luli , Flor y Jackie, las atrevidas de la primera vez. Hasta las dejaba cocinar, mirar la tele, y quedarse hasta tarde escuchando a todo volumen los discos de Bacterias. Las chicas se las ingeniaron para estrenarle la parrilla haciendo un delicioso asadito.
Amelia ya se sabía todas las letras de los temas de Bacterias, y las chicas le habían grabado, muertas de risa, un cassette titulado “Amelia y las Bacterias”. Melina le hacía las compras si estaba muy cansada, Jackie le traía revistas de su casa y Mabel se daba mañana para cortarle el pasto y regar el retoño del sauce que ya tenía brotes nuevos. Flor y Leticia estaban aprendiendo a tejer tan bien que se estaban acabando sus propios pulóveres bajo la guía de Amelia. Sus compañeros las envidiaban por esa suerte de pase libre a la casa de los Obarrio. Las chicas a veces le traían a algún invitado especial que se emocionaba tanto como ellas de entrar en esa casa. Todo eran “Ahhh” , “Ohhhh” y “No lo puedo creer” con cada nuevo visitante que recorría la casa . Las chicas estaban muy agradecidas. Se habían hecho muy populares con las primeras fotos del placard de las toallas, que hasta había salido fotografiado en una revista de rock.
Para fin de año ya estaba peleándose por quién de ellas llevaría a Amelia a pasar Nochebuena a su casa. Todas querían tener ese honor. Para que no se pusieran celosas, Amelia, optó por no ir a la casa de ninguna e invitarla a todas a que se reunieran en su casa después de medianoche. Total, todas vivían muy cerca.
Amelia pasó la mejor Nochebuena sin Roberto que jamás hubiera podido imaginar. A los hijos les dijo que se irñia a dormí temprano. Pero la verdad era que prefería pasarla con las chicas . Amelia hizo pan dulce casero y las chicas trajeron helado que regaron con salsa de chocolate para todas. Y se quedaron charlando con Amelia en el jardín, de cosas de mujeres, mirando los fuegos artificiales y luego las estrellas. Hasta planearon llevarla un día a Amelia a ver un show de Bacterias en vivo en un estadio de fútbol.
El 25 de diciembre Amelia se despertó con los trinos del canario. Le sorprendió ver tantas chicas roncando en las reposeras, a su alrededor, en el jardín bañado por la luz rosada del amanecer. Estaba un poco fresco, así que entró a la casa y volvió mantas, con las que las tapó amorosamente a cada una de las chicas.
El único problema que tenía ahora Amelia era que sus hijos no entendían por qué, de pronto, Amelia se negara a que le pintaran las paredes y las puertas. Tampoco quería que le cambiaran las espantosas cortinas.
Ella prefirió que creyeran que se trataba de demencia senil.
- Mamá, estás mal. No podés vivir así, dentro de esas paredes mugrientas, te estas deprimiendo….
- No te preocupes, Elena. – respondió ella, sonriente - Me están gustando las bacterias.
Viaje al fondo del universo(*)
Tuve una experiencia increíble y quiero que me escuches bien, porque te la voy a contar toda completa. En verdad, desde que entré a la nave espacial, supe que tendría que recordarlo todo muy bien para poder contártelo todo en detalle, de modo que sepas lo que te sucederá cuando te toque a vos hacer el viaje. Por eso presté mucha atención a todo lo que sucedió, segundo a segundo, y quiero que ahora me presten atención a mi, por más cansada que estés.
Imaginate que para mi fue toda una experiencia muy impresionante aquello de atravesar el espacio sideral al doble de la velocidad de la luz. Te aseguro que es muy impresionante dejar el planeta Tierra y emprender esa aventura donde quedás deslumbrada por el repiqueteo de los asteroides al chocar contra tu nave, el destello de los cometas y el brillo de las supernovas.
Te cuento que la primera condición para abordar la nave es hacer muchos estudios que prueban si sos la persona indicada para abordar la nave. Científicos y expertos miran con cuidado los resultados de todos tus exámenes, hablan entre ellos, y finalmente deciden si sos la elegida para abordar la nave o no.
El día del despegue tuve que levantarme muy temprano y esperar en la base, donde todo el mundo llevaba impecables guardapolvos blancos por pasillos de pisos brillosos como espejos. Allí me dijeron que debía esperar mi llamada ante la puerta del fondo. Esperé ante una pantalla de televisor donde un periodista anunciaba el lanzamiento de muchas naves al espacio exterior. No puedo negar que me sentí muy privilegiada de haber tenido esta oportunidad de colonizar otros planetas. Estaba segura de que los resultados de mis exámenes habían impresionado mucho a los expertos, y por eso me tocaba a mí realizar esta experiencia, entre millones de chicos que jamás la harán. .
Un técnico se asomó al pasillo y me llamó por mi nombre.
Luego me hicieron llenar unas planillas en los que te hacen muchas preguntas acerca de si sos claustrofóbica ( si le temés a los espacios cerrados) , tu peso y estatura.
Me hicieron pasar por un vestidor donde tuve que sacarme la ropa y ponerme un traje blanco de astronauta. Se aseguraron de que no llevara absolutamente ningún objeto de metal conmigo, porque podría afectar al magnetismo de la nave y cambiar los resultados de la misión - y me hicieron pasar a una gran sala con luces bajas donde estaba la enorme nave espacial, un objeto que ocupaba toda la sala y era muy moderno.
El sitio de comando estaba tan alto que me pusieron una escalerilla para acceder a él. Luego me pidieron que me acostara en una camilla acolchada, me acomodaron la cabeza sobre una almohada y me ataron todo el cuerpo con unos grandes cintos negros, para que me quedara absolutamente inmóvil durante el viaje. Me dieron unos tapones para tapar mis oídos (pues el estruendo del despegue es tremendo), me desearon buena suerte, y se retiraron todos, cerrando la puerta tras de si.
Yo me quedé sola, muy pendiente de lo que pasaría. Primero me asusté porque no pasaba nada, solo silencio….¿ y si la nave no despegaba? ¿Algo habría fallado?
Luego, no sé si fue mi sitio de comando lo que se movió, o si fue la parte exterior de la nave la que comenzó deslizarse, pero en cuestión de minutos la nave se cerró por completo y quedé dentro de una cápsula donde sentí una vibración que crecía y crecía, lo que me asustó aún más.
Pero traté de serenarme, para disfrutar el viaje.
Primero sentí que la turbina de la izquierda se encendía y hacia un repiqueteo muy persistente. La nave despegó y cuando ya estaba fuera de la atmósfera, se encendió la turbina de la derecha, que impulsó a la nave fuera de la Vía Láctea con el mismo sonido repetido. Una tormenta de vientos solares me acompañó haciendo un rugido a mis espaldas. Atravesé una nube de meteoritos que repiquetearon contra las paredes externas de la nave. Y luego una lluvia de rayos gamma que hicieron zumbir todo delante mío.
La luz de las estrellas era tan fuerte que las veía aun con los ojos fuertemente cerrados.
Al principio pude distinguir las constelaciones que siempre me señalaba el abuelo en el cielo: El Can Mayor, Virgo, Escorpio, Orión…. Pero en segundos atravesé el espacio a tal velocidad que todas las estrellas se desarmaron y me di cuenta de que muchas de las que parecen estar juntas están separadas entre sí por millones de años luz de distancia. No puedo explicarte lo fantástico que fue atravesar galaxias nuevas iluminadas desde dentro por soles que emanan gases de distintos colores. Algunas parecían flores gigantes, como las que tenés en tu jardín, pero con un tamaño colosal, de años luz de diámetro.
De pronto, en un momento, percibí una negrura tan intensa que supe que ahí había un agujero negro cercano. La nave se movió de arriba hacia abajo, y estoy segura de que la fuerza gravitatoria del agujero negro modificó ligeramente mi trayectoria, pero me quedé tranquila sabiendo que los técnicos lo corrigieron desde la base.
De a ratos el espacio se veían sublime, un sitio tranquilo y lleno de paz con un silencio increíble, en el que yo solo escuchaba mi propia respiración. Pero cuando la nave cruzaba otra galaxia, recibía el impacto de meteoritos, coletazos de cometas y vientos estelares que producían ruidos muy fuertes, como de máquinas gigantes, que yo escuchaba pese a tener los protectores de oídos bien colocados.
Uno de estos ruidos me aterró, cuando tuve un incidente muy grande a millones de años luz del Planeta Tierra. Fue que- justo cuando salía de una galaxia que me había inundado de luz fucsia y violeta- , algo chocó contra la nave, y luego sentí un ruido como si estuvieran disparando un arma contra la superficie e mi nave .Fue un estruendo como de ametralladora sin fin, que sonaba cada vez más y más fuerte. Yo sabía que algo o alguien estaba destrozando la capa externa de mi nave, y que capa tras capa estaría llegando hasta el sitio de comando donde estaba yo. Te juro que estuve aterrada durante lo que pareció una eternidad, pero no podía hacer nada al respecto, ni tampoco preguntar nada a la base, que me había pedido que no me moviera para nada.
Recordé de pronto a Diego, mi vecino, que siempre juega al Counter Strike en la computadora, dando y recibiendo disparos de todos lados…¡Si Diego supiera que yo estaba recibiendo disparos de todos lados, como estando dentro de un Counter Strike tridimensional…!
Cuando ya estaba casi resignada a morir en esa batalla galáctica, el ataque se detuvo de golpe y el ruido cesó, hasta quedar nuevamente rodeada de un silencio absoluto, casi alarmante. Seguramente, algo más terrible había espantado a mi enemigo.
La nave estaba inmóvil, flotando en la nada.
Todo a mi alrededor era una oscuridad absoluta tachonada con estrellitas lejanas.
Esperé un ataque mayor, de lago más portentoso, pero no pasó nada.
Estaba segura de que el atacante había destrozado la nave, y de que yo jamás llegaría a destino. “Qué mala suerte haber sobrevivido al ataque” – pensé –“ahora me toca morir de hambre y sed en el espacio.”. Me puse muy triste. Me imaginé flotando para siempre allí, en medio del gigantesco universo, sin que nadie supiera nada más de mi. Pensé en vos, y la pena enorme que tendrías. Segura de que ese era mi triste y solitario fin, por suerte, sentí que una turbina nuevamente entraba en funcionamiento y repiqueteaba su estruendoso ratatatata, que me pareció música a mis oídos… ¡estaba a salvo!
De ahí estuve atravesando a enorme velocidad galaxias en forma de disco y en forma de ganchos sinuosos, galaxias dobles, nebulosas como grandes bolas de luz, y otras como estrellas apiñadas en grupos parecidos a las luces de un árbol de Navidad. No se puede describir con palabras lo inmenso y maravilloso que es el Universo, Natalia. Lo vi tan hermoso que no pude contener la emoción, y me brotaron lágrimas de los ojos, y esos que los tenía cerrados, porque todo eso lo ves cerrando bien los ojos.
Y de pronto, me sucedió lo más increíble de todo: empecé a escuchar que entraba a mis comandos una señal extraña, como un silbido repetido en secuencias iguales. Era una señal inteligente que alguien enviaba de alguna parte del universo. No era de la tierra, porque el mensaje no era hablado: estaba siendo enviado en Código Morse. Al intentar decodificarlo, descubrí que todo el tiempo repetía una serie de cuatro letras: la O…la R…la A…y la M…¿Estaría algún otro equipo científico terrestre estaría pidiendo ayuda? ¿Otro país nos había ganado de mano con el proceso de colonización galáctica? ¿Decían ORAM? ¿Sería algo así como Organización de Reconstrucción Alejada del Mundo?….Me devané los sesos pensando que significarían esas cuatro letras juntas…hasta que al final me di cuenta…¡era tan simple que no lo había descubierto! ¡No era ORAM! …¡ Era amor, repetido una y otra vez durante horas! ”
No tuve ni tiempo de emocionarme con este descubrimiento fantástico, porque el viaje de vuelta a la Tierra se realizó en menos de un segundo, como un latigazo espacial marcha atrás.
Quizás pude haberme quedado dormida, pero todo lo que puedo recordar es que de repente la oscuridad desapareció, y quedé encandilada con la luz que apareció desde la escotilla cuando se abrió la cápsula. El técnico se acercó, me preguntó si estaba bien, y me soltó los cintos que ajustaban mi cuerpo a la cabina. Me dio la mano para ayudarme a salir de la nave, y bajé por la misma escalerilla por donde había subido. Me costó un poco, porque imaginarás que luego de cruzar el universo en la misma posición, estaba algo entumecida.
El técnico me dijo que todo había salido bien, y que en una semana más podría pasar a retirar las fotografías del viaje.
Yo sé que también te toca a vos meterte en estos días a una nave para hacer esta misión a la que llaman de Resonancia Magnética, porque los científicos vieron que tus exámenes salieron aprobados como los míos, para que puedas subir a la nave, así como lo harán Estela, Diego, y alguno otro de las chicos que compartimos este pabellón del hospital.
Pero no le tengas miedo a la nave, Natalia, porque los científicos sólo quieren enviarte por un rato al espacio exterior, para saber si sos tan valiente como para destinarte a vos y a las otras a viajar a galaxias aún más lejanas. Y tenés que saber que, por lejos que te envíen, tarde o temprano vos y yo nos reencontraremos en algún planeta lejano que estemos colonizando. Quédate tranquila, que ese viaje al más allá vale la pena vale la pena. Especialmente ahora que sé que desde el fondo del universo alguien no está avisando lo que hay más allá de todo, todo, todo lo conocido y desconocido es, simplemente, amor.
Imaginate que para mi fue toda una experiencia muy impresionante aquello de atravesar el espacio sideral al doble de la velocidad de la luz. Te aseguro que es muy impresionante dejar el planeta Tierra y emprender esa aventura donde quedás deslumbrada por el repiqueteo de los asteroides al chocar contra tu nave, el destello de los cometas y el brillo de las supernovas.
Te cuento que la primera condición para abordar la nave es hacer muchos estudios que prueban si sos la persona indicada para abordar la nave. Científicos y expertos miran con cuidado los resultados de todos tus exámenes, hablan entre ellos, y finalmente deciden si sos la elegida para abordar la nave o no.
El día del despegue tuve que levantarme muy temprano y esperar en la base, donde todo el mundo llevaba impecables guardapolvos blancos por pasillos de pisos brillosos como espejos. Allí me dijeron que debía esperar mi llamada ante la puerta del fondo. Esperé ante una pantalla de televisor donde un periodista anunciaba el lanzamiento de muchas naves al espacio exterior. No puedo negar que me sentí muy privilegiada de haber tenido esta oportunidad de colonizar otros planetas. Estaba segura de que los resultados de mis exámenes habían impresionado mucho a los expertos, y por eso me tocaba a mí realizar esta experiencia, entre millones de chicos que jamás la harán. .
Un técnico se asomó al pasillo y me llamó por mi nombre.
Luego me hicieron llenar unas planillas en los que te hacen muchas preguntas acerca de si sos claustrofóbica ( si le temés a los espacios cerrados) , tu peso y estatura.
Me hicieron pasar por un vestidor donde tuve que sacarme la ropa y ponerme un traje blanco de astronauta. Se aseguraron de que no llevara absolutamente ningún objeto de metal conmigo, porque podría afectar al magnetismo de la nave y cambiar los resultados de la misión - y me hicieron pasar a una gran sala con luces bajas donde estaba la enorme nave espacial, un objeto que ocupaba toda la sala y era muy moderno.
El sitio de comando estaba tan alto que me pusieron una escalerilla para acceder a él. Luego me pidieron que me acostara en una camilla acolchada, me acomodaron la cabeza sobre una almohada y me ataron todo el cuerpo con unos grandes cintos negros, para que me quedara absolutamente inmóvil durante el viaje. Me dieron unos tapones para tapar mis oídos (pues el estruendo del despegue es tremendo), me desearon buena suerte, y se retiraron todos, cerrando la puerta tras de si.
Yo me quedé sola, muy pendiente de lo que pasaría. Primero me asusté porque no pasaba nada, solo silencio….¿ y si la nave no despegaba? ¿Algo habría fallado?
Luego, no sé si fue mi sitio de comando lo que se movió, o si fue la parte exterior de la nave la que comenzó deslizarse, pero en cuestión de minutos la nave se cerró por completo y quedé dentro de una cápsula donde sentí una vibración que crecía y crecía, lo que me asustó aún más.
Pero traté de serenarme, para disfrutar el viaje.
Primero sentí que la turbina de la izquierda se encendía y hacia un repiqueteo muy persistente. La nave despegó y cuando ya estaba fuera de la atmósfera, se encendió la turbina de la derecha, que impulsó a la nave fuera de la Vía Láctea con el mismo sonido repetido. Una tormenta de vientos solares me acompañó haciendo un rugido a mis espaldas. Atravesé una nube de meteoritos que repiquetearon contra las paredes externas de la nave. Y luego una lluvia de rayos gamma que hicieron zumbir todo delante mío.
La luz de las estrellas era tan fuerte que las veía aun con los ojos fuertemente cerrados.
Al principio pude distinguir las constelaciones que siempre me señalaba el abuelo en el cielo: El Can Mayor, Virgo, Escorpio, Orión…. Pero en segundos atravesé el espacio a tal velocidad que todas las estrellas se desarmaron y me di cuenta de que muchas de las que parecen estar juntas están separadas entre sí por millones de años luz de distancia. No puedo explicarte lo fantástico que fue atravesar galaxias nuevas iluminadas desde dentro por soles que emanan gases de distintos colores. Algunas parecían flores gigantes, como las que tenés en tu jardín, pero con un tamaño colosal, de años luz de diámetro.
De pronto, en un momento, percibí una negrura tan intensa que supe que ahí había un agujero negro cercano. La nave se movió de arriba hacia abajo, y estoy segura de que la fuerza gravitatoria del agujero negro modificó ligeramente mi trayectoria, pero me quedé tranquila sabiendo que los técnicos lo corrigieron desde la base.
De a ratos el espacio se veían sublime, un sitio tranquilo y lleno de paz con un silencio increíble, en el que yo solo escuchaba mi propia respiración. Pero cuando la nave cruzaba otra galaxia, recibía el impacto de meteoritos, coletazos de cometas y vientos estelares que producían ruidos muy fuertes, como de máquinas gigantes, que yo escuchaba pese a tener los protectores de oídos bien colocados.
Uno de estos ruidos me aterró, cuando tuve un incidente muy grande a millones de años luz del Planeta Tierra. Fue que- justo cuando salía de una galaxia que me había inundado de luz fucsia y violeta- , algo chocó contra la nave, y luego sentí un ruido como si estuvieran disparando un arma contra la superficie e mi nave .Fue un estruendo como de ametralladora sin fin, que sonaba cada vez más y más fuerte. Yo sabía que algo o alguien estaba destrozando la capa externa de mi nave, y que capa tras capa estaría llegando hasta el sitio de comando donde estaba yo. Te juro que estuve aterrada durante lo que pareció una eternidad, pero no podía hacer nada al respecto, ni tampoco preguntar nada a la base, que me había pedido que no me moviera para nada.
Recordé de pronto a Diego, mi vecino, que siempre juega al Counter Strike en la computadora, dando y recibiendo disparos de todos lados…¡Si Diego supiera que yo estaba recibiendo disparos de todos lados, como estando dentro de un Counter Strike tridimensional…!
Cuando ya estaba casi resignada a morir en esa batalla galáctica, el ataque se detuvo de golpe y el ruido cesó, hasta quedar nuevamente rodeada de un silencio absoluto, casi alarmante. Seguramente, algo más terrible había espantado a mi enemigo.
La nave estaba inmóvil, flotando en la nada.
Todo a mi alrededor era una oscuridad absoluta tachonada con estrellitas lejanas.
Esperé un ataque mayor, de lago más portentoso, pero no pasó nada.
Estaba segura de que el atacante había destrozado la nave, y de que yo jamás llegaría a destino. “Qué mala suerte haber sobrevivido al ataque” – pensé –“ahora me toca morir de hambre y sed en el espacio.”. Me puse muy triste. Me imaginé flotando para siempre allí, en medio del gigantesco universo, sin que nadie supiera nada más de mi. Pensé en vos, y la pena enorme que tendrías. Segura de que ese era mi triste y solitario fin, por suerte, sentí que una turbina nuevamente entraba en funcionamiento y repiqueteaba su estruendoso ratatatata, que me pareció música a mis oídos… ¡estaba a salvo!
De ahí estuve atravesando a enorme velocidad galaxias en forma de disco y en forma de ganchos sinuosos, galaxias dobles, nebulosas como grandes bolas de luz, y otras como estrellas apiñadas en grupos parecidos a las luces de un árbol de Navidad. No se puede describir con palabras lo inmenso y maravilloso que es el Universo, Natalia. Lo vi tan hermoso que no pude contener la emoción, y me brotaron lágrimas de los ojos, y esos que los tenía cerrados, porque todo eso lo ves cerrando bien los ojos.
Y de pronto, me sucedió lo más increíble de todo: empecé a escuchar que entraba a mis comandos una señal extraña, como un silbido repetido en secuencias iguales. Era una señal inteligente que alguien enviaba de alguna parte del universo. No era de la tierra, porque el mensaje no era hablado: estaba siendo enviado en Código Morse. Al intentar decodificarlo, descubrí que todo el tiempo repetía una serie de cuatro letras: la O…la R…la A…y la M…¿Estaría algún otro equipo científico terrestre estaría pidiendo ayuda? ¿Otro país nos había ganado de mano con el proceso de colonización galáctica? ¿Decían ORAM? ¿Sería algo así como Organización de Reconstrucción Alejada del Mundo?….Me devané los sesos pensando que significarían esas cuatro letras juntas…hasta que al final me di cuenta…¡era tan simple que no lo había descubierto! ¡No era ORAM! …¡ Era amor, repetido una y otra vez durante horas! ”
No tuve ni tiempo de emocionarme con este descubrimiento fantástico, porque el viaje de vuelta a la Tierra se realizó en menos de un segundo, como un latigazo espacial marcha atrás.
Quizás pude haberme quedado dormida, pero todo lo que puedo recordar es que de repente la oscuridad desapareció, y quedé encandilada con la luz que apareció desde la escotilla cuando se abrió la cápsula. El técnico se acercó, me preguntó si estaba bien, y me soltó los cintos que ajustaban mi cuerpo a la cabina. Me dio la mano para ayudarme a salir de la nave, y bajé por la misma escalerilla por donde había subido. Me costó un poco, porque imaginarás que luego de cruzar el universo en la misma posición, estaba algo entumecida.
El técnico me dijo que todo había salido bien, y que en una semana más podría pasar a retirar las fotografías del viaje.
Yo sé que también te toca a vos meterte en estos días a una nave para hacer esta misión a la que llaman de Resonancia Magnética, porque los científicos vieron que tus exámenes salieron aprobados como los míos, para que puedas subir a la nave, así como lo harán Estela, Diego, y alguno otro de las chicos que compartimos este pabellón del hospital.
Pero no le tengas miedo a la nave, Natalia, porque los científicos sólo quieren enviarte por un rato al espacio exterior, para saber si sos tan valiente como para destinarte a vos y a las otras a viajar a galaxias aún más lejanas. Y tenés que saber que, por lejos que te envíen, tarde o temprano vos y yo nos reencontraremos en algún planeta lejano que estemos colonizando. Quédate tranquila, que ese viaje al más allá vale la pena vale la pena. Especialmente ahora que sé que desde el fondo del universo alguien no está avisando lo que hay más allá de todo, todo, todo lo conocido y desconocido es, simplemente, amor.
Unos padres terroríficos (*)
Todo comenzó una mañana de sábado como cualquier otra.
Julio se despertó sintiendo un delicioso aroma a tostadas que venía de la cocina, de donde llegaba el alegre y familiar sonido de las tazas de losa chocando con platos y cucharas, indicando que papá y mamá ya estaban desayunando.
Se restregó los ojos para despabilarse, puso sus pies en sus pantuflas y caminó siguiendo el rastro del perfume a pan caliente.
Nada le gustaba más que desayunar un sábado con papá y mamá.
Era el día en que ellos estaban alegres por tener la mañana libre, contentos de compartir un rato con su hijito. Era el único día en que mamá estaba relajada y sonriente, sin nervios ni apuro para que Julio llegue a tiempo a la escuela. Además, los sábados siempre había algo sabroso y especial sobre la mesa: una mermelada de frambuesa recién abierta, unas pastas recién compradas, unas tostadas deliciosas… Como todos tenían la mañana libre, los tres se quedaban conversando y bromeando antes de que se despertara Lía, la hermanita menor de Julio, que era mucho más remolona, y le interesaba menos levantarse para desayunar en familia.
Pero ese sábado sucedió algo muy raro.
Apenas Julio puso un pie en la cocina, en lugar de seguir conversando como siempre y saludarlo con alegría, papá y mamá lo miraron sorprendidos y callaron súbitamente.
Luego empezaron a hablar de que era mejor recalentar el café, pues se había enfriado.
Julio pensó que tal vez esa vez entró a la cocina justo cuando papá y mamá estaban hablando de problemas de mayores, y que callaron para no preocuparlo. Y de hecho, olvidó ese instante tan extraño, durante meses. Hasta que tuvo que recordar cómo había comenzado todo.
Porque después de ese desayuno todo se enrareció en la casa.
Mamá y papá callaban cada vez que veían a entrar a Julio a la habitación donde hablaban ellos dos solos, en secreto, en voz casi inaudible. A veces, Julio lograba escuchar palabras sueltas que no comprendía para nada.
Sus padres antes nunca cerraban la puerta de su dormitorio. Pero de pronto, comenzaron a cerrarla para que sus hijos no escucharan lo que conversaban. Y además, siempre hablaban por teléfono lejos de donde estaban sus hijos. Como el departamento donde vivían era tan pequeño que no había ningún sitio donde fuera posible hablar en privado, sus padres acababan siempre hablando en el balcón.
El departamento era tan pequeño que apenas había espacio para jugar a ninguna otra cosa que no fuera ajedrez o los naipes. Julio adoraba jugar en sitios al aire libre, pero no había parques en ese sector de la ciudad, y por eso desde pequeño sólo jugaba en el balcón. Ese balcón había sido, para él, un castillo, una piragua indígena, un barco pirata, una pista de esquí y un territorio plagado de dragones.
Julio recordaba que en verano, él y Lía solían llevar jarras de agua al balcón, con las que se salpicaban imaginando que vivían en una casa con piscina. De muy pequeño había intentado recorrerlo en su triciclo, pero en dos pedaleadas lo cruzaba de lado a lado. Y luego de chocar contra el extremo, para regresar, debía levantarlo con ambas manos y girarlo en el aire antes de montarlo otra vez, porque tampoco había sitio para girar. Mamá se asombraba de la perseverancia de su hijo en repetir el proceso toda la tarde. Y también se entristecía, al ver que había tan poco espacio para los cuatro.
El balcón ahora estaba siempre tan repleto de ropa tendida a secar, que ya no servía para jugar. Cuando los hermanos eran muy chicos , había más espacio, pero ahora que usaban ropa más grande y larga, el balcón estaba atestado de ropa colgada para secarse.
Aún con tantos recuerdos lindos del único sitio de la casa donde se veía algo de cielo (además de la ropa del vecino, que usaba unas horribles toallas con caracoles azules), Julio odiaba al balcón, porque se había convertido en el sitio donde papá y mamá hablaban a escondidas. Si no fuera tan preocupante, hubiera sido cómico eso de escuchar a papá hablando bajito detrás de una sábana flameando al aire. Pero para Julio eso era tan irritante como ver a mamá entre toallones tendidos, cubriendo su boca con la mano al hablar a su celular.
Una tarde que papá y mamá dijeron que irían juntos a hacer las compras.
Julio se dio cuenta de que eso era mentira grande como una casa.
Ellos dos nunca compraban nada juntos: mamá iba a comprar leche y verduras, papá iba a la panadería y al carniceria , o al revés, para aprovechar el tiempo.
Lo cierto es que dijeron eso y se fueron juntos, dejando a Julio y Lía con una bolsa grande de papas fritas (de las siempre decían que hacen mal y sacan el hambre) y una pelicula alquilada a los apurones. Julio no pudo concentrarse en la película, pues se dio cuenta de que papá y mamá se demoraban demasiado. Llamó a mamá al móvil y ella le dijo “ya llegamos, lindo, en un minuto estamos allí”. Julio le preguntó a mamá qué estaban haciendo y ella dijo “las compras, como te dije”. Y al volver a casa, ni papá ni mamá traían bolsas del supermercado. Lo que sí traían era algo asqueroso. Ambos tenían los zapatos cubiertos de un viscoso barro negro. Y lo peor de todo es que no explicaron por qué. Respondiendo todo con evasivas, mandaron a los chicos a dormir.
Y Julio no pudo pegar un ojo.
Al día siguiente, al llegar del cole, vio a mamá poner un montón de ropa sucia en el lavarropas. Ropa más sucia que ninguna otra ropa sucia que él hubiera visto jamás.
Julio pasó cerca de ella a propósito y vio que la ropa tenía barro por todas partes
- ¿Por qué ponés esa ropa allí? – preguntó Julio, con afectada naturalidad.
- Porque está sucia…¿no ves? – le respondió mamá, sin mirarlo a los ojos.
- ¿Y que hiciste para mancharte tanto con barro?
- Nada. Me salpicó un coche que andaba por la calle.
- ¿Papá también se salpicó? – insistió Julio.
- ¿Qué, me vas a interrogar? ¡Dale, andá a poner la mesa ya mismo, que es hora de almorzar!
Más tarde, mamá le sirvió la sopa con uñas sucias de tierra negra…como si no hubiera tenido ni tiempo de lavarse bien las manos.
Dos días después, cuando mamá lo llevó al dentista , Julio vio el piso del auto de mamá muy sucio y lleno de terrones de tierra dura. También vio algo rojo que asomaba debajo de su asiento. Se inclinó para ver qué era, y mamá le dijo “¿ Qué mirás? ¡Ponete el cinturón de seguridad , que se hace tarde!” .
Al bajar del auto, Julio fingió que se ataba el cordón de la zapatilla para espiar debajo del asiento, y vio con espanto una pala de mango rojo.
Esa noche tampoco pudo dormir bien. Entonces se levantó y tocó a su hermana en el hombro.
- Lía, ¿estás despierta? – le preguntó a su hermanita.
- Si, Julio, ¿qué querés?
Julio encendió el velador y le dijo:
- Tengo que contarte una cosa.
- Decime.
- Estoy muy preocupado.
- ¿ Por qué?
- Papá y mamá andan en algo muy raro.
- ¿Como qué?
- ¿No viste que se hablan a escondidas, que cuando aparecemos callan de pronto, que se esconden en el balcón para hablar por teléfono?
- Si, lo noté. Pero noté algo más horrible aún....
- ¿Qué notaste vos?
- ¡Que siempre tienen las uñas sucias de tierra!
- ¡Oh, por Dios, qué alivio me das! ¡No sólo yo lo vi!
- ¿Y vos que viste?
- Mamá lleva una pala en el coche.
- ¡No me asustes! – dijo Lía
- Si, lleva una pala escondida. Y dice con papá que van a hacer las compra pero… vuelven sin compras …¡y embarrados!
- ¿Ves? ¡Están tramando algo!
- ¿Como qué?
- Mirá, no me animo ni a decirlo…ni a pensarlo…Debe ser horrible. Si no lo fuera, nos lo habrían contado. Pero no nos dicen nada.
- ¿Qué vamos a hacer entonces, Lía?
- Nada- dijo su hermanita, suspirando con tristeza- Dormir y esperar que todo esto sólo sea una pesadilla, y que acabe pronto.
Pero en vez de acabar, todo empeoró.
Papá y mamá seguían hablando en secreto, escapándose juntos y diciendo mentiras.
Cuando Lía o Julio preguntaban algo, cambiaban de tema y hablaban demasiado, para que ellos no volvieran a preguntar nada.
Hasta un día Julio descubrió en un armario una pala enorme llena de tierra.
Ya no le quedaba muchas dudas de lo que hacían sus padres. Sólo le asombraba no encontrar gotas de sangre en el tapizado del coche de mamá. Ni en los jeans de papá.
Un día mamá pareció preocupada por su hijo:
- Julio, no tocaste tu plato en tres días…¿ qué te pasa?
- Nada
- ¿No tenés hambre?
- No, mamá. Se me fue.
Esa noche Julio vio los zapatos de papá con una costra enorme de barro seco en el baño. En la cocina había un balde lleno de agua sucia, porque adentro había unas ojotas embarradas de mamá.
Papá y mamá fingían normalidad. Pero con esas uñas siempre negras, no engañaban a nadie. No quedaba ninguna duda. Papá y mamá cavaban fosos en la tierra , en laguna parte. La pala y el pico siempre estaban en el coche o aparecían escondidos en diferentes lugares del departamento: en la cocina, la bañera, o el balcón.
Seguramente, sería cuestión de días para que los descubriera la policía. No es posible enterrar cadáveres con tanta impunidad. Tarde o temprano los encontrarían.
- Lía, debemos denunciarlos a la policía.
- ¿Estás loco? ¡ Son nuestros padres!
- Si no lo hacemos, seremos cómplices de la cosa espantosa que están haciendo…
- ¡Pero no fuimos nosotros!
- Yo ya no quiero vivir mas acá, con dos padres asesinos.
- ¿Y adónde vas a ir?
- No sé… a lo de la abuela, o a un orfanato. Pero esto de que nuestros propios padres lleven una vida siniestra es algo que ya no soporto.
- Entonces, decíselo a ellos.
- ¿Estás loca? ¡Me van a matar!
- No lo creo. Puede que maten a otros, pero no a nosotros.- Lia se quedo mirando el mantel de la mesa - A nosotros nos quieren…creo yo.- dijo revolviendo el azúcar dentro de un tazón de leche…que minutos después volcó en la pileta , porque tampoco pudo tragar.
En la escuela a Julio los compañeros lo veían desganado y callado. La maestra le preguntó si estaba enfermo, porque lo veía demacrado. “No estoy durmiendo bien”, dijo él.
Al llegar a casa mamá quiso apartarle un mechón de pelo de la frente con una caricia. Tenía otra vez los dedos llenos de tierra. Julio se apartó, asqueado. Y mama rió diciendo:
- ¡Ah,qué cosa, mi bebé está creciendo y ya no quiere que mamá lo mime!
En la noche de viernes Julio decidió, finalmente, huir de su casa.
No sería cómplice de las atrocidades que sus padres estaban haciendo.
Puso un buzoen su mochila, sus libros favoritos, su juego portátil de ajedrez, sus naipes y sus útiles escolares, y la puso al pie de su cama. No sabía dónde refugiarse, pero estaba demasiado cansado para pensarlo ahora. Así que se fue a dormir, pensando en huir antes del amanecer.
Julio despertó al escuchar ese familiar entrechocar de tazas entre el aroma del café y de tostadas fragantes que venía de la cocina. “¡Oh, no! ¡Papá y mamá ya están despiertos y no me voy a poder a escapar!” , pensó. Y decidió confesarles todo, y decirles de una vez que los había descubierto. Se puso las zapatillas- ya que es difícil huir en pantuflas-, se acercó a la cocina donde papá y mamá cuchicheaban. Y odió con toda su alma que se callaran súbitamente al verlo a él.
- Buen día, hijo
- Papá….Mamá – dijo Julio con vos temblorosa, tratando de no echarse a llorar – ¡No quiero vivir más acá!
- Si, ya nos dimos cuenta de que descubriste todo…- dijo papá, sonriendo de oreja a oreja.
- Es que vimos tu mochila preparada al pie de tu cama… ¡huyamos todos de esta ratonera ya mismo! - dijo mamá, exultante de alegría.
Julio los miró con los ojos tan abiertos y redondos como dos platos de café, sin comprender nada.
- Despertála a tu hermana , que ya nos vamos – dijo papá
Julio fue a despertar a Lía, temblando como una hoja.
- Lía, levantate que tenemos que huir. Prepará tus cosas. Papá y mamá quieren escapar antes de que llegue la policía.
Subieron los cuatro al auto y salieron de la ciudad a toda velocidad por la autopista.
- ¿Adónde vamos? – preguntó Lía, aún algo dormida.
- Ya van a ver – dijo papá.
Entraron por una callecita secundaria por donde a veces Julio hacía carreras de bicicleta con sus amigos y atravesaron una hilera de arboles grandes antes de aminorar la marcha frente a un portal de piedra y madera.
Julio y Lía estaban sentados muy juntos hundidos en su asiento, sin animarse a mirar afuera.
- Cierren los ojos ahora- dijo papá
Julio empezó a temblar de pánico, seguro de que los llevarían a esconderse en un sótano oscuro donde nadie los encontraría jamás. O quizás querían mostrarle dónde habían enterrado los cadáveres, para que supieran finalmente la verdad de todo lo que habían hecho en los últimos tiempos.
Cuando el coche se detuvo, papá y mamá dijeron:
-Ahora salgan, pero con los ojos bien cerrados.
Julio sentía que sus piernas no le respondían. Pero salió, porque es muy difícil desobedecer a dos padres terroríficos.
Los hermanos bajaron muy pegados, y al poner los pies en el suelo sintieron bajo sus suelas que no era pavimento, sino césped.
Papá y mamá dijeron:
- Ahora abran los ojos.
Julio se encandiló con la luz del sol. Y cuando sus ojos se habitaron a la luz, no vio siniestros montículos de tierra removida en un pastizal abandonado. No era un cementerio antiguo, ni una fosa en una zanja pestilente. No era un bosquecillo oscuro, no se veía sangre por ninguna parte, ni estaban en un sótano oscuro.
Los cuatro estaban de pie en un hermosísimo jardín florido, rodeando una piscina de agua límpida, en cuya superficie los destellos del sol brillaban como diamantes. Había flores de todos los colores: capullos rosados a la derecha, flores colgantes amarillas trepadas a un ciruelo en flor, campanillas azules sobre un cerco, y rosas blancas trepando la pared de una casa que parecía salida de un cuento de hadas.
Y hasta donde llegaba la vista, se extendía un césped de color verde brillante, como nuevo y recién brotado.
- ¿Dónde estamos? – preguntó Lía
- ¡En nuestra nueva casa! – dijo mamá – Este nuestro regalo para ustedes.
- ¿Nuestra nueva qué? – dijo Lía
- Vamos, no disimulen que algo sospechan, al vernos hablar en secreto - dijo mamá.
- Si, y al vernos tan embarrados de trabajar en este jardín – dijo papá
- Queríamos que fuera una sorpresa…- dijo mamá- ¡Se ve que no somos buenos ocultando cosas!
Julio estaba mudo.
- ¿Nos vamos a mudar acá? – preguntó Lía, con ojos brillantes- ¿Voy a poder hacer fiestas, nadar en la piscina, tener perritos y gatos, y jugar a la pelota en el jardín?
- Claro que sí, hijita – dijo mamá
- ¡Qué hermoso, mamá! ¡Soy feliz!– dijo Lía abrazándose a su madre, que no paraba de reír.
- ¿Y vos, Julito, que opinás? – preguntó papá
Julio intentaba con fuerza ordenar sus pensamientos.
- Que…pues…que no puedo creerlo.
En verdad, ese jardín era como un sueño hecho realidad.
Pero en vez de sentirse alegre como todos los demás, Julio se sentía muy extraño.
- ¡Vamos, alegrate, hijo!- dijo papá .
¿Alegrarse, así, de golpe? No, no podía. Y por más que lo intentaba, Julio no podía dejar de pensar en qué parte de todo ese hermoso jardín papá y mamá habrían enterrado a todos los cadáveres.
Julio se despertó sintiendo un delicioso aroma a tostadas que venía de la cocina, de donde llegaba el alegre y familiar sonido de las tazas de losa chocando con platos y cucharas, indicando que papá y mamá ya estaban desayunando.
Se restregó los ojos para despabilarse, puso sus pies en sus pantuflas y caminó siguiendo el rastro del perfume a pan caliente.
Nada le gustaba más que desayunar un sábado con papá y mamá.
Era el día en que ellos estaban alegres por tener la mañana libre, contentos de compartir un rato con su hijito. Era el único día en que mamá estaba relajada y sonriente, sin nervios ni apuro para que Julio llegue a tiempo a la escuela. Además, los sábados siempre había algo sabroso y especial sobre la mesa: una mermelada de frambuesa recién abierta, unas pastas recién compradas, unas tostadas deliciosas… Como todos tenían la mañana libre, los tres se quedaban conversando y bromeando antes de que se despertara Lía, la hermanita menor de Julio, que era mucho más remolona, y le interesaba menos levantarse para desayunar en familia.
Pero ese sábado sucedió algo muy raro.
Apenas Julio puso un pie en la cocina, en lugar de seguir conversando como siempre y saludarlo con alegría, papá y mamá lo miraron sorprendidos y callaron súbitamente.
Luego empezaron a hablar de que era mejor recalentar el café, pues se había enfriado.
Julio pensó que tal vez esa vez entró a la cocina justo cuando papá y mamá estaban hablando de problemas de mayores, y que callaron para no preocuparlo. Y de hecho, olvidó ese instante tan extraño, durante meses. Hasta que tuvo que recordar cómo había comenzado todo.
Porque después de ese desayuno todo se enrareció en la casa.
Mamá y papá callaban cada vez que veían a entrar a Julio a la habitación donde hablaban ellos dos solos, en secreto, en voz casi inaudible. A veces, Julio lograba escuchar palabras sueltas que no comprendía para nada.
Sus padres antes nunca cerraban la puerta de su dormitorio. Pero de pronto, comenzaron a cerrarla para que sus hijos no escucharan lo que conversaban. Y además, siempre hablaban por teléfono lejos de donde estaban sus hijos. Como el departamento donde vivían era tan pequeño que no había ningún sitio donde fuera posible hablar en privado, sus padres acababan siempre hablando en el balcón.
El departamento era tan pequeño que apenas había espacio para jugar a ninguna otra cosa que no fuera ajedrez o los naipes. Julio adoraba jugar en sitios al aire libre, pero no había parques en ese sector de la ciudad, y por eso desde pequeño sólo jugaba en el balcón. Ese balcón había sido, para él, un castillo, una piragua indígena, un barco pirata, una pista de esquí y un territorio plagado de dragones.
Julio recordaba que en verano, él y Lía solían llevar jarras de agua al balcón, con las que se salpicaban imaginando que vivían en una casa con piscina. De muy pequeño había intentado recorrerlo en su triciclo, pero en dos pedaleadas lo cruzaba de lado a lado. Y luego de chocar contra el extremo, para regresar, debía levantarlo con ambas manos y girarlo en el aire antes de montarlo otra vez, porque tampoco había sitio para girar. Mamá se asombraba de la perseverancia de su hijo en repetir el proceso toda la tarde. Y también se entristecía, al ver que había tan poco espacio para los cuatro.
El balcón ahora estaba siempre tan repleto de ropa tendida a secar, que ya no servía para jugar. Cuando los hermanos eran muy chicos , había más espacio, pero ahora que usaban ropa más grande y larga, el balcón estaba atestado de ropa colgada para secarse.
Aún con tantos recuerdos lindos del único sitio de la casa donde se veía algo de cielo (además de la ropa del vecino, que usaba unas horribles toallas con caracoles azules), Julio odiaba al balcón, porque se había convertido en el sitio donde papá y mamá hablaban a escondidas. Si no fuera tan preocupante, hubiera sido cómico eso de escuchar a papá hablando bajito detrás de una sábana flameando al aire. Pero para Julio eso era tan irritante como ver a mamá entre toallones tendidos, cubriendo su boca con la mano al hablar a su celular.
Una tarde que papá y mamá dijeron que irían juntos a hacer las compras.
Julio se dio cuenta de que eso era mentira grande como una casa.
Ellos dos nunca compraban nada juntos: mamá iba a comprar leche y verduras, papá iba a la panadería y al carniceria , o al revés, para aprovechar el tiempo.
Lo cierto es que dijeron eso y se fueron juntos, dejando a Julio y Lía con una bolsa grande de papas fritas (de las siempre decían que hacen mal y sacan el hambre) y una pelicula alquilada a los apurones. Julio no pudo concentrarse en la película, pues se dio cuenta de que papá y mamá se demoraban demasiado. Llamó a mamá al móvil y ella le dijo “ya llegamos, lindo, en un minuto estamos allí”. Julio le preguntó a mamá qué estaban haciendo y ella dijo “las compras, como te dije”. Y al volver a casa, ni papá ni mamá traían bolsas del supermercado. Lo que sí traían era algo asqueroso. Ambos tenían los zapatos cubiertos de un viscoso barro negro. Y lo peor de todo es que no explicaron por qué. Respondiendo todo con evasivas, mandaron a los chicos a dormir.
Y Julio no pudo pegar un ojo.
Al día siguiente, al llegar del cole, vio a mamá poner un montón de ropa sucia en el lavarropas. Ropa más sucia que ninguna otra ropa sucia que él hubiera visto jamás.
Julio pasó cerca de ella a propósito y vio que la ropa tenía barro por todas partes
- ¿Por qué ponés esa ropa allí? – preguntó Julio, con afectada naturalidad.
- Porque está sucia…¿no ves? – le respondió mamá, sin mirarlo a los ojos.
- ¿Y que hiciste para mancharte tanto con barro?
- Nada. Me salpicó un coche que andaba por la calle.
- ¿Papá también se salpicó? – insistió Julio.
- ¿Qué, me vas a interrogar? ¡Dale, andá a poner la mesa ya mismo, que es hora de almorzar!
Más tarde, mamá le sirvió la sopa con uñas sucias de tierra negra…como si no hubiera tenido ni tiempo de lavarse bien las manos.
Dos días después, cuando mamá lo llevó al dentista , Julio vio el piso del auto de mamá muy sucio y lleno de terrones de tierra dura. También vio algo rojo que asomaba debajo de su asiento. Se inclinó para ver qué era, y mamá le dijo “¿ Qué mirás? ¡Ponete el cinturón de seguridad , que se hace tarde!” .
Al bajar del auto, Julio fingió que se ataba el cordón de la zapatilla para espiar debajo del asiento, y vio con espanto una pala de mango rojo.
Esa noche tampoco pudo dormir bien. Entonces se levantó y tocó a su hermana en el hombro.
- Lía, ¿estás despierta? – le preguntó a su hermanita.
- Si, Julio, ¿qué querés?
Julio encendió el velador y le dijo:
- Tengo que contarte una cosa.
- Decime.
- Estoy muy preocupado.
- ¿ Por qué?
- Papá y mamá andan en algo muy raro.
- ¿Como qué?
- ¿No viste que se hablan a escondidas, que cuando aparecemos callan de pronto, que se esconden en el balcón para hablar por teléfono?
- Si, lo noté. Pero noté algo más horrible aún....
- ¿Qué notaste vos?
- ¡Que siempre tienen las uñas sucias de tierra!
- ¡Oh, por Dios, qué alivio me das! ¡No sólo yo lo vi!
- ¿Y vos que viste?
- Mamá lleva una pala en el coche.
- ¡No me asustes! – dijo Lía
- Si, lleva una pala escondida. Y dice con papá que van a hacer las compra pero… vuelven sin compras …¡y embarrados!
- ¿Ves? ¡Están tramando algo!
- ¿Como qué?
- Mirá, no me animo ni a decirlo…ni a pensarlo…Debe ser horrible. Si no lo fuera, nos lo habrían contado. Pero no nos dicen nada.
- ¿Qué vamos a hacer entonces, Lía?
- Nada- dijo su hermanita, suspirando con tristeza- Dormir y esperar que todo esto sólo sea una pesadilla, y que acabe pronto.
Pero en vez de acabar, todo empeoró.
Papá y mamá seguían hablando en secreto, escapándose juntos y diciendo mentiras.
Cuando Lía o Julio preguntaban algo, cambiaban de tema y hablaban demasiado, para que ellos no volvieran a preguntar nada.
Hasta un día Julio descubrió en un armario una pala enorme llena de tierra.
Ya no le quedaba muchas dudas de lo que hacían sus padres. Sólo le asombraba no encontrar gotas de sangre en el tapizado del coche de mamá. Ni en los jeans de papá.
Un día mamá pareció preocupada por su hijo:
- Julio, no tocaste tu plato en tres días…¿ qué te pasa?
- Nada
- ¿No tenés hambre?
- No, mamá. Se me fue.
Esa noche Julio vio los zapatos de papá con una costra enorme de barro seco en el baño. En la cocina había un balde lleno de agua sucia, porque adentro había unas ojotas embarradas de mamá.
Papá y mamá fingían normalidad. Pero con esas uñas siempre negras, no engañaban a nadie. No quedaba ninguna duda. Papá y mamá cavaban fosos en la tierra , en laguna parte. La pala y el pico siempre estaban en el coche o aparecían escondidos en diferentes lugares del departamento: en la cocina, la bañera, o el balcón.
Seguramente, sería cuestión de días para que los descubriera la policía. No es posible enterrar cadáveres con tanta impunidad. Tarde o temprano los encontrarían.
- Lía, debemos denunciarlos a la policía.
- ¿Estás loco? ¡ Son nuestros padres!
- Si no lo hacemos, seremos cómplices de la cosa espantosa que están haciendo…
- ¡Pero no fuimos nosotros!
- Yo ya no quiero vivir mas acá, con dos padres asesinos.
- ¿Y adónde vas a ir?
- No sé… a lo de la abuela, o a un orfanato. Pero esto de que nuestros propios padres lleven una vida siniestra es algo que ya no soporto.
- Entonces, decíselo a ellos.
- ¿Estás loca? ¡Me van a matar!
- No lo creo. Puede que maten a otros, pero no a nosotros.- Lia se quedo mirando el mantel de la mesa - A nosotros nos quieren…creo yo.- dijo revolviendo el azúcar dentro de un tazón de leche…que minutos después volcó en la pileta , porque tampoco pudo tragar.
En la escuela a Julio los compañeros lo veían desganado y callado. La maestra le preguntó si estaba enfermo, porque lo veía demacrado. “No estoy durmiendo bien”, dijo él.
Al llegar a casa mamá quiso apartarle un mechón de pelo de la frente con una caricia. Tenía otra vez los dedos llenos de tierra. Julio se apartó, asqueado. Y mama rió diciendo:
- ¡Ah,qué cosa, mi bebé está creciendo y ya no quiere que mamá lo mime!
En la noche de viernes Julio decidió, finalmente, huir de su casa.
No sería cómplice de las atrocidades que sus padres estaban haciendo.
Puso un buzoen su mochila, sus libros favoritos, su juego portátil de ajedrez, sus naipes y sus útiles escolares, y la puso al pie de su cama. No sabía dónde refugiarse, pero estaba demasiado cansado para pensarlo ahora. Así que se fue a dormir, pensando en huir antes del amanecer.
Julio despertó al escuchar ese familiar entrechocar de tazas entre el aroma del café y de tostadas fragantes que venía de la cocina. “¡Oh, no! ¡Papá y mamá ya están despiertos y no me voy a poder a escapar!” , pensó. Y decidió confesarles todo, y decirles de una vez que los había descubierto. Se puso las zapatillas- ya que es difícil huir en pantuflas-, se acercó a la cocina donde papá y mamá cuchicheaban. Y odió con toda su alma que se callaran súbitamente al verlo a él.
- Buen día, hijo
- Papá….Mamá – dijo Julio con vos temblorosa, tratando de no echarse a llorar – ¡No quiero vivir más acá!
- Si, ya nos dimos cuenta de que descubriste todo…- dijo papá, sonriendo de oreja a oreja.
- Es que vimos tu mochila preparada al pie de tu cama… ¡huyamos todos de esta ratonera ya mismo! - dijo mamá, exultante de alegría.
Julio los miró con los ojos tan abiertos y redondos como dos platos de café, sin comprender nada.
- Despertála a tu hermana , que ya nos vamos – dijo papá
Julio fue a despertar a Lía, temblando como una hoja.
- Lía, levantate que tenemos que huir. Prepará tus cosas. Papá y mamá quieren escapar antes de que llegue la policía.
Subieron los cuatro al auto y salieron de la ciudad a toda velocidad por la autopista.
- ¿Adónde vamos? – preguntó Lía, aún algo dormida.
- Ya van a ver – dijo papá.
Entraron por una callecita secundaria por donde a veces Julio hacía carreras de bicicleta con sus amigos y atravesaron una hilera de arboles grandes antes de aminorar la marcha frente a un portal de piedra y madera.
Julio y Lía estaban sentados muy juntos hundidos en su asiento, sin animarse a mirar afuera.
- Cierren los ojos ahora- dijo papá
Julio empezó a temblar de pánico, seguro de que los llevarían a esconderse en un sótano oscuro donde nadie los encontraría jamás. O quizás querían mostrarle dónde habían enterrado los cadáveres, para que supieran finalmente la verdad de todo lo que habían hecho en los últimos tiempos.
Cuando el coche se detuvo, papá y mamá dijeron:
-Ahora salgan, pero con los ojos bien cerrados.
Julio sentía que sus piernas no le respondían. Pero salió, porque es muy difícil desobedecer a dos padres terroríficos.
Los hermanos bajaron muy pegados, y al poner los pies en el suelo sintieron bajo sus suelas que no era pavimento, sino césped.
Papá y mamá dijeron:
- Ahora abran los ojos.
Julio se encandiló con la luz del sol. Y cuando sus ojos se habitaron a la luz, no vio siniestros montículos de tierra removida en un pastizal abandonado. No era un cementerio antiguo, ni una fosa en una zanja pestilente. No era un bosquecillo oscuro, no se veía sangre por ninguna parte, ni estaban en un sótano oscuro.
Los cuatro estaban de pie en un hermosísimo jardín florido, rodeando una piscina de agua límpida, en cuya superficie los destellos del sol brillaban como diamantes. Había flores de todos los colores: capullos rosados a la derecha, flores colgantes amarillas trepadas a un ciruelo en flor, campanillas azules sobre un cerco, y rosas blancas trepando la pared de una casa que parecía salida de un cuento de hadas.
Y hasta donde llegaba la vista, se extendía un césped de color verde brillante, como nuevo y recién brotado.
- ¿Dónde estamos? – preguntó Lía
- ¡En nuestra nueva casa! – dijo mamá – Este nuestro regalo para ustedes.
- ¿Nuestra nueva qué? – dijo Lía
- Vamos, no disimulen que algo sospechan, al vernos hablar en secreto - dijo mamá.
- Si, y al vernos tan embarrados de trabajar en este jardín – dijo papá
- Queríamos que fuera una sorpresa…- dijo mamá- ¡Se ve que no somos buenos ocultando cosas!
Julio estaba mudo.
- ¿Nos vamos a mudar acá? – preguntó Lía, con ojos brillantes- ¿Voy a poder hacer fiestas, nadar en la piscina, tener perritos y gatos, y jugar a la pelota en el jardín?
- Claro que sí, hijita – dijo mamá
- ¡Qué hermoso, mamá! ¡Soy feliz!– dijo Lía abrazándose a su madre, que no paraba de reír.
- ¿Y vos, Julito, que opinás? – preguntó papá
Julio intentaba con fuerza ordenar sus pensamientos.
- Que…pues…que no puedo creerlo.
En verdad, ese jardín era como un sueño hecho realidad.
Pero en vez de sentirse alegre como todos los demás, Julio se sentía muy extraño.
- ¡Vamos, alegrate, hijo!- dijo papá .
¿Alegrarse, así, de golpe? No, no podía. Y por más que lo intentaba, Julio no podía dejar de pensar en qué parte de todo ese hermoso jardín papá y mamá habrían enterrado a todos los cadáveres.
Una sorpresa para Marta(*)
No, no hace tanto tiempo. Fue solo anteayer cuando Marta pasó el día entero con Sonia.
Sonia estaba llorando. Marta no soportaba ver a nadie llorar. Y menos a Sonia, a quien siempre se la veía tan fuerte y arrogante…¡ era perturbador y extrañísimo verla llorando a mares, con sus hermosos rojos inyectados en sangre y su linda nariz colorada como un tomate!
Marta no era amiga de Sonia. En verdad., Sonia ni siquiera tenía amigas dentro de la clase. Sonia era de esas chicas populares que solamente tratan con aquellos que les rinden pleitesía. Tenía amigas, pero en otro curso, todas mayores que ella. Pero cuando Marta la vio llorando en el baño a mediodía, al terminar las clases, y le preguntó qué le pasaba y si precisaba ayuda, Sonia parecía realmente sola y acongojada. En ese instante, Sonia lloró más fuerte aun y se abrazó a Marta. Marta se sintió halagada, como con la sensación de que podría serle útil a Sonia. Era increíble, que ella pudiera salir a la ayuda de la chica más fuerte y orgullosa del grupo. Bien sabia que a Sonia sus amigos no la querían nada. Decían que Sonia era una arpía, maligna y chismosa. Pero en medio de tantas lágrimas, Marta la veía realmente abandonada y vulnerable. De maldad, nada.
Marta pensaba que aunque no aprecies a alguien, en un momento de dolor, alguien que sufre es alguien que precisa tu ayuda, y que merece consuelo. Y a ella le daba mucha pena ver a Sonia así de derrumbada, como luego supo, porque el grupo de las grandes le acababa de dar la espalda porque una de ellas estaba ofendida con Sonia por algo que ella no alcanzaba a comprender. “Yo no hice nada….¡ me acusan injustamente!”, repetía Sonia, secándose las lágrimas en el hombro de Marta.
Marta le sugirió a Sonia que se lavara la cara con agua fría, y le aseguró que la acompañaría adonde tuviese que ir .Salieron del colegio, y caminaron lentamente. Sonia se tomaba del brazo de Marta como temiendo caerse por el camino.
- ¿Te acompaño a tu casa? – le pregunto Marta
- - No, no quiero ir a casa.
- ¿Venís vos a la mía?
- - No, no quiero que nadie me vea con esta cara – dijo, mientras ocultaba su rostro congestionado detrás de una cortina de lacio cabello dorado.
- Esta bien. Vamos a la plaza y te compro un helado para que se te pase la tristeza.
Marta estuvo todo el día acompañando a Sonia y escuchando sus historias incomprensibles acerca de intrigas entre un grupo de amigas de nombres que se le mezclaban, porque no conocía a ninguna de ellas.
Marta estaba preocupada pensando que a esa hora tendría que haber ido a devolver el libro de Historia en la biblioteca, que no llegaría a tiempo a su clase de francés, y que su madre se preocuparía. Pero Sonia aún estaba muy trastornada como para quedarse sola. Y Marta se dijo “bueno, ya que estoy haciendo la buena acción del día, y la voy a hacer hasta el final”. Al final del día, Marta se sorprendió viendo que estaba compartiendo horas muy intimas con Sonia, que la final era mucho más débil y humana de lo que los demás pensaban. Y en cierta forma se sintió orgullosa de haber descubierto la veta sensible de Sonia. Llegó a pensar que si ella era capaz de rescatar lo mejor de Sonia, quizás podría demostrarles a todos que Sonia podía unirse al grupo del curso, que podía convertirse en una buena amiga. Y también podría desmostrarle a Sonia que hay gente buena que podría escucharla y ser su amiga, en lugar de ese grupo de grandes engreídas que acababa de despreciarla.
Ese encuentro en el baño de chicas no había sido casual. Sonia se había cruzado en su camino para que ella pudiera mostrarle como es ser amigo de verdad, siendo solidario con el otro y dándole una mano en un momento difícil.
Pensando esto, Marta tuvo de repente una idea genial para cambiarle la cara a Sonia . Sin dudar en darle esta alegría, le dijo:
- Sonia, este sábado festejo mi cumpleaños en casa y quiero que vengas.
- ¿ Yo? ¿A tu cumple?
- Si, Sonia. Sé que al principio te vas a sentir rara , porque nadie de los que invito son de tu grupo, y en verdad no te aprecian mucho porque…no te conocen . Pero quiero que te conozcan y sepan quién sos . Quiero que tengas la oportunidad de sumarte a nuestro grupo. Somos buena gente, ya vas a ver.
Sonia alzó sus ojos claros tímidamente.
- ¿Estás segura de que querés que vaya a tu fiesta?
- Claro que sí. - dijo Marta, pensando por un segundo como haría para que Sonia fuera aceptada en el grupo. ¿Y si la mitad de sus amigos se enteraba y decía “si ella va yo no voy”? Bueno, la decisión ya estaba tomada.
Marta la acompañó a Sonia hasta su casa, ella la despidió e la puerta saludándola con la mano, y en la hora de viaje de regreso a su casa, Marta estuvo dudando si habría hecho lo correcto o si había ido demasiado lejos con esa invitación, conmovida por la situación. Pero ya era tarde para arrepentirse.
Se reunió con sus amigas a organizar la fiesta y no tuvo el coraje de avisarles que había invitado a Sonia. Solamente tuvo coraje para llamar a David, el chico que más le gustaba, para recordarle que no faltara a su fiesta. El le dijo que no se la perdería por nada de mundo y Marta sintió que tocaba el cielo con las manos. Sin ninguna duda, David era el mejor chico de todos. Y ella soñaba con el día en que él se animara a acercarse y a pedirle que fuera su novia. Esa noche no pudo dormir pensando en el momento en el que viera entrar a David en su propia casa…¡ Ese sería el mejor regalo de cumpleaños de todos! .
En la mañana del sábado, sus amigas llegaron para aturdirla con la decoración de la casa. Armaron sandwiches, hicieron pochoclo, pusieron las bebidas en la heladera y flores en las mesas y, cuando todo estaba listo, todas fueron a vestirse y a ponerse hermosas.
Marta se había comprado un vestido negro y zapatos nuevos especialmente para esa noche. El vestido tenía unas cadenitas plateadas al costado, que le daban un toque sensual y sofisticado. Y los zapatos eran verdaderamente preciosoa, con un broche metálico que hacía juego con las cintas del vestido. Cuando sus amigas la vieron, le dijeron “ ¡Waw , Marta!¡Parecés otra! ¡Estás sensacional!” Mientras sus amigas atendían a los invitados y servían las bebidas, ella se delineó con cuidado los ojos, se hizo rizos en el pelo, se puso su mejor perfume y sólo cuando se vio realmente preciosa, salió a saludar a todo el mundo. Todos la miraban asombrados y le decía que jamás la habían visto tan bella. Pero a ella no le importaba lo que opinaran todos. Porque sólo estaba pendiente de ver entre los invitados a quien más quería ver: a David. Ya había pensado si él no tomaba ninguna iniciativa, al menos ella podría pasar el resto de su vida pensando, feliz, que “ en este mismo sofá se sentó David en mi cumple” . Y con eso, ya se sentiría dichosa. Pero en el fondo, también sabía que lo que ella quería era deslumbrar a David, que él se enamorara perdidamente de ella, que la tomara de la mano, la mirara a los ojos y le dedicara una de sus preciosas sonrisas, solo para ella.
No quiso preguntar a sus amigas si David había llegado, para que no empezaran a reírse de su enamoramiento, y recorrió toda la casa buscándolo con los ojos. Había tanta gente que se consoló pensando que si llegaba a venir Sonia, sus amigas ni notarían su presencia y no le reprocharían nada.
Como no lo veía por ningún lado, cada vez que sonaba el timbre ella corría a ver si era él.
Luego de recibir a más amigos y amigas, sin que David llegara, Marta empezó a sentirse muy inquieta. Cuando ya no aguantaba más, le preguntó a sus amigas si David había llegado.
- Por supuesto que si …¿qué? ¿no lo viste?¡ Hace como una hora que está por aca!- le dijeron .
Marta recorrió casi corriendo toda la casa,la cocina, cada cuarto, el patio y hasta el jardín. Había gente riendo por todas partes, Y fue allí, bajo las estrellas, que vio el pelo ensortijado de David detrás de las ramas de un arbol…¡ que emoción enorme!.
Pensó en ir directo a reprocharle que no la hubiera saludado.
Después de todo, era su cumpleaños y él ni se había preocupado en ubicarla en el gentío. Pero en vez de eso, resolvió taparle los ojos para que adivinara quien era ella. Eso era buena idea : tener un pretexto para tocarlo la entusiasmaba más que ninguna otra cosa . Caminó hacia él lentamente, y cuando estaba a la distancia justa para taparle los ojos por la espalda, él giró la cabeza y la miró. “Qué lindo que es”, pensó Marta, conteniendo el aliento .Pero vio algo muy extraño pegado al rostro de David. Tardó un segundo en darse cuenta de que era una mano con uñas pintadas de rojo brillante. Y detrás de la mejilla de David, vio asomar el rostro triunfante de Sonia, sonriendo de oreja a oreja. Estaba realmente bella, con su largo pelo rubio cubriéndole la mitad de sus ojos color del cielo. Sonia estaba muy pegada a David. En verdad, él la estaba tomando por la cintura. Cuando Sonia la vió, dijo: “¡Marta, qué sorpresa! .Qué buena está la fiesta , ¿eh? … Le conté a David lo amable que fuiste el otro día conmigo…¡En verdad , con los dos, pues gracias a tu fiesta, nos acabamos de conocer!¿Donde lo tenías escondido, nena?” Y dicho esto, Sonia tomo la cara de David con las dos manos y le estampó un beso en la boca. Y siguieron los dos besándose como si Marta no existiera.
Marta caminó marcha atrás, para alejarse de los dos, y se fue directo a la cocina, a lorara sobre los vasos para lavar.No volvió a salir al jardín .En el living, intentó fingir que la pasaba bien, sintiendo que este era el peor cumpleaños de su vida.
No le contaría nada a sus amigas, sabiendo que ellas le reprocharían lo idiota que había sido por creer que Sonia merecía compasión o amistad. No le diría nada a nadie de lo que había pasado , porque todas le dirían que David es un imbécil, y ella tampoco creía eso.
Ella sentía que estaba metida en el cuento ese del escorpión que ayuda a la rana a cruzar el río, y luego le clava el aguijo y le dice “esta es mi naturaleza, debiste haberlo sabido” .
Sonia estaba llorando. Marta no soportaba ver a nadie llorar. Y menos a Sonia, a quien siempre se la veía tan fuerte y arrogante…¡ era perturbador y extrañísimo verla llorando a mares, con sus hermosos rojos inyectados en sangre y su linda nariz colorada como un tomate!
Marta no era amiga de Sonia. En verdad., Sonia ni siquiera tenía amigas dentro de la clase. Sonia era de esas chicas populares que solamente tratan con aquellos que les rinden pleitesía. Tenía amigas, pero en otro curso, todas mayores que ella. Pero cuando Marta la vio llorando en el baño a mediodía, al terminar las clases, y le preguntó qué le pasaba y si precisaba ayuda, Sonia parecía realmente sola y acongojada. En ese instante, Sonia lloró más fuerte aun y se abrazó a Marta. Marta se sintió halagada, como con la sensación de que podría serle útil a Sonia. Era increíble, que ella pudiera salir a la ayuda de la chica más fuerte y orgullosa del grupo. Bien sabia que a Sonia sus amigos no la querían nada. Decían que Sonia era una arpía, maligna y chismosa. Pero en medio de tantas lágrimas, Marta la veía realmente abandonada y vulnerable. De maldad, nada.
Marta pensaba que aunque no aprecies a alguien, en un momento de dolor, alguien que sufre es alguien que precisa tu ayuda, y que merece consuelo. Y a ella le daba mucha pena ver a Sonia así de derrumbada, como luego supo, porque el grupo de las grandes le acababa de dar la espalda porque una de ellas estaba ofendida con Sonia por algo que ella no alcanzaba a comprender. “Yo no hice nada….¡ me acusan injustamente!”, repetía Sonia, secándose las lágrimas en el hombro de Marta.
Marta le sugirió a Sonia que se lavara la cara con agua fría, y le aseguró que la acompañaría adonde tuviese que ir .Salieron del colegio, y caminaron lentamente. Sonia se tomaba del brazo de Marta como temiendo caerse por el camino.
- ¿Te acompaño a tu casa? – le pregunto Marta
- - No, no quiero ir a casa.
- ¿Venís vos a la mía?
- - No, no quiero que nadie me vea con esta cara – dijo, mientras ocultaba su rostro congestionado detrás de una cortina de lacio cabello dorado.
- Esta bien. Vamos a la plaza y te compro un helado para que se te pase la tristeza.
Marta estuvo todo el día acompañando a Sonia y escuchando sus historias incomprensibles acerca de intrigas entre un grupo de amigas de nombres que se le mezclaban, porque no conocía a ninguna de ellas.
Marta estaba preocupada pensando que a esa hora tendría que haber ido a devolver el libro de Historia en la biblioteca, que no llegaría a tiempo a su clase de francés, y que su madre se preocuparía. Pero Sonia aún estaba muy trastornada como para quedarse sola. Y Marta se dijo “bueno, ya que estoy haciendo la buena acción del día, y la voy a hacer hasta el final”. Al final del día, Marta se sorprendió viendo que estaba compartiendo horas muy intimas con Sonia, que la final era mucho más débil y humana de lo que los demás pensaban. Y en cierta forma se sintió orgullosa de haber descubierto la veta sensible de Sonia. Llegó a pensar que si ella era capaz de rescatar lo mejor de Sonia, quizás podría demostrarles a todos que Sonia podía unirse al grupo del curso, que podía convertirse en una buena amiga. Y también podría desmostrarle a Sonia que hay gente buena que podría escucharla y ser su amiga, en lugar de ese grupo de grandes engreídas que acababa de despreciarla.
Ese encuentro en el baño de chicas no había sido casual. Sonia se había cruzado en su camino para que ella pudiera mostrarle como es ser amigo de verdad, siendo solidario con el otro y dándole una mano en un momento difícil.
Pensando esto, Marta tuvo de repente una idea genial para cambiarle la cara a Sonia . Sin dudar en darle esta alegría, le dijo:
- Sonia, este sábado festejo mi cumpleaños en casa y quiero que vengas.
- ¿ Yo? ¿A tu cumple?
- Si, Sonia. Sé que al principio te vas a sentir rara , porque nadie de los que invito son de tu grupo, y en verdad no te aprecian mucho porque…no te conocen . Pero quiero que te conozcan y sepan quién sos . Quiero que tengas la oportunidad de sumarte a nuestro grupo. Somos buena gente, ya vas a ver.
Sonia alzó sus ojos claros tímidamente.
- ¿Estás segura de que querés que vaya a tu fiesta?
- Claro que sí. - dijo Marta, pensando por un segundo como haría para que Sonia fuera aceptada en el grupo. ¿Y si la mitad de sus amigos se enteraba y decía “si ella va yo no voy”? Bueno, la decisión ya estaba tomada.
Marta la acompañó a Sonia hasta su casa, ella la despidió e la puerta saludándola con la mano, y en la hora de viaje de regreso a su casa, Marta estuvo dudando si habría hecho lo correcto o si había ido demasiado lejos con esa invitación, conmovida por la situación. Pero ya era tarde para arrepentirse.
Se reunió con sus amigas a organizar la fiesta y no tuvo el coraje de avisarles que había invitado a Sonia. Solamente tuvo coraje para llamar a David, el chico que más le gustaba, para recordarle que no faltara a su fiesta. El le dijo que no se la perdería por nada de mundo y Marta sintió que tocaba el cielo con las manos. Sin ninguna duda, David era el mejor chico de todos. Y ella soñaba con el día en que él se animara a acercarse y a pedirle que fuera su novia. Esa noche no pudo dormir pensando en el momento en el que viera entrar a David en su propia casa…¡ Ese sería el mejor regalo de cumpleaños de todos! .
En la mañana del sábado, sus amigas llegaron para aturdirla con la decoración de la casa. Armaron sandwiches, hicieron pochoclo, pusieron las bebidas en la heladera y flores en las mesas y, cuando todo estaba listo, todas fueron a vestirse y a ponerse hermosas.
Marta se había comprado un vestido negro y zapatos nuevos especialmente para esa noche. El vestido tenía unas cadenitas plateadas al costado, que le daban un toque sensual y sofisticado. Y los zapatos eran verdaderamente preciosoa, con un broche metálico que hacía juego con las cintas del vestido. Cuando sus amigas la vieron, le dijeron “ ¡Waw , Marta!¡Parecés otra! ¡Estás sensacional!” Mientras sus amigas atendían a los invitados y servían las bebidas, ella se delineó con cuidado los ojos, se hizo rizos en el pelo, se puso su mejor perfume y sólo cuando se vio realmente preciosa, salió a saludar a todo el mundo. Todos la miraban asombrados y le decía que jamás la habían visto tan bella. Pero a ella no le importaba lo que opinaran todos. Porque sólo estaba pendiente de ver entre los invitados a quien más quería ver: a David. Ya había pensado si él no tomaba ninguna iniciativa, al menos ella podría pasar el resto de su vida pensando, feliz, que “ en este mismo sofá se sentó David en mi cumple” . Y con eso, ya se sentiría dichosa. Pero en el fondo, también sabía que lo que ella quería era deslumbrar a David, que él se enamorara perdidamente de ella, que la tomara de la mano, la mirara a los ojos y le dedicara una de sus preciosas sonrisas, solo para ella.
No quiso preguntar a sus amigas si David había llegado, para que no empezaran a reírse de su enamoramiento, y recorrió toda la casa buscándolo con los ojos. Había tanta gente que se consoló pensando que si llegaba a venir Sonia, sus amigas ni notarían su presencia y no le reprocharían nada.
Como no lo veía por ningún lado, cada vez que sonaba el timbre ella corría a ver si era él.
Luego de recibir a más amigos y amigas, sin que David llegara, Marta empezó a sentirse muy inquieta. Cuando ya no aguantaba más, le preguntó a sus amigas si David había llegado.
- Por supuesto que si …¿qué? ¿no lo viste?¡ Hace como una hora que está por aca!- le dijeron .
Marta recorrió casi corriendo toda la casa,la cocina, cada cuarto, el patio y hasta el jardín. Había gente riendo por todas partes, Y fue allí, bajo las estrellas, que vio el pelo ensortijado de David detrás de las ramas de un arbol…¡ que emoción enorme!.
Pensó en ir directo a reprocharle que no la hubiera saludado.
Después de todo, era su cumpleaños y él ni se había preocupado en ubicarla en el gentío. Pero en vez de eso, resolvió taparle los ojos para que adivinara quien era ella. Eso era buena idea : tener un pretexto para tocarlo la entusiasmaba más que ninguna otra cosa . Caminó hacia él lentamente, y cuando estaba a la distancia justa para taparle los ojos por la espalda, él giró la cabeza y la miró. “Qué lindo que es”, pensó Marta, conteniendo el aliento .Pero vio algo muy extraño pegado al rostro de David. Tardó un segundo en darse cuenta de que era una mano con uñas pintadas de rojo brillante. Y detrás de la mejilla de David, vio asomar el rostro triunfante de Sonia, sonriendo de oreja a oreja. Estaba realmente bella, con su largo pelo rubio cubriéndole la mitad de sus ojos color del cielo. Sonia estaba muy pegada a David. En verdad, él la estaba tomando por la cintura. Cuando Sonia la vió, dijo: “¡Marta, qué sorpresa! .Qué buena está la fiesta , ¿eh? … Le conté a David lo amable que fuiste el otro día conmigo…¡En verdad , con los dos, pues gracias a tu fiesta, nos acabamos de conocer!¿Donde lo tenías escondido, nena?” Y dicho esto, Sonia tomo la cara de David con las dos manos y le estampó un beso en la boca. Y siguieron los dos besándose como si Marta no existiera.
Marta caminó marcha atrás, para alejarse de los dos, y se fue directo a la cocina, a lorara sobre los vasos para lavar.No volvió a salir al jardín .En el living, intentó fingir que la pasaba bien, sintiendo que este era el peor cumpleaños de su vida.
No le contaría nada a sus amigas, sabiendo que ellas le reprocharían lo idiota que había sido por creer que Sonia merecía compasión o amistad. No le diría nada a nadie de lo que había pasado , porque todas le dirían que David es un imbécil, y ella tampoco creía eso.
Ella sentía que estaba metida en el cuento ese del escorpión que ayuda a la rana a cruzar el río, y luego le clava el aguijo y le dice “esta es mi naturaleza, debiste haberlo sabido” .
Un día muy especial(*)
Este era un día distinto a cualquier otro. Pero Tomás no quiso ilusionarse con que este día le depararía nada especial, aunque en el fondo él quería que fuera especial. A esta altura de la vida, él ya sabía que si uno se ilusiona mucho, también se desilusiona muchísimo, y él no era un chico que aceptara tranquilamente una frustración. Por eso, apenas se despertó, pensó sabiamente “veré qué me trae este día”. No era un mal día, ya que era un sábado soleado. El canto de los pajaritos le llegaba por la ventana entreabierta, y los pajaritos no cantan con tanto entusiasmo si el día está nublado. Por suerte, su primo Nico se había quedado a dormir. Nico era divertido y travieso, y Tomás nunca se aburría con él. Así que ya se les ocurriría qué hacer juntos.
Un rayo de sol dio justo sobre la nariz de Tomás, indicando que ya era hora de levantarse. Tomás se restregó los ojos con los puños cerrados, bostezó como un hipopótamo, se quitó las colchas de encima, y con los ojos todavía cerrados, se sentó en el borde de la cama. Sintió de pronto urgentes ganas de ir al baño, así que buscó con los pies sus zapatillas que había dejado en alguna parte debajo de la cama. Encontró una y se la calzó como una pantufla. Cuando a tientas encontró la otra y puso su pie adentro, sintió algo frío que se movía dentro de ella, lo que le hizo abrir los ojos de inmediato.
- ¡ Ahhhh! – gritó Tomás, viendo espantado a una víbora verde deslizarse por el piso, en dirección a su escritorio, debajo de cual desapareció.
-
Con una sola zapatilla en el pie, salió corriendo del cuarto llamando a sus padres.
- ¡Socorro! ¡Mamá, papá! ¡Hay una serpiente en mi cuarto!
Mamá abrió la puerta de su cuarto, asombrada, y le preguntó:
- ¿Qué te pasa, hijo?
- ¡Una serpiente!¡ Una víbora! ¡Salió de mi zapatilla!
- ¿Como puede ser? ¿Y donde está?
- ¡En mi habitación!
- - Hijo, acá no hay serpientes …
- ¡Pero yo la vi, te lo juro! ¡Llamalo a papá para que la mate!
- No hace falta, vamos a ver los dos….
- ¡Ni loco vuelvo a entrar a mi cuarto!
- Está bien, entro yo sola…¿ para donde se fue?
- Fue desde mi cama al escritorio… ¡ Tené cuidado , mamá!
Tomás se quedó en el pasillo temblando como una hoja, y mamá entró, decidida, a su cuarto.
- Tomás ya revisé todo tu cuarto de lado a lado y no hay nada.
- ¡No puede ser!
- No grites , que lo vas a despertar a Nico …
- ¡Te juro que la vi! ¡Hasta la toqué con mi pie! ¡Era fría, áspera y…asquerosa!
- Tal vez todavía estabas soñando …
- ¡No mamá, creéme!
Mamá sonrió, lo abrazó y le dijo.
- Bueno, por suerte ya no está ahí, se habrá escapado por la ventana. Ahora bajá a prepararme un rico desayuno que en un minuto estoy con vos pero primero terminá de vestirte.
Tomás entró a su cuarto muerto de miedo. Tomó la zapatilla que le faltaba con dos dedos, la miró por dentro, y salió corriendo del cuarto, no sin antes cerrar la puerta detrás de él. Bajó las escaleras con una zapatilla, y solo cuando estuvo abajo e todo se sentó en el último escalón y se puso la zapatilla que le faltaba. Entró a la cocina, todavía agitado por el susto.
- Mejor hago unos huevos y unas tostadas…ya se me pasará el susto – se dijo.
Abrió el cajón de los cubiertos, y sacó cubiertos para los cuatro: papá, mamá, él y Nico . Puso café en el filtro, agua en la cafetera, encendió la cafetera y miró la mesa de la cocina:
- ¿Qué me falta? Ah, claro: tazas, platos, manteca….¡ y tengo que hacer los huevos!
Abrió la alacena para sacar tazas y platos, y sacó una taza, dos tazas…pero cuando iba a tomar la tercera taza, vio una patas peludas y negras trepando a su mano…
- ¡ AAAAAHHHH! –gritó Tomás, espantado. Soltó la taza que se hizo trizas en ele suelo. Y vio a la araña escapar apuradísima hasta salir por la ventana hacia el patio.
Escuchó el ruido de la ducha arriba. Mamá estaba duchándose y no habría escuchado su grito., Y papá y Nico seguían durmiendo. ¿Valía la pena avisarle a mamá que había visto al araña más gigantesca del mundo, solo cinco minutos después de haber visto una serpiente en su zapatilla? Mamá creería que estaba loco, o que aún seguía soñando despierto. Así que resolvió dedicarse a lo práctico: a hacer el desayuno.
Armó la mesa y sacó un sartén de un estante. le puso un poco de aceite, y abrió la heladera para sacar los huevos. Lástima que en el compartimiento de los huevo vio algo que lo dejó helado. Entre la blanca hilera de huevos redondo, había un ojo grandote que lo observaba. Un ojo de verdad, con unos tendones chorreando sangre…adentro de la heladera. Tomás se tapó la boca con las dos manos, para no gritar y para no vomitar, y cerró la heladera de un portazo. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba seguro de que se escucharía en toda la casa y todos se despertarían con sus palpitaciones. Pero nadie se despertaba.
Decidido a no intentar preparar los huevos, llevó una simple lata de galletas a la mesa, un frasco de mermelada, y abrió la lata para que estuviera lista para que todos se sirvieran cuando se dignaran despertarse y bajar a desayunar. Pero cuando la abrió, de adentro de la lata salió algo que primero le pareció a Tomás una hoja de árbol seca, torcida sobre si misma. Pero la hoja seca se trepó al borde de la lata , le mostró dos ojitos diminutos y una breve fila de dientes, y en medio de una mueca maliciosa se lanzó a volar , y despareció por la ventana …¡ era un murciélago! Tomás nunca había visto un murciélago tan cerca, pero mucho menos había visto uno en una lata de galletas. A Tomás le parecía que se estaba volviendo loco. Sintió la boca pastosa, y se quiso servir juego de un envase de cartón. Pero cuando tomó el envase sintió un peso desigual de algo sólido, que rasguñaba las paredes del envase. Volcó el envase con cuidado sobre el vaso y de él salió un gordo y pesado sapo. Tomás no supo si le dio más asco que miedo, más miedo que sorpresa, o más sorpresa que susto. Porque cuando uno quiere tomar jugo de naranja lo ultimo que imagina es que va a ver un sapo en su vaso. Arrojó el vaso con sapo y todo a la pileta de la cocina. Pero él seguía con la boca seca, y no se animaba a servirse agua de la canilla por miedo a ahogar al sapo. Entonces decidió abrir un envase de leche, que por suerte estaba fuera de la heladera. Estaba cerrado, no le traería sorpresas. Sin embargo, al servir la leche sobre su vaso, del envase salió sangre a borbotones.
Tomás se sintió mareado. Todo le daba vueltas, y sintió naúseas.
- ¡Mamá! – gritó Tomás
- ¡Ya voy, hijo! – dijo mamá.
El no estaba dispuesto a quedarse un segundo más solo en esa cocina embrujada.
Así que si el murciélago y la araña se habían escapado al patio, él haría lo mismo. Buscó la llave de la puerta del patio con manos temblorosas dentro de la frutera sobre el estante alto. Pero al tomar las llaves, una rata se subió a sus dedos. ¿Una rata, en la inmaculada cocina de mamá, que no dejaba que entrara ni una mosca? Espantado, Tomás pegó un salto hacia atrás, volcando una silla, que golpeó el cartón de jugo, que cayó al piso dejando un charco de sangre en la cocina.
¡Tanto que le gustaba a Tomás leer relatos de terror, y ahora estaba viviendo uno de ellos, justo esta mañana que todos parecían haberse olvidado de él, y nadie lo ayudaba!
Con la mano temblorosa, le pareció que tardaba un siglo en embocar la llave en la cerradura. Además, le resultaba dificilísimo meter la llave en la cerradura, porque tenia los ojos casi cerrados, ya que no quería ver ninguna otra cosa espantosa.
Finalmente la llave hizo “clic” y la cerradura cedió y se abrió. El salió de un salto afuera cerró la puerta, y justo en medio del patio vio una caja de zapatos, cerrada. Qué raro… ¿ quién dejaría eso ahí? Pensó que era algo que había olvidado Nico. Se agachó, curioso, levantó la tapa….¡ y mil asquerosas cucarachas salieron corriendo de adentro de la caja en todas direcciones!
Tomás cayó de espaldas, aterrado, y en ese momento preciso no vio más nada: un trapo negro lo envolvió y un montón de manos le golpeaban la espalda.
¿Qué está pasando? ¿Me volví loco? ¿Me están secuestrando? Luchó como pudo y pataleó en todas direcciones para librase de esa oscuridad. Sintió que se ahogaba, no entendía qué estaba pasando. Giró sus brazos con toda su fuerza y rodó por el suelo, enredándose cada ve más entre los pliegues de la tela, hasta que por fin vio una luz entre los pliegues y dirigió su cara hacia allí. Empujó con todas sus fuerzas hacia esa luz, y en un segundo vio que el trapo se levantaba. Tardó un poco que sus ojos se habituaran nuevamente a la luz, y se vio rodeado de personas, entre las que pudo distinguir la cara de su primo Nico .
- ¡ Eh, Tomás! ¡ Qué susto! ¿Eh?
Tomás no podía creer que Nico se estuviera riendo. Detrás de Nico, estaba mamá con el pelo mojado, riendo también, sosteniendo algo en las manos. Y también papá se reía, y tenía otra cosa en la mano.
- ¿Qué les pasa? – gritó Tomás - ¿No vieron lo que me pasó?
Mamá se acercó a Tomás, le acarició la cabeza y lo abrazó…
- ¡Feliz cumpleaños, hijito! – le dijo mamá, besándole la transpirada frente
- ¡Feliz cumpleaños,Tomás! – le dijeron papá y Nico.
Tomás los miró helado, mientras ellos le entregaban paquetes llenos de moños. El todavía estaba sentado en el piso, en medio de la frazada arrugada que le habían tirado encima.
- ¿Ustedes se volvieron locos? ¿De que se ríen? ¡Había una tarántula en la alacena, una rata en la frutera, un ojo en la heladera, sapos en la leche, sangre en el envase de jugo, un murciélago en la lata de galletas, cucarachas en esta caja …!¡Uf!
- Ya sabemos, ya sabemos. Todo eso lo organizó Nico con sus mascotas. Vos sabés que es loco por los bichos.
Tomás miró a Nico con odio, y se le lanzó encima dispuesto a golpearlo.
- ¿Como pudiste…?
- Pero Tomás…¿No sos fanático de los cuentos de terror? Quise que en tu cumpleaños vivieras tu propio cuento de terror …
- Pero …¡estuve en peligro!
- No, Tomás: la culebra era inofensiva, la rata y el sapo son mis mascotas, la araña no picaba, puse témpera roja al envase de jugo y un ojo de vidrio en la heladera…¡ y lo que me costó juntar esas cucarachas… y atrapar al murciélago!
- ¡Pero fue la peor mañana de mi vida! – dijo Tomás, furioso.
Nico lo abrazó y le dijo:
- Vamos, fue todo un chiste de tu primo travieso…¿me perdonás?
- No lo sé.- dijo Tomás- Vas a tener que esperar que me reponga del susto. ¿Era necesario aterrarme así?
- ¿Sabés qué? De una cosa estoy seguro: uno se olvida de muchos cumpleaños en la vida. Pero de este cumpleaños no te vas a olvidar nunca más.
- Ya lo creo- , dijo Tomás, lanzándole por la cabeza la caja de zapatos a su primo, riéndose bajito.
Luego se abrazaron riendo y pasaron un día hermoso. Y es cierto que Tomás olvidó muchos cumpleaños, p
Un rayo de sol dio justo sobre la nariz de Tomás, indicando que ya era hora de levantarse. Tomás se restregó los ojos con los puños cerrados, bostezó como un hipopótamo, se quitó las colchas de encima, y con los ojos todavía cerrados, se sentó en el borde de la cama. Sintió de pronto urgentes ganas de ir al baño, así que buscó con los pies sus zapatillas que había dejado en alguna parte debajo de la cama. Encontró una y se la calzó como una pantufla. Cuando a tientas encontró la otra y puso su pie adentro, sintió algo frío que se movía dentro de ella, lo que le hizo abrir los ojos de inmediato.
- ¡ Ahhhh! – gritó Tomás, viendo espantado a una víbora verde deslizarse por el piso, en dirección a su escritorio, debajo de cual desapareció.
-
Con una sola zapatilla en el pie, salió corriendo del cuarto llamando a sus padres.
- ¡Socorro! ¡Mamá, papá! ¡Hay una serpiente en mi cuarto!
Mamá abrió la puerta de su cuarto, asombrada, y le preguntó:
- ¿Qué te pasa, hijo?
- ¡Una serpiente!¡ Una víbora! ¡Salió de mi zapatilla!
- ¿Como puede ser? ¿Y donde está?
- ¡En mi habitación!
- - Hijo, acá no hay serpientes …
- ¡Pero yo la vi, te lo juro! ¡Llamalo a papá para que la mate!
- No hace falta, vamos a ver los dos….
- ¡Ni loco vuelvo a entrar a mi cuarto!
- Está bien, entro yo sola…¿ para donde se fue?
- Fue desde mi cama al escritorio… ¡ Tené cuidado , mamá!
Tomás se quedó en el pasillo temblando como una hoja, y mamá entró, decidida, a su cuarto.
- Tomás ya revisé todo tu cuarto de lado a lado y no hay nada.
- ¡No puede ser!
- No grites , que lo vas a despertar a Nico …
- ¡Te juro que la vi! ¡Hasta la toqué con mi pie! ¡Era fría, áspera y…asquerosa!
- Tal vez todavía estabas soñando …
- ¡No mamá, creéme!
Mamá sonrió, lo abrazó y le dijo.
- Bueno, por suerte ya no está ahí, se habrá escapado por la ventana. Ahora bajá a prepararme un rico desayuno que en un minuto estoy con vos pero primero terminá de vestirte.
Tomás entró a su cuarto muerto de miedo. Tomó la zapatilla que le faltaba con dos dedos, la miró por dentro, y salió corriendo del cuarto, no sin antes cerrar la puerta detrás de él. Bajó las escaleras con una zapatilla, y solo cuando estuvo abajo e todo se sentó en el último escalón y se puso la zapatilla que le faltaba. Entró a la cocina, todavía agitado por el susto.
- Mejor hago unos huevos y unas tostadas…ya se me pasará el susto – se dijo.
Abrió el cajón de los cubiertos, y sacó cubiertos para los cuatro: papá, mamá, él y Nico . Puso café en el filtro, agua en la cafetera, encendió la cafetera y miró la mesa de la cocina:
- ¿Qué me falta? Ah, claro: tazas, platos, manteca….¡ y tengo que hacer los huevos!
Abrió la alacena para sacar tazas y platos, y sacó una taza, dos tazas…pero cuando iba a tomar la tercera taza, vio una patas peludas y negras trepando a su mano…
- ¡ AAAAAHHHH! –gritó Tomás, espantado. Soltó la taza que se hizo trizas en ele suelo. Y vio a la araña escapar apuradísima hasta salir por la ventana hacia el patio.
Escuchó el ruido de la ducha arriba. Mamá estaba duchándose y no habría escuchado su grito., Y papá y Nico seguían durmiendo. ¿Valía la pena avisarle a mamá que había visto al araña más gigantesca del mundo, solo cinco minutos después de haber visto una serpiente en su zapatilla? Mamá creería que estaba loco, o que aún seguía soñando despierto. Así que resolvió dedicarse a lo práctico: a hacer el desayuno.
Armó la mesa y sacó un sartén de un estante. le puso un poco de aceite, y abrió la heladera para sacar los huevos. Lástima que en el compartimiento de los huevo vio algo que lo dejó helado. Entre la blanca hilera de huevos redondo, había un ojo grandote que lo observaba. Un ojo de verdad, con unos tendones chorreando sangre…adentro de la heladera. Tomás se tapó la boca con las dos manos, para no gritar y para no vomitar, y cerró la heladera de un portazo. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba seguro de que se escucharía en toda la casa y todos se despertarían con sus palpitaciones. Pero nadie se despertaba.
Decidido a no intentar preparar los huevos, llevó una simple lata de galletas a la mesa, un frasco de mermelada, y abrió la lata para que estuviera lista para que todos se sirvieran cuando se dignaran despertarse y bajar a desayunar. Pero cuando la abrió, de adentro de la lata salió algo que primero le pareció a Tomás una hoja de árbol seca, torcida sobre si misma. Pero la hoja seca se trepó al borde de la lata , le mostró dos ojitos diminutos y una breve fila de dientes, y en medio de una mueca maliciosa se lanzó a volar , y despareció por la ventana …¡ era un murciélago! Tomás nunca había visto un murciélago tan cerca, pero mucho menos había visto uno en una lata de galletas. A Tomás le parecía que se estaba volviendo loco. Sintió la boca pastosa, y se quiso servir juego de un envase de cartón. Pero cuando tomó el envase sintió un peso desigual de algo sólido, que rasguñaba las paredes del envase. Volcó el envase con cuidado sobre el vaso y de él salió un gordo y pesado sapo. Tomás no supo si le dio más asco que miedo, más miedo que sorpresa, o más sorpresa que susto. Porque cuando uno quiere tomar jugo de naranja lo ultimo que imagina es que va a ver un sapo en su vaso. Arrojó el vaso con sapo y todo a la pileta de la cocina. Pero él seguía con la boca seca, y no se animaba a servirse agua de la canilla por miedo a ahogar al sapo. Entonces decidió abrir un envase de leche, que por suerte estaba fuera de la heladera. Estaba cerrado, no le traería sorpresas. Sin embargo, al servir la leche sobre su vaso, del envase salió sangre a borbotones.
Tomás se sintió mareado. Todo le daba vueltas, y sintió naúseas.
- ¡Mamá! – gritó Tomás
- ¡Ya voy, hijo! – dijo mamá.
El no estaba dispuesto a quedarse un segundo más solo en esa cocina embrujada.
Así que si el murciélago y la araña se habían escapado al patio, él haría lo mismo. Buscó la llave de la puerta del patio con manos temblorosas dentro de la frutera sobre el estante alto. Pero al tomar las llaves, una rata se subió a sus dedos. ¿Una rata, en la inmaculada cocina de mamá, que no dejaba que entrara ni una mosca? Espantado, Tomás pegó un salto hacia atrás, volcando una silla, que golpeó el cartón de jugo, que cayó al piso dejando un charco de sangre en la cocina.
¡Tanto que le gustaba a Tomás leer relatos de terror, y ahora estaba viviendo uno de ellos, justo esta mañana que todos parecían haberse olvidado de él, y nadie lo ayudaba!
Con la mano temblorosa, le pareció que tardaba un siglo en embocar la llave en la cerradura. Además, le resultaba dificilísimo meter la llave en la cerradura, porque tenia los ojos casi cerrados, ya que no quería ver ninguna otra cosa espantosa.
Finalmente la llave hizo “clic” y la cerradura cedió y se abrió. El salió de un salto afuera cerró la puerta, y justo en medio del patio vio una caja de zapatos, cerrada. Qué raro… ¿ quién dejaría eso ahí? Pensó que era algo que había olvidado Nico. Se agachó, curioso, levantó la tapa….¡ y mil asquerosas cucarachas salieron corriendo de adentro de la caja en todas direcciones!
Tomás cayó de espaldas, aterrado, y en ese momento preciso no vio más nada: un trapo negro lo envolvió y un montón de manos le golpeaban la espalda.
¿Qué está pasando? ¿Me volví loco? ¿Me están secuestrando? Luchó como pudo y pataleó en todas direcciones para librase de esa oscuridad. Sintió que se ahogaba, no entendía qué estaba pasando. Giró sus brazos con toda su fuerza y rodó por el suelo, enredándose cada ve más entre los pliegues de la tela, hasta que por fin vio una luz entre los pliegues y dirigió su cara hacia allí. Empujó con todas sus fuerzas hacia esa luz, y en un segundo vio que el trapo se levantaba. Tardó un poco que sus ojos se habituaran nuevamente a la luz, y se vio rodeado de personas, entre las que pudo distinguir la cara de su primo Nico .
- ¡ Eh, Tomás! ¡ Qué susto! ¿Eh?
Tomás no podía creer que Nico se estuviera riendo. Detrás de Nico, estaba mamá con el pelo mojado, riendo también, sosteniendo algo en las manos. Y también papá se reía, y tenía otra cosa en la mano.
- ¿Qué les pasa? – gritó Tomás - ¿No vieron lo que me pasó?
Mamá se acercó a Tomás, le acarició la cabeza y lo abrazó…
- ¡Feliz cumpleaños, hijito! – le dijo mamá, besándole la transpirada frente
- ¡Feliz cumpleaños,Tomás! – le dijeron papá y Nico.
Tomás los miró helado, mientras ellos le entregaban paquetes llenos de moños. El todavía estaba sentado en el piso, en medio de la frazada arrugada que le habían tirado encima.
- ¿Ustedes se volvieron locos? ¿De que se ríen? ¡Había una tarántula en la alacena, una rata en la frutera, un ojo en la heladera, sapos en la leche, sangre en el envase de jugo, un murciélago en la lata de galletas, cucarachas en esta caja …!¡Uf!
- Ya sabemos, ya sabemos. Todo eso lo organizó Nico con sus mascotas. Vos sabés que es loco por los bichos.
Tomás miró a Nico con odio, y se le lanzó encima dispuesto a golpearlo.
- ¿Como pudiste…?
- Pero Tomás…¿No sos fanático de los cuentos de terror? Quise que en tu cumpleaños vivieras tu propio cuento de terror …
- Pero …¡estuve en peligro!
- No, Tomás: la culebra era inofensiva, la rata y el sapo son mis mascotas, la araña no picaba, puse témpera roja al envase de jugo y un ojo de vidrio en la heladera…¡ y lo que me costó juntar esas cucarachas… y atrapar al murciélago!
- ¡Pero fue la peor mañana de mi vida! – dijo Tomás, furioso.
Nico lo abrazó y le dijo:
- Vamos, fue todo un chiste de tu primo travieso…¿me perdonás?
- No lo sé.- dijo Tomás- Vas a tener que esperar que me reponga del susto. ¿Era necesario aterrarme así?
- ¿Sabés qué? De una cosa estoy seguro: uno se olvida de muchos cumpleaños en la vida. Pero de este cumpleaños no te vas a olvidar nunca más.
- Ya lo creo- , dijo Tomás, lanzándole por la cabeza la caja de zapatos a su primo, riéndose bajito.
Luego se abrazaron riendo y pasaron un día hermoso. Y es cierto que Tomás olvidó muchos cumpleaños, p
Solo en la oscuridad ( *)
Damián no sabía si estaba más nervioso porque su madre se había ido retándolo por no haber querido acompañarla al hospital a ver cómo estaba la abuela… o porque se había quedado completamente solo en casa por toda la noche.
Sucedió que estaban cenando en casa, cuando sonó el teléfono diciendo que la abuela se había sentido mal, que una vecina había llamado a una ambulancia, y viendo que estaba muy mal, la habían llevado a hospital.
Papá y mamá se levantaron de la mesa con la velocidad del rayo, vistieron a los niños –que a esa hora ya estaban en pijamas-, y le preguntaron a Damián por qué no se me movía, si debían ir al hospital.
“No me interesa ir”, dijo Damián.
“¡Pero es tu abuela, y está grave! ¡Iremos todos a verla!”, dijo mamá.
“Yo no. No quiero” dijo Damián.
“¿Como puede ser que nunca quieras ver a tu abuela? Nunca querés acompañarnos a su casa, te vas cuando ella viene, y ahora, que es cuando más nos necesita, no venís a darle un beso”, dijo mamá., indignada.
“No, no voy”, dijo Damián, con firmeza.
“Entonces te vas a quedar solo toda la noche”, dijo papá.
Un intenso escalofrío recorrió el cuerpo de Damián, desde los talones a la coronilla. Pero la suerte estaba echada, y aunque quedarse solo en casa de noche le parecía horroroso, ir a ver a la abuela en un hospital le parecía aun más espantoso. No soportaría verla inconsciente en terapia intensiva.
Mamá estaba muy enojada y le dijo “¡Y ya que te quedás, por lo menos levantá la mesa y lava los platos!” y cerró la puerta de un golpe, con un portazo que hizo temblar las paredes.
Damián levantó la mesa, puso los platos sucios en la pileta, y corrió a encender la tele y la radio al mismo tiempo para sentirse acompañado. Pero se dio cuenta de que con ese escándalo no podría escuchar los sonidos extraños que podrían alertarlo de un peligro. Entonces apagó la radio y bajó el volumen de la tele. En la tele daban solo películas de terror, y la apagó para no sentir más miedo. Lavó los platos a medias, para terminar con eso cuanto antes. Y le parecía que alguien lo miraba desde afuera, entonces cerró la cortina.
Inquieto, decidió irse a la cama a dormir para que esa noche se acabara cuanto antes.
Pero para ir a la cama debía apagar antes las luces de toda la casa. Y no le gustaba nada eso de recorrer la casa a oscuras para dejar solamente la luz de su velador encendida.
La solución sería encender todas las luces de la casa. Pero en la casa vacía, dejar las luces encendidas le parecía sumamente cobarde y bochornoso. Entonces apagó todas las luces y corrió a su cuarto. Y cuando encendió la luz del velador, vio la puerta del armario apenas abierta. Se le erizó la piel del terror….¿ y si había entrado alguien allí? Pensó que era absurdo, porque si nunca había sitio en el armario ni para la raqueta de tenis, mucho menos lo habría para un asesino o un monstruo que acechara en la oscuridad.
Se metió en la cama y no se animó aún a pagar la luz de la mesilla. La luz hacía sombras extrañas en la pared que nunca había visto antes, con forma de telaraña gigante. No sintió que estuviera en su habitación, sino en un sitio extraño, enorme, frío y amenazante que no era su casa. “Papá, mamá, vuelvan pronto, por favor “murmuró para sí, tapándose con la sabana hasta las orejas.
De pronto, le pareció que algo se movía en su habitación y se cubrió por completo con las sabanas. Pero se sintió muy ridículo…si había un extraño que quería matarlo….¿no era más fácil matar a un chico acurrucado debajo de una sábana, que a un chico que lo mira a los ojos? ¿Acaso las sábanas eran blindadas y detendrían balas o cuchilladas? Con coraje, se destapó, y sintió un ruido debajo de la cama. ¡Oh, no, el asesino se había escondido debajo de la cama!¿Cómo haría entonces para huir de su cuarto? Pero Damián pensó “¿Cómo va esconderse un asesino debajo de mi cama? ¿Acaso es un asesino tímido? ¿Por qué no viene y me mata de una vez, en lugar de andar ocultándose detrás de mis pantuflas?”
Se dio ánimo y se atrevió a encender su linterna para ver que había debajo de su cama. Y gritó de espanto, pues debajo de su cama había las pelusas más grandes que jamás hubiera visto. “Mañana voy a limpiar esto”, se dijo.
Pero en ese momento escuchó el sonido de un suspiro junto a la puerta de su cuarto.
¿Habría alguien ahí, dispuesto a matarlo, aprovechando que estaba solo y asustado?
Y para que no se notara su temor, gritó bien fuerte:
- ¿Quién anda allí?
Y enseguida se sintió ridiculísimo. ¿Acaso un asesino le respondería “Tranquilo: Soy yo, tu asesino”?
Entonces se levantó a comprobar que no hubiera nadie detrás de la puerta. Se asomó para ver si veía algo en el pasillo. Pero al asomarse, supo que era la manera mas simple de que el presunto asesino le volara la cabeza con un disparo directo a la frente. Perdido por perdido, salió al pasillo. Y se sorprendió al ver que no había nadie. Pero también, caray, se sintió más solo que nunca… ¡No había ni siquiera un solo monstruo que le hiciera compañía!
De pronto sintió un ruido en el fondo, como viniendo de la cocina. Ya que estaba levantado, fue hacia ahí no sin antes tomar el recaudo de llevar su raqueta de tenis para atacar al intruso. Era un ruidito pequeño y continuo, como un chasquido. Dado que era imposible que nadie hubiera entrado a la casa, supuso que se trataría de una alimaña… ¿pero qué clase de alimaña? Lo que más temía era encontrarse con una alimaña muerta, pues las cosas muertas se quedan ahí, y tenés que encargarte de sacarlas del camino, y eso da mucho asco, porque no sabés si te contaminan y te enfermás y te morís.
Por eso, prefería encontrara un animal vivo, que huya y desaparezca.
Pero…¿qué podía hacer ese ruido? Damián se acercó de a poco con su raqueta alzada, lista para asestar el golpe certero. Estaba casi seguro que el ruido debía ser producido por un animal nocturno, como un murciélago… ¡lo echaría a raquetazos! ¿Raquetazos? ¡Si los murciélagos son ciegos, y no se asustan con lo que sacudas! Entonces lo mataría con un cuchillo… ¡oh, no! ¿Y luego que haría con el cuerpo inerte y sangrante? ¡Era peor el remedio que la enfermedad!
Damián se acercó en puntas de pie hacia el sitio de donde salía el sonido. No era ninguna alimaña: era una gota de agua de la canilla que caía sobre un plato, haciendo mover un tenedor. Agitado con tanto susto, Damián regresó a su cuarto deseando que sus padres regresaran cuanto antes. Antes de meterse nuevamente en la cama cerró las ventanas de su cuarto.
Cerró también las cortinas. Pero eran de una tela semitransparente y se veía todo lo que había del otro lado. Entonces, para que ningún asesino lo espiara dentro de su cuarto, buscó unas frazadas y algunos alfileres de gancho y aseguró las frazadas todo a los largo y ancho de su ventana, para que nadie pudiera observarlo desde afuera. Pero también sintió que todo eso era ridículo… ¿o acaso en patios y jardines hay asesinos observando tus movimientos por la ventana , como si vos mismo fueras un programa de televisión? ¿Tan aburridos están los asesinos hoy en día?
Cuando se metió en la cama, trató de dormirse lo más rápido posible.
Pero no pudo, porque se dio cuenta de que le daba miedo la oscuridad. Es que la oscuridad te oculta cosas: nunca sabés quién está allí, agazapado en lo más negro de la noche. Y es lógico sentir así, pues en la oscuridad nunca te espera un amigo, sino alguien que te quiere dar un susto horrible, como un gorila, una pantera o un asesino. O quizás la misma Muerte con capucha, capa y guadaña. Pero si la abuela estaba muy mal, la muerte estaría ahora con ella…¡ no estaría perdiendo tiempo acechando a Damián! En verdad, la abuela era tan viejita que seguramente la Muerte era para la abuela una vieja amiga que tomaba el te todas las tardes con ella, decidiendo qué día marcharían juntas. Es que la abuela ya no era la misma que reía cuando hacía trampa en los juegos de mesa. El una vez había visto a su perro Tony agonizando antes de que muriera, y ya no era el Tony de siempre. Ni siquiera quería buscar la pelota, que antes lo volvía loco de alegría.
Y Damián se dio cuenta de que más que miedo a la oscuridad, le tenía miedo a querer a alguien. Porque querés a alguien, y de golpe se va y te deja solo con tanto amor que no tenés a quien dárselo. Y eso duele más que el puñal del asesino que te lo clava a través de tu sábana, directo en tu corazón.
Y supo que no era que no quería ver a la abuela, sino que tenía mucho miedo de que llegara un día en que no pudiera verla más.
De pronto sintió un perfume a violetas como el que usaba la abuela.. Asomó sus ojos desde abajo de la sabana, y creyó distinguir un rizo gris en las sombras como telarañas de la pared, igualito a los rizos de la nuca de la abuela, que desaparecía tras el marco de la puerta. Y le pareció escuchar la risita de la abuela, como cuando confesaba que había hecho trampa en el juego.
En ese momento sonó el teléfono.
Damián pego un respingo, alarmado.
Saltó de la cama descalzo y se golpeó el pie con la pata de la cama .Aulló de dolor, pero saltando en una sola pata, corrió al corredor a atender el teléfono. Era mamá, que con vos muy grave le dijo:
- La abuela murió , Dami.
- ¿Cuándo?
- Recién, hace un instante.
Damián no se sintió sorprendido.
- Lo sé…- dijo, y se corrigió diciendo - .Lo siento, mamá…
- Estamos muy apenados.
Dami no supo qué decir, y de pronto le salió, sin pensar:
- Ya no hay nada que temer, mami.
- Tienes razón .Dami. Ya no hay nada que temer.
Damián volvió a la cama con una sensación extraña: ya no tenía miedo.
Supo que estaba en su casa, que era su territorio, su refugio.
De pronto se dio cuenta de que lo único que esconde la oscuridad son tus cosas de siempre: los juguetes, los libros, la raqueta…. las mismas cosas de siempre, pero sin luz. Y también los rizos de la abuela que pasa a saludarlo, hasta cuando él no saluda. La querida abuela que ríe bajito cuando hace trampa en los juegos de mesa, y que otras veces te juega a las escondidas y te gana, porque se esconde para siempre.
Sabiendo que no había nada que temer, Damián se quedó dormido sintiendo un dulce, levísimo, casi imperceptible perfume de la abuela. La misma de siempre, pero sin luz.
Sucedió que estaban cenando en casa, cuando sonó el teléfono diciendo que la abuela se había sentido mal, que una vecina había llamado a una ambulancia, y viendo que estaba muy mal, la habían llevado a hospital.
Papá y mamá se levantaron de la mesa con la velocidad del rayo, vistieron a los niños –que a esa hora ya estaban en pijamas-, y le preguntaron a Damián por qué no se me movía, si debían ir al hospital.
“No me interesa ir”, dijo Damián.
“¡Pero es tu abuela, y está grave! ¡Iremos todos a verla!”, dijo mamá.
“Yo no. No quiero” dijo Damián.
“¿Como puede ser que nunca quieras ver a tu abuela? Nunca querés acompañarnos a su casa, te vas cuando ella viene, y ahora, que es cuando más nos necesita, no venís a darle un beso”, dijo mamá., indignada.
“No, no voy”, dijo Damián, con firmeza.
“Entonces te vas a quedar solo toda la noche”, dijo papá.
Un intenso escalofrío recorrió el cuerpo de Damián, desde los talones a la coronilla. Pero la suerte estaba echada, y aunque quedarse solo en casa de noche le parecía horroroso, ir a ver a la abuela en un hospital le parecía aun más espantoso. No soportaría verla inconsciente en terapia intensiva.
Mamá estaba muy enojada y le dijo “¡Y ya que te quedás, por lo menos levantá la mesa y lava los platos!” y cerró la puerta de un golpe, con un portazo que hizo temblar las paredes.
Damián levantó la mesa, puso los platos sucios en la pileta, y corrió a encender la tele y la radio al mismo tiempo para sentirse acompañado. Pero se dio cuenta de que con ese escándalo no podría escuchar los sonidos extraños que podrían alertarlo de un peligro. Entonces apagó la radio y bajó el volumen de la tele. En la tele daban solo películas de terror, y la apagó para no sentir más miedo. Lavó los platos a medias, para terminar con eso cuanto antes. Y le parecía que alguien lo miraba desde afuera, entonces cerró la cortina.
Inquieto, decidió irse a la cama a dormir para que esa noche se acabara cuanto antes.
Pero para ir a la cama debía apagar antes las luces de toda la casa. Y no le gustaba nada eso de recorrer la casa a oscuras para dejar solamente la luz de su velador encendida.
La solución sería encender todas las luces de la casa. Pero en la casa vacía, dejar las luces encendidas le parecía sumamente cobarde y bochornoso. Entonces apagó todas las luces y corrió a su cuarto. Y cuando encendió la luz del velador, vio la puerta del armario apenas abierta. Se le erizó la piel del terror….¿ y si había entrado alguien allí? Pensó que era absurdo, porque si nunca había sitio en el armario ni para la raqueta de tenis, mucho menos lo habría para un asesino o un monstruo que acechara en la oscuridad.
Se metió en la cama y no se animó aún a pagar la luz de la mesilla. La luz hacía sombras extrañas en la pared que nunca había visto antes, con forma de telaraña gigante. No sintió que estuviera en su habitación, sino en un sitio extraño, enorme, frío y amenazante que no era su casa. “Papá, mamá, vuelvan pronto, por favor “murmuró para sí, tapándose con la sabana hasta las orejas.
De pronto, le pareció que algo se movía en su habitación y se cubrió por completo con las sabanas. Pero se sintió muy ridículo…si había un extraño que quería matarlo….¿no era más fácil matar a un chico acurrucado debajo de una sábana, que a un chico que lo mira a los ojos? ¿Acaso las sábanas eran blindadas y detendrían balas o cuchilladas? Con coraje, se destapó, y sintió un ruido debajo de la cama. ¡Oh, no, el asesino se había escondido debajo de la cama!¿Cómo haría entonces para huir de su cuarto? Pero Damián pensó “¿Cómo va esconderse un asesino debajo de mi cama? ¿Acaso es un asesino tímido? ¿Por qué no viene y me mata de una vez, en lugar de andar ocultándose detrás de mis pantuflas?”
Se dio ánimo y se atrevió a encender su linterna para ver que había debajo de su cama. Y gritó de espanto, pues debajo de su cama había las pelusas más grandes que jamás hubiera visto. “Mañana voy a limpiar esto”, se dijo.
Pero en ese momento escuchó el sonido de un suspiro junto a la puerta de su cuarto.
¿Habría alguien ahí, dispuesto a matarlo, aprovechando que estaba solo y asustado?
Y para que no se notara su temor, gritó bien fuerte:
- ¿Quién anda allí?
Y enseguida se sintió ridiculísimo. ¿Acaso un asesino le respondería “Tranquilo: Soy yo, tu asesino”?
Entonces se levantó a comprobar que no hubiera nadie detrás de la puerta. Se asomó para ver si veía algo en el pasillo. Pero al asomarse, supo que era la manera mas simple de que el presunto asesino le volara la cabeza con un disparo directo a la frente. Perdido por perdido, salió al pasillo. Y se sorprendió al ver que no había nadie. Pero también, caray, se sintió más solo que nunca… ¡No había ni siquiera un solo monstruo que le hiciera compañía!
De pronto sintió un ruido en el fondo, como viniendo de la cocina. Ya que estaba levantado, fue hacia ahí no sin antes tomar el recaudo de llevar su raqueta de tenis para atacar al intruso. Era un ruidito pequeño y continuo, como un chasquido. Dado que era imposible que nadie hubiera entrado a la casa, supuso que se trataría de una alimaña… ¿pero qué clase de alimaña? Lo que más temía era encontrarse con una alimaña muerta, pues las cosas muertas se quedan ahí, y tenés que encargarte de sacarlas del camino, y eso da mucho asco, porque no sabés si te contaminan y te enfermás y te morís.
Por eso, prefería encontrara un animal vivo, que huya y desaparezca.
Pero…¿qué podía hacer ese ruido? Damián se acercó de a poco con su raqueta alzada, lista para asestar el golpe certero. Estaba casi seguro que el ruido debía ser producido por un animal nocturno, como un murciélago… ¡lo echaría a raquetazos! ¿Raquetazos? ¡Si los murciélagos son ciegos, y no se asustan con lo que sacudas! Entonces lo mataría con un cuchillo… ¡oh, no! ¿Y luego que haría con el cuerpo inerte y sangrante? ¡Era peor el remedio que la enfermedad!
Damián se acercó en puntas de pie hacia el sitio de donde salía el sonido. No era ninguna alimaña: era una gota de agua de la canilla que caía sobre un plato, haciendo mover un tenedor. Agitado con tanto susto, Damián regresó a su cuarto deseando que sus padres regresaran cuanto antes. Antes de meterse nuevamente en la cama cerró las ventanas de su cuarto.
Cerró también las cortinas. Pero eran de una tela semitransparente y se veía todo lo que había del otro lado. Entonces, para que ningún asesino lo espiara dentro de su cuarto, buscó unas frazadas y algunos alfileres de gancho y aseguró las frazadas todo a los largo y ancho de su ventana, para que nadie pudiera observarlo desde afuera. Pero también sintió que todo eso era ridículo… ¿o acaso en patios y jardines hay asesinos observando tus movimientos por la ventana , como si vos mismo fueras un programa de televisión? ¿Tan aburridos están los asesinos hoy en día?
Cuando se metió en la cama, trató de dormirse lo más rápido posible.
Pero no pudo, porque se dio cuenta de que le daba miedo la oscuridad. Es que la oscuridad te oculta cosas: nunca sabés quién está allí, agazapado en lo más negro de la noche. Y es lógico sentir así, pues en la oscuridad nunca te espera un amigo, sino alguien que te quiere dar un susto horrible, como un gorila, una pantera o un asesino. O quizás la misma Muerte con capucha, capa y guadaña. Pero si la abuela estaba muy mal, la muerte estaría ahora con ella…¡ no estaría perdiendo tiempo acechando a Damián! En verdad, la abuela era tan viejita que seguramente la Muerte era para la abuela una vieja amiga que tomaba el te todas las tardes con ella, decidiendo qué día marcharían juntas. Es que la abuela ya no era la misma que reía cuando hacía trampa en los juegos de mesa. El una vez había visto a su perro Tony agonizando antes de que muriera, y ya no era el Tony de siempre. Ni siquiera quería buscar la pelota, que antes lo volvía loco de alegría.
Y Damián se dio cuenta de que más que miedo a la oscuridad, le tenía miedo a querer a alguien. Porque querés a alguien, y de golpe se va y te deja solo con tanto amor que no tenés a quien dárselo. Y eso duele más que el puñal del asesino que te lo clava a través de tu sábana, directo en tu corazón.
Y supo que no era que no quería ver a la abuela, sino que tenía mucho miedo de que llegara un día en que no pudiera verla más.
De pronto sintió un perfume a violetas como el que usaba la abuela.. Asomó sus ojos desde abajo de la sabana, y creyó distinguir un rizo gris en las sombras como telarañas de la pared, igualito a los rizos de la nuca de la abuela, que desaparecía tras el marco de la puerta. Y le pareció escuchar la risita de la abuela, como cuando confesaba que había hecho trampa en el juego.
En ese momento sonó el teléfono.
Damián pego un respingo, alarmado.
Saltó de la cama descalzo y se golpeó el pie con la pata de la cama .Aulló de dolor, pero saltando en una sola pata, corrió al corredor a atender el teléfono. Era mamá, que con vos muy grave le dijo:
- La abuela murió , Dami.
- ¿Cuándo?
- Recién, hace un instante.
Damián no se sintió sorprendido.
- Lo sé…- dijo, y se corrigió diciendo - .Lo siento, mamá…
- Estamos muy apenados.
Dami no supo qué decir, y de pronto le salió, sin pensar:
- Ya no hay nada que temer, mami.
- Tienes razón .Dami. Ya no hay nada que temer.
Damián volvió a la cama con una sensación extraña: ya no tenía miedo.
Supo que estaba en su casa, que era su territorio, su refugio.
De pronto se dio cuenta de que lo único que esconde la oscuridad son tus cosas de siempre: los juguetes, los libros, la raqueta…. las mismas cosas de siempre, pero sin luz. Y también los rizos de la abuela que pasa a saludarlo, hasta cuando él no saluda. La querida abuela que ríe bajito cuando hace trampa en los juegos de mesa, y que otras veces te juega a las escondidas y te gana, porque se esconde para siempre.
Sabiendo que no había nada que temer, Damián se quedó dormido sintiendo un dulce, levísimo, casi imperceptible perfume de la abuela. La misma de siempre, pero sin luz.
La pluma mágica(*)
Manuel siempre había sido un chico muy normal, feliz y tranquilo, fanático de la buena música, del fútbol y de los videojuegos. Hasta que, en primer año de la secundaria, conoció a Cecilia. Apenas la vio, lo supo: Cecilia era la chica de sus sueños. No podía ser más perfecta. Era linda, inteligente, divertida y graciosa. Tenía un pelo lacio hasta los hombros. Y justo en los hombros, se le formaban unos rulitos para arriba que a Manuel le encantaban. Usaba unas hebillas de colores que Manuel no había visto en ninguna otra parte más que en el pelo de Ceci. Encima, era la mejor alumna., cada vez que un profesor le preguntaba algo, ella levantaba la mano, y siempre respondía correctamente. Manuel no podía entender como no estaban todos los chicos perdidamente enamorados de Cecilia. Tal vez lo estaban y lo disimulaban. Desde que conocía a Cecilia, a Manuel le importaba mucho menos la música, el fútbol y los videojuegos. Sólo quería verla el mayor tiempo posible.
Pero Manuel tenía un problema: Cecilia jamás le hablaba. En verdad, ni siquiera lo miraba. Por más que él intentara acercársele, ella lo ignoraba. Le importaba más mirar su celular y recibir mensajes de texto de sus amigos. Encima, como estaba siempre rodeada por su grupo de amigas, era imposible encontrarla sola para decirle algo. Pero aunque hubiera sido posible, Manuel tenía tanto miedo de hacer un papelón o de quedar como un tonto, que ni siquiera intentaba acercársele.
¿Y si ella pensaba que él era feo, tonto o desubicado? ¿Y si a ella le gustaba otro chico?
Manuel empezó a obsesionarse tanto con Cecilia, que ya ni escuchaba lo que decían los profesores en la clase. Se pasaba el día entero mirándola, esperando oír su risa, observando como movía las manos, cómo se le balanceaban los rulos en sus hombros.
La había seguido a la casa, desde lejos, para saber donde vivía. Y cuando su mamá lo mandaba a comprar algo, pasaba siempre delante de la casa de Ceci con la esperanza de volver a verla.
Lo único que quería Manuel era saber si Cecilia gustaba un poquito de él. Pero no se animaba a preguntárselo a nadie, ni siquiera a sus amigos. Si alguien se enteraba de que estaba enamorado de Cecilia, lo cargarían, y tal vez ella se enterara. Y nada le aterraba más a Manuel. De solo pensarlo se ponía colorado.
Cecilia coqueteaba un poco en la cola del kiosko con algunos chicos, que se acercaban a ella porque era simpática. Manuel pensaba “ Si no me gustara tanto, yo también me acercaría para que me coquetee”. Pero él no se conformaría con un chiste y con que Ceci le convidara un trago de Cocacola. El quería a Ceci toda para él.
Liliana, la mamá de Manuel, estaba por cumplir cuarenta años. Como estaba un poco triste, porque le parecían demasiados años para ser una mujer tan joven, le contó a Manuel que pensaba hacer una fiesta para alegrarse un poco.
- ¿Que clase de fiesta vas a hacer, mamá? ¿Con payasos, magos y pelotero inflable? – le dijo Manuel, haciéndose el chistoso
- ¡Adivinaste, hijito!- le dijo la mamá- Voy a llamar a un mago para que haga unos trucos que nos diviertan.
- ¡Buenísimo, me encantan los magos! – le dijo Manuel.
Manuel ya lo tenía todo planeado.
Llegó la noche de la fiesta. El mago era muy bueno. Se llamaba Keko y adivinaba las cartas que aparecían en el bolsillo de la gente que estaba sentada atrás de todo. También hizo aparecer un conejo en la cartera de una señora que recién acababa de llegar y escupió como diez metros de pañuelos de colores anudados en una larga fila. Todos aplaudieron fascinados, y cuando el mago se fue a cambiarse a la cocina, Manuel lo siguió, cerró la puerta y le dijo:
- Sos muy bueno, Keko.
- Gracias- dijo el mago, sin mirarlo, mientras guardaba la galera en un bolso enorme
- Soy el hijo de la cumpleañera.
- Felicitaciones- dijo el mago doblando su capa, apurado por irse a descansar.
- Por eso me tenés que hacer un favor.
- ¡Ah , no! Plata no hago aparecer.- le dijo el mago, sonriendo, mientras cerraba el cierre de su bolso.
- No es por plata. Es por amor – le dijo Manuel.
El mago se dio vuelta y lo miró fijo. Se le acercó ., le puso una mano en el hombro y le dijo :
- Eso es grave. Contame en qué puedo ayudarte.
Manuel le contó todo. El mago lo escuchó.
Al día siguiente, Manuel fue a la escuela apretando fuerte en la mano la pluma amarilla que le había dado Keko. Era una pluma mágica. Podía ser una broma del mago, o no. Pero no perdía nada probando. En la primera hora de clases no escuchó nada más que los latidos de su corazón, latiendo con tanta fuerza que tenía miedo de que todos los escucharan. Miraba fijo a Cecilia, ansioso por que el truco funcionara en el recreo. Apenas sonó el timbre, Manuel fue corriendo al patio. Esperó a que salieran todos los chicos del baño, y se metió en uno de ellos. Cerró la puerta, se sentó en el inodoro, tomó la pluma con las dos manos, y siguió las instrucciones del mago. Apoyó la pluma entre su entrecejo, la miró fijo hasta ver todo amarillo, la sopló tres veces y dijo en voz baja “Raipse Arap Oñekep Res”, que es un deseo mágico expresado al revés, con las palabras dadas vuelta y dichas de atrás para adelante.
Apenas terminó de decir eso, sintió que todo su cuerpo se contraía hasta un tamaño mínimo, sus brazos y piernas no pesaban nada, y podía ver mucho mejor que nunca antes en su vida. ¡Podía ver todo lo que estaba adelante, atrás y a los costados, sin casi mover el cuello! Del susto, sacudió sus brazos y se dio cuenta de que se levantaba volando por encima de la puerta del baño… ¡podía volar! Pasó delante del espejo y vio maravillado que se había convertido en un hermoso canario amarillo. El mago le había dicho que el hechizo duraría los diez minutos que dura el recreo, salvo que fuera atrapado en un lugar pequeño, en cuyo caso nunca volvería a ser un chico otra vez, y quedaría para siempre en forma de canario.
Sin tiempo que perder, se lanzó al aire y buscó con su visión de 360 grados los rulos y las hebillas de Cecilia. Se moría de ganas de picotearle las cabezas a sus amigos, para embromarlos, pero le dio miedo de que le atraparan o lastimaran de un manotazo.
Vio a Cecilia sentada en un banco junto a sus amigas, debajo del árbol del patio. Era un lugar ideal, porque él podía pararse en una ramita y escuchar lo que decía ella. Como las chicas siempre hablan de chicos, seguramente sabría por fin si ella gustaba de él.
Las chicas cuchicheaban, pero Cecilia no hablaba. Solo jugueteaba con su celular diciendo “¡Me llamó Tato! ¡Me llamó Loli!”. La única que hablaba era la tonta de Mercedes, hablando del chico que le gustaba a ella. Manuel esperaba que hablara Cecilia, mientras se rascaba el piquito con la rama, de puro nervios.
En eso escuchó que Mercedes le preguntaba a Cecilia:
- ¿Y a vos, Ceci, quién te gusta?
- A mí no me gusta nadie…
- ¿Ni siquiera ese que te mira todo el tiempo?
- ¿Manuel? ¡Nada que ver, nena! ¿No viste que nadie le da bola?
Manuel hizo fuerza para no caerse de la rama de la impresión. Sintió que su corazón de pajarito se partía al medio de la tristeza. Del susto y la rabia, voló de su rama hasta entrar al baño, donde volvió a convertirse en el Manuel de siempre justo cuando sonaba el timbre de fin del recreo. Guardó la pluma amarilla en su bolsillo y volvió a clases sin ganas.
Sabiendo que Cecilia no gustaba de él, lloró toda la noche, Ni siquiera le alegraba haber podido volar y haber visto la escuela desde el cielo. ¿De qué sirve volar, si tu amor no te quiere?
A la mañana siguiente resolvió olvidarse de Cecilia y fijarse en chicas nuevas, aunque sea para demostrarle a Cecilia de que muchas otras chicas le darían bola. Entonces Manuel se dio cuenta de que en cuanto empezó a mezclarse con otras chicas, Cecilia empezó a mirarlo un poco. Y Cecilia lo miró más cuando vio que las otras chicas lo llamaban a los gritos en los recreos: “¡Manu, Manu, vení con nosotras!”
Increíblemente, Manuel cada vez se animaba más a hablarle a las chicas, y eso lo hacia sentir mucho más seguro de sí mismo. Pero por más éxito que tuviera con las chicas, seguía apenado recordando lo que había dicho Cecilia.
Un día, su amigo Joaquín se acercó a Manuel y le dijo “Me parece que Cecilia está con vos, te mira sin parar”. Manuel no estaba tan seguro. Cada vez que miraba a Cecilia, ella le desviaba la mirada. ¿Cómo saber si Ceci gustaba de él?
Un día se enteró de que Cecilia había invitado a unas chicas a la tarde a su casa para festejar su cumpleaños. Pensó que las chicas en los cumpleaños se cuentan todo, y decidió que tenía que usar su pluma mágica para descubrir lo que pensaba ahora Cecilia de él.
Esa tarde, Manuel le dijo a su mamá que se iba al cíber con unos amigos. Pero en verdad, se fue caminando a casa a Cecilia con la pluma amarilla apretada en su mano.
Vio que la casa tenia dos ventanas a la calle. Por una se veían unos sillones, como de un living, y por la otra se veía una pieza de color rosa con adornos tan lindos como todo lo que usaba Cecilia. La ventana estaba abierta. Cecilia se estaba peinando delante de un espejo. El se agachó detrás de unos arbustos, tomó la pluma amarilla, la apoyó entre sus ojos, la miró fijo hasta ver todo amarillo.
Estaba tan nervioso que no se acordaba bien las palabras mágicas, pero trató de recordarlas, la sopló tres veces y dijo, casi en secreto “ Raip Arap Oñekep Res”. Sintió que se volvía de pronto muy pequeño y muy liviano, y que son solo batir un poco sus alas ya estaba volando. Entonces voló hasta la ventana de Ceci .
Como ya estaba más seguro de si mismo, de puro caradura dijo “ Piiii…Piii” .
Ceci lo vio y pegó un grito de alegría., Se acercó a él con la sonrisa más linda que él jamás le había visto y dijo “¡Qué hermoso pajarito!”. Lo tomó con cuidado entre sus manos cálidas, le dio un beso en su cabecita y corrió al fondo a buscar una jaula.
El sentía que estaba viviendo dentro de un sueño…¡Nunca había estado tan cerca de Cecilia , ni dentro de sus manos, tan calentitas y perfumadas! .
Ella lo metió en la jaula, y la puso sobre una mesita en su pieza.
Tanta alegría tenía que se puso a gorjear y trinar tan bien que los padres de Cecilia lo escucharon y le dijeron “Canta tan lindo que te lo podés quedar “. Cecilia le trajo un alpiste riquísimo y agua fresquita, y le mostró orgullosa su pajarito a sus amigas, diciendo “Mirá la suerte que tuve, que justo para mi cumple se paró este pajarito en mi ventana, me dejó que lo agarre y se puso a cantar sin parar “
- Ceci, se parece un poco a Manuel, ese chico que te gusta, el que siempre te mira… – dijo Mercedes – Tiene el mismo flequillito en la frente …. ¿Que nombre le vas a poner?
- Ya que se parece a Manuel…¡Le voy a poner Manuel, por supuesto! - dijo Cecilia.
Ella se acercó a la jaula y apretó sus lindos labios rosados contra los barrotes
- ¿Como estás, mi Manuelito? – le dijo llena de ternura.
Manuel aprovechó, se acercó a los barrotes y le dio un piquito.
Se sintió el ave más feliz del mundo. ¡Cecilia gustaba de él, y encima lo besaba!
Ya habían pasado más de diez minutos, y aún estaba encerrado. Tal vez había dicho algo mal en el conjuro. Sabía que no podría volver a ser un chico nunca más. Pero qué le importaba. Viviría junto a la chica de sus sueños, para siempre cerca de ella, la chica más linda del colegio y del mundo. Ya ni siquiera tendría que preocuparse de cómo hacer para acercarse, hablarle, invitarla a salir. No tendría que preocuparse en cuándo darle el primer beso, cómo tomarla de la mano… “Soy un canario de suerte”, pensaba Manuel en su linda jaula. Después ya no pensaba. Sólo cantaba si escuchaba otros pajaritos cantando afuera, o cuando ella ponía música.
Todos los días se acicalaba las plumas y tomaba agua fresca que le ponía Cecilia.
Un día se le salió una pluma amarilla del pecho que le recordó levemente algo importante, aunque no sabía bien qué, así que lo olvidó enseguida.
Después ya no recordó más nada.
Sólo saltaba del palito al comedero a ver si había más alpiste.
Alpiste, alpiste, quiero más alpiste, mucho alpiste, sólo alpiste.
Pero Manuel tenía un problema: Cecilia jamás le hablaba. En verdad, ni siquiera lo miraba. Por más que él intentara acercársele, ella lo ignoraba. Le importaba más mirar su celular y recibir mensajes de texto de sus amigos. Encima, como estaba siempre rodeada por su grupo de amigas, era imposible encontrarla sola para decirle algo. Pero aunque hubiera sido posible, Manuel tenía tanto miedo de hacer un papelón o de quedar como un tonto, que ni siquiera intentaba acercársele.
¿Y si ella pensaba que él era feo, tonto o desubicado? ¿Y si a ella le gustaba otro chico?
Manuel empezó a obsesionarse tanto con Cecilia, que ya ni escuchaba lo que decían los profesores en la clase. Se pasaba el día entero mirándola, esperando oír su risa, observando como movía las manos, cómo se le balanceaban los rulos en sus hombros.
La había seguido a la casa, desde lejos, para saber donde vivía. Y cuando su mamá lo mandaba a comprar algo, pasaba siempre delante de la casa de Ceci con la esperanza de volver a verla.
Lo único que quería Manuel era saber si Cecilia gustaba un poquito de él. Pero no se animaba a preguntárselo a nadie, ni siquiera a sus amigos. Si alguien se enteraba de que estaba enamorado de Cecilia, lo cargarían, y tal vez ella se enterara. Y nada le aterraba más a Manuel. De solo pensarlo se ponía colorado.
Cecilia coqueteaba un poco en la cola del kiosko con algunos chicos, que se acercaban a ella porque era simpática. Manuel pensaba “ Si no me gustara tanto, yo también me acercaría para que me coquetee”. Pero él no se conformaría con un chiste y con que Ceci le convidara un trago de Cocacola. El quería a Ceci toda para él.
Liliana, la mamá de Manuel, estaba por cumplir cuarenta años. Como estaba un poco triste, porque le parecían demasiados años para ser una mujer tan joven, le contó a Manuel que pensaba hacer una fiesta para alegrarse un poco.
- ¿Que clase de fiesta vas a hacer, mamá? ¿Con payasos, magos y pelotero inflable? – le dijo Manuel, haciéndose el chistoso
- ¡Adivinaste, hijito!- le dijo la mamá- Voy a llamar a un mago para que haga unos trucos que nos diviertan.
- ¡Buenísimo, me encantan los magos! – le dijo Manuel.
Manuel ya lo tenía todo planeado.
Llegó la noche de la fiesta. El mago era muy bueno. Se llamaba Keko y adivinaba las cartas que aparecían en el bolsillo de la gente que estaba sentada atrás de todo. También hizo aparecer un conejo en la cartera de una señora que recién acababa de llegar y escupió como diez metros de pañuelos de colores anudados en una larga fila. Todos aplaudieron fascinados, y cuando el mago se fue a cambiarse a la cocina, Manuel lo siguió, cerró la puerta y le dijo:
- Sos muy bueno, Keko.
- Gracias- dijo el mago, sin mirarlo, mientras guardaba la galera en un bolso enorme
- Soy el hijo de la cumpleañera.
- Felicitaciones- dijo el mago doblando su capa, apurado por irse a descansar.
- Por eso me tenés que hacer un favor.
- ¡Ah , no! Plata no hago aparecer.- le dijo el mago, sonriendo, mientras cerraba el cierre de su bolso.
- No es por plata. Es por amor – le dijo Manuel.
El mago se dio vuelta y lo miró fijo. Se le acercó ., le puso una mano en el hombro y le dijo :
- Eso es grave. Contame en qué puedo ayudarte.
Manuel le contó todo. El mago lo escuchó.
Al día siguiente, Manuel fue a la escuela apretando fuerte en la mano la pluma amarilla que le había dado Keko. Era una pluma mágica. Podía ser una broma del mago, o no. Pero no perdía nada probando. En la primera hora de clases no escuchó nada más que los latidos de su corazón, latiendo con tanta fuerza que tenía miedo de que todos los escucharan. Miraba fijo a Cecilia, ansioso por que el truco funcionara en el recreo. Apenas sonó el timbre, Manuel fue corriendo al patio. Esperó a que salieran todos los chicos del baño, y se metió en uno de ellos. Cerró la puerta, se sentó en el inodoro, tomó la pluma con las dos manos, y siguió las instrucciones del mago. Apoyó la pluma entre su entrecejo, la miró fijo hasta ver todo amarillo, la sopló tres veces y dijo en voz baja “Raipse Arap Oñekep Res”, que es un deseo mágico expresado al revés, con las palabras dadas vuelta y dichas de atrás para adelante.
Apenas terminó de decir eso, sintió que todo su cuerpo se contraía hasta un tamaño mínimo, sus brazos y piernas no pesaban nada, y podía ver mucho mejor que nunca antes en su vida. ¡Podía ver todo lo que estaba adelante, atrás y a los costados, sin casi mover el cuello! Del susto, sacudió sus brazos y se dio cuenta de que se levantaba volando por encima de la puerta del baño… ¡podía volar! Pasó delante del espejo y vio maravillado que se había convertido en un hermoso canario amarillo. El mago le había dicho que el hechizo duraría los diez minutos que dura el recreo, salvo que fuera atrapado en un lugar pequeño, en cuyo caso nunca volvería a ser un chico otra vez, y quedaría para siempre en forma de canario.
Sin tiempo que perder, se lanzó al aire y buscó con su visión de 360 grados los rulos y las hebillas de Cecilia. Se moría de ganas de picotearle las cabezas a sus amigos, para embromarlos, pero le dio miedo de que le atraparan o lastimaran de un manotazo.
Vio a Cecilia sentada en un banco junto a sus amigas, debajo del árbol del patio. Era un lugar ideal, porque él podía pararse en una ramita y escuchar lo que decía ella. Como las chicas siempre hablan de chicos, seguramente sabría por fin si ella gustaba de él.
Las chicas cuchicheaban, pero Cecilia no hablaba. Solo jugueteaba con su celular diciendo “¡Me llamó Tato! ¡Me llamó Loli!”. La única que hablaba era la tonta de Mercedes, hablando del chico que le gustaba a ella. Manuel esperaba que hablara Cecilia, mientras se rascaba el piquito con la rama, de puro nervios.
En eso escuchó que Mercedes le preguntaba a Cecilia:
- ¿Y a vos, Ceci, quién te gusta?
- A mí no me gusta nadie…
- ¿Ni siquiera ese que te mira todo el tiempo?
- ¿Manuel? ¡Nada que ver, nena! ¿No viste que nadie le da bola?
Manuel hizo fuerza para no caerse de la rama de la impresión. Sintió que su corazón de pajarito se partía al medio de la tristeza. Del susto y la rabia, voló de su rama hasta entrar al baño, donde volvió a convertirse en el Manuel de siempre justo cuando sonaba el timbre de fin del recreo. Guardó la pluma amarilla en su bolsillo y volvió a clases sin ganas.
Sabiendo que Cecilia no gustaba de él, lloró toda la noche, Ni siquiera le alegraba haber podido volar y haber visto la escuela desde el cielo. ¿De qué sirve volar, si tu amor no te quiere?
A la mañana siguiente resolvió olvidarse de Cecilia y fijarse en chicas nuevas, aunque sea para demostrarle a Cecilia de que muchas otras chicas le darían bola. Entonces Manuel se dio cuenta de que en cuanto empezó a mezclarse con otras chicas, Cecilia empezó a mirarlo un poco. Y Cecilia lo miró más cuando vio que las otras chicas lo llamaban a los gritos en los recreos: “¡Manu, Manu, vení con nosotras!”
Increíblemente, Manuel cada vez se animaba más a hablarle a las chicas, y eso lo hacia sentir mucho más seguro de sí mismo. Pero por más éxito que tuviera con las chicas, seguía apenado recordando lo que había dicho Cecilia.
Un día, su amigo Joaquín se acercó a Manuel y le dijo “Me parece que Cecilia está con vos, te mira sin parar”. Manuel no estaba tan seguro. Cada vez que miraba a Cecilia, ella le desviaba la mirada. ¿Cómo saber si Ceci gustaba de él?
Un día se enteró de que Cecilia había invitado a unas chicas a la tarde a su casa para festejar su cumpleaños. Pensó que las chicas en los cumpleaños se cuentan todo, y decidió que tenía que usar su pluma mágica para descubrir lo que pensaba ahora Cecilia de él.
Esa tarde, Manuel le dijo a su mamá que se iba al cíber con unos amigos. Pero en verdad, se fue caminando a casa a Cecilia con la pluma amarilla apretada en su mano.
Vio que la casa tenia dos ventanas a la calle. Por una se veían unos sillones, como de un living, y por la otra se veía una pieza de color rosa con adornos tan lindos como todo lo que usaba Cecilia. La ventana estaba abierta. Cecilia se estaba peinando delante de un espejo. El se agachó detrás de unos arbustos, tomó la pluma amarilla, la apoyó entre sus ojos, la miró fijo hasta ver todo amarillo.
Estaba tan nervioso que no se acordaba bien las palabras mágicas, pero trató de recordarlas, la sopló tres veces y dijo, casi en secreto “ Raip Arap Oñekep Res”. Sintió que se volvía de pronto muy pequeño y muy liviano, y que son solo batir un poco sus alas ya estaba volando. Entonces voló hasta la ventana de Ceci .
Como ya estaba más seguro de si mismo, de puro caradura dijo “ Piiii…Piii” .
Ceci lo vio y pegó un grito de alegría., Se acercó a él con la sonrisa más linda que él jamás le había visto y dijo “¡Qué hermoso pajarito!”. Lo tomó con cuidado entre sus manos cálidas, le dio un beso en su cabecita y corrió al fondo a buscar una jaula.
El sentía que estaba viviendo dentro de un sueño…¡Nunca había estado tan cerca de Cecilia , ni dentro de sus manos, tan calentitas y perfumadas! .
Ella lo metió en la jaula, y la puso sobre una mesita en su pieza.
Tanta alegría tenía que se puso a gorjear y trinar tan bien que los padres de Cecilia lo escucharon y le dijeron “Canta tan lindo que te lo podés quedar “. Cecilia le trajo un alpiste riquísimo y agua fresquita, y le mostró orgullosa su pajarito a sus amigas, diciendo “Mirá la suerte que tuve, que justo para mi cumple se paró este pajarito en mi ventana, me dejó que lo agarre y se puso a cantar sin parar “
- Ceci, se parece un poco a Manuel, ese chico que te gusta, el que siempre te mira… – dijo Mercedes – Tiene el mismo flequillito en la frente …. ¿Que nombre le vas a poner?
- Ya que se parece a Manuel…¡Le voy a poner Manuel, por supuesto! - dijo Cecilia.
Ella se acercó a la jaula y apretó sus lindos labios rosados contra los barrotes
- ¿Como estás, mi Manuelito? – le dijo llena de ternura.
Manuel aprovechó, se acercó a los barrotes y le dio un piquito.
Se sintió el ave más feliz del mundo. ¡Cecilia gustaba de él, y encima lo besaba!
Ya habían pasado más de diez minutos, y aún estaba encerrado. Tal vez había dicho algo mal en el conjuro. Sabía que no podría volver a ser un chico nunca más. Pero qué le importaba. Viviría junto a la chica de sus sueños, para siempre cerca de ella, la chica más linda del colegio y del mundo. Ya ni siquiera tendría que preocuparse de cómo hacer para acercarse, hablarle, invitarla a salir. No tendría que preocuparse en cuándo darle el primer beso, cómo tomarla de la mano… “Soy un canario de suerte”, pensaba Manuel en su linda jaula. Después ya no pensaba. Sólo cantaba si escuchaba otros pajaritos cantando afuera, o cuando ella ponía música.
Todos los días se acicalaba las plumas y tomaba agua fresca que le ponía Cecilia.
Un día se le salió una pluma amarilla del pecho que le recordó levemente algo importante, aunque no sabía bien qué, así que lo olvidó enseguida.
Después ya no recordó más nada.
Sólo saltaba del palito al comedero a ver si había más alpiste.
Alpiste, alpiste, quiero más alpiste, mucho alpiste, sólo alpiste.
El mundo de Daniela(*)
- ¡ Daniela, se hace tarde! ¡Ya tenemos que ir! – le dijo la mamá
- ¡Enseguida estoy lista, mamá! – le respondió Daniela
Daniela se puso su vestido de tules, organzas, sedas y encaje largo hasta el piso, lleno de puntillas blancas flotando sobre la seda rosada como los pétalos de una flor, y agitó sus largas mangas de tul para ajustarse su corona de diamantes y rubíes sobre su hermoso cabello largo. Se ajustó el moño de raso en su cintura, se levantó de su cama gigante con sábanas de raso rosado y tules colgando del baldaquín, y caminó sobre una mullida alfombra color rosa hasta el tocador de mármol blanco con un enorme espejo con marcos dorados con capullos tallados, rodeado de cajoncitos llenos de pulseras, collares y hebillas hechos con piedras preciosas. Se cepilló el pelo con un cepillo de cristal cuidando de no cambiar de sitio su corona ni de volcar los jarrones repletos de flores perfumadas, y se puso un collar de zafiros que hacía juego con sus anillos. Cerró la puerta de su gigantesco armario espejado lleno de más de mil vestidos de princesa distintos, y saludo con un silbido a su pareja de faisanes dorados y acaricio a su cachorro de tigre albino. Luego atravesó con sus botitas de brocato de seda blanca el inmenso ventanal con paneles de cristal biselado que hacían que la luz se convirtiera en miles de minúsculos arcoiris, y vio el agua de la fuente de cristal chocar sobre piedras doradas, sobresaltando a los peces dorados y a los cisnes que habitaban el estanque. Bellos nenúfares de color blanco incandescente flotaban sobre el agua y llenaban de perfume el aire matinal.
Daniela caminó hacia una sombrilla de encaje de color lila, llena de diamantes que colgaban a sus lados, y se sentó en una silla dorada con un bonito almohadón de seda color marfil. Vio que sobre la mesa con un hermoso mantel bordado con flores amarillas había una juego de te de porcelana con corazones dorados entrelazados con flores.
De pronto llegó un camarero vestido de príncipe con un sombrero con una enorme pluma azul, quien le trajo en bandeja de plata un tazón de porcelana con forma de gato y un fragante chocolate caliente en él, junto con una fuente repleta de churros azucarados. Un ruiseñor se acercó a comer las miguitas que dejaba Daniela y se puso a contar tan bellamente que atrajo a cuatro pavos reales que abrieron sus colas ante Daniela, como pidiendo ellos también alguna miga.
Daniela comió los churros, bebió el chocolate, y el camarero le trajo una fuente enorme llena de pastas de chocolate rellenas de nata batida, y tarteletas repletas de fresas glaseadas y frambuesas bañadas en un exquisito chocolate con almendras fileteadas. Daniela comió todos los que pudo, se lamió los dedos uno por uno, se limpió con una servilleta de un finísimo hilo que olía a fresias y se puso unos largos guantes de encaje rosado. Luego tomo su bolso, bajo los escalones de su palacio y recorrió de punta a punta el parque lleno de rosas y jazmines. A su paso, sus mascotas venían a saludarla: su pony rosado su caballo blanco de largas crines sedosas, tres venados, sus ardillas, su tejón, su tigre albino, una familia de cisnes y sus dos flamencos favoritos la siguieron hasta el gigantesco portón de rejas dorado que separaba su palacio del mundo real. Una vez en la calle, camino sobre una alfombra de terciopelo rojo con bailarinas clásicas danzando a cada lado de la calle, al ritmo de dos orquestas sinfónicas que tocaba una música preciosa al mismo ritmo del paso de Daniela .Unos cortinados gigantes y antorchas con llamas inmensas hasta el cielo marcaban el camino. En la esquina, había arañas de cristal que reflejaban el fuego de las antorchas, y el de un inmenso hogar que ardía debajo de ellas. Dos leones blancos la saludaron con un rugido al cruzar la calle, y ella entró a la avenida saltando muy alegre a algo que parecía un fastuoso circo.
Unos payasos le regalaban papas fritas a todo el mundo y unos magos hacían trucos increíbles a su paso, haciendo aparecer preciosos conejos de angora que le regalaban a Daniela, a la vez que soltaban mariposas multicolores que salían de a cientos de sus galeras. Daniela se deslumbraba con las piruetas que hacían los saltimbanquis hamacándose en el aire, vestidos con impactantes trajes brillantes y capas metalizadas. Había bellísimas odaliscas bailando la danza de los siete velos junto a canastas de donde asomaban cobras ondulándose como ellas. Levantó la mirada y vio a unos equilibristas caminando por la cuerda floja a cientos de metros de altura de una piscina de aguas danzantes que subían o bajaban al ritmo de la música. Unos malabaristas sostenían decenas de globos metalizados en el aire, leves como burbujas, y había animales amaestrados haciendo hazañas asombrosas.
Daniela cruzó la calle y entró a una plaza donde todo era de color rosa, con fuentes de zumo de frambuesa, bancos de merengue y senderos de praliné. Al cruzar la plaza, una bandada de palomas también rosadas echaron a volar formando una nube también de color rosa. Los árboles tenían fragantes flores rosadas que daban sombra a una casita de chocolate comestible que era un puesto donde regalaba golosinas de lo más variadas .Los chicos iban comiendo las ventanas de caramelo, los canteros de confites y las tejas de chocolate con cereal… pero Daniela quedó deslumbrada con golosinas originalísimas. Había una que era como polvo de estrellas verdes que estallaba en su lengua con sabor a coco y miel. Otra era un rollo de diez metros de goma de mascar en una fina tira sabor melón y miel. También había spaghettis masticables de sabor a pizza, burbujas de caramelo que al morderlas soltaban un humo con sabor a piña y coco. Tenían unas brillantes perlas de durazno con sensación de nata en la boca, unas rosas glaceadas con sabor a jazmines y cocacola, unos cubos de hielo de limón con forma de beso, cápsulas con forma de osos rellenas con crema de castañas asadas, y unas paletas heladas con sabor a patatas fritas y bacon.
Llenó su bolso con estas delicias, y quiso buscar la parada del autobús. Pero en su lugar vio una carroza de cristal, con un mullido edredón dorado adentro, tirada por tres filas de caballos blancos con lazos rosados atados a sus crines. Un lacayo vestido de blanco la invitó a subir. Ella subió y recorrió una avenida que tenía el suelo tornasolado y de madreperla, brillando al sol como una enorme arcoiris, con colores que se movían según como se moviera Daniela. Adentro de la carroza había pajarillos multicolores sueltos, que viajaban contigo, se posaban en tu pelo y te alegraban el viaje con sus trinos musicales y con su vistoso plumaje. También había un grifo en la carroza de donde salían batidos de leche chocolatada helada y espumosa. Daniela se sirvió un batido en una copa de cristal tallado con cigüeñas, y escuchó un rumor fuera de la carroza. Se asomó a observar a través del cristal de la carroza que una multitud de gente arrojaba flores, agitaba banderines y lanzaban papel picado y besos a su paso. Un joven muy guapo salió de la multitud para regalarle a Daniela una caja de bombones y un ramo enorme de fragantes rosas rojas.
La carroza se detuvo ante un palacio rosado con ventanas color oro y tejados de color lila, de donde salían risas y música. Daniela entró y se encontró rodeada de niñas, cada una llevando un vestido distinto, y todos hermosos y exóticamente repletos de encajes, organizas, sedas y piedras preciosas. Todas la invitaron a una sala donde estaban bailando con largas polleras de tul con brillantina al son de una orquesta que tocaba en vivo una música hermosa. Afuera, había una pista de hielo iluminada con cientos de candelabros, en la que cientos de niñas patinaban haciendo arabescos en el hielo brillante. Alrededor de la pista había esculturas de enormes animales tallados en huelo, con luces de colores que los iluminaban por dentro. Para recorrerlas, le daban a Daniela unas preciosas pantuflas de seda y finas plumas de pichón de gaviota. Una hermosa dama vestida de gala, con un traje como de reina, tocaba una bella melodía en un impresionante piano de cola blanco, y las niñas patinaban a su compás.
A lo largo de la pista había una mesa llena de delicias como pasteles, tartas, pastas y helados de más de cien sabores diferentes. Daniela se estaba por servir uno, cuando vio que unos fuegos artificiales estallaban en el cielo detrás de unos arcos resplandecientes que eran como una puerta hacia otro sector. Unos telones de pesado terciopelo rojo daban paso a un pasillo bordeado de espejos y columnas blancas que sostenían enormes jarrones del color del cielo llenos de flores blancas. Daniela cruzó este impresionante corredor acompañada por la música de un órgano que estaba sobre los arcos, emocionada como una novia yendo al altar. A su paso se abrió una enorme puerta dorada, y ella se encontró en una terraza desde la que se veía un desfile de bellos jóvenes marchando por una avenida, bajo los fuegos artificiales que al estallar iluminaban sus sombreros con grandes penachos blancos y las lentejuelas de sus trajes parecidos a toreros dorados. Su marcha seguía el ritmo de una banda que cerraba las filas, y detrás de la banda venia corriendo un grupo de chuiquillos con las manos repletas de globos dorados, que soltaron apenas la banda acabo de pasar junto a la terraza de Daniela. Cuando la multitud se esparció, a ambos lados Daniela vio el parque de diversiones mas maravilloso que jamás hubiera podido imaginar.
Había un tobogán gigante donde los niños se lanzaban montados en suaves almohadas de pluma, había montañas rusas de vertiginosos recorrido, coloridos coches chocadores y tiovivos con corceles gigantes que subían y bajaban entre luces de colores. Montado desde un elefante todo vestido de blanco, un hombre regalaban copos de azúcar multicolores y manzanas acarameladas a los niños que pasaban. Hasta había una kermesse con puestos de tiros la blanco donde todos llevaban premio: una pelota gigante que hacia luces al rebotar en el suelo, un conejo de peluche de un metro de alto, una muñeca que camina y toma el té…y hasta un barco a vela para navegar en un lago de aguas color violeta que había en el mismo parque. Y lo mejor era que las aguas podían beberse y sabían a un delicioso zumo de uva…
Daniela estaba fascinada de estar en ese lugar tan bonito, pero sabia que ya era hora de llegar al sitio hacia donde había marchado. Le preguntó a un hada de alas de libélula como llegar a cierto sitio, y el hada le señaló la entrada a una gruta de estalagmitas y estalactitas que formaban un intrincado paseo lleno de delicadas columnas transparentes. Dentro de la gruta, se escuchaba una celestial música de arpas que acompañaba el goteo de l agua que caía al suelo brillando como oro liquido. Maravillada, Daniela recorrió la gruta descubriendo nuevas formaciones de estalactitas cristalinas a cada paso, hasta que vio una luz dorada del fondo del túnel. Se dirigió a ella, y allí encontró unas escaleras resplandecientes, que subió entusiasmada. Las paredes del costado de la escalera eran una cascada altísima de agua cristalina que caía sobre campanillas tintineantes, haciendo una música como de navidad. En la cima de la escalera, un ángel de largo vestido de color verde agua y enormes alas blancas la guió a una canastilla de oro de un globo estratosférico con forma de corazón rosado gigante, que subió impulsado por el aleteo de miles de colibríes tornasolados que no paraban de jugar entre sí. El globo subió suavemente, y desde sus alturas Daniela vio campos de tulipanes de todos los colores extendiéndose hasta el horizonte, salpicados por molinos de vientos que movían dulcemente sus aspas al atardecer. Una bandada de grullas paso volando en hilera a su lado, rumbo a la luz naranja y fucsia de un crepúsculo radiante. Fascinada viendo el sol dorado hundirse entre nubes moradas y violetas, como jirones de velos de novias con extravagantes trajes lujosos unas, o como plumas de descomunales aves míticas las otros. Daniela casi no escuchó la campanilla que anunciaba que debía descender en una nube que olía suavemente a vainilla. Salió de la canasta y se recostó en un sillón con forma de corola de amapola. Se hundió, como siempre lo hacía, en su mullida superficie, esperó a que la atendieran. Entonces sintió unas suaves manos en su cara, que le sacaban las vendas de los ojos. No pudo ver nada hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz, y luego vio la hermosa sonrisa del doctor y los ojos curiosos de la enfermera diciendo:
- ¡ Daniela, qué pronto te recuperaste! Tus ojitos están realmente bien. Creo que no necesitás más las vendas, y que podés volver a tus actividades de siempre. La operación fue un éxito: recuperaste la vista.
Daniela suspiró, pensando que ahora había perdido su castillo, sus vestidos de tul, seda y perlas, los palacios, las bailarinas, las orquestas, el parque de diversiones, los pavos reales y los magos para siempre.
Se consoló pensando que los magníficos crepúsculos dorados siempre están allí, para cuando una quiera verlos. Y siempre hay helados, y golosinas. Y caballos blancos y magos. Y bailarinas y orquestas. Y pulseras y coronas. Y cisnes y fuentes. Y ángeles y hadas.
No están todos juntos en el mismo lugar, claro. Pero es buena idea dedicarse a encontrar todo eso otra vez.
- ¡Enseguida estoy lista, mamá! – le respondió Daniela
Daniela se puso su vestido de tules, organzas, sedas y encaje largo hasta el piso, lleno de puntillas blancas flotando sobre la seda rosada como los pétalos de una flor, y agitó sus largas mangas de tul para ajustarse su corona de diamantes y rubíes sobre su hermoso cabello largo. Se ajustó el moño de raso en su cintura, se levantó de su cama gigante con sábanas de raso rosado y tules colgando del baldaquín, y caminó sobre una mullida alfombra color rosa hasta el tocador de mármol blanco con un enorme espejo con marcos dorados con capullos tallados, rodeado de cajoncitos llenos de pulseras, collares y hebillas hechos con piedras preciosas. Se cepilló el pelo con un cepillo de cristal cuidando de no cambiar de sitio su corona ni de volcar los jarrones repletos de flores perfumadas, y se puso un collar de zafiros que hacía juego con sus anillos. Cerró la puerta de su gigantesco armario espejado lleno de más de mil vestidos de princesa distintos, y saludo con un silbido a su pareja de faisanes dorados y acaricio a su cachorro de tigre albino. Luego atravesó con sus botitas de brocato de seda blanca el inmenso ventanal con paneles de cristal biselado que hacían que la luz se convirtiera en miles de minúsculos arcoiris, y vio el agua de la fuente de cristal chocar sobre piedras doradas, sobresaltando a los peces dorados y a los cisnes que habitaban el estanque. Bellos nenúfares de color blanco incandescente flotaban sobre el agua y llenaban de perfume el aire matinal.
Daniela caminó hacia una sombrilla de encaje de color lila, llena de diamantes que colgaban a sus lados, y se sentó en una silla dorada con un bonito almohadón de seda color marfil. Vio que sobre la mesa con un hermoso mantel bordado con flores amarillas había una juego de te de porcelana con corazones dorados entrelazados con flores.
De pronto llegó un camarero vestido de príncipe con un sombrero con una enorme pluma azul, quien le trajo en bandeja de plata un tazón de porcelana con forma de gato y un fragante chocolate caliente en él, junto con una fuente repleta de churros azucarados. Un ruiseñor se acercó a comer las miguitas que dejaba Daniela y se puso a contar tan bellamente que atrajo a cuatro pavos reales que abrieron sus colas ante Daniela, como pidiendo ellos también alguna miga.
Daniela comió los churros, bebió el chocolate, y el camarero le trajo una fuente enorme llena de pastas de chocolate rellenas de nata batida, y tarteletas repletas de fresas glaseadas y frambuesas bañadas en un exquisito chocolate con almendras fileteadas. Daniela comió todos los que pudo, se lamió los dedos uno por uno, se limpió con una servilleta de un finísimo hilo que olía a fresias y se puso unos largos guantes de encaje rosado. Luego tomo su bolso, bajo los escalones de su palacio y recorrió de punta a punta el parque lleno de rosas y jazmines. A su paso, sus mascotas venían a saludarla: su pony rosado su caballo blanco de largas crines sedosas, tres venados, sus ardillas, su tejón, su tigre albino, una familia de cisnes y sus dos flamencos favoritos la siguieron hasta el gigantesco portón de rejas dorado que separaba su palacio del mundo real. Una vez en la calle, camino sobre una alfombra de terciopelo rojo con bailarinas clásicas danzando a cada lado de la calle, al ritmo de dos orquestas sinfónicas que tocaba una música preciosa al mismo ritmo del paso de Daniela .Unos cortinados gigantes y antorchas con llamas inmensas hasta el cielo marcaban el camino. En la esquina, había arañas de cristal que reflejaban el fuego de las antorchas, y el de un inmenso hogar que ardía debajo de ellas. Dos leones blancos la saludaron con un rugido al cruzar la calle, y ella entró a la avenida saltando muy alegre a algo que parecía un fastuoso circo.
Unos payasos le regalaban papas fritas a todo el mundo y unos magos hacían trucos increíbles a su paso, haciendo aparecer preciosos conejos de angora que le regalaban a Daniela, a la vez que soltaban mariposas multicolores que salían de a cientos de sus galeras. Daniela se deslumbraba con las piruetas que hacían los saltimbanquis hamacándose en el aire, vestidos con impactantes trajes brillantes y capas metalizadas. Había bellísimas odaliscas bailando la danza de los siete velos junto a canastas de donde asomaban cobras ondulándose como ellas. Levantó la mirada y vio a unos equilibristas caminando por la cuerda floja a cientos de metros de altura de una piscina de aguas danzantes que subían o bajaban al ritmo de la música. Unos malabaristas sostenían decenas de globos metalizados en el aire, leves como burbujas, y había animales amaestrados haciendo hazañas asombrosas.
Daniela cruzó la calle y entró a una plaza donde todo era de color rosa, con fuentes de zumo de frambuesa, bancos de merengue y senderos de praliné. Al cruzar la plaza, una bandada de palomas también rosadas echaron a volar formando una nube también de color rosa. Los árboles tenían fragantes flores rosadas que daban sombra a una casita de chocolate comestible que era un puesto donde regalaba golosinas de lo más variadas .Los chicos iban comiendo las ventanas de caramelo, los canteros de confites y las tejas de chocolate con cereal… pero Daniela quedó deslumbrada con golosinas originalísimas. Había una que era como polvo de estrellas verdes que estallaba en su lengua con sabor a coco y miel. Otra era un rollo de diez metros de goma de mascar en una fina tira sabor melón y miel. También había spaghettis masticables de sabor a pizza, burbujas de caramelo que al morderlas soltaban un humo con sabor a piña y coco. Tenían unas brillantes perlas de durazno con sensación de nata en la boca, unas rosas glaceadas con sabor a jazmines y cocacola, unos cubos de hielo de limón con forma de beso, cápsulas con forma de osos rellenas con crema de castañas asadas, y unas paletas heladas con sabor a patatas fritas y bacon.
Llenó su bolso con estas delicias, y quiso buscar la parada del autobús. Pero en su lugar vio una carroza de cristal, con un mullido edredón dorado adentro, tirada por tres filas de caballos blancos con lazos rosados atados a sus crines. Un lacayo vestido de blanco la invitó a subir. Ella subió y recorrió una avenida que tenía el suelo tornasolado y de madreperla, brillando al sol como una enorme arcoiris, con colores que se movían según como se moviera Daniela. Adentro de la carroza había pajarillos multicolores sueltos, que viajaban contigo, se posaban en tu pelo y te alegraban el viaje con sus trinos musicales y con su vistoso plumaje. También había un grifo en la carroza de donde salían batidos de leche chocolatada helada y espumosa. Daniela se sirvió un batido en una copa de cristal tallado con cigüeñas, y escuchó un rumor fuera de la carroza. Se asomó a observar a través del cristal de la carroza que una multitud de gente arrojaba flores, agitaba banderines y lanzaban papel picado y besos a su paso. Un joven muy guapo salió de la multitud para regalarle a Daniela una caja de bombones y un ramo enorme de fragantes rosas rojas.
La carroza se detuvo ante un palacio rosado con ventanas color oro y tejados de color lila, de donde salían risas y música. Daniela entró y se encontró rodeada de niñas, cada una llevando un vestido distinto, y todos hermosos y exóticamente repletos de encajes, organizas, sedas y piedras preciosas. Todas la invitaron a una sala donde estaban bailando con largas polleras de tul con brillantina al son de una orquesta que tocaba en vivo una música hermosa. Afuera, había una pista de hielo iluminada con cientos de candelabros, en la que cientos de niñas patinaban haciendo arabescos en el hielo brillante. Alrededor de la pista había esculturas de enormes animales tallados en huelo, con luces de colores que los iluminaban por dentro. Para recorrerlas, le daban a Daniela unas preciosas pantuflas de seda y finas plumas de pichón de gaviota. Una hermosa dama vestida de gala, con un traje como de reina, tocaba una bella melodía en un impresionante piano de cola blanco, y las niñas patinaban a su compás.
A lo largo de la pista había una mesa llena de delicias como pasteles, tartas, pastas y helados de más de cien sabores diferentes. Daniela se estaba por servir uno, cuando vio que unos fuegos artificiales estallaban en el cielo detrás de unos arcos resplandecientes que eran como una puerta hacia otro sector. Unos telones de pesado terciopelo rojo daban paso a un pasillo bordeado de espejos y columnas blancas que sostenían enormes jarrones del color del cielo llenos de flores blancas. Daniela cruzó este impresionante corredor acompañada por la música de un órgano que estaba sobre los arcos, emocionada como una novia yendo al altar. A su paso se abrió una enorme puerta dorada, y ella se encontró en una terraza desde la que se veía un desfile de bellos jóvenes marchando por una avenida, bajo los fuegos artificiales que al estallar iluminaban sus sombreros con grandes penachos blancos y las lentejuelas de sus trajes parecidos a toreros dorados. Su marcha seguía el ritmo de una banda que cerraba las filas, y detrás de la banda venia corriendo un grupo de chuiquillos con las manos repletas de globos dorados, que soltaron apenas la banda acabo de pasar junto a la terraza de Daniela. Cuando la multitud se esparció, a ambos lados Daniela vio el parque de diversiones mas maravilloso que jamás hubiera podido imaginar.
Había un tobogán gigante donde los niños se lanzaban montados en suaves almohadas de pluma, había montañas rusas de vertiginosos recorrido, coloridos coches chocadores y tiovivos con corceles gigantes que subían y bajaban entre luces de colores. Montado desde un elefante todo vestido de blanco, un hombre regalaban copos de azúcar multicolores y manzanas acarameladas a los niños que pasaban. Hasta había una kermesse con puestos de tiros la blanco donde todos llevaban premio: una pelota gigante que hacia luces al rebotar en el suelo, un conejo de peluche de un metro de alto, una muñeca que camina y toma el té…y hasta un barco a vela para navegar en un lago de aguas color violeta que había en el mismo parque. Y lo mejor era que las aguas podían beberse y sabían a un delicioso zumo de uva…
Daniela estaba fascinada de estar en ese lugar tan bonito, pero sabia que ya era hora de llegar al sitio hacia donde había marchado. Le preguntó a un hada de alas de libélula como llegar a cierto sitio, y el hada le señaló la entrada a una gruta de estalagmitas y estalactitas que formaban un intrincado paseo lleno de delicadas columnas transparentes. Dentro de la gruta, se escuchaba una celestial música de arpas que acompañaba el goteo de l agua que caía al suelo brillando como oro liquido. Maravillada, Daniela recorrió la gruta descubriendo nuevas formaciones de estalactitas cristalinas a cada paso, hasta que vio una luz dorada del fondo del túnel. Se dirigió a ella, y allí encontró unas escaleras resplandecientes, que subió entusiasmada. Las paredes del costado de la escalera eran una cascada altísima de agua cristalina que caía sobre campanillas tintineantes, haciendo una música como de navidad. En la cima de la escalera, un ángel de largo vestido de color verde agua y enormes alas blancas la guió a una canastilla de oro de un globo estratosférico con forma de corazón rosado gigante, que subió impulsado por el aleteo de miles de colibríes tornasolados que no paraban de jugar entre sí. El globo subió suavemente, y desde sus alturas Daniela vio campos de tulipanes de todos los colores extendiéndose hasta el horizonte, salpicados por molinos de vientos que movían dulcemente sus aspas al atardecer. Una bandada de grullas paso volando en hilera a su lado, rumbo a la luz naranja y fucsia de un crepúsculo radiante. Fascinada viendo el sol dorado hundirse entre nubes moradas y violetas, como jirones de velos de novias con extravagantes trajes lujosos unas, o como plumas de descomunales aves míticas las otros. Daniela casi no escuchó la campanilla que anunciaba que debía descender en una nube que olía suavemente a vainilla. Salió de la canasta y se recostó en un sillón con forma de corola de amapola. Se hundió, como siempre lo hacía, en su mullida superficie, esperó a que la atendieran. Entonces sintió unas suaves manos en su cara, que le sacaban las vendas de los ojos. No pudo ver nada hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz, y luego vio la hermosa sonrisa del doctor y los ojos curiosos de la enfermera diciendo:
- ¡ Daniela, qué pronto te recuperaste! Tus ojitos están realmente bien. Creo que no necesitás más las vendas, y que podés volver a tus actividades de siempre. La operación fue un éxito: recuperaste la vista.
Daniela suspiró, pensando que ahora había perdido su castillo, sus vestidos de tul, seda y perlas, los palacios, las bailarinas, las orquestas, el parque de diversiones, los pavos reales y los magos para siempre.
Se consoló pensando que los magníficos crepúsculos dorados siempre están allí, para cuando una quiera verlos. Y siempre hay helados, y golosinas. Y caballos blancos y magos. Y bailarinas y orquestas. Y pulseras y coronas. Y cisnes y fuentes. Y ángeles y hadas.
No están todos juntos en el mismo lugar, claro. Pero es buena idea dedicarse a encontrar todo eso otra vez.
Amigas íntimas(*)
Carolina y Belén eran grandes amigas. Carolina era reservada y tímida .Belén era loca y decidida. Carolina era una rubia romántica y soñadora, Belén era una morocha medio punk. A simple vista parecían incompatibles, pero se complementaban muy bien, y cada una aprendía algo de la otra. Belén aprendía paciencia con Carolina y Carolina aprendía audacia con Belén.
Todo empezó cuando Carolina se quedó a dormir en casa de Belén y a la mañana siguiente, como tenía frío, Belén le prestó su campera de jean. Como a Carolina le gustó, Belén le dijo que se la podía quedar por unos días. Carolina estaba tan contenta de poder vestirse un poco al estilo de Belén, que le dijo “Bueno, entonces yo te presto mi buzo de florcitas, arre”.Porque Caro siempre decía “arre”. Y Belén le dijo “Me encantaría, loca chiflada”., Porque Belén siempre le decía” loca chiflada” a sus amigas.
El fin de semana siguiente quedaron en ir juntas al shopping, y Belén pasó por la casa de Carolina, donde se puso una pollera larga de Carolina. Pero Carolina le dijo que ella usaría entonces las calzas negras y el cinturón de Belén, y así fueron al shopping.
La pasaron tan bien, que el domingo se llamaron por teléfono y Belén le dijo a Caro que ella le cambiaría su mochila negra con tachas por la mochila rosa de Carolina. En la escuela se cambiaron las mochilas.
Al salir de la escuela fueron juntas a la peluquería, y Carolina se cortó el pelo corto como Belén, y Belén se aclaró el pelo y se puso extensiones para tener el pelo de Carolina.
Al pasar a almorzar por casa de Belén, Carolina comió el guiso de carne picante que hace la madre de Belén y le encantó. Belén no comió, y prefirió pasar por casa de Carolina a comer las tartas vegetarianas que hace la mamá de Caro, que a ella le encantan. De paso, Belén le llevó a Caro unos CD de rock pesado, y Caro le dio a Belén sus discos de música romántica que a Belén cada vez le gustaba más.
De a poco se fueron dando una a la otra todas sus cosas: Belén le dio a Caro sus maquillajes y su gel para el pelo, sus zapatos, sus medias, sus camperas, sus fotos y sus bolsos. Carolina le dio a Belén sus vestidos, sus pañuelos, sus zapatos, sus libros y sus perfumes. En la escuela se las empezaron confundir, y le decían Belén a Caro y Caro a Belén.
En la casa, las mamás decían que las chicas estaban cambiadas, y los papás decían “Es la edad, están creciendo”.
A Belén, a quien siempre le había ido mal en Lengua, le empezó a ir bárbaro en esa materia. Caro, a quien siempre le iba mal en matemáticas, empezó sacarse buenas notas en las pruebas.
Un día Belén le regaló a Caro su diario íntimo con candado con la llave. Y Carolina le dio la llave de su casa. Al día siguiente Caro también le trajo su diario, y Belén le dio las llaves de su casa con el llavero de calavera.
El sábado siguiente se encontraron en la plaza y se cambiaron las bicicletas. Y dijeron que lo mejor sería cambiarse los nombres, porque a Carolina le gustaba más el nombre Belén y a Belén le gustaba más llamarse Carolina. También se cambiaron sus celulares. Eso causó un poco de lío al principio entre sus novios, hasta que se cambiaron también los novios.
Luego de enterarse de todos sus secretos leyendo sus respectivos diarios, las chicas se encontraron un viernes en la heladería y cada una pidió un helado del gusto favorito de la otra.
Como ya se estaba haciendo de noche, Carolina le dijo a Belén “Uy, me voy a casa porque mi mamá debe estar esperándome con el guiso, loca chiflada” y Belén dijo “En casa hay ensalada, arre. Pero mejor que vaya yendo antes de que oscurezca y mi mamá se ponga nerviosa”. Belén guardó el diario de Carolina en su mochila rosa, subió a su nueva bicicleta y Carolina se fue a casa de Belén y Belén se fue a casa de Carolina.
Desde entonces, siguen inseparables.
Pero en realidad, hoy en día nadie- ni siquiera ellas mismas- saben con certeza quién de las dos es Carolina y quién de las dos es Belén.
Todo empezó cuando Carolina se quedó a dormir en casa de Belén y a la mañana siguiente, como tenía frío, Belén le prestó su campera de jean. Como a Carolina le gustó, Belén le dijo que se la podía quedar por unos días. Carolina estaba tan contenta de poder vestirse un poco al estilo de Belén, que le dijo “Bueno, entonces yo te presto mi buzo de florcitas, arre”.Porque Caro siempre decía “arre”. Y Belén le dijo “Me encantaría, loca chiflada”., Porque Belén siempre le decía” loca chiflada” a sus amigas.
El fin de semana siguiente quedaron en ir juntas al shopping, y Belén pasó por la casa de Carolina, donde se puso una pollera larga de Carolina. Pero Carolina le dijo que ella usaría entonces las calzas negras y el cinturón de Belén, y así fueron al shopping.
La pasaron tan bien, que el domingo se llamaron por teléfono y Belén le dijo a Caro que ella le cambiaría su mochila negra con tachas por la mochila rosa de Carolina. En la escuela se cambiaron las mochilas.
Al salir de la escuela fueron juntas a la peluquería, y Carolina se cortó el pelo corto como Belén, y Belén se aclaró el pelo y se puso extensiones para tener el pelo de Carolina.
Al pasar a almorzar por casa de Belén, Carolina comió el guiso de carne picante que hace la madre de Belén y le encantó. Belén no comió, y prefirió pasar por casa de Carolina a comer las tartas vegetarianas que hace la mamá de Caro, que a ella le encantan. De paso, Belén le llevó a Caro unos CD de rock pesado, y Caro le dio a Belén sus discos de música romántica que a Belén cada vez le gustaba más.
De a poco se fueron dando una a la otra todas sus cosas: Belén le dio a Caro sus maquillajes y su gel para el pelo, sus zapatos, sus medias, sus camperas, sus fotos y sus bolsos. Carolina le dio a Belén sus vestidos, sus pañuelos, sus zapatos, sus libros y sus perfumes. En la escuela se las empezaron confundir, y le decían Belén a Caro y Caro a Belén.
En la casa, las mamás decían que las chicas estaban cambiadas, y los papás decían “Es la edad, están creciendo”.
A Belén, a quien siempre le había ido mal en Lengua, le empezó a ir bárbaro en esa materia. Caro, a quien siempre le iba mal en matemáticas, empezó sacarse buenas notas en las pruebas.
Un día Belén le regaló a Caro su diario íntimo con candado con la llave. Y Carolina le dio la llave de su casa. Al día siguiente Caro también le trajo su diario, y Belén le dio las llaves de su casa con el llavero de calavera.
El sábado siguiente se encontraron en la plaza y se cambiaron las bicicletas. Y dijeron que lo mejor sería cambiarse los nombres, porque a Carolina le gustaba más el nombre Belén y a Belén le gustaba más llamarse Carolina. También se cambiaron sus celulares. Eso causó un poco de lío al principio entre sus novios, hasta que se cambiaron también los novios.
Luego de enterarse de todos sus secretos leyendo sus respectivos diarios, las chicas se encontraron un viernes en la heladería y cada una pidió un helado del gusto favorito de la otra.
Como ya se estaba haciendo de noche, Carolina le dijo a Belén “Uy, me voy a casa porque mi mamá debe estar esperándome con el guiso, loca chiflada” y Belén dijo “En casa hay ensalada, arre. Pero mejor que vaya yendo antes de que oscurezca y mi mamá se ponga nerviosa”. Belén guardó el diario de Carolina en su mochila rosa, subió a su nueva bicicleta y Carolina se fue a casa de Belén y Belén se fue a casa de Carolina.
Desde entonces, siguen inseparables.
Pero en realidad, hoy en día nadie- ni siquiera ellas mismas- saben con certeza quién de las dos es Carolina y quién de las dos es Belén.
Muñecas
Mi primer novio me llamaba “muñeca” . A mí me encantaba .
Me hacía sentir tan querida ..El me llevaba a todas partes. Me compraba ropa, medias, zapatos, anillos ...Hasta que se cansó de jugar conmigo. Y mi dejó, ahí tirada .
Me sentí tan sola ...
Después conocí a un hombre serio, al que no les gustar jugar. No jugaba para nada. Pero mi mamá me decía “casate con un chico serio” , y mi padre se alegró de que él tuviera intenciones serias . Y me casé con él. Con el tío más serio e indiferente que conocí en mi vida.
No juega . No escucha. No entiende nada .
No me entiende.
Yo ya me resigné a que no me entienda.
No hay nada que podamos compartir. Tenemos un mate `para cada uno ....en un estante, de mayor a menor. Cada uno con su termo . cada uno con su yerba .
Mi marido es como un piso : se cree tan brillante que todo lo resbala . Está seguro de tener una personalidad magnética . Es cierto. ES ciento por ciento negativo. Nunca olvida un favor ...que te ha hecho.
Nunca encontrará a nadie que lo quiera tanto como él se quiere. Sus empleados no pueden evitar admirarlo. Si no, los despide.
Es más frío y artificial que el hielo seco, pero a veces te escucha para que le digas lo que pensás , cuando estás de acuerdo con él. Te dice “ Es sólo una sugerencia, pero no olvides quién te la hizo”. Y acepta cualquier crítica , siempre que incluya aplausos. Menos mal que no se le dio por la bebida, porque le gusta tanto figurara que no toleraría pertenecer a Alcohólicos Anónimos. A mis hijos siempre les digo : “ Miren a papá , que más que un ejemplo, es una advertencia .”
Estando con él una se siente atraída ...a huir . Si ves dos personas juntas y una se aburre, él es la otra. Lo más interesante de él es verlo irse, porque tiene una capacidada rara : te saca privacidad sin hacerte compañía.
Eso si ; es muy culto : es capaz de aburrirte con cualquier tema.
Habla y no puede parar . Se ofende si hablás mientras el está interrumpiendo, y siempre está impaciente por escuchar lo que va a contar.
Pero solo se queda con las últimas 5000 palabras. Lo bueno es que se divierte fácilmente: solo hay que sentarse tres horas a escucharlo.
¿ Se acuerdan de Bucay en el programa de televisión? Mostraba con un móvil como se integra una familia . porque la felicidad es un equilibrio muy frágil. Cada uno en su lugar, con su rol, su espacio, sus alianzas, sin invadir el lugar del otro .
El hijo mayor , por ejemplo, que es muy inteligente, no tiene el éxito que podría alcanzar , para que su pedante adre no lo envidie y le retire su cariño .
el otro hijo sigue estrictamente los pasos que el padre y no sigue sus sueños sino los de papá: ser el mejor . La hija hace lo posible por atraer la atención y nadie la mira. Y el hijo menor es la oveja negra de la familia, para que todos los demás se sientan normales, eficaces y contenidos . Hasta que pasa algo que desestabiliza al grupo : Epa, la nena está embarazada para tener quien le de bola, aunque sea un recién nacido de medio metro de altura . Ella pesa mas, los hermanos menos, se unen a la madre tanto que uno le dice “ mama soy gay “ . Esto pesa tanto que la balanza se desequilibrar para el otro lado , El hijo mayor dice ( voz de marionetas) “ papá , soy alcohólico” Papa dice “ ¿¿ No , no puede ser? “ . “ Si , papa, como vos “ , Todo se bandea para el otro lado la hija se va con un pendejo que no es el padre de su hijo. El gay se radica en mar del Plata , el hijo alcohólico toca fondo, papa entra en crisis porque su familia no es perfecta como el creia , todos se van a la mierda y miren lo que queda : todas las culpas caen en mamá que queda asi , colgada y sola . Si el pedante se consiguió una loca que lo hospedó en su estancia en el campo, donde el se sienta a mirar las vacas....Pero a mi el ya no me importa, lo que me importa son mis hijos, que no se donde están .Que se yo, me dejaron al dirección en un papelito, que no se donde lo puse ....Igual, esos ya no me deban ni bola . Creo que mi hija tuvo una nena ....¿ O era un nene? No se , ni siquiera fue capaz de llamarme después del parto. Me llamo un tipo, que no se ni quien es ....el esposo nuevo, que ni me acuerdo como se llama .
Quede sola...Tan sola ...no , no era el síndrome del nido vacío ...era el síndrome del loquero vacío ....¡se fueron los locos! ¿ Y ahora que hago? Colgada . con todos estos hilos ...hilos hilos cordones rotos ... Las mujeres no tiramos nada ...con tantos hilos y cordones , me pueda a coser para afuera ....¿ Que podía hacer, si de moda no se nada? Me puse a fabricar muñecas ...Una nueva familia. Todas son primorosas , las hago con vestidos de organiza y broderí ....Los zapatitos son de seda pura , y el botoncito es nacarado . Estoy rodedada de hijos perfectos , que amor . Mirá esa cosita ...sonríe todo el día . Viste el pelito? ¡Es de algodón mercerizado!....Parece seda No? Parecen todos iguales pero son todos distintos : A Rosita le puse moños de satén , como siempre hubiera querido que use mi hija .... A Maximiliano, le puse un pantalón de Príncipe de Gales con estos tiradorcitos de gamuza , y la camisita almidonada . ¿ No es un primor? ¡La corbatita es de terciopelo francés!Los amos con toda mi lama, y cada uno tiene su lugar , para que entre todos ...
.Porque la felicidad es un equilibrio muy frágil. Cada uno en su lugar, con su ropita , su espacio, sin invadir el lugar del otro ....Ellos son mis amores, nunca me han dado un disgusto. ¡ Ni siquiera se manchan! Los vendo, por supuesto, porque no puedo tener a tantos caá. Pero el que se los quiera llevar los va a pagar biemn caro . Salen $ 70 ese de alla, el mas chico, $ 120 el del flequillito, Maximiliano sale $ 150 y Carolina, la rubia de las trenzas sale 180 porque me dio un trabajo esta chica ....Ah , no la vendo sin la ropita, que sale $50 más . ¿ Que me importa que alguien la quiera a toda costa , o que la quiera para llevársela a Paris a una colección particular? Bah, si yo nunca fui a París , ¿ `porque va a ir esta chirusa que es un montón de trapo y lana? En verdad, si se la quieren llevar lejos, no la vendo. Su lugar es este ...veni nena, aca , adentrio de la bolsita, y la bolsita en ek fondo del fonode del placard , debejo de la pila de frazadas que nunca uso…Ahí estas bien …¿ Quien la va a cuidar mejor a mi muñequita ?
Me hacía sentir tan querida ..El me llevaba a todas partes. Me compraba ropa, medias, zapatos, anillos ...Hasta que se cansó de jugar conmigo. Y mi dejó, ahí tirada .
Me sentí tan sola ...
Después conocí a un hombre serio, al que no les gustar jugar. No jugaba para nada. Pero mi mamá me decía “casate con un chico serio” , y mi padre se alegró de que él tuviera intenciones serias . Y me casé con él. Con el tío más serio e indiferente que conocí en mi vida.
No juega . No escucha. No entiende nada .
No me entiende.
Yo ya me resigné a que no me entienda.
No hay nada que podamos compartir. Tenemos un mate `para cada uno ....en un estante, de mayor a menor. Cada uno con su termo . cada uno con su yerba .
Mi marido es como un piso : se cree tan brillante que todo lo resbala . Está seguro de tener una personalidad magnética . Es cierto. ES ciento por ciento negativo. Nunca olvida un favor ...que te ha hecho.
Nunca encontrará a nadie que lo quiera tanto como él se quiere. Sus empleados no pueden evitar admirarlo. Si no, los despide.
Es más frío y artificial que el hielo seco, pero a veces te escucha para que le digas lo que pensás , cuando estás de acuerdo con él. Te dice “ Es sólo una sugerencia, pero no olvides quién te la hizo”. Y acepta cualquier crítica , siempre que incluya aplausos. Menos mal que no se le dio por la bebida, porque le gusta tanto figurara que no toleraría pertenecer a Alcohólicos Anónimos. A mis hijos siempre les digo : “ Miren a papá , que más que un ejemplo, es una advertencia .”
Estando con él una se siente atraída ...a huir . Si ves dos personas juntas y una se aburre, él es la otra. Lo más interesante de él es verlo irse, porque tiene una capacidada rara : te saca privacidad sin hacerte compañía.
Eso si ; es muy culto : es capaz de aburrirte con cualquier tema.
Habla y no puede parar . Se ofende si hablás mientras el está interrumpiendo, y siempre está impaciente por escuchar lo que va a contar.
Pero solo se queda con las últimas 5000 palabras. Lo bueno es que se divierte fácilmente: solo hay que sentarse tres horas a escucharlo.
¿ Se acuerdan de Bucay en el programa de televisión? Mostraba con un móvil como se integra una familia . porque la felicidad es un equilibrio muy frágil. Cada uno en su lugar, con su rol, su espacio, sus alianzas, sin invadir el lugar del otro .
El hijo mayor , por ejemplo, que es muy inteligente, no tiene el éxito que podría alcanzar , para que su pedante adre no lo envidie y le retire su cariño .
el otro hijo sigue estrictamente los pasos que el padre y no sigue sus sueños sino los de papá: ser el mejor . La hija hace lo posible por atraer la atención y nadie la mira. Y el hijo menor es la oveja negra de la familia, para que todos los demás se sientan normales, eficaces y contenidos . Hasta que pasa algo que desestabiliza al grupo : Epa, la nena está embarazada para tener quien le de bola, aunque sea un recién nacido de medio metro de altura . Ella pesa mas, los hermanos menos, se unen a la madre tanto que uno le dice “ mama soy gay “ . Esto pesa tanto que la balanza se desequilibrar para el otro lado , El hijo mayor dice ( voz de marionetas) “ papá , soy alcohólico” Papa dice “ ¿¿ No , no puede ser? “ . “ Si , papa, como vos “ , Todo se bandea para el otro lado la hija se va con un pendejo que no es el padre de su hijo. El gay se radica en mar del Plata , el hijo alcohólico toca fondo, papa entra en crisis porque su familia no es perfecta como el creia , todos se van a la mierda y miren lo que queda : todas las culpas caen en mamá que queda asi , colgada y sola . Si el pedante se consiguió una loca que lo hospedó en su estancia en el campo, donde el se sienta a mirar las vacas....Pero a mi el ya no me importa, lo que me importa son mis hijos, que no se donde están .Que se yo, me dejaron al dirección en un papelito, que no se donde lo puse ....Igual, esos ya no me deban ni bola . Creo que mi hija tuvo una nena ....¿ O era un nene? No se , ni siquiera fue capaz de llamarme después del parto. Me llamo un tipo, que no se ni quien es ....el esposo nuevo, que ni me acuerdo como se llama .
Quede sola...Tan sola ...no , no era el síndrome del nido vacío ...era el síndrome del loquero vacío ....¡se fueron los locos! ¿ Y ahora que hago? Colgada . con todos estos hilos ...hilos hilos cordones rotos ... Las mujeres no tiramos nada ...con tantos hilos y cordones , me pueda a coser para afuera ....¿ Que podía hacer, si de moda no se nada? Me puse a fabricar muñecas ...Una nueva familia. Todas son primorosas , las hago con vestidos de organiza y broderí ....Los zapatitos son de seda pura , y el botoncito es nacarado . Estoy rodedada de hijos perfectos , que amor . Mirá esa cosita ...sonríe todo el día . Viste el pelito? ¡Es de algodón mercerizado!....Parece seda No? Parecen todos iguales pero son todos distintos : A Rosita le puse moños de satén , como siempre hubiera querido que use mi hija .... A Maximiliano, le puse un pantalón de Príncipe de Gales con estos tiradorcitos de gamuza , y la camisita almidonada . ¿ No es un primor? ¡La corbatita es de terciopelo francés!Los amos con toda mi lama, y cada uno tiene su lugar , para que entre todos ...
.Porque la felicidad es un equilibrio muy frágil. Cada uno en su lugar, con su ropita , su espacio, sin invadir el lugar del otro ....Ellos son mis amores, nunca me han dado un disgusto. ¡ Ni siquiera se manchan! Los vendo, por supuesto, porque no puedo tener a tantos caá. Pero el que se los quiera llevar los va a pagar biemn caro . Salen $ 70 ese de alla, el mas chico, $ 120 el del flequillito, Maximiliano sale $ 150 y Carolina, la rubia de las trenzas sale 180 porque me dio un trabajo esta chica ....Ah , no la vendo sin la ropita, que sale $50 más . ¿ Que me importa que alguien la quiera a toda costa , o que la quiera para llevársela a Paris a una colección particular? Bah, si yo nunca fui a París , ¿ `porque va a ir esta chirusa que es un montón de trapo y lana? En verdad, si se la quieren llevar lejos, no la vendo. Su lugar es este ...veni nena, aca , adentrio de la bolsita, y la bolsita en ek fondo del fonode del placard , debejo de la pila de frazadas que nunca uso…Ahí estas bien …¿ Quien la va a cuidar mejor a mi muñequita ?
Claustrofobia
Me desperté por la mañana con una sensación asfixiante.
Había soñado que el cielorraso bajaba y bajaba para aplastarme. Me levanté sudorosa y agobiada, y abrí la ventana para que entrara aire. Pero al abrirla, entró una nube de humo gris con aroma tóxico a escapes de camiones y coches.
Quise tomar un café y salir. Pero con la humedad, la puerta de la alacena se había hinchado y no pude coger ni el café ni el azúcar. Quise tomar leche y estaba cortada. Las galletas estaban húmedas y el queso, mohoso.
En la radio, los conductores hablaban de empresas cerrando, fábricas incendiadas y dirigentes a punto de ir presos. Salir es peligroso, porque pueden asaltarte. Pero quedarte en casa también es peligroso, porque pueden entrar a atacarte. Como prefiero que me ataquen afuera para no ahogarme adentro, resolví salir del apartamento. Decidí no ir a trabajar, porque sería sumar opresión a mi sensación de ahogo.
En el corredor estrecho esperé a un ascensor atestado de gente comprimida y sin oxígeno. Contuve el pánico porque me asaltó un temor mayor de que alguno de ellos me siguiera, secuestrara y me tenga encerrada en un barril de petróleo. Lo peor era pensar que nadie pagaría un rescate por mí, sino por el barril de petróleo, que sigue en alza.
Para no andar sola por la calle, pensé en tomar el autobús. Pero me aterró la posibilidad de encontrarme prensada en una multitud empujando a los gritos de “ ¡Al fondo hay lugar!”, cuando al fondo nunca lo hay. Decidí buscar mi coche a la antesala del infierno: el oscuro tercer subsuelo del estacionamiento. Me hundí en la oscuridad de mi pequeño coche, y arranqué tratando de salir cuanto antes. Los otros coches intentaban subir la rampa estrecha y oscura hacían fila, como el metro detenido en el túnel. Empecé a sentir taquicardia y me faltó el aire. Bajé la ventanilla y respiré una bocanada de humo negro. Apenas estuve en la calle, aceleré y huí raudamente por la avenida a desesperantes 10 kilómetros por hora. Harta del atolladero de tránsito, enfilé para salir a la autopista, donde quedé atrapada en un cuello de botella, que para colmo tenía corcho.
Cuando encontré una salida, dos malabaristas se pararon delante del coche amenazando lanzar clavas en llamas en mi coche. Un joven andrajoso quiso cortarme el pelo por unas monedas. Aceleré al ver unos chavales que venían con un cepillo de dientes y un vaso de agua, para lavarme los dientes al grito de “monedita, por favor”.
Para escaparme del acoso, me metí en un centro comercial. Huyendo de las multitudes, me fui a ver una película que transcurría en un submarino que se estaba hundiendo. Sentí que faltaba ventilación en esa microsala con pasillos laberínticos, donde nunca se sabe dónde está la salida de emergencia. “Si esto se incendia, es una trampa mortal”, me dije. Y huí anhelando ver la luz. Ya era de noche.
Regresé a casa a paso de hombre por la autopista atestada. En la radio hablaban de un accidente de tránsito en cadena: cinco coches, ocho heridos graves, dos muertos. Bombardeo en Irak. Incendio en una fábrica textil. Una canción romántica “ Preso en tus brazos, atrapado en nuestro amor …” .
Llegué a casa al borde de la asfixia, y encendí el contestador telefónico, lleno de mensajes aburridos de gente que me invitaba a salir de casa para encerrarme en lugares pequeños sin ventanas donde sólo se respira humo ajeno. No me metí en la cama para no sofocarme y encendí la tele. Vi un reality show donde diez personas encerradas en la misma casa intentan convencerse de que ese encierro vale la pena. Apagué la tele y abrí una revista que comentaba el éxito de un libro que habla de los laberintos mentales que nos hacen quedarnos sin queso en una cueva de ratón. Abrí el periódico y leí una nota acerca de una película donde unos presos huyen de la cárcel para encontrase con que la libertad es una prisión más dura que la celda, porque cada uno lleva la prisión en su cabeza. Sentí un vaído.
Estuve a punto de llamar a mi terapeuta y pedirle un turno nocturno de emergencia para hablar de mi sensación de encierro. Pero recordé que tendría que esperarlo atrapada en una consulta de escasos dos metros cuadrados. Allí los pacientes merecen su nombre porque no se puede hacer otra cosa que hojear revistas viejas que hablan de artistas internadas en un hospital, atrapadas en un set de filmación , viajando en estrechísimos aviones o entrevistadas en mínimos estudios fotográficos, prisioneras de ropa ceñida y zapatos con dolorosos tacos aguja.
Al vaído se le sumó un ahogo tan grande que corrí a tomar agua. Pero el grifo
me lanzó a la cara un chirrido burlón y solo cayó una gota de líquido de color óxido. Vi todo negro y sentí que me desvanecía.
Mi vida entera pasó delante mis ojos como una película de bajo presupuesto, filmada en un videocassette digital demasiado pequeño. Luego vi un túnel largo, sofocante y estrecho. Sentí que me ahogaba, pero por suerte había una luz en el fondo. Cuando me acerqué a la luz, esta se apagó de golpe. A duras penas pude leer un cartel que decía “Por desperfectos técnicos, no habrá luz en el fondo del túnel hasta la próxima experiencia cercana a la muerte”.
Cuando volví a tomar conciencia, lo supe finalmente: no hay salida.
No podemos escapar de los microcines, los metros, los ascensores, las consultas...¡ni de este pequeño planeta! No se puede huir: adonde vayamos nos llevamos a nosotros mismos. No podemos escapar de la realidad con gin tonics, sin que la realidad nos atormente con espantosos dolores de cabeza a la mañana siguiente.
Así que más vale que nos vayamos haciendo la idea de que no nos queda más remedio que navegar sin rumbo atrapados en una Vía Láctea que se hunde entre soles mediocres encerrados en un sucio cúmulo de galaxias polvorientas, a bordo de un planeta tan deprimente que se llama "Tierra", que nos tienen atrapados, adheridos por los pies. El periódico de hoy lo confirma: esta noche veremos centellas en el cielo, restos de mugre que nos dejó el cometa Halley en su sucio andar vagabundo por el vecindario estelar.
Desde que sé esto, mi vida cambió por completo: me levanto todas las noches con una intolerable sensación de asfixia, con una angustia atroz, bañada en sudor, aterrada y con una claustrofobia agobiante.
Pero como ya me acostumbré, me importa menos.
Mis lemas son: “Auxilio” y “¡Socorro!”.
Ya avisé a mi familia que cuando muera no quiero que me entierren ni me cremen, sino que arrojen mi cuerpo al viento.
Y así vivo: claustrofóbica, pero asumida.
Había soñado que el cielorraso bajaba y bajaba para aplastarme. Me levanté sudorosa y agobiada, y abrí la ventana para que entrara aire. Pero al abrirla, entró una nube de humo gris con aroma tóxico a escapes de camiones y coches.
Quise tomar un café y salir. Pero con la humedad, la puerta de la alacena se había hinchado y no pude coger ni el café ni el azúcar. Quise tomar leche y estaba cortada. Las galletas estaban húmedas y el queso, mohoso.
En la radio, los conductores hablaban de empresas cerrando, fábricas incendiadas y dirigentes a punto de ir presos. Salir es peligroso, porque pueden asaltarte. Pero quedarte en casa también es peligroso, porque pueden entrar a atacarte. Como prefiero que me ataquen afuera para no ahogarme adentro, resolví salir del apartamento. Decidí no ir a trabajar, porque sería sumar opresión a mi sensación de ahogo.
En el corredor estrecho esperé a un ascensor atestado de gente comprimida y sin oxígeno. Contuve el pánico porque me asaltó un temor mayor de que alguno de ellos me siguiera, secuestrara y me tenga encerrada en un barril de petróleo. Lo peor era pensar que nadie pagaría un rescate por mí, sino por el barril de petróleo, que sigue en alza.
Para no andar sola por la calle, pensé en tomar el autobús. Pero me aterró la posibilidad de encontrarme prensada en una multitud empujando a los gritos de “ ¡Al fondo hay lugar!”, cuando al fondo nunca lo hay. Decidí buscar mi coche a la antesala del infierno: el oscuro tercer subsuelo del estacionamiento. Me hundí en la oscuridad de mi pequeño coche, y arranqué tratando de salir cuanto antes. Los otros coches intentaban subir la rampa estrecha y oscura hacían fila, como el metro detenido en el túnel. Empecé a sentir taquicardia y me faltó el aire. Bajé la ventanilla y respiré una bocanada de humo negro. Apenas estuve en la calle, aceleré y huí raudamente por la avenida a desesperantes 10 kilómetros por hora. Harta del atolladero de tránsito, enfilé para salir a la autopista, donde quedé atrapada en un cuello de botella, que para colmo tenía corcho.
Cuando encontré una salida, dos malabaristas se pararon delante del coche amenazando lanzar clavas en llamas en mi coche. Un joven andrajoso quiso cortarme el pelo por unas monedas. Aceleré al ver unos chavales que venían con un cepillo de dientes y un vaso de agua, para lavarme los dientes al grito de “monedita, por favor”.
Para escaparme del acoso, me metí en un centro comercial. Huyendo de las multitudes, me fui a ver una película que transcurría en un submarino que se estaba hundiendo. Sentí que faltaba ventilación en esa microsala con pasillos laberínticos, donde nunca se sabe dónde está la salida de emergencia. “Si esto se incendia, es una trampa mortal”, me dije. Y huí anhelando ver la luz. Ya era de noche.
Regresé a casa a paso de hombre por la autopista atestada. En la radio hablaban de un accidente de tránsito en cadena: cinco coches, ocho heridos graves, dos muertos. Bombardeo en Irak. Incendio en una fábrica textil. Una canción romántica “ Preso en tus brazos, atrapado en nuestro amor …” .
Llegué a casa al borde de la asfixia, y encendí el contestador telefónico, lleno de mensajes aburridos de gente que me invitaba a salir de casa para encerrarme en lugares pequeños sin ventanas donde sólo se respira humo ajeno. No me metí en la cama para no sofocarme y encendí la tele. Vi un reality show donde diez personas encerradas en la misma casa intentan convencerse de que ese encierro vale la pena. Apagué la tele y abrí una revista que comentaba el éxito de un libro que habla de los laberintos mentales que nos hacen quedarnos sin queso en una cueva de ratón. Abrí el periódico y leí una nota acerca de una película donde unos presos huyen de la cárcel para encontrase con que la libertad es una prisión más dura que la celda, porque cada uno lleva la prisión en su cabeza. Sentí un vaído.
Estuve a punto de llamar a mi terapeuta y pedirle un turno nocturno de emergencia para hablar de mi sensación de encierro. Pero recordé que tendría que esperarlo atrapada en una consulta de escasos dos metros cuadrados. Allí los pacientes merecen su nombre porque no se puede hacer otra cosa que hojear revistas viejas que hablan de artistas internadas en un hospital, atrapadas en un set de filmación , viajando en estrechísimos aviones o entrevistadas en mínimos estudios fotográficos, prisioneras de ropa ceñida y zapatos con dolorosos tacos aguja.
Al vaído se le sumó un ahogo tan grande que corrí a tomar agua. Pero el grifo
me lanzó a la cara un chirrido burlón y solo cayó una gota de líquido de color óxido. Vi todo negro y sentí que me desvanecía.
Mi vida entera pasó delante mis ojos como una película de bajo presupuesto, filmada en un videocassette digital demasiado pequeño. Luego vi un túnel largo, sofocante y estrecho. Sentí que me ahogaba, pero por suerte había una luz en el fondo. Cuando me acerqué a la luz, esta se apagó de golpe. A duras penas pude leer un cartel que decía “Por desperfectos técnicos, no habrá luz en el fondo del túnel hasta la próxima experiencia cercana a la muerte”.
Cuando volví a tomar conciencia, lo supe finalmente: no hay salida.
No podemos escapar de los microcines, los metros, los ascensores, las consultas...¡ni de este pequeño planeta! No se puede huir: adonde vayamos nos llevamos a nosotros mismos. No podemos escapar de la realidad con gin tonics, sin que la realidad nos atormente con espantosos dolores de cabeza a la mañana siguiente.
Así que más vale que nos vayamos haciendo la idea de que no nos queda más remedio que navegar sin rumbo atrapados en una Vía Láctea que se hunde entre soles mediocres encerrados en un sucio cúmulo de galaxias polvorientas, a bordo de un planeta tan deprimente que se llama "Tierra", que nos tienen atrapados, adheridos por los pies. El periódico de hoy lo confirma: esta noche veremos centellas en el cielo, restos de mugre que nos dejó el cometa Halley en su sucio andar vagabundo por el vecindario estelar.
Desde que sé esto, mi vida cambió por completo: me levanto todas las noches con una intolerable sensación de asfixia, con una angustia atroz, bañada en sudor, aterrada y con una claustrofobia agobiante.
Pero como ya me acostumbré, me importa menos.
Mis lemas son: “Auxilio” y “¡Socorro!”.
Ya avisé a mi familia que cuando muera no quiero que me entierren ni me cremen, sino que arrojen mi cuerpo al viento.
Y así vivo: claustrofóbica, pero asumida.
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Sofía recordaba perfectamente el momento en que tuvo la brillante idea.
Fue una noche de sábado, de esas en que una mira el reloj en la pared, que corre implacable mostrándole que al cumpleaños de Adriana , ella ya no llegaría. Se trataba de una reunión temprana en un bar. Un café entre mujeres, contarse intimidades a toda velocidad, y salir corriendo cada una hacia el programa de sábado a la noche que prometa más sexo o menos depresión. Pero no sintió ganas de ir. De todos modos, la semana entrante todas se encontrarían nuevamente para contarse, entre divertidas y frustradas, que no había nada para contar acerca de la noche del sábado anterior. Era tarde para eso, pero aún era temprano para ir a la fiesta de su amigo Joaquín. Ya conocía demasiado esas reuniones, todas iguales. Demasiada cerveza y música a todo volumen en la linda terraza de su flamante piso, lleno de amigos de la moderna novia de Joaquín, todos esforzándose en parecer lo más raro posibles, comiendo pizza fría y comentando – una vez más- la maravillosa ambientación de la casa de Joaquín con muebles de aluminio y máscaras africanas. Joaquín era encantador, pero los amigos de su novia eran casi autistas. Sofía terminaba en la cocina haciendo café para todos, de puro aburrida. Mejor no.
Ya era tarde también para ir al vernissage de la muestra de Marisa. Marisa, su amiga fotógrafa y pintora, conocía gente interesante. Pero donde había vino, Marisa tomaba de más y se ponía pesada. No, mejor no iría. Si iba, no la dejaría irse cuando Sofía quería. Encima, Marisa se enamoraría perdidamente de quien le sirviera más vino, generalmente otro borracho como ella, que creía estar enamorándose de Marisa porque como veía doble, le veía cuatro tetas en vez de dos. Lo que Sofía más odiaba de esas historias era que el domingo posterior a sus inauguraciones Marisa la llamaba llorando porque el borracho le había vomitado el cubrecamas fucsia de seda de la India, indetico al de Sofía, porque los habían comprado juntas. Y ella lloraba porque el tipo se lo habia vomitado y encima se había ido sin haberle hecho el amor. Y lloraba más aún porque no tenía el teléfono del tipo para poder mandarlo al diablo.
Lo único que podía hacer a esta hora era ir a ver la obra de teatro de ese actor que la había invitado rogándole que ella le hiciera una reseña en la revista donde trabajaba. Pero ella sabía que el interés de ese actor excedía el pedido puntual de que ella le elogiara la obra. La había llamado tres veces en la semana. Ir a ver la obra sería demostrar que estaba tan interesada en él como él en ella. ¿Para qué alimentarle falsas expectativas? Después le costaría horrores sacárselo de encima a ese pedante, inventarle pretextos para no volverlo a ver. ¿Sería posible ir a ver la obra de incógnito? ¿Disfrazada, con un sombrero raro y anteojos oscuros, como los de las fiestas de Joaquín? No… llamaría la atención enseguida y él la distinguiría entre el publico al instante y no la dejaría en paz durante semanas.
Las agujas del reloj corrían y ella aún no se había secado el pelo después de la ducha.
Miró sus pantalones de raso azul sobre la cama. Y la remera escotada de seda, junto a las medias largas negras y las botas de tacón alto y hebilla plateada.
“Si me los pongo, salgo. Si no, no”decidió, como quien tira una moneda a cara o seca.
Ya estaba cansada de tanto pensar. Mentalmente, le salió cara. Guardó esa ropa otra vez en su lugar en el placard, y se puso su uniforme de entrecasa preferido. Un pantalón viejo de algodón gris y un suéter raído antediluviano. Abrió una botella de vino tinto. Puso “Hopes and Fears” del grupo inglés Keane, un compacto donde con voz dulce y sufrida se llama al amor sobre una orquesta de pianos y guitarras.
Sólo le faltaba una cosa: un cigarrillo.
Sintió desesperación por fumar un cigarrillo. Pero ya era la una de la mañana y le dio miedo de salir a la calle vacía y oscura a buscar dónde comprar cigarrillos. Una mujer sola, recién bañada, con el pelo mojado y sin corpiño, buscando cigarrillos, era la patética imagen del tabaquismo feroz. Y ella podía vivir sin fumar. O tal vez no. Ella era de esa clase de fumadoras sociales que encienden un cigarrillo en ocasiones de relax y charla. Jamás fumaba sola. Pero este encuentro íntimo consigo misma era casi un acontecimiento social. Y ella sin tabaco.
Revolvió todos los cajones buscando un cigarrillo como un ladrón buscando joyas. Finalmente recordó que conservaba un cigarro cubano que le había robado a Alberto la noche de la pelea, cuando él se fue dando un portazo. Lo había guardado para recordar el olor a él. Sólo oler ese habano la hacía desearlo intensamente, pese a que hacía años que no sabía nada de él. “¿Los habanos se vencen?”, pensó. Ella recordaba que el buen tabaco se conserva en humidificadores, para que no se sequen. Pero entre el fenómeno del Niño, la humedad de la ciudad, la humedad de su casa y las lágrimas derramadas por la partida de Alberto, el añejo cigarro estaría como nuevo.
Lo encendió como recordaba que Alberto lo encendía, aspirando con fuerza, de a poco. No era ni la mitad de malo que había supuesto. Compensaba con creces la falta de cigarrillo rubio con filtro.
“Debería empezar a fumar habanos para tener estilo en las fiestas de Joaquín”, pensó “ Lástima que son tan caros” . Aunque a ella no le importaba dar una imagen exótica para esos nerds, sabía que fumando un habano de estos causaría impresión.
Se extendió en su futón cubierto con el acolchado fucsia de la India, y acarició la suavidad de la seda con sus pies descalzos. “Por lo menos a éste no me lo vomita nadie”, pensó. “Pensar que en este mismo momento hay miles de mujeres solas desesperadas porque no tienen adónde ir, o con quien salir, Y yo me siento en la gloria aquí, con mi vino, mi habano y buena música.”, pensó ella. Había llegado a esa etapa de la vida en la que una puede ser feliz estando sola, en la que no le acompleja no tener compañía, en la que no necesitas a nadie para no desesperar. Al sonar de “Bedshaped” – forma de cama - , las volutas del humo se enroscaban sobre sí mismas sensualmente con formas casi humanas. Qué música tan adecuada para hacer el amor, para enroscarse sobre un hombre. No, no sobre cualquier hombre. Sobre Alberto.
Sofía no entendía ni la mitad de la letra. Le parecía críptica hasta para un inglés. Lo que sí entendía era “ the sun in your eyes”. El sol en tus ojos. Qué bueno es tener a quién decirle eso de “el sol en tus ojos”. Bendito quien tiene a quién decírselo. Ella había tenido. El aroma del tabaco cubano le traía todo el pasado de golpe, como la descarga de un camión repleto de escombros, sobre su cabeza. Todos los momentos con Alberto se le caían encima, un cascotazo aquí, un ladrillazo allá, y ella trataba de adivinar- como cuando al ver los escombros de una casa demolida una adivina si eso sería parte de la cocina o del baño-, si esa sensación era parte de la atracción irresistible del primer momento. O de las risas del primer mes. O de cuando bailaban desnudos, fundiéndose uno en el otro como el humo del habano. Las maratones de amor, las travesuras, los proyectos, los súbitos cambios de plan. El sol en los ojos de Alberto. Eran de color sol, casi amarillos. La envolvían, como queriendo adivinar sus pensamientos. Los ojos de Alberto la hacían sentir hermosa, le hacían creer que era el centro del mundo. Le daban calor. Como el habano. No quería acabar el habano. Cuando se terminara, se iría el aroma a Alberto.
Qué pérdida de tiempo es vivir la vida lejos de un amor así.
Ella tenía que hacer algo. Con urgencia.
Y fue entonces, a las dos en punto de la mañana, cuando encendió la computadora y se puso a escribir algo distinto a todos lo que había escrito antes.
Ya hacía quince años que era periodista free lance de varios medios. Hacía notas de arquitectura, de cine, de modas, de cocina, de teatro. Todas eran reflejos de la realidad externa, nada comprometidas, objetivas, plasmando la realidad tal como es. Alberto le había dicho una vez que le parecían notas técnicamente perfectas, pero frías, Por eso él no las leía. Solo miraba la foto de la ilustración y pasaba las hojas. Ella lo entendía: leer no era lo suyo. El era comerciante, poco sabía de periodismo.
Pero tal vez si ella lograba escribir otra cosa, él se interesaría, se sorprendería y volvería a llamarla. Pero tenía que escribir algo impactante, algo que le llegara y lo trajera hacia ella.
“Tengo que escribir nuestra historia de amor”, se dijo. Un poco mareada por el vino, comenzó a teclear, como poseída. Supo que es bueno escribir con vino en las venas. Uno no se censura, y larga todo afuera, tan visceralmente como sale la honestidad femenina en plena menstruación, que es el momento de la verdad. El vino, rojo sangre, la ponía en contacto con lo carnal. Lo que en verdad ella quería era hacer el amor con Alberto. Pero al no tenerlo, comenzó a escribir: “Una jamás imagina que en el momento más rutinario de su vida pueda cruzarse con la mayor pasión de su vida. Pero, justamente, como no lo imagina, es que está desprevenida. Y la pasión se adueña de su alma para siempre”. Le pareció muy cursi. Pero bueno, la vida es cursi. Y siguió, y siguió y siguió escribiendo hasta que los pájaros cantaron escandalosamente en la calle y el sol entró por las rendijas de la persiana, y se le empezaron a mezclar las letras en la pantalla. Se acostó vestida en el futón, hecha un ovillo.
A mediodía despertó y siguió todo el domingo, el lunes y el martes. Hasta el sábado siguiente, lo contó todo. Los arrebatos de celos, los tira y afloja, la sensación de que ninguno de los dos podría seguir trabajando nunca más, porque no podían hacer otra cosa que estar pegados cuerpo a cuerpo, porque no podían pensar más que en el otro. El miedo terrible a dejar de desearse con la misma intensidad, de amarse con tanta desesperación. Los poemas que se escribieron, el llanto a dúo, la sensación de que un amor así no es real, nadie lo tiene, de que no se lo merecían, de que no podía durar. Y finalmente la conclusión de que por tanto miedo a que esa pasión se acabe, que se convierta en un cariño tibio o en un acostumbramiento, uno hace lo posible por acabarla. Cayeron víctimas de su propio miedo, que se convirtió en una profecía autocumplida, y terminó con el portazo final. Con el cual ella estaba segura de que si alguna vez volvía a ver a Alberto, él le diría, casi satisfecho
“ ¿Viste? ¡Ya te dije que un amor así no podría durar!”.
Ella había intentado recrear la intensidad de ese amor en otros hombres. Buscaba en otros pobres diablos la risa, los pómulos, las manos y los ojos amarillos de Alberto. Pero después de Alberto, todos parecían desabridos, chatos, secos.
Decidió buscar al original. Fue en vano: él se había mudado, ella no sabía adónde.
Los amigos le habían perdido el rastro y el dijeron que creían que, harto de la ciudad, él se había ido a vivir al interior. Los buscó en guías telefónicas y en Internet, para nada.
El muy tonto tal vez ni tenía correo electrónico.
Una Navidad, al volver de una reunión familiar, ella escuchó un mensaje de Alberto en el contestador.
Se le aflojaron las rodillas al oír esa voz diciendo: “Estoy pensando en vos , y espero que estés bien”. No dejaba ningún teléfono. De eso ya hacía un año y medio.
Ella se resignó. A Alberto aún lo tenía en sueños de los que no quería despertar.
A veces pasaba semanas sin recordarlo. Pero cuando lo recordaba otra vez, era con la contundencia de demasiadas sensaciones que se le venían encima como escapando de un cofre mal cerrado.
Tal vez escribiendo toda su historia de amor podría exorcizar ese romance truncado, para quitárselo de encima como una vieja piel de lagarto y empezar de cero, como si nunca lo hubiera conocido.
Tal vez esa novela fuera su botella de náufraga al mar, y él la recogiera.
En una semana le hizo los retoques finales. Llevó la novela a tres editores, y la envió a un premio de novela importante. Los tres editores se mostraron interesados. Pero ganó el premio, buen dinero, mucha prensa y otra vez la sensación de que aquí había un error, esto es demasiado bueno para ser cierto, miedo a que todo acabe de golpe y le digan “ Todo fue una broma…¡ te estamos filmando!”.
“ Es una obra desgarrada, honesta, intensa y llena de pasión. Seguramente, será un éxito.” le había dicho su editor, que de esto sabía bastante. La única condición que puso ella fue que pusieran su correo electrónico en el libro. Y así se hizo.
Les llevó un mes y medio decidir el diseño de cubierta. El editor quería poner la fotografía de un rostro fuera de foco, pero ella quería un fondo negro con un corazón partido al medio, que tenga un relieve tridimensional, llamativo, que casi doliera al verlo.
Quiso titularlo “Lenguas de fuego”, por el poema de Gustavo Adolfo Bécquer: “Dos rojas lenguas de fuego/que a un mismo tronco enlazadas/se aproximan, y al besarse/forman una sola llama…. eso son nuestras dos almas.” Pero ya había otro libro con ese titulo. Entonces eligió llamarlo “Si tú me dices ven” , por la poesía de Amado Nervo : “ Si tú me dices ven ,lo dejo todo.../No volveré siquiera la mirada /para mirar a la mujer amada... /Pero dímelo fuerte, de tal modo/que tu voz como toque de llamada,/vibre hasta el más íntimo recodo del ser,/levante el alma de su lodo/y hiera el corazón como una espada.” Y ella sabía que esa novela, si llegaba a Alberto, podría herirle el corazón como una espada para que él se decidiera a volver.
El libro fue un éxito rotundo. La primera edición se vendió en semanas, y en poco tiempo salió una segunda edición. A Sofía le hicieron infinidad de reportajes, en los que no dejó de mencionar que era un texto autobiográfico hecho con la esperanza de recuperar ese viejo amor.
Cada vez que salía de gira promocional, que venía de firmar cientos de ejemplares en otros países, que salía en la tapa de una revista como “La novelista del año” o que era invitada al milésimo programa de televisión para hablar de “El erotismo femenino, hoy”, regresaba a casa ansiosa para ver si había recibido el tan ansiado llamado o correo electrónico de Alberto, acusando recibo del mensaje.
Pero nada.
Dos año y medio después del lanzamiento de la quinta edición del libro, Alberto le escribió un correo electrónico. Le contaba que se había casado, tenía una hija y estaba viviendo en Córdoba. Y le preguntaba si seguía viviendo en el mismo teléfono, porque tenía ganas de llamarla y hablar con ella. Ella se quedó horas mirando cada línea. Tratando de interpretar por qué había él elegido esa palabra y no otra, desguasando el correo frase a frase hasta que perdía todo sentido y las palabras parecían letras hiladas sin ton ni son. No quiso anotar la dirección del correo, para obligarse a abrirlo nuevamente y releerlo cuando quisiera responderle. No dejaba de leerlo, como intentando descifrar una piedra de Rosetta sin tener ninguna pista. Luego de mil relecturas, lo abandonó, frustrada por no llegar a descubrir ninguna otra cosa.
Regresó al mensaje cuatro días después. Releyéndolo nuevamente, concluyó que lo que había interpretado antes se había esfumado. No había mucho que interpretar. Eran falsas percepciones suyas. Esta vez le pareció que en vez de ser un mensaje críptico era un correo formal y frío, de salutación, sin otra intención encubierta. Con cautela, ella simplemente le respondió “El teléfono es el mismo. Espero tu llamado.” Y , por las dudas , apuntó el teléfono nuevamente.
“Tal vez se contactó porque leyó el libro, le removió las tripas y comprendió que lo de “Si tú me dices ven”,va para él .” , pensó, esperanzada.
Tres semanas después, un sábado a las once y cuarto de la mañana, Alberto la llamó. Su voz, extrañamente, era la misma de antes, pero diferente. La modulaba de otra manera, como cansado, y con el acento de su provincia.
Se intercambiaron frases de cortesía, y él le contó su vida. Toda su vida. Desde la casa que se había construido con gran esfuerzo en la sierra, de los estudios de su hija, los cursos de tejido en telar que hacía su indiferente esposa, de su úlcera y cómo la estaba curando con hierbas, de su vida tranquila, su tenis y sus amigos. Le habló de la situación política en su provincia, sobre los impuestos que hay que pagar, sobre cómo lo estafó un socio, sobre lo bien que cocina y que él mismo hace las compras en el súper. Y mientras el hablaba a borbotones sobre sus tres perros. ella sentía que estaba hablando con otra persona, que el Alberto de sus sueños se perdía en el aire como el humo del cigarro. Lejos de ella, se había convertido en otra cosa . Pensó como se las arreglaría encontrándose con este nuevo Alberto. ¿ Quedaría algo de lo que había sentido por el? ¿ O los hombres se estropean lejos de nuestra influencia?
Ella quiso aferrarse a un trocito de esperanza, y esperaba a que él dejara lo mejor para el final. Pero el seguía hablando de sí mismo y no parecía querer saber nada sobre ella. Y, así de golpe, le preguntó:
- Y hablando de supermercados...Vos escribiste un libro, ¿no? Hace un tiempo fui al supermercado, porque mi esposa me manda a mi porque sé elegir la mejor carne y los mejores vinos… y bueno, estaba en la cola más larga. Y como estaba ahí aburrido, y la cola no avanzaba, me puse a ver un exhibidor con best sellers , y vi tu nombre en la tapa de uno de ellos, no recuerdo su nombre exacto, algo como “Si me dices Rubén”, algo así, con una mancha roja en la tapa. Ni lo abrí, porque estaba apurado y no tenía mucha plata . Pero vi tu correo electrónico en la contratapa y lo anoté. ¿Te va bien con tu nuevo pasatiempo?
Ella cerró la charla con pocas palabras, le deseó suerte y se despidió. Como quien arroja una moneda al aire y cae en seca.
En cuanto dejó el teléfono, caminó a su estudio, encendió la compu buscó el correo electrónico de Alberto en “Bandeja de Entrada”. Marcó el mensaje, llevó el cursor hasta la función “Borrar”, y clickeó con el índice sobre el mouse.
El mensaje desapareció de la pantalla.
Luego abrió la carpeta de “Mensajes eliminados”. Ubicó otra vez el mensaje de Alberto, nuevamente lo marcó con el cursor y - sin mirarlo ni para despedirse, para no tentarse a memorizarlo- clickeó nuevamente en “Borrar”. Se abrió un cuadro de diálogo preguntándole “¿Realmente desea eliminar definitivamente este mensaje?”
Ella clickeó sobre la palabra “Sí” .
Alberto- o Rubén, o quien fuera - desapareció para siempre.
Y con él, todas sus esperanzas. Y todos sus miedos.
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Mejor no pensar
Todo comenzó de repente.
Empecé a pensar un domingo a la tarde en el que estaba un poco triste, planchando toneladas de ropa.
Volví a pensar cuando me encontré mi primera cana entre los cabellos de la frente.
Luego me encontré pensando luego de una fuerte discusión con mi marido. No pensé demasiado, lo juro. Todo fue imaginar que habrá sido de mi vida si hubiera continuado con mis estudios en vez de empezar a trabajar en la oficina adonde voy cada día. Y a decir, verdad , también pensé qué hubiera sido de mi en vez de casarme con mi marido , un hombre bueno pero muy simple , esperaba un poco más y conocía alguien más intelectual, más estimulante y divertido.
Es que yo me aburría con mi marido y el aburrimiento te lleva a los peores vicios.
Como percibí que pensar tanto ya me estaba haciendo daño, dejé de hacerlo comprando la revista “Hola!”. No hubo caso: no podía dejar de pensar qué pasaba con esta revista. que ya no toma fotos de la Duquesa de Alba , ni de Isabel Pantoja, ni de Gunilla von Bismarck. Debo confesar que hacía mucho que no la compraba. Mea culpa, sé que es un tremendo error, que te aleja de los grandes valores. Creí que la lectura de la revista me alejaría para siempre de otro molesto pensamiento. Pero luego volví a pensar en una fiesta donde no encontré ningún conocido. Lo hice de manera inocente, solo un poco, como para entretenerme. Por supuesto que yo sabía que pensar es peligroso, pero tampoco me consideraba una pensadora viciosa, de tiempo completo, ni me proponía ser una intelectual perdida. Nunca llegaría a tanto, no estaba en mis genes. De hecho, no es una actividad que tenga incorporada en mi vida. En mi familia nunca se pensó, nadie hablaba de pensar, era algo completamente ajeno a nuestras costumbres. Solamente una vez recuerdo que mi hermano mayor tuvo una actitud extraña por unos días en que pensó en entrar a la Universidad.
Yo era muy pequeña, entonces, y me impresioné mucho al escuchar a mi padre diciéndole a mi hermano, de madrugada en la cocina: “Tú no estarás pensando, ¿verdad?” . Y mi hermano se ofendió muchísimo y le dijo que por quién lo había tomado, y que sus amigos no eran pensadores, y que nunca se le ocurrir´ñia perder el tiempo en semejante tontería .
Yo me engañaba a mí misma diciendo que no tenía genes de pensador, y que ninguno de mis amigos pensaba, nunca había visto a mis padres pensar, así que no corría riesgos de ser una pensante de tiempo completo. Sólo pensaría durante breves lapsos, como para relajarme un poco, y nada más.
Pero en el fondo, sabía que me estaba engañando, porque pensar se convirtió cada día en algo más importante para mi. Al tiempo me descubrí pensando casi todos los días. Primero me escondía en el baño para pensar, pero al final pensaba prácticamente en público, sin importarme que me pescaran haciéndolo.
Comencé a pensar en el trabajo, aún sabiendo que está absolutamente prohibido pensar donde te pagan por no hacerlo. Me di cuenta que el vicio se me estaba escapando de las manos cuando comencé a pensar estando en el cine...¡hasta opinando mentalmente y sacando conclusiones acerca de lo que sucedía en la película!
Empecé a aislarme de mis amigos para leer.
En casa las cosas empeoraban. Yo llegaba, y apagaba el televisor, intentando reflexionar con mi familia acerca de nuestras preocupaciones y deseos. Incluso intenté conversar sobre moral y ética de acuerdo a lo último que había leído de Séneca. Pero cuando mencioné a Sartre, fue el acabóse: mi marido se horrorizó, discutimos toda la noche, y cuanto más discutíamos, el más se espantaba. Pobre hombre, yo le replicaba con pensamientos lógicos y profundos. ¡Hasta para discutir estaba pensando! Considerando que yo ya era un caso perdido, me dejó y se instaló en la casa de un amigo suyo que nunca piensa y sólo bebe cervezas.
Un día me echaron de la peluquería porque me atreví a sacar mis propias conclusiones sobre las noticias del periódico.
Una amiga dejó de llamarme porque le aconsejé qué hacer ante su divorcio. “¡Me he divorciado por pensar demasiado, y tu me incitas a seguir pensando! ¡No tienes moral!“
Para paliar tanta soledad comencé a reunirme con amigas, que al poco tiempo acabaron haciendome a un lado. No me avisaban de cuando y donde se reunían, y no me envioaban mensajes ni repopsndias mis emails . me di cuenta de que algo pasaba cuando en un encuentro una comentó lo bien que lo habina pasadao en el cumpleaños de la otra, y vi a las demás haciéndole señas de que callara. Claro, no me hbaiona invitado. No me animé a preguntar por qué, pero al llegar a casa llamé a la que más confianza me inspiraba y le pregunté por qué me rechazaban tanto . “ Es que todas opinan que deberías ver un analista . Tu actitud es absolutamente insoportable. Todo lo evalúas, lo comentas, propones cosas, sacas temas nuevos …¡ tu soberbia es increíble, no dejas de pensar! ¿ Por qué no nos dejas en paz?”
No pude ir a un analista: significaba seguir pensando cual me convendría . Por ello, resolví hacer algo útil para no sentirme tan sola e incorporarme a la sociedad de manera útil . Empecé a hacer lo que nunca hice : fui a las reuniones de padres de la cooperadora de la escuela -. Todos los martes a las 20 hs , en el salon escolar, los padres nos reuniríamos para hablar de la escuela, los alumnos, y como ayudar a que todo siga adelante. Hablaron de que en la escuela ya no hay fondos, se están quedando sin dinero. SE me ocurrió levantar la mano y proponer siete maneras distintas de recaudar fondos, desde sorteos, baile, kermesse y feria del plato. Me miraron horrorizados, como si hubiera bajado un ovni en el medio de las sillas, y cambiaron de tema. Creí que no habían comprendido la propuesta y expliqué como se organiza exactamente algo así. Fue peor, me dieron la espalda y hablaron largamente de una canilla que gotea en el patio. En la orden del día restaba hablar de formar una comisión de cultura y otra para enseñar primeros auxilios, pues la escuela no tiene siquiera botiquín. Pero nadie quiso hablar del tema, porque de a una, cada una de las veinte personas levanto la mano para sugerir como hacer que la canilla no gotee. Percibí que por aguantar en silencio y no volver a alzar la mano, me estaban empezando a mirar con un poco más de simpatía que al principio. Fui tres veces más, y note que más me querían cuanto menos participaba y más callaba. Alguien pidió ayuda para hacer la revista de la ecsuela. Todos me miraron alarmados. Cuando dije “ yo no puedo” suspiraron aliviados , y dijeron “ lamentablemente, no hay gente interesada en hacerla, asi que deberemos cerrarla definitivamente”. Todos sacudieron las cabezas grabes y dijeron “ y ahora sigamos hablando de la camilla que gotea , porque puede hundir el piso del edificio”.
´Resolví no asistir mas , dado que mi función ahí era probar que nadie quiere hacer nada Pero me empecé a deprimir tanto que llamé a mi marido, rogándole que volviera a casa.
Le expliqué que añoraba sus comentarios banales sobre el estado del tiempo y del tránsito, y las ventajas de la salchicha sobre el salame.
El comenzó a conmoverse hasta que cometí el error de darle demasiados sesudos motivos de por qué debía volver, que se aterró:
- ¿Lo ves? ¡Sigues pensando! ¡No quiero saber nada contigo mientras pienses!
Y me cortó.
Al día siguiente me llamó mi jefe a su despacho para decirme que si seguía así tendría que echarme del trabajo, y que necesitaba buscar ayuda urgente. Tratando de encontrar una solución que lo tranquilizara le dije:
- He estado pensando …
- ¡Esto es el colmo! ¡Piensa hasta en mi propio despacho! ¿No le da vergüenza? ¡ Salga ya mismo de aquí!
Entré en una crisis depresiva, pensando en la absurda paradoja de lamentar que me echaran de un trabajo inmundo. Para aliviar el dolor, mi voluntad cedió y fui directo a la biblioteca más grande del vecindario.
En la puerta había un puesto de promoción de una empresa de televisión por cable.
Un muchacho rubio de sonrisa angelical e impecable traje gris me detuvo a la entrada y me dijo:
- ¿ Sabes que pensar te está arruinando la vida?”
Tuve que reconocerle que si . Pero quise entrar a la Biblioteca igual.
Me detuvo en seco y me dijo:
- No lo hagas. No entres. Aún estás a tiempo de reinsertarte en la sociedad...
- Imposible- le dije – Yo pienso todos los días.
- No es imposible. Somos expertos en casos como el tuyo. La fundación Frivolidades está para salvarte. Nuestro servicio de urgencia te conecta a televisión por cable de manera gratuita las 24 horas. Contamos con más de 200 canales de deporte, music hall, modas, entretenimientos y sorteos, programas femeninos, películas americanas y infomartivos light . ¡Es el primer servicio de cable cien por ciento no educativo del mercado! Está lleno de entretenidos avisos de venta directa y de “llame ya”. Te garantizamos que te hará dejar de pensar en sólo una semana.
Recordé a mi madre, mis hijos, mi marido, mis amigas. Una lágrima rodó por mi mejilla. El joven me abrazó, me pidió la tarjeta de crédito y me inscribió en el sistema de recuperación de pensadores de Frivolidades.
Es asombroso como ese sistema de televisión por cable barre con cualquier pensamiento en segundos. Puedo estar en pleno proceso de pensamientos, pero enciendo el canal Frivolidades y lo olvido por completo.
Desde entonces mi vida ha vuelto a la normalidad.
Mi marido regresó a casa. Aún desconfía, pero yo le hablo de moda, y de lo que hizo el perro, y veo en su rostro un alivio inmediato. Mis hijos están relajados porque ya no me importa de lo que hablemos, solo les cuento chismerías de los famosos que escucho en TV Frivolidades. En casa ya no se piensa ni se conversa: miramos la tele.
No me pongo a pensar en lo que hubiera podido ser y no fue, ni en cómo cambiar las cosas. Eso es totalmente enfermizo: el único tiempo que tenemos es el ahora, y no hay manera de cambiar el destino.
Desde que no pienso, en el trabajo me ven más conforme y conectada con la realidad. Ya no quiero hacer cambios profundos ni le reclamo a mis compañeros que hagan sus tareas de modo más eficaz. Mi jefe no teme que le venga con planillas explicando que si la empresa a gana menos es porque no estamos haciendo las cosas bien, que no se necesita más empleados sino que los que están trabajan correctamente. Y al adaptarme al medio sin pensar, me ascendieron a directora y me triplicaron el sueldo. Con ese dinero compré cinco televisores, los más grandes del mercado: uno en cada habitación, para evitar pensar durante todo el día. Ahora creo en todo lo que me dicen los noticieros y los periódicos. Ya no lo evalúo patológicamente.
En las reuniones de amigos, con mi marido hablamos de los nuevos comerciales que dan por la tele y de marcas de ropa y de autos.
Hago lo que el jefe me diga y, ante la duda, no hago nada. En el tiempo libre hago lo que todos hacen o lo que esté de moda en ese momento.
Sé que si me pusiera a pensar en hacer algo distinto, caería en ese vicio que arruinó gran parte de mi vida. Pero no volverá a sucederme. No permitiré que nunca más el vicio de pensar me arruine la existencia.
Desde que no pienso, soy feliz.
Empecé a pensar un domingo a la tarde en el que estaba un poco triste, planchando toneladas de ropa.
Volví a pensar cuando me encontré mi primera cana entre los cabellos de la frente.
Luego me encontré pensando luego de una fuerte discusión con mi marido. No pensé demasiado, lo juro. Todo fue imaginar que habrá sido de mi vida si hubiera continuado con mis estudios en vez de empezar a trabajar en la oficina adonde voy cada día. Y a decir, verdad , también pensé qué hubiera sido de mi en vez de casarme con mi marido , un hombre bueno pero muy simple , esperaba un poco más y conocía alguien más intelectual, más estimulante y divertido.
Es que yo me aburría con mi marido y el aburrimiento te lleva a los peores vicios.
Como percibí que pensar tanto ya me estaba haciendo daño, dejé de hacerlo comprando la revista “Hola!”. No hubo caso: no podía dejar de pensar qué pasaba con esta revista. que ya no toma fotos de la Duquesa de Alba , ni de Isabel Pantoja, ni de Gunilla von Bismarck. Debo confesar que hacía mucho que no la compraba. Mea culpa, sé que es un tremendo error, que te aleja de los grandes valores. Creí que la lectura de la revista me alejaría para siempre de otro molesto pensamiento. Pero luego volví a pensar en una fiesta donde no encontré ningún conocido. Lo hice de manera inocente, solo un poco, como para entretenerme. Por supuesto que yo sabía que pensar es peligroso, pero tampoco me consideraba una pensadora viciosa, de tiempo completo, ni me proponía ser una intelectual perdida. Nunca llegaría a tanto, no estaba en mis genes. De hecho, no es una actividad que tenga incorporada en mi vida. En mi familia nunca se pensó, nadie hablaba de pensar, era algo completamente ajeno a nuestras costumbres. Solamente una vez recuerdo que mi hermano mayor tuvo una actitud extraña por unos días en que pensó en entrar a la Universidad.
Yo era muy pequeña, entonces, y me impresioné mucho al escuchar a mi padre diciéndole a mi hermano, de madrugada en la cocina: “Tú no estarás pensando, ¿verdad?” . Y mi hermano se ofendió muchísimo y le dijo que por quién lo había tomado, y que sus amigos no eran pensadores, y que nunca se le ocurrir´ñia perder el tiempo en semejante tontería .
Yo me engañaba a mí misma diciendo que no tenía genes de pensador, y que ninguno de mis amigos pensaba, nunca había visto a mis padres pensar, así que no corría riesgos de ser una pensante de tiempo completo. Sólo pensaría durante breves lapsos, como para relajarme un poco, y nada más.
Pero en el fondo, sabía que me estaba engañando, porque pensar se convirtió cada día en algo más importante para mi. Al tiempo me descubrí pensando casi todos los días. Primero me escondía en el baño para pensar, pero al final pensaba prácticamente en público, sin importarme que me pescaran haciéndolo.
Comencé a pensar en el trabajo, aún sabiendo que está absolutamente prohibido pensar donde te pagan por no hacerlo. Me di cuenta que el vicio se me estaba escapando de las manos cuando comencé a pensar estando en el cine...¡hasta opinando mentalmente y sacando conclusiones acerca de lo que sucedía en la película!
Empecé a aislarme de mis amigos para leer.
En casa las cosas empeoraban. Yo llegaba, y apagaba el televisor, intentando reflexionar con mi familia acerca de nuestras preocupaciones y deseos. Incluso intenté conversar sobre moral y ética de acuerdo a lo último que había leído de Séneca. Pero cuando mencioné a Sartre, fue el acabóse: mi marido se horrorizó, discutimos toda la noche, y cuanto más discutíamos, el más se espantaba. Pobre hombre, yo le replicaba con pensamientos lógicos y profundos. ¡Hasta para discutir estaba pensando! Considerando que yo ya era un caso perdido, me dejó y se instaló en la casa de un amigo suyo que nunca piensa y sólo bebe cervezas.
Un día me echaron de la peluquería porque me atreví a sacar mis propias conclusiones sobre las noticias del periódico.
Una amiga dejó de llamarme porque le aconsejé qué hacer ante su divorcio. “¡Me he divorciado por pensar demasiado, y tu me incitas a seguir pensando! ¡No tienes moral!“
Para paliar tanta soledad comencé a reunirme con amigas, que al poco tiempo acabaron haciendome a un lado. No me avisaban de cuando y donde se reunían, y no me envioaban mensajes ni repopsndias mis emails . me di cuenta de que algo pasaba cuando en un encuentro una comentó lo bien que lo habina pasadao en el cumpleaños de la otra, y vi a las demás haciéndole señas de que callara. Claro, no me hbaiona invitado. No me animé a preguntar por qué, pero al llegar a casa llamé a la que más confianza me inspiraba y le pregunté por qué me rechazaban tanto . “ Es que todas opinan que deberías ver un analista . Tu actitud es absolutamente insoportable. Todo lo evalúas, lo comentas, propones cosas, sacas temas nuevos …¡ tu soberbia es increíble, no dejas de pensar! ¿ Por qué no nos dejas en paz?”
No pude ir a un analista: significaba seguir pensando cual me convendría . Por ello, resolví hacer algo útil para no sentirme tan sola e incorporarme a la sociedad de manera útil . Empecé a hacer lo que nunca hice : fui a las reuniones de padres de la cooperadora de la escuela -. Todos los martes a las 20 hs , en el salon escolar, los padres nos reuniríamos para hablar de la escuela, los alumnos, y como ayudar a que todo siga adelante. Hablaron de que en la escuela ya no hay fondos, se están quedando sin dinero. SE me ocurrió levantar la mano y proponer siete maneras distintas de recaudar fondos, desde sorteos, baile, kermesse y feria del plato. Me miraron horrorizados, como si hubiera bajado un ovni en el medio de las sillas, y cambiaron de tema. Creí que no habían comprendido la propuesta y expliqué como se organiza exactamente algo así. Fue peor, me dieron la espalda y hablaron largamente de una canilla que gotea en el patio. En la orden del día restaba hablar de formar una comisión de cultura y otra para enseñar primeros auxilios, pues la escuela no tiene siquiera botiquín. Pero nadie quiso hablar del tema, porque de a una, cada una de las veinte personas levanto la mano para sugerir como hacer que la canilla no gotee. Percibí que por aguantar en silencio y no volver a alzar la mano, me estaban empezando a mirar con un poco más de simpatía que al principio. Fui tres veces más, y note que más me querían cuanto menos participaba y más callaba. Alguien pidió ayuda para hacer la revista de la ecsuela. Todos me miraron alarmados. Cuando dije “ yo no puedo” suspiraron aliviados , y dijeron “ lamentablemente, no hay gente interesada en hacerla, asi que deberemos cerrarla definitivamente”. Todos sacudieron las cabezas grabes y dijeron “ y ahora sigamos hablando de la camilla que gotea , porque puede hundir el piso del edificio”.
´Resolví no asistir mas , dado que mi función ahí era probar que nadie quiere hacer nada Pero me empecé a deprimir tanto que llamé a mi marido, rogándole que volviera a casa.
Le expliqué que añoraba sus comentarios banales sobre el estado del tiempo y del tránsito, y las ventajas de la salchicha sobre el salame.
El comenzó a conmoverse hasta que cometí el error de darle demasiados sesudos motivos de por qué debía volver, que se aterró:
- ¿Lo ves? ¡Sigues pensando! ¡No quiero saber nada contigo mientras pienses!
Y me cortó.
Al día siguiente me llamó mi jefe a su despacho para decirme que si seguía así tendría que echarme del trabajo, y que necesitaba buscar ayuda urgente. Tratando de encontrar una solución que lo tranquilizara le dije:
- He estado pensando …
- ¡Esto es el colmo! ¡Piensa hasta en mi propio despacho! ¿No le da vergüenza? ¡ Salga ya mismo de aquí!
Entré en una crisis depresiva, pensando en la absurda paradoja de lamentar que me echaran de un trabajo inmundo. Para aliviar el dolor, mi voluntad cedió y fui directo a la biblioteca más grande del vecindario.
En la puerta había un puesto de promoción de una empresa de televisión por cable.
Un muchacho rubio de sonrisa angelical e impecable traje gris me detuvo a la entrada y me dijo:
- ¿ Sabes que pensar te está arruinando la vida?”
Tuve que reconocerle que si . Pero quise entrar a la Biblioteca igual.
Me detuvo en seco y me dijo:
- No lo hagas. No entres. Aún estás a tiempo de reinsertarte en la sociedad...
- Imposible- le dije – Yo pienso todos los días.
- No es imposible. Somos expertos en casos como el tuyo. La fundación Frivolidades está para salvarte. Nuestro servicio de urgencia te conecta a televisión por cable de manera gratuita las 24 horas. Contamos con más de 200 canales de deporte, music hall, modas, entretenimientos y sorteos, programas femeninos, películas americanas y infomartivos light . ¡Es el primer servicio de cable cien por ciento no educativo del mercado! Está lleno de entretenidos avisos de venta directa y de “llame ya”. Te garantizamos que te hará dejar de pensar en sólo una semana.
Recordé a mi madre, mis hijos, mi marido, mis amigas. Una lágrima rodó por mi mejilla. El joven me abrazó, me pidió la tarjeta de crédito y me inscribió en el sistema de recuperación de pensadores de Frivolidades.
Es asombroso como ese sistema de televisión por cable barre con cualquier pensamiento en segundos. Puedo estar en pleno proceso de pensamientos, pero enciendo el canal Frivolidades y lo olvido por completo.
Desde entonces mi vida ha vuelto a la normalidad.
Mi marido regresó a casa. Aún desconfía, pero yo le hablo de moda, y de lo que hizo el perro, y veo en su rostro un alivio inmediato. Mis hijos están relajados porque ya no me importa de lo que hablemos, solo les cuento chismerías de los famosos que escucho en TV Frivolidades. En casa ya no se piensa ni se conversa: miramos la tele.
No me pongo a pensar en lo que hubiera podido ser y no fue, ni en cómo cambiar las cosas. Eso es totalmente enfermizo: el único tiempo que tenemos es el ahora, y no hay manera de cambiar el destino.
Desde que no pienso, en el trabajo me ven más conforme y conectada con la realidad. Ya no quiero hacer cambios profundos ni le reclamo a mis compañeros que hagan sus tareas de modo más eficaz. Mi jefe no teme que le venga con planillas explicando que si la empresa a gana menos es porque no estamos haciendo las cosas bien, que no se necesita más empleados sino que los que están trabajan correctamente. Y al adaptarme al medio sin pensar, me ascendieron a directora y me triplicaron el sueldo. Con ese dinero compré cinco televisores, los más grandes del mercado: uno en cada habitación, para evitar pensar durante todo el día. Ahora creo en todo lo que me dicen los noticieros y los periódicos. Ya no lo evalúo patológicamente.
En las reuniones de amigos, con mi marido hablamos de los nuevos comerciales que dan por la tele y de marcas de ropa y de autos.
Hago lo que el jefe me diga y, ante la duda, no hago nada. En el tiempo libre hago lo que todos hacen o lo que esté de moda en ese momento.
Sé que si me pusiera a pensar en hacer algo distinto, caería en ese vicio que arruinó gran parte de mi vida. Pero no volverá a sucederme. No permitiré que nunca más el vicio de pensar me arruine la existencia.
Desde que no pienso, soy feliz.
Prohibido para menores de 18
Che, tapate esas tetas, nena, y encorvate un poco. Ahí dice que la entrada es gratis para menores de doce. Así que ahora tenés once y basta. Ay, callate, qué venís a protestar si la que paga la entrada soy yo...¿Qué no se lo van a creer? Bueno, tengo una hija que se desarrolló jovencita, ¿y qué? ¿Acaso no hay chicas de nueve años embarazadas? Por eso, tapate el pecho, ya mismo, antes de que te vean las tetas .
¿Cómo que no van a creer que tenés 11? ¿Qué son? ¿Adivinos? ¡Esta gente no ve una chica de 11 desde que estaban en sexto grado! Mirá, una vez te llevé a ver Disney on Ice que salía un huevo para todo el mundo menos para los menores de dos. Vos tenías tres, ya usabas bombacha, hablabas hasta por los codos... ¡parecías mas grande que ahora, que son tan quedada, mirá! Te puse un pañal., te enchufé un chupete y te alcé en brazos, y te dije “Vos te callás la boca hasta que yo te diga”. La mina de la ventanilla preguntó: ¿Cuantos años tiene?” “Dos” le dije yo....y miré para otro lado. Zafamos, pero al salir de la ventanilla, te sacaste el chupete y me dijiste “ Mami, ¿ me bajás , que tengo que ir al baño?” ...Asi que ya me hiciste pasar un papelón de esos, no me hagas pasar otro ,más .
Vos tenés once y no se habla más... ¡Tampoco te estoy haciendo pasar por una de dos! ¿Que no parecés de once? Vamos, tenés 13 y medio, y bien al pedo que los tenés, así que tanta diferencia no hay.
No, no podés elegir, sos muy chica para quedarte acá sola esperándonos a todos...Además, ¿que pensás hacer mientras estamos con tu hermano en el Zoológico? ¿Llamar a las chicas para ir de levante a Alto Palermo, como unas calentonas reventadas, buscando tipos?....¡Que degradante! Mirá, cada vez que nos veo a las dos en un espejo o en una foto, me digo: “Yo estoy cada día más vieja y fea , y esta chica esta cada día más linda “ ...¡Aprovechá que estás fuerte, no te rebajes estando tan disponible! Yo en el fondo tengo miedo de que un día te quedes con cualquier tarado que te guste un poco...¡ Dejá que sea el tipo el que te elija a vos! Y que sea un tipo con garra, un tipo poderoso, con plata, nada de uno de tus amiguitos trolos que te llaman para hablar boludeces ....No te crié todos estos años al pedo para que te vayas con el de la vuelta de la esquina , el que se pasa el día en el cyber ...No , nena , vos te mereces lo mejor. Tenés que conseguirte un polista, un político, un potentado. Asi que nada de ir de levante al shopping, donde solo hay chaboncitos rastafaris , esos heavys chetitos de la cumbia villera ...Dale, avanzá en la cola. Tapate las tetas , ¿querés? No te mandes la parte a la Moria Casán , que me hacés pasar vergüenza ....¿ Que querés , que te viole un gorila?
Ah , no , vos entrás ...Porque yo lo digo . ¿Qué vas a hacer, si no? ¿Sostenerle el pirulín al vendedor de pochoclo? No rompas las pelotas, nena. No, no te dejo, quedarte sola acá, seria peligroso . Se hace de noche enseguida, y vos con ese culo y esas tetas, que siempre andas mostrando, te va a violar hasta el caballo del mateo...No, no y no . Soy tu madre y te tengo que cuidar. Está lleno de degenerados por todas partes. Los hombres lo único que quieren es tocarle el culo a una nenita como vos, inocente e indefensa. Por eso siempre te digo: vos me caminas con la espalda contra la pared y los brazos cruzaditos. Tu cuerpo es tuyo y no se lo tenés que mostrar a nadie.
¿ Y a mi que me importa lo que hagan tus amigas? Sus madres estará locas como unas cabras para dejarlas solas por ahí, con los tiempos que corren...o se habrán educado en colegio religioso, de esos que preparan a las chicas para ser vedettes ...Se destapan de golpe y tenés una Silvia Suller, una Luciana Salazar ...¡ todas criadas por monjas! Tanto hablar del cuerpo de Cristo, se trastornan. Claro, vos sos muy chica para entender esto .Pero te juro que no lo digo yo: abrí el diario y vas a ver. Esta lleno de perversos por todos lados...¡ hasta en Tierra del Fuego violaron una nena! También con ese nombre deben estar todos re calientes...No, bebita....No hay alternativas. ¿Ir al cine? ¿A ver qué, una porno con tus amiguitas? ¿Porno no?¿ Que entonces que , Crimen Pasional? Ja, si no es esa... ¡Seguro que una prohibida para menores de 18! No, nada de eso. Sos una nena chiquita y porquerías no vas a ver...te pudren el cerebro a la edad en que seguís jugando con las Barbies...hay escenas de sexo anal, sexo oral, sexo entre drogados...¡ya no saben hacer una película sin mostrar una orgía de travestis! ...y ganan premios por todas partes...¡ la Concha de Plata!
No, vos sos una nena todavía, así que por mucho tiempo más vas a salir conmigo adonde yo te lleve...y con una sonrisa. ¡Pero si no sabés ni tomar un colectivo sin perderte, ni como comer sin iterarte la comida encima, ni hacer un tè sin que se evapore toda el agua! ¿Que te voy a dejar salir sola? ....¡No te hagas la grande que sos una bebé!.
Ajustate el pecho y atate los cordones de las zapatillas. Entrá el culo, querés.... ¿Cómo que no se puede entrar el culo, nena? ¡Por favor, quien entra la panza entra el culo!
¿ Quueeee? ¿Que te querés quedar acá? ¿Que no querés mentir haciéndote pasar por una de once? ¿Vos estás loca? ¿Como que no querés entrar al zoológico? Por favor, ¡no seas chiquilina!¿querés? ¡Ya estás grande para estos caprichitos, nena!¡ Que vergüenza, por Dios! ¡Canas verdes me haces sacar! ¡Grandulona! ¡ Trece años al pedo, qué paciencia que hay que tener!
¿Cómo que no van a creer que tenés 11? ¿Qué son? ¿Adivinos? ¡Esta gente no ve una chica de 11 desde que estaban en sexto grado! Mirá, una vez te llevé a ver Disney on Ice que salía un huevo para todo el mundo menos para los menores de dos. Vos tenías tres, ya usabas bombacha, hablabas hasta por los codos... ¡parecías mas grande que ahora, que son tan quedada, mirá! Te puse un pañal., te enchufé un chupete y te alcé en brazos, y te dije “Vos te callás la boca hasta que yo te diga”. La mina de la ventanilla preguntó: ¿Cuantos años tiene?” “Dos” le dije yo....y miré para otro lado. Zafamos, pero al salir de la ventanilla, te sacaste el chupete y me dijiste “ Mami, ¿ me bajás , que tengo que ir al baño?” ...Asi que ya me hiciste pasar un papelón de esos, no me hagas pasar otro ,más .
Vos tenés once y no se habla más... ¡Tampoco te estoy haciendo pasar por una de dos! ¿Que no parecés de once? Vamos, tenés 13 y medio, y bien al pedo que los tenés, así que tanta diferencia no hay.
No, no podés elegir, sos muy chica para quedarte acá sola esperándonos a todos...Además, ¿que pensás hacer mientras estamos con tu hermano en el Zoológico? ¿Llamar a las chicas para ir de levante a Alto Palermo, como unas calentonas reventadas, buscando tipos?....¡Que degradante! Mirá, cada vez que nos veo a las dos en un espejo o en una foto, me digo: “Yo estoy cada día más vieja y fea , y esta chica esta cada día más linda “ ...¡Aprovechá que estás fuerte, no te rebajes estando tan disponible! Yo en el fondo tengo miedo de que un día te quedes con cualquier tarado que te guste un poco...¡ Dejá que sea el tipo el que te elija a vos! Y que sea un tipo con garra, un tipo poderoso, con plata, nada de uno de tus amiguitos trolos que te llaman para hablar boludeces ....No te crié todos estos años al pedo para que te vayas con el de la vuelta de la esquina , el que se pasa el día en el cyber ...No , nena , vos te mereces lo mejor. Tenés que conseguirte un polista, un político, un potentado. Asi que nada de ir de levante al shopping, donde solo hay chaboncitos rastafaris , esos heavys chetitos de la cumbia villera ...Dale, avanzá en la cola. Tapate las tetas , ¿querés? No te mandes la parte a la Moria Casán , que me hacés pasar vergüenza ....¿ Que querés , que te viole un gorila?
Ah , no , vos entrás ...Porque yo lo digo . ¿Qué vas a hacer, si no? ¿Sostenerle el pirulín al vendedor de pochoclo? No rompas las pelotas, nena. No, no te dejo, quedarte sola acá, seria peligroso . Se hace de noche enseguida, y vos con ese culo y esas tetas, que siempre andas mostrando, te va a violar hasta el caballo del mateo...No, no y no . Soy tu madre y te tengo que cuidar. Está lleno de degenerados por todas partes. Los hombres lo único que quieren es tocarle el culo a una nenita como vos, inocente e indefensa. Por eso siempre te digo: vos me caminas con la espalda contra la pared y los brazos cruzaditos. Tu cuerpo es tuyo y no se lo tenés que mostrar a nadie.
¿ Y a mi que me importa lo que hagan tus amigas? Sus madres estará locas como unas cabras para dejarlas solas por ahí, con los tiempos que corren...o se habrán educado en colegio religioso, de esos que preparan a las chicas para ser vedettes ...Se destapan de golpe y tenés una Silvia Suller, una Luciana Salazar ...¡ todas criadas por monjas! Tanto hablar del cuerpo de Cristo, se trastornan. Claro, vos sos muy chica para entender esto .Pero te juro que no lo digo yo: abrí el diario y vas a ver. Esta lleno de perversos por todos lados...¡ hasta en Tierra del Fuego violaron una nena! También con ese nombre deben estar todos re calientes...No, bebita....No hay alternativas. ¿Ir al cine? ¿A ver qué, una porno con tus amiguitas? ¿Porno no?¿ Que entonces que , Crimen Pasional? Ja, si no es esa... ¡Seguro que una prohibida para menores de 18! No, nada de eso. Sos una nena chiquita y porquerías no vas a ver...te pudren el cerebro a la edad en que seguís jugando con las Barbies...hay escenas de sexo anal, sexo oral, sexo entre drogados...¡ya no saben hacer una película sin mostrar una orgía de travestis! ...y ganan premios por todas partes...¡ la Concha de Plata!
No, vos sos una nena todavía, así que por mucho tiempo más vas a salir conmigo adonde yo te lleve...y con una sonrisa. ¡Pero si no sabés ni tomar un colectivo sin perderte, ni como comer sin iterarte la comida encima, ni hacer un tè sin que se evapore toda el agua! ¿Que te voy a dejar salir sola? ....¡No te hagas la grande que sos una bebé!.
Ajustate el pecho y atate los cordones de las zapatillas. Entrá el culo, querés.... ¿Cómo que no se puede entrar el culo, nena? ¡Por favor, quien entra la panza entra el culo!
¿ Quueeee? ¿Que te querés quedar acá? ¿Que no querés mentir haciéndote pasar por una de once? ¿Vos estás loca? ¿Como que no querés entrar al zoológico? Por favor, ¡no seas chiquilina!¿querés? ¡Ya estás grande para estos caprichitos, nena!¡ Que vergüenza, por Dios! ¡Canas verdes me haces sacar! ¡Grandulona! ¡ Trece años al pedo, qué paciencia que hay que tener!
La suegra inmortal
Silvia se estaba secando las lágrimas con el pañuelo empapado de su marido, cuando escuchó un fuerte taconeo sobre el mosaico detrás de las espaldas de la gente. Por entre los huecos entre los sacos oscuros, vio entrar a Natalia. Otra vez esa cara tan vista en mil fotos viejas. Estaba flaca, bronceada y tenía el pelo largo, por debajo de la cintura. Llevaba un alegre vestido demasiado corto de gasa celeste con volados en el ruedo y zapatos de taco alto, también celestes, haciendo juego con la cartera. Un equipo más adecuado para casarse por civil que para asistir a un velorio. Pasó a su lado sin mirarla, y enfiló derecho al rincón donde estaba Walter charlando con Julieta, otra ex novia reaparecida demasiado temprano. A las tres de la tarde Julieta ya estaba allí, saludando muy efusivamente a su marido.
Silvia se mantuvo alerta para ver qué pasaba. Ya había estado demasiadas horas de pie con Walter en el hospital, en la casa de sepelios y en la cocina sirviendo café y vigilando la actitud de Julieta con su marido, como para seguir parada. No daba más, ni de cuerpo ni de alma. Así que resolvió desistir de estar recibiendo a todo el mundo parada al lado de Walter, y se sentó en un sillón de cuerina bordó, que la chupaba hacia adentro, y del que no sería fácil despegarse. Mejor. Total, a su marido le tenía sin cuidado que ya estuviera estuviera junto a él o no. Toda esa pantomima de acompañarlo era más para que se viera de afuera que buena esposa que era que porque fueran unidos.
Cuando Walter vio entrar a Natalia, sucedió lo que Silvia suponía: como si no hubieran pasado los años, la del vestido celeste y las piernas largas se le echó los brazos al cuello del marido de Silvia, quien, fiel a su estilo, no se resistió en lo más mínimo. Ambos se fundieron en un largo abrazo.
Julieta se quedó incómoda mirando fijo la lámpara de caireles del cielorraso.
Silvia se quedó observando la escena entre sus ojos nublados por las lágrimas, para ver cuanto duraría ese abrazo tan fuera de tiempo y lugar.
Esta noche sería dura y más le valía tomarse todo con filosofía.
Silvia ya había estado llorando de impotencia al ver que Julieta no dejaba de llevarse a Walter a un rincón para hablar en privado. Poco era lo que Silvia podía hacer para evitar semejante actitud en medio del velatorio de su suegra. Pero no había podido evitar que le saltaran lágrimas de bronca cuando vio que Julieta le acariciaba la mejilla y le acomodaba el pelo a Walter, con gestos más sensuales que consoladores. Pensar que él había jurado que con Julieta jamás había pasado nada de nada, que sólo era una amiga del pasado que llamaba seguido por temas laborales. Y ahora Silvia tenía que llorar en silencio. Nadie más percibía lo que estaba pasando. Y aunque lo vieran, ella no tenía compinches en esa familia. Sólo tuvo tiempo de tragar saliva y enjugarse más lágrimas saladas cuando vio que la recién llegada Natalia tomaba de la mano a Walter y con total descaro lo alejaba de Julieta y se lo llevaba a otro rincón de la sala, escondiéndose con él detrás de un enorme ramo de gladiolos repelentemente rojos que vaya a saber quién tuvo el mal gusto de comprar. Primero la Julieta invasora y ahora Natalia al ataque. ¿Cuando terminaría este desfile jurásico de dinosaurios extinguidos? Este sería el peor velorio de su vida. Un velorio no es algo grato, pero es el colmo cuando vienen unas brujas a arruinarlo.¿No hay respeto acá? ¿ Es lo que se estila ahora, y yo no me enteré? ¿Cómo se enteran las ex novias que la madre de tu marido murió?, pensaba Silvia, sin lograr entender nada.
Ella había visto alguna necrológica del padre de un ex novio, hacía un tiempo. Pero nunca se le hubiera ocurrido ir al velatorio del padre de alguien que no veía desde hacía años, y menos sabiendo que estaba casado. Esto sólo se entendía si el trato de Walter hacia ellas no haya cambiado nunca después del casamiento. ¿Ellas sabrían que él se había casado? Julieta claro que sí. Y Natalia seguramente que también. ¿Entonces por qué hacían esto, de llevárselo aparte, como si ella no existiera?
La tía Hilda se le sentó al lado diciéndole que menos mal que Teresa había sufrido poco, que fue todo tan rápido, y que es mejor dejar de llorar y pensar que Teresa ahora está mejor que ninguno de nosotros, allá en el cielo.
“Que cielo ni cielo, esta vieja debe estar en el mismo infierno”, pensó Silvia, sintiendo repentinas ganas de ser católica para creer que el Diablo. Uno no puede comportarse como su suegra e ir al cielo, sólo porque las maldades no se notaron porque fueron dirigidas en dosis homeopáticas hacia la única nuera que no le chupaba las medias. O sea, ella.
Su suegra nunca la quiso. Cuando ya hacía seis meses que estaba saliendo con Walter, él le dijo que no podía llevarla a casa de los padres porque su madre no la quería conocer, porque aún seguía encariñada con Susi , su ex novia, a la que querían como a una hija. Y que la madre le dijo “A mi no me traigas a nadie más a casa, porque me encariño”. Cuando él la llevó de prepo a un almuerzo en la casa paterna, su futura suegra no paró de hablar de todas las ex novias de Walter, como demostrándole que ella no les llegaba ni al tobillo a ninguna. A ella no le había importado, porque no le interesaba competir con nadie. Tampoco pensaba ganarse a su suegra haciéndole regalitos, siguiendo telenovelas cursis para tener tema de conversación o hablando maravillas de un hijo que no era ninguna maravilla, como harían las otras novias de Walter. Y tampoco pensaba alabar cada cosa que su suegra hiciera o dijera, que era lo que todos en esa familia hacían. Teresa tenía razón . Ella era distinta.
Tía Hilda seguía hablando de lo buena madre que había sido Teresa. Y Silvia vio entrar a una pelirroja de rulos inconfundibles, que se detuvo a besar a cada uno de los hermanos y cuñados y primos de Walter antes de llegar a abrazarlo a él. Era Vicky, la ex secretaria de Walter que había renunciado a la oficina para entrar a la facultad, según dijo aquella vez. Qué alivio había sido para Silvia saber que el nombre de Vicky no estaría más cada cuatro palabras en los labios de su marido. “Vicky me contó, Vicky me prestó un disco, Vicky trajo una torta, Vicky me recomendó un hotel…”. En ese entonces Silvia estaba embarazada de Agus. Aún recordaba esos meses como una pesadilla. Silvia sintió ganas de ir y romperle la cara a Vicky. ¿Como se atrevía a reaparecer ahora, encima saludando a toda la familia?
Trató de pensar en otra cosa. No lo logró. Intentó calmar su taquicardia pensando: “Okey, Natalia es atractiva y está muerta por Walter…Vicky sólo vino a ver a Walter y quisiera verme muerta a mi . Y Julieta no se le despega un segundo. Pero Walter se casó conmigo, no con ellas, y la esposa acá soy yo, así que ellas van muertas”, se dijo. No le sirvió para nada. Y encima se le erizaron los cabellos de la nuca al escuchar que él - que hacía unos minutos estaba lagrimeando-, ahora se reía de algo que le decía Vicky, mientras Natalia volvía diligente de la cocina y le ofrecía un vaso de agua que el aceptaba y bebía entero. Hacía diez minutos Silvia misma le había ofrecido agua a su marido y él le dijo que no quería nada, que tenía un nudo en la garganta. Una minifalda celeste y adiós nudo, qué bárbaro el poder de una mina. Con el pretexto de que había que hablar bajo, Julieta se le acercaba cada vez más. Y ahora había pegado su pecho al de él, y le hablaba mirándolo a los ojos. Vicky, rápida, se metió en el medio ofreciéndoles café.
Supo que si su suegra pudiera ver lo que estaba pasando ahí dentro, sería feliz.
Esa mujer había logrado el último de sus sueños: una sala de velatorio llena a tope, y toda la historia amorosa de su hijo volviendo del pasado en tropel para que su despreciada nuera se sintiera más despreciada aún. Tal vez estaba disfrutándolo todo mientras se hacía la dormida. La verdad es que no parecía.muerta . Se las había ingeniado para estar espléndida hasta el último segundo. Dos meses antes de la internación se había hecho un lifting pese a que el oncólogo se lo había desaconsejado. Ahora parecía la hermana mayor de su marido, no la madre. Tenía el pelo impecable, porque su última voluntad había sido que su sobrina le tiñera las canas y le hiciera un brushing que disimulara el efecto de la quimioterapia y le tapara las cicatrices de las costuras en la cara. Yacía ahí, en el centro de todo, rodeada por inmensos ramos de floreros, coronas, y jarrones circundándola como las columnas de un partenón florido a la Palas Atenea, la Madre Perfecta. El cadáver más lindo del barrio. “ Qué al pedo, Teresa, si la única que te mira soy yo, la peor de todas”, pensaba Silvia. Mudó sus ojos a los caireles de la anticuada lámpara del techo, temiendo que le leyeran la mirada. Pero nadie la miraba. Qué iban a mirarla a ella, la que obligó a Walter a casarse por quedar embarazada. Ella nunca quiso aclarar que quien no se había cuidado esa vez fue él , que luego le dijo que quería dejarla embarazada para asegurarse de que ella fuera fértil. Si no lo era, parece que pensaba repudiarla, como el Sha de Persia a su primera mujer. Pero en realidad él hizo eso para tener un pretexto para casarse. De otra manera, jamás se hubiera animado a hacerlo casarse. Y eso daba bronca en la familia.
Silvia siempre había sido La Otra, la que había casado al playboy que andaba de novia en novia, intentando encontrar en todas a su amor imposible, su propia mamá. Teresa misma le había contado que de chico Walter le decía “Mamita, cuando sea grande me voy a casar con vos”, cosa que ella pedía que repitiera a todo el mundo, para provocar unas risas que Walter no entendía, porque para él esa era la verdad. Tal vez fue justamente por venganza a una mami que no quería casarse con él, que él la había elegido a ella entre todas. Pero como ningún hijo puede ser tan desobediente, él se las había ingeniado para coquetear al mismo tiempo con cualquier otra. Como las que ahora entraban a darle el pésame con demasiada minifalda, demasiado brillo en los labios, y demasiadas risas..
Casarse con él no había solucionado los afanes seductores de Walter. Ella había pensado que la alianza en el dedo anular izquierdo espantaría a las merodeadoras. Fue en vano. Hay una raza de mujeres que se sienten más atraídas al hombre casado, porque como ya fue elegido por otra, sabe que tan malo no puede ser.
“No creo que me convenga casarme con un hombre así. El insiste, pero no creo que funcione”, le había comentado Silvia a su terapeuta cuando ya tenía fecha de casamiento fijada. Y la terapeuta, tan callada siempre, fue vehemente en su único comentario “No pienses eso. La calle está dura y él ya está decidido. Es un buen partido, no lo pierdas. Pensá en tu bebé. Tenerlo sola es demasiada carga”.
Teresa, esa mujer ahora con los dedos violáceos cruzados sobre el pecho inmóvil, le había advertido “Nunca esperes que él te demuestre cariño. Es igual al padre”.
Pobre Teresa, tampoco había tenido un buen matrimonio. Se había pasado la vida entera tratando de espantar a las mujeres que perseguían a su marido, el padre de Walter. De tal palo tal astilla. Años de llamadas anónimas, de viajes urgentes sin explicación, de desconocidas que llamaban preguntando por él, acababan ahora en una última coartada patética: el cáncer. Se buscó una enfermedad que le obligara a dedicar los últimos once años de su vida a estudios y tratamientos permanentes para que él permaneciera a su lado, llevándola de consultorio en consultorio. Y ahí yacía, entre rasos blancos, víctima de su propia trampa, mientras él servía café a las damas presentes, por fin solo y libre.
Es común que en las familias se repitan las historias. Pero Silvia, que no era de la familia, ¿por qué tenía que repetirla? Ella nunca se enfermaba. ¿Enfermarse? Qué locura. Si necesitaba toda su energía para estar alerta, desconectar el teléfono, hurgar bolsillos, revisar portafolios y husmear agendas. Cada sábado trataba de desalentarlo de ir al club para que él no se encontrara con Marita y pasara la tarde jugando al tenis con ella. Todos los domingos hacía todas las compras ella para que él no se encontrara con Jessi, la vecina que también es de Tauro, como él. Decenas de veces lo había pasado a buscar a la oficina sin avisar para demostrarle a la secretaria que ella era una esposa presente y alerta. Con esa actitud siempre vigilante había logrado espantarle a Rita (la compañera del gimnasio), Zulema ( la profesora de inglés ) , Ingrid ( la de los regalitos), Sofía ( la amiga del alma), Virginia ( la ex noviecita de la secundaria), y la ex mujer de Coco que le vino a llorar al hombro de él, no de ella, su terrible separación. Pero no había logrado sacarse de encima ni a Susi ni a Estela, y por lo visto tampoco a Natalia, Julieta ni Vicky. Lo más torturante era que ella estaba casi segura de que él jamás se había acostado con ninguna de ellas. De hecho, no era un hombre particularmente interesado en el sexo, sino sólo en seducir. Y eso es lo peor que le podía suceder a Silvia. Porque una mujer caliente con tu hombre, que siempre piensa que está al borde de la cama con él, es mucho más persistente en su juego que la que al fin tiene sexo con él y se lleva el chasco de descubrir que no era ni la mitad de lo que ella esperaba.
Aún con un puerperio horrible con episiotomía mal cosida y hemorroides de parto, con diez kilos de más por el embarazo y los pezones lacerados por la lactancia, ella había sido capaz de lidiar con esas mujeres de a una, y hasta de decirles “No llames más a Walter los fines de semana, que es el día que nos reservamos para estar en familia”. Una vez que Jessi se había autoinvitado a cenar, fue ella quien le dijo “Justo estamos saliendo”.Y era ella quien le tenia que decir a Rita que Walter no estaba en casa, para que los dejara en paz.
Walter nunca fue capaz de ponerlas en su lugar.
Pero esto de verlas de a las tres rodeando a Walter junto al cajón de su suegra , comentando anécdotas del pasado que ella desconocía y compitiendo delante de sus narices sobre quién le trae el café más rico y a quién él le acepta una masita, era demasiado.
¿Qué hacer? ¿Irse y dejar el campo libre, dejándolo solo en ese vodevil y que decidan ellas, o él, quién lo consuela mejor? ¿O quedarse para defender su lugar de legítima esposa y vigilar su territorio? En cualquier otro lugar las hubiera sacado a patadas, pero ahí era imposible. Toda la familia la acusaría de arruinar el velatorio con una escena de celos ante esas chicas tan amables que habían venido a saludarlo en la triste fecha .
Mientras Silvia meditaba esto sin poder detener el torrente de lágrimas de impotencia, percibió un revuelo general en la sala. Un grupo de parientes se abalanzó hacia la puerta para abrazar a la archiconocida melenita lacia que aparecía siempre abrazada a Walter en decenas de fotos familiares. La misma de la foto que su suegra conservaba en su mesa de luz. La misma de las fotos que ella, una noche de hartazgo, había roto una a una y mezclado con la basura, poniendo luego las bolsas en el canasto del vecino de enfrente, cosa de que Walter no descubriera que no quedaría una sola foto de Susi en la casa.
La famosa Susi, la novia eterna, había llegado en carne y hueso. Todos los parientes querían saludarla. Cuando Walter la vio, se abrazó llorando a ella, como no lo había hecho jamás con Silvia. Hasta las cuñadas que querían saludarla se hicieron a un lado, respetando ese reencuentro tan sentido.
Silvia sintió una rara alegría al ver que las otras tres buitres se habían quedado en el rincón. Julieta miraba el pocillo de café de Walter enfriándose en sus manos, mientras Natalia parecía súbitamente interesada en una miguita caída al suelo, que apartaba con la punta de su zapatito celeste. Vicky aprovechó el incómodo momento para sacar un cigarrillo de su cartera, que no encendió, para no tener que salir a fumar afuera y perder su puesto en el frente de batalla.
Lo que Silvia no había logrado, lo estaba haciendo la histórica Susi.: apartar a su marido de las rivales.
¿ Rivales? No, no lo eran.
En ese instante Silvia se dio cuenta de que Susi no era la mala de la película .
Ni Julieta, ni Vicky, ni Natalia eran pérfidas, ni unas solteronas desesperadas que le querían sacar el marido.
Todas esas chicas tan confundidas como ella no tenían la culpa de nada.
La culpa de todo la tenía Walter, por no poder poner las cosas en su lugar, , poner el pasado en tiempo pasado, pensar en Silvia como su nueva familia.
En realidad, ni siquiera Walter tenía la culpa.
La culpa era de ella, por haberse casado con un hombre que siempre la había hecho sentirse abandonada y dejada de lado, cuando la verdad es que nunca había habido una pareja real entre ellos dos. Porque la única pareja real había sido entre Walter y su mamá, que ahora estaba muerta. Y vaya que es imposible competir con una muerta.
Al darse cuenta de esto, Silvia se sintió sacudida por unos sollozos incontenibles. “Está bien, Teresa, me ganaste la partida”, pensó. Y pensó en Agus y en Camila, sus dos hijitos, que la estaban esperando. Y en cómo cambiaría todo a partir de ahora. Tal vez un día, cuando fueran grandes, comprenderían. Pero era algo tan difícil de explicar.
Al verla llorar tan desconsoladamente, la tía Hilda, se apartó asustada, El tío Bernardo la miró extrañado. Sus cuñadas la ignoraron, como siempre.
Sólo Irma, la esposa del tío Héctor, se le acercó, le puso una mano en el hombro, se sentó suavemente a su lado, y le dijo:
- Qué cosa, Silvia, no parás de llorar…¡Jamás imaginamos que querías tanto a tu suegra!
Silvia se mantuvo alerta para ver qué pasaba. Ya había estado demasiadas horas de pie con Walter en el hospital, en la casa de sepelios y en la cocina sirviendo café y vigilando la actitud de Julieta con su marido, como para seguir parada. No daba más, ni de cuerpo ni de alma. Así que resolvió desistir de estar recibiendo a todo el mundo parada al lado de Walter, y se sentó en un sillón de cuerina bordó, que la chupaba hacia adentro, y del que no sería fácil despegarse. Mejor. Total, a su marido le tenía sin cuidado que ya estuviera estuviera junto a él o no. Toda esa pantomima de acompañarlo era más para que se viera de afuera que buena esposa que era que porque fueran unidos.
Cuando Walter vio entrar a Natalia, sucedió lo que Silvia suponía: como si no hubieran pasado los años, la del vestido celeste y las piernas largas se le echó los brazos al cuello del marido de Silvia, quien, fiel a su estilo, no se resistió en lo más mínimo. Ambos se fundieron en un largo abrazo.
Julieta se quedó incómoda mirando fijo la lámpara de caireles del cielorraso.
Silvia se quedó observando la escena entre sus ojos nublados por las lágrimas, para ver cuanto duraría ese abrazo tan fuera de tiempo y lugar.
Esta noche sería dura y más le valía tomarse todo con filosofía.
Silvia ya había estado llorando de impotencia al ver que Julieta no dejaba de llevarse a Walter a un rincón para hablar en privado. Poco era lo que Silvia podía hacer para evitar semejante actitud en medio del velatorio de su suegra. Pero no había podido evitar que le saltaran lágrimas de bronca cuando vio que Julieta le acariciaba la mejilla y le acomodaba el pelo a Walter, con gestos más sensuales que consoladores. Pensar que él había jurado que con Julieta jamás había pasado nada de nada, que sólo era una amiga del pasado que llamaba seguido por temas laborales. Y ahora Silvia tenía que llorar en silencio. Nadie más percibía lo que estaba pasando. Y aunque lo vieran, ella no tenía compinches en esa familia. Sólo tuvo tiempo de tragar saliva y enjugarse más lágrimas saladas cuando vio que la recién llegada Natalia tomaba de la mano a Walter y con total descaro lo alejaba de Julieta y se lo llevaba a otro rincón de la sala, escondiéndose con él detrás de un enorme ramo de gladiolos repelentemente rojos que vaya a saber quién tuvo el mal gusto de comprar. Primero la Julieta invasora y ahora Natalia al ataque. ¿Cuando terminaría este desfile jurásico de dinosaurios extinguidos? Este sería el peor velorio de su vida. Un velorio no es algo grato, pero es el colmo cuando vienen unas brujas a arruinarlo.¿No hay respeto acá? ¿ Es lo que se estila ahora, y yo no me enteré? ¿Cómo se enteran las ex novias que la madre de tu marido murió?, pensaba Silvia, sin lograr entender nada.
Ella había visto alguna necrológica del padre de un ex novio, hacía un tiempo. Pero nunca se le hubiera ocurrido ir al velatorio del padre de alguien que no veía desde hacía años, y menos sabiendo que estaba casado. Esto sólo se entendía si el trato de Walter hacia ellas no haya cambiado nunca después del casamiento. ¿Ellas sabrían que él se había casado? Julieta claro que sí. Y Natalia seguramente que también. ¿Entonces por qué hacían esto, de llevárselo aparte, como si ella no existiera?
La tía Hilda se le sentó al lado diciéndole que menos mal que Teresa había sufrido poco, que fue todo tan rápido, y que es mejor dejar de llorar y pensar que Teresa ahora está mejor que ninguno de nosotros, allá en el cielo.
“Que cielo ni cielo, esta vieja debe estar en el mismo infierno”, pensó Silvia, sintiendo repentinas ganas de ser católica para creer que el Diablo. Uno no puede comportarse como su suegra e ir al cielo, sólo porque las maldades no se notaron porque fueron dirigidas en dosis homeopáticas hacia la única nuera que no le chupaba las medias. O sea, ella.
Su suegra nunca la quiso. Cuando ya hacía seis meses que estaba saliendo con Walter, él le dijo que no podía llevarla a casa de los padres porque su madre no la quería conocer, porque aún seguía encariñada con Susi , su ex novia, a la que querían como a una hija. Y que la madre le dijo “A mi no me traigas a nadie más a casa, porque me encariño”. Cuando él la llevó de prepo a un almuerzo en la casa paterna, su futura suegra no paró de hablar de todas las ex novias de Walter, como demostrándole que ella no les llegaba ni al tobillo a ninguna. A ella no le había importado, porque no le interesaba competir con nadie. Tampoco pensaba ganarse a su suegra haciéndole regalitos, siguiendo telenovelas cursis para tener tema de conversación o hablando maravillas de un hijo que no era ninguna maravilla, como harían las otras novias de Walter. Y tampoco pensaba alabar cada cosa que su suegra hiciera o dijera, que era lo que todos en esa familia hacían. Teresa tenía razón . Ella era distinta.
Tía Hilda seguía hablando de lo buena madre que había sido Teresa. Y Silvia vio entrar a una pelirroja de rulos inconfundibles, que se detuvo a besar a cada uno de los hermanos y cuñados y primos de Walter antes de llegar a abrazarlo a él. Era Vicky, la ex secretaria de Walter que había renunciado a la oficina para entrar a la facultad, según dijo aquella vez. Qué alivio había sido para Silvia saber que el nombre de Vicky no estaría más cada cuatro palabras en los labios de su marido. “Vicky me contó, Vicky me prestó un disco, Vicky trajo una torta, Vicky me recomendó un hotel…”. En ese entonces Silvia estaba embarazada de Agus. Aún recordaba esos meses como una pesadilla. Silvia sintió ganas de ir y romperle la cara a Vicky. ¿Como se atrevía a reaparecer ahora, encima saludando a toda la familia?
Trató de pensar en otra cosa. No lo logró. Intentó calmar su taquicardia pensando: “Okey, Natalia es atractiva y está muerta por Walter…Vicky sólo vino a ver a Walter y quisiera verme muerta a mi . Y Julieta no se le despega un segundo. Pero Walter se casó conmigo, no con ellas, y la esposa acá soy yo, así que ellas van muertas”, se dijo. No le sirvió para nada. Y encima se le erizaron los cabellos de la nuca al escuchar que él - que hacía unos minutos estaba lagrimeando-, ahora se reía de algo que le decía Vicky, mientras Natalia volvía diligente de la cocina y le ofrecía un vaso de agua que el aceptaba y bebía entero. Hacía diez minutos Silvia misma le había ofrecido agua a su marido y él le dijo que no quería nada, que tenía un nudo en la garganta. Una minifalda celeste y adiós nudo, qué bárbaro el poder de una mina. Con el pretexto de que había que hablar bajo, Julieta se le acercaba cada vez más. Y ahora había pegado su pecho al de él, y le hablaba mirándolo a los ojos. Vicky, rápida, se metió en el medio ofreciéndoles café.
Supo que si su suegra pudiera ver lo que estaba pasando ahí dentro, sería feliz.
Esa mujer había logrado el último de sus sueños: una sala de velatorio llena a tope, y toda la historia amorosa de su hijo volviendo del pasado en tropel para que su despreciada nuera se sintiera más despreciada aún. Tal vez estaba disfrutándolo todo mientras se hacía la dormida. La verdad es que no parecía.muerta . Se las había ingeniado para estar espléndida hasta el último segundo. Dos meses antes de la internación se había hecho un lifting pese a que el oncólogo se lo había desaconsejado. Ahora parecía la hermana mayor de su marido, no la madre. Tenía el pelo impecable, porque su última voluntad había sido que su sobrina le tiñera las canas y le hiciera un brushing que disimulara el efecto de la quimioterapia y le tapara las cicatrices de las costuras en la cara. Yacía ahí, en el centro de todo, rodeada por inmensos ramos de floreros, coronas, y jarrones circundándola como las columnas de un partenón florido a la Palas Atenea, la Madre Perfecta. El cadáver más lindo del barrio. “ Qué al pedo, Teresa, si la única que te mira soy yo, la peor de todas”, pensaba Silvia. Mudó sus ojos a los caireles de la anticuada lámpara del techo, temiendo que le leyeran la mirada. Pero nadie la miraba. Qué iban a mirarla a ella, la que obligó a Walter a casarse por quedar embarazada. Ella nunca quiso aclarar que quien no se había cuidado esa vez fue él , que luego le dijo que quería dejarla embarazada para asegurarse de que ella fuera fértil. Si no lo era, parece que pensaba repudiarla, como el Sha de Persia a su primera mujer. Pero en realidad él hizo eso para tener un pretexto para casarse. De otra manera, jamás se hubiera animado a hacerlo casarse. Y eso daba bronca en la familia.
Silvia siempre había sido La Otra, la que había casado al playboy que andaba de novia en novia, intentando encontrar en todas a su amor imposible, su propia mamá. Teresa misma le había contado que de chico Walter le decía “Mamita, cuando sea grande me voy a casar con vos”, cosa que ella pedía que repitiera a todo el mundo, para provocar unas risas que Walter no entendía, porque para él esa era la verdad. Tal vez fue justamente por venganza a una mami que no quería casarse con él, que él la había elegido a ella entre todas. Pero como ningún hijo puede ser tan desobediente, él se las había ingeniado para coquetear al mismo tiempo con cualquier otra. Como las que ahora entraban a darle el pésame con demasiada minifalda, demasiado brillo en los labios, y demasiadas risas..
Casarse con él no había solucionado los afanes seductores de Walter. Ella había pensado que la alianza en el dedo anular izquierdo espantaría a las merodeadoras. Fue en vano. Hay una raza de mujeres que se sienten más atraídas al hombre casado, porque como ya fue elegido por otra, sabe que tan malo no puede ser.
“No creo que me convenga casarme con un hombre así. El insiste, pero no creo que funcione”, le había comentado Silvia a su terapeuta cuando ya tenía fecha de casamiento fijada. Y la terapeuta, tan callada siempre, fue vehemente en su único comentario “No pienses eso. La calle está dura y él ya está decidido. Es un buen partido, no lo pierdas. Pensá en tu bebé. Tenerlo sola es demasiada carga”.
Teresa, esa mujer ahora con los dedos violáceos cruzados sobre el pecho inmóvil, le había advertido “Nunca esperes que él te demuestre cariño. Es igual al padre”.
Pobre Teresa, tampoco había tenido un buen matrimonio. Se había pasado la vida entera tratando de espantar a las mujeres que perseguían a su marido, el padre de Walter. De tal palo tal astilla. Años de llamadas anónimas, de viajes urgentes sin explicación, de desconocidas que llamaban preguntando por él, acababan ahora en una última coartada patética: el cáncer. Se buscó una enfermedad que le obligara a dedicar los últimos once años de su vida a estudios y tratamientos permanentes para que él permaneciera a su lado, llevándola de consultorio en consultorio. Y ahí yacía, entre rasos blancos, víctima de su propia trampa, mientras él servía café a las damas presentes, por fin solo y libre.
Es común que en las familias se repitan las historias. Pero Silvia, que no era de la familia, ¿por qué tenía que repetirla? Ella nunca se enfermaba. ¿Enfermarse? Qué locura. Si necesitaba toda su energía para estar alerta, desconectar el teléfono, hurgar bolsillos, revisar portafolios y husmear agendas. Cada sábado trataba de desalentarlo de ir al club para que él no se encontrara con Marita y pasara la tarde jugando al tenis con ella. Todos los domingos hacía todas las compras ella para que él no se encontrara con Jessi, la vecina que también es de Tauro, como él. Decenas de veces lo había pasado a buscar a la oficina sin avisar para demostrarle a la secretaria que ella era una esposa presente y alerta. Con esa actitud siempre vigilante había logrado espantarle a Rita (la compañera del gimnasio), Zulema ( la profesora de inglés ) , Ingrid ( la de los regalitos), Sofía ( la amiga del alma), Virginia ( la ex noviecita de la secundaria), y la ex mujer de Coco que le vino a llorar al hombro de él, no de ella, su terrible separación. Pero no había logrado sacarse de encima ni a Susi ni a Estela, y por lo visto tampoco a Natalia, Julieta ni Vicky. Lo más torturante era que ella estaba casi segura de que él jamás se había acostado con ninguna de ellas. De hecho, no era un hombre particularmente interesado en el sexo, sino sólo en seducir. Y eso es lo peor que le podía suceder a Silvia. Porque una mujer caliente con tu hombre, que siempre piensa que está al borde de la cama con él, es mucho más persistente en su juego que la que al fin tiene sexo con él y se lleva el chasco de descubrir que no era ni la mitad de lo que ella esperaba.
Aún con un puerperio horrible con episiotomía mal cosida y hemorroides de parto, con diez kilos de más por el embarazo y los pezones lacerados por la lactancia, ella había sido capaz de lidiar con esas mujeres de a una, y hasta de decirles “No llames más a Walter los fines de semana, que es el día que nos reservamos para estar en familia”. Una vez que Jessi se había autoinvitado a cenar, fue ella quien le dijo “Justo estamos saliendo”.Y era ella quien le tenia que decir a Rita que Walter no estaba en casa, para que los dejara en paz.
Walter nunca fue capaz de ponerlas en su lugar.
Pero esto de verlas de a las tres rodeando a Walter junto al cajón de su suegra , comentando anécdotas del pasado que ella desconocía y compitiendo delante de sus narices sobre quién le trae el café más rico y a quién él le acepta una masita, era demasiado.
¿Qué hacer? ¿Irse y dejar el campo libre, dejándolo solo en ese vodevil y que decidan ellas, o él, quién lo consuela mejor? ¿O quedarse para defender su lugar de legítima esposa y vigilar su territorio? En cualquier otro lugar las hubiera sacado a patadas, pero ahí era imposible. Toda la familia la acusaría de arruinar el velatorio con una escena de celos ante esas chicas tan amables que habían venido a saludarlo en la triste fecha .
Mientras Silvia meditaba esto sin poder detener el torrente de lágrimas de impotencia, percibió un revuelo general en la sala. Un grupo de parientes se abalanzó hacia la puerta para abrazar a la archiconocida melenita lacia que aparecía siempre abrazada a Walter en decenas de fotos familiares. La misma de la foto que su suegra conservaba en su mesa de luz. La misma de las fotos que ella, una noche de hartazgo, había roto una a una y mezclado con la basura, poniendo luego las bolsas en el canasto del vecino de enfrente, cosa de que Walter no descubriera que no quedaría una sola foto de Susi en la casa.
La famosa Susi, la novia eterna, había llegado en carne y hueso. Todos los parientes querían saludarla. Cuando Walter la vio, se abrazó llorando a ella, como no lo había hecho jamás con Silvia. Hasta las cuñadas que querían saludarla se hicieron a un lado, respetando ese reencuentro tan sentido.
Silvia sintió una rara alegría al ver que las otras tres buitres se habían quedado en el rincón. Julieta miraba el pocillo de café de Walter enfriándose en sus manos, mientras Natalia parecía súbitamente interesada en una miguita caída al suelo, que apartaba con la punta de su zapatito celeste. Vicky aprovechó el incómodo momento para sacar un cigarrillo de su cartera, que no encendió, para no tener que salir a fumar afuera y perder su puesto en el frente de batalla.
Lo que Silvia no había logrado, lo estaba haciendo la histórica Susi.: apartar a su marido de las rivales.
¿ Rivales? No, no lo eran.
En ese instante Silvia se dio cuenta de que Susi no era la mala de la película .
Ni Julieta, ni Vicky, ni Natalia eran pérfidas, ni unas solteronas desesperadas que le querían sacar el marido.
Todas esas chicas tan confundidas como ella no tenían la culpa de nada.
La culpa de todo la tenía Walter, por no poder poner las cosas en su lugar, , poner el pasado en tiempo pasado, pensar en Silvia como su nueva familia.
En realidad, ni siquiera Walter tenía la culpa.
La culpa era de ella, por haberse casado con un hombre que siempre la había hecho sentirse abandonada y dejada de lado, cuando la verdad es que nunca había habido una pareja real entre ellos dos. Porque la única pareja real había sido entre Walter y su mamá, que ahora estaba muerta. Y vaya que es imposible competir con una muerta.
Al darse cuenta de esto, Silvia se sintió sacudida por unos sollozos incontenibles. “Está bien, Teresa, me ganaste la partida”, pensó. Y pensó en Agus y en Camila, sus dos hijitos, que la estaban esperando. Y en cómo cambiaría todo a partir de ahora. Tal vez un día, cuando fueran grandes, comprenderían. Pero era algo tan difícil de explicar.
Al verla llorar tan desconsoladamente, la tía Hilda, se apartó asustada, El tío Bernardo la miró extrañado. Sus cuñadas la ignoraron, como siempre.
Sólo Irma, la esposa del tío Héctor, se le acercó, le puso una mano en el hombro, se sentó suavemente a su lado, y le dijo:
- Qué cosa, Silvia, no parás de llorar…¡Jamás imaginamos que querías tanto a tu suegra!
Titanic
Es francamente insoportable.
Desde el estruendo que hace a la mañana al despertarse hasta cómo ronca a la noche, pasando por las horas que ocupa el baño, es insufrible.
Ya no lo aguanto más.
Esta relación se va a pique.
A la mañana pone el despertador. Al divino botón, porque no lo escucha. Podés tirar diez cañonazos de salva, y no los escucha. Soy yo la que tiene que sacudirlo “ ¡Ey!¿Vos no trabajabas los lunes?”.
Trato de seguir durmiendo, porque yo arranco más tarde. Pero el tipo prende las luces del techo, y me da como 1000 watts en cada pupila. Abre el placard de par en par y no sé si elige mucho la ropa o qué, pero le lleva media hora sacar un pantalón y elegir una remera. Tiene la manía de creer que las remeras se encogen después de lavadas, y se pone a estirarlas con un brazo, como haciendo flexiones, mientras yo estoy en la cama .Y yo tratando de dormir, y viéndolo estirar los brazos para un lado y para el otro, haciendo mierda la remera, y con miedo de que me noquee en uno de los estirones. Encima, con cada movimiento que hace saltan los resortes del colchón…y salto yo . ¿Quién puede seguir durmiendo así? Porque no es un alfeñique, pesa como noventa kilos.
A la mañana, se destapa él, levanta la colcha entera y me destapa a mí. Si a la noche tiene frío, tira de la frazada y me deja totalmente destapada, a mí, que soy friolenta. Pero generalmente tiene calor, y tira todo al piso, destapándome a mí. La cuestión es que siempre me destapa. Me saca de quicio.
No se qué hace con los zapatos. Calza 44, entonces si se le cae uno, es como que cayó la bomba nuclear. ¡Boooom! A veces salto del susto, pensando que rompió algo, o que explotó el calefón. Siempre deja varios pares sueltos al costado de la cama. No son zapatitos que si los empujás con el pie, se corren y podés apartarlos en el rincón, no. Podés patearlos y ni quiera se mueven. No los pateo, porque capaz que me fracturo el pie. Se va a la cocina, y me deja el piso de la habitación lleno de zapatones, es desesperante. ¿ Me voy a poner yo a guardar cada zapato que pesa dos kilos? Se lo digo, y me dice que a él le molesta que yo no le deje ni un cajón libre, que no tienen lugar para sus cosas. ¿Qué le voy a dejar , si acá ya no hay lugar para mis cosas, tampoco? Además, una mujer precisa más lugar para sus accesorios. Yo tengo bijoutería, pañuelos, foulards, remeritas, lencería. Para él, con un cuarto de placard para sus remeras y pantalones, le tendría que alcanzar. Pero se queja igual, de jodido que es. Y no sabe poner orden ni hace pedacito que le toca.
Al cambiarse los pantalones acomoda las cosas en los bolsillos como si quisiera hacer el mayor ruido posible No sé que hace, pero sacude monedas, cuenta plata, tintinea llaves, cambia moneditas de lugar, las tira sobre la mesa de luz para ver como suenan. Cualquier cosa con tal de no dejarme dormir un rato más. Tiene un llavero más grande que el de San Pedro. No se para qué. De todas esas llaves, usa tres. Pero suenan como las campanas del Vaticano. Un estruendo.
Ah, y las toses. Hace cuatro años que dejó de fumar, pero a la mañana me ofrece un concierto de toses y gargajos que creo que en un hospital de enfermedades respiratorias no escuchás tantos ruidos. Yo le digo que empiece a fumar otra vez, con tal de no escuchar esos sonidos tan desagradables.
Y lo del baño. No puede ser que un tipo, que ni siquiera se afeita, porque usa barba, se quede más tiempo que yo en el baño cada vez que se ducha. ¿Qué se cree, que está en un spa, o en un centro termal? ¡Por favor, a las nueve de la mañana la gente normal se apura!
Para mí que se queda en la ducha dos siglos, sintiendo como el agüita le baja por la espalda. Después no sé si se corta los pelos de la barba, de las orejas o de la nariz, pero el lavatorio termina hecho un asco de pelos cortados. Y mejor que no quiera usar le baño para hacer sus cosas. Porque aunque él dice que no se lleva lectura al inodoro, un tipo adulto y sano y si sin problemas de oclusión intestinal no puede pasar cuarenta minutos sentado en el trono, y otros veinte en el bidet. Le van a salir hemorroides de tanto estar así. El aroma que deja es como una bomba biológica, después del concierto de ventosidades varias. Y soy yo la que tienen que andar corriendo atrás con el desodorante de ambientes en aerosol, aroma jazmín, porque le ponés tres tubos adelante y no los ve.
Además, no puede salir del baño sin cerrar la puerta de un portazo que hace temblar la casa. No se porqué, pero a la puerta del baño la quiere dejar giratoria. Ya hay rajaduras al costado del marco, y dice que no las hizo él, que en todas las casas el material “trabaja”. Pero no deja de dar portazos.
Cada santa mañana del año me deja la cama deshecha- que la haga Mongo-, y el toallón empapado sobre las sábanas. Cada santa mañana le explico que después de usarlas, las toallas se cuelgan en sitio aireado para que se evapore su humedad, que si no, de color rosa va a pasar a color verde moho, por no hablar de que al mojarse la sábana con el toallón no puedo hacer la cama hasta que se seque, o las tendremos con lindos lamparones de un tono Roquefort. No, no le entra en la cabeza. Para él, los toallones mojados van sobre la cama, o peor, sobre el piso. Porque todo lo que esta en el piso, no lo ve. A veces fantaseo con matar a mi suegra y dejarla en el pasillo que va al baño. Te juro que él no la va a ver. Mucho menos, levantarla. Va a levantar el piecito para pasarle por encima, ida y vuelta , mil veces . Lo que yo no levanto, queda ahí. Una vez tiré papelitos con fecha y hora, para demostrarle que estaban en el piso desde el 6 de junio pasado a las 9 de la mañana. Me discutió que ayer ese papel no estaba ahí, el muy testarudo. No volví a repetir el experimento porque soy yo la que no se banca ver las cosas en el piso. En la convivencia, siempre pierde el más prolijo y gana el que le importan menos vivir con dignidad. .
Otra cosa que me irrita es su manera de hacer el desayuno para él solo. No es capaz de calentarme un café. Cuando yo tomaba mate y él café, se hacía el café, y no era capaz de calentarme agua para el mate. En resumen, no es capaz de prepararme un desayuno. Me dice que para qué va a prepararlo, si nunca sabe cuándo me levanto. Y que si lo hace, para cuando yo esté lista, estará frío. Y a mí que me importa que se enfríe. Lo que me importa es que él me prepare algo. Dice que siempre me quejo de lo que me prepara, porque el café tiene mucha leche, o está muy flojo, el mate está quemado, frío o lavado. O que le digo quién te dijo que quiero una tostada, y menos con dulce de naranja. Es que ya debería saber que le gusta solo a él. Es cierto. A veces quiero una tostada y a veces no. ¿Por qué tengo que desayunar lo mismo cada día, como hace él? Tengo días en que me levanto queriendo comer fruta, y otros que no te pruebo una fruta ni loca. Bueno, que pregunte, estoy a un metro de distancia, qué le cuesta preguntar. Ah, claro… como pone la radio a todo volumen para escuchar las noticias no escucharía mi respuesta. La peor radio de todas, una donde todos se ríen como gallinas cacacareantes a las ocho de la mañana. Por Dios, de qué te podés reír a las ocho de la mañana sin tomar gas hilarante. A él le divierten esos pavos. A mí me irritan terriblemente.
Así que a esa hora él hace su café, y se queda veinte minutos agarrado de la puerta de la heladera, como si se fuera a caer si la suelta, mirando el interior del aparato. No sé qué le encuentra de lindo a contemplar una bolsa con zanahorias como si fuera un Van Gogh. Le pregunto qué hace y me dice “nada”. Claro que nada, ya veo. No sé si espera que se le materialice una longaniza, o una torta Selva Negra. Pero si anoche se quedó diez minutos mirando la heladera, debería saber que esta mañana no vas a encontrar nada nuevo. ¿Anoche saliste a las tres de la mañana a comprar mermelada de frambuesas, jamón serrano, queso gruyere y facturas vienesas? Yo tampoco, así que qué tanto mirar la heladera.
A veces pienso en escribirle una lista de lo que hay en la heladera, y pegársela en la puerta, porque va a terminar rompiéndola de tanto colgarse el abrirla. Te cuento lo que hay, querido : medio limón , aceitunas negras, media lata de tomates, un ají verde, una manzana vieja, tres huevos, medio pan de manteca , una cerveza empezada , un repollo, dulce de naranja, queso crema y medio salamín . Nada para la mañana, excepto el dulce y la manteca. El pan está en el freezer, como siempre.
Además tiene la rara habilidad de hacer llamados telefónicos antes de salir, justo cuando yo tengo que hacerlos. No sé por qué se le ocurre que yo puedo llamar a la noche. Yo también agarro a la gente en su casa a la mañana o no la agarro más. Encima.
Él llama para que le hablen, no para hablar él. Porque lo escucho media hora diciendo si -, si , si , si , no, claro, si , si, si . Si era el otro el que tenía que hablarle, ¿por qué no llamó el otro? Y yo llego tarde al trabajo esperando que él largue el teléfono.
Está bien, reconozco que mi horario de trabajo es más flexible y puedo hacerlo, pero caray, a veces no quiero hacerlo. Otra cosa que me rebela es que apenas el gato hace miau, el le llena el plato con alimento balanceado. Cuando ya le dije que hay que darle de comer las sobras , y el balanceado es para dárselo a la noche, así nos deja dormir. Porque si al gato le das de comer dos veces por día, termina como Garfield. Y si le das a la mañana, no molesta a los vecinos, pero a la noche no duermo yo, porque se la pasa maullando de hambre. Si lo acostumbramos a que coma de noche, a la noche no va a hinchar. Claro, lo que pasa es que como él duerme como un tronco, no escucha los maullidos. Yo sí. Bueno, no lo entiende. El gato lo mira como carnero degollado, y el da Fat Cat sabor ratón, o como se llame.
A lo largo del día me llama, siempre me llama, para avisarme boludeces deprimentes “El estereo no tiene arreglo”, “No se consiguen repuestos para la procesadora. Les dije que se la guarden.”; “No consigo plomero que pueda venir esta semana”, “Tu auto tiene el embrague hecho puré” :
O peor, me pregunta “¿Alguna novedad?”.¿Qué novedad quiere que le diga? ¡Un ovni se llevó la ropa colgada! ¡Nos ganamos la lotería de Transilvania!
Después, a la noche viene oliendo a faso, porque en esa oficina todos fuman, y vuelta a colgarse media hora de la heladera. Y a preguntar qué comemos. Eso me vuelve loca. Y a meterse en la cocina a picar lo que yo esté cortando. Quiero hacer una tortilla de jamón y queso, y me deja en dos minutos sin jamón y sin queso. Entonces le digo que ahora no le hago nada tortilla, que le hago un huevo duro. Y me pone cara de asco. Y me pregunta por qué le pongo tanta sal al agua, que un desperdicio. Cómo se nota que no sabe hacerse un huevo duro, y que no conoce el precio de la sal. Y por qué al tomate le ponés tanto aceite. Porque siempre lo comes así y si no me ves hacerlo, no decís nada, caracho. Y que por qué no le ponés ajo. ¡Ajo! ¿No le importa tirarme encima aliento a ajo? Y aplaude cuando le digo que hay churrasco. Pero después no lava la plancha. Lava solo los platos. La plancha, en vez de lavarla, dice que me la dejó en remojo, porque tiene mucha grasa que no sale, y pesa mucho. No, no se enteró de que existe el polvo limpiador y las esponjitas metálicas. Dice que sabe, pero que no la encuentra. Uf.
Cuando le doy sobras recicladas, en vez de decir no mi amor, dejá que pido un matambrito a la pizza o al verdeo, o una Suprema a la Maryland en el boliche de abajo, se sienta y dice bueno, y se come lo que le des, onda compactadora. Entonces para que cuerno voy a hacer lomo mechado con ciruelas. Es un asco.
Ayer fue lata de atún con tomate. Bien dietético. Y deprimente. Yo por lo menos, prefiero bajarlos con algo de pan, para comer algo consistente. Pero siempre tengo que ser yo la que se levanta a buscarlo. Si va él, primero se pasa media hora preguntando dónde está el pan. En el freezer, le digo, el que busca encuentra.
Acá no hay nada, dice él.
Y te juro que aunque tenga el pan delante de los ojos, no lo ve, porque dice que el freezer es un despelote, que todo es igual, que no se distingue el pescado de la torta, que por qué no tiramos todo, que debe estar viejo. Ni se da cuenta de que soy yo la que se queda en casa los sábados cocinando para meter en le freezer y comer variado cada tanto. Si le pongo unas lasañas rellenas de nueve meses, éste se cree que las hice en diez minutos, que es lo que me lleva calentarlas en el microondas. Si le traigo un recién nacido, capaz que también se cree que lo hice en diez minutos.
Después tarda media hora en separar una rebanada de pan congelado de otra, y otra media hora en descongelarla al mínimo en el microondas. Yo le digo que lo ponga al máximo 10 segundos, pero no, él lo pone al mínimo dos minutos, así, de puro caprichoso. Si le pido que se apure, me descongela medio kilo de pan de una , y después tengo que tirar todo lo que no usamos.
En la cena, no me habla, o habla boludeces .
Que la pared está fea, que no encuentra el cinturón gris, que Núñez le dijo que van a arreglar para ir los dos este fin de semana a jugar al tenis. Bah, hace diez años que Núñez le dice que tienen que arreglar para jugar al tenis el fin de semana, y nunca van. Se lo dije y se ofendió. Le dije que si no concreta de una vez, es todo blablabla . Y me dice que no tendría que contarme nada, porque todo se lo critico. Entonces doy por terminada la cena.
Porque me irrita ver que se toma un litro de soda en dos minutos, y cómo come el pan, sacándole la miga y comiendo la corteza y después amasa las migas como si fuera plastilina y me deja esas bolas de miga ahí que parecen mocos gigantes. Y me dan tanto asco que no quiero ni tocarlas.
Levanto los platos y le digo que traiga los vasos. Me pongo a lavar los platos y me dice por qué no uso el agua caliente, porque con el agua fría no se lavan bien. Y yo le digo si sabés tanto porqué no los lavás vos. Tiro la esponja, al diablo con esto de querer hacerme el ama de casa perfecta, y me voy a terminar unos papeles que tengo que llevar mañana al trabajo. Un plomo, interminable, no logro concentrarme. Ruego que en ese tiempo él no tosa y escupa gargajos. Y tose y escupe gargajos. Y, lo que es peor, silba como un portero lavando la vereda. Lo peor no es que silbe. Lo peor es que silba tangos. ¿No es deprimente? Ni siquiera una música inventada, o algo de rock. Tangos. Tiene la mentalidad de un viejo choto.
Cuando se me caen los ojos de cansancio, paso por la cocina a ver cómo la dejó. El trapo rejilla hecho un bollo detrás de las canillas, empapado, cosa de que se pudra rápido. La basurita de la pileta acomodadita al costado de la mesada. Si la sacó del agujero del desagüe, ¿ qué le costaba tirarla a la basura? No, él es fino. Va mami y la tira, ya que mami hace todo. Un asco. Exprimo y estiro el trapo rejilla sobre la manija del horno. Apesta.
.¿Le dio de comer la gato? No, se lo tengo que dar yo, como siempre.
¿Guardó la mayonesa en la heladera? No, me quiere matar con sobredosis de salmonella. ¿La soda donde está? Calentándose en la mesa. Ja, después la quiere fría. Si uno lava los platos, se supone que tienen que guardar lo demás, ¿no? Pero no, si no voy yo, queda todo afuera toda la noche. No digo nada por no discutir más.
Voy al dormitorio, los zapatos están en el camino, por supuesto.
Y ahí está la morsa, tirada en la cama cuan larga es, mirando cualquier cosa en al tele.
Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa: propagandas de Sprayette, desfile de modas, un partido de fútbol Armenia. Tukmekistán , un pibe baleado en Crónica, una documental de una fábrica de coladores , un candidato a primer ministro en Chechenia . Cualquier cosa.
Y lo peor: se lleva un café a la cama. Después de lavarse los dientes toma un café, con lo cual le digo que se le van a pudrir los dientes con el azúcar. Y él me dice que le pone poca azúcar, que no alcanza para pudrir dientes. Bueno, que le cuente eso al dentista. Además, el café es para despertarse, ¿no? Entonces no se entiende para qué diablos se lleva un café a la cama, si lo que hay que hacer a esa hora es dormir.
Cuando se da cuenta de que me estoy por acostar, saca su ropa de arriba de la cama y ahí van rodando miles de moneditas, botones, fichas de video juegos, que se yo qué cosas que se le caen de los bolsillos y ruedan por el piso, todas las santas noches de mi vida. Él no se agacha para levantarlas, y quedan ahí. Como sus calzones, sus remeras. Todo por el piso. Con suerte, hace una torre de ropa en el respaldo de la silla junto a la cómoda, que a veces se cae de espalda con tanto peso.
Suspiro y empiezo a buscar perchas para colgar los pantalones. “No guardes nada, porque todo lo necesito a mano”, me dice. ¿Qué necesita?¿ Cuatro camisas, dos remeras, un vaquero, un short , un pantalón de corderoy y un polar? ¿Por qué necesita todo a mano? ¿Mañana se va a trepar e Aconcagua? ¿ O se piensa fugar? ¡El favor que me haría!
Y ahí sí que me broto. Y le pregunto por qué dejó el trapo rejilla hecho un bollo. Y me dice que igual ya hay que tirarlo, porque apesta y es puro agujero. Y le pregunto por qué tengo yo que tirar la basurita de la pileta. Me pregunta qué basurita. Nada, le digo.
Estoy tan furiosa que no creo que pueda conciliar el sueño fácilmente.
Bueno, ya se pudrió todo. Perdido por perdido, le pregunto si se acordó de pagar las expensas. Uy me olvidé, me dice, si no me avisás no me acuerdo. Te avisé tres veces, le digo. Me olvidé tres veces, me dice. No sé cómo vivís teniendo tan poca memoria, le digo, de morfar no te olvidás nunca. Si tenés tan buena memoria, por qué no las pagas vos, me dice. Porque no puedo ir al banco en toda la mañana y vos sí, le digo. Pagalas por Internet, me dice. Pagalas vos por Internet, le digo, que no entiendo cómo funciona y voy a terminar regalándole la plata al candidato a primer ministro de Chechenia.
Gracias a tu mala memoria mañana pagamos punitorios, le digo.
Mañana hablo con el administrador para avisarle que pago, me dice.
Oh, no, ahora tengo que ocupar medio cerebro mas haciéndote acordar que hables con el administrador, le digo.
No me rompas las pelotas, me dice el conde.
Mirá esas luces del techo, se están por caer, protesto, por cambia de tema.
Yo lo arreglo en el fin de semana, me dice, bufando.
Pero el ventilador de techo este nunca fue muy normal, lo instalaste como el culo, le digo. Se bambolea de un lado para otro y un día se va a soltar nos va a rebanar las cabezas a los dos, le digo. Bueno, saldremos en Crónica, me dice el chistoso. Pareja muere semidesnuda decapitada en su propia cama.
Y lo quiero matar porque mientras me hace esos chistes patéticos está mirando un programa boludo de la rai, donde un pelado narigón trata de bailar con una mina en bolas con plumas en el orto. Entonces le arranco el control remoto de las manos. Aunque nos caemos de sueño, los dos queremos ver un poco más para irnos de esta realidad de ventiladores asesinos, mayonesa caliente, procesadoras sin respuesto y estereos kaput.
Con el control todo mío, paso animadoras, trolos, coladores, dinosaurios, nardalepes, futbol, cartoon network, jetix, sony, isat , cnn, tnt , mtv, cosmo, hallmark, animal planet , infinito y no vemos nada de nada de nada de nada . Hasta que veo a Jack decirle a Rose que se agarre fuerte, que ella tiene que vivir. Y ella, que se salvó del hundimiento, no quiere salvarse. Quiere que él salga del agua helada. Pero en la balsa improvisada no hay lugar para los dos. Y Jack le pide que no lo olvide, porque el siempre la amará, y le ruega a ella que sea muy feliz en la vida. Rose está desesperada porque el se está congelando, ya tiene labios azules, y no quiere salvarse sin él. Pero él quiere que se salve ella . Los dos, agotados, se quedan dormidos. Rose se despierta e intenta despertarlo. Él esta cubierto de escarcha. Y ella le mueve las manos, lo llama, el ya no responde. Y así, a Rose se le hunde su gran amor, perdiéndose en el fondo del mar.¿Se puede amar tanto, tan de golpe? Claro que sí, especialmente si no llegás convivir con tu amor.
Vi esa película diez veces y las diez veces, lloro, siempre. Un amor tan fuerte, tan puro, que duró tan poco. Una crueldad del destino. Ellos tenían que salvarse, y vivir juntos, y tener hijos, y amarse para siempre, toda la vida. Pero no pudieron.
No, si me acabo de poner firme con el pago de las expensas, no puede verme lagrimeando porque di Caprio se muere.
Entonces no me seco las lágrimas para que él no descubra qué cursi y floja que soy.
Pero qué me preocupo si seguramente ya está roncando, porque no se mueve.
¡Qué va a ver Titanic!
Lo espío de reojo para ver si se durmió. Le veo la mirada húmeda fija en Rose. Y cuando ve que lo miro, dice qué linda ésta película. Me sonríe, porque ve que yo también estoy llorando, y me seca la lágrima con la mano. Me rodea los hombros con su brazo, y apoya mi cabeza en su pecho peludo. Me da un beso en la frente, y después en los ojos, y después llega a mi boca. Y me besa suavemente los labios, y siento su aliento dulce a café. Me toma la nuca con su manota, y se concentra en mi boca. La invade, la explora, la conquista, la revuelve. Me pone la otra mano en la pierna. La toca, la tantea, la goza, como un ciego, como si fuera la primera vez que descubre mi cuerpo. Sube la mano, me acaricia la cola, y la curva de mi cintura, y la espalda, suave y firmemente. Yo me sorprendo acariciándole esos muslos tan duros y firmes como si siempre hiciera tenis, y esos hombros tan fuertes que ni se ven bajo las remeras estiradas.
Me mete la mano debajo del camisón y me toca un pecho. Lo rodea con la mano, lo amasa, lo besa. Y me pasa la lengua por el cuello, los pechos, el ombligo, la ingle, hasta que me besa abajo de todo, como si fuera otra boca, ansioso, insistente. Y me vuelve loca de deseos.
De pronto, se levanta, me saca el camisón, se saca el boxer y se enrosca sobre mi cuerpo, como una boa constrictor de animal planet . Me recorre y me envuelve. Y los dos nos hundimos en abrazo, coordinando un ritmo de intenso placer, emocionados como una película de hallmark, porque él me conoce y yo lo conozco y sabe dónde vibro y sé cómo le gusta. Me sacude, me destapa, me derrite, me desarma, me hace suya y nos quedamos abrazados en un orgasmo fabuloso, de otra dimensión , surrealista como los programas de infinito, y dormidos abrazados, enganchados uno con el otro como para que ninguno de los dos se hunda en el océano helado.
A la mañana suena el despertador.
No lo escucha.
Lo sacudo para que se despierte, y se levanta, haciendo saltar toda la cama.
Enciende las luces, abre el placard, estira sus remeras con esos brazos demasiado largos y anchos que tiene, tose como un camionero, tira sus zapatos al piso como si fueran misiles y me despierto justo para ver su espalda inmensa entrando al baño, que ya sé que cerrará de un portazo.
Y no puedo evitar sonreír, mientras pienso, orgullosa, “Este es mi hombre”.
Desde el estruendo que hace a la mañana al despertarse hasta cómo ronca a la noche, pasando por las horas que ocupa el baño, es insufrible.
Ya no lo aguanto más.
Esta relación se va a pique.
A la mañana pone el despertador. Al divino botón, porque no lo escucha. Podés tirar diez cañonazos de salva, y no los escucha. Soy yo la que tiene que sacudirlo “ ¡Ey!¿Vos no trabajabas los lunes?”.
Trato de seguir durmiendo, porque yo arranco más tarde. Pero el tipo prende las luces del techo, y me da como 1000 watts en cada pupila. Abre el placard de par en par y no sé si elige mucho la ropa o qué, pero le lleva media hora sacar un pantalón y elegir una remera. Tiene la manía de creer que las remeras se encogen después de lavadas, y se pone a estirarlas con un brazo, como haciendo flexiones, mientras yo estoy en la cama .Y yo tratando de dormir, y viéndolo estirar los brazos para un lado y para el otro, haciendo mierda la remera, y con miedo de que me noquee en uno de los estirones. Encima, con cada movimiento que hace saltan los resortes del colchón…y salto yo . ¿Quién puede seguir durmiendo así? Porque no es un alfeñique, pesa como noventa kilos.
A la mañana, se destapa él, levanta la colcha entera y me destapa a mí. Si a la noche tiene frío, tira de la frazada y me deja totalmente destapada, a mí, que soy friolenta. Pero generalmente tiene calor, y tira todo al piso, destapándome a mí. La cuestión es que siempre me destapa. Me saca de quicio.
No se qué hace con los zapatos. Calza 44, entonces si se le cae uno, es como que cayó la bomba nuclear. ¡Boooom! A veces salto del susto, pensando que rompió algo, o que explotó el calefón. Siempre deja varios pares sueltos al costado de la cama. No son zapatitos que si los empujás con el pie, se corren y podés apartarlos en el rincón, no. Podés patearlos y ni quiera se mueven. No los pateo, porque capaz que me fracturo el pie. Se va a la cocina, y me deja el piso de la habitación lleno de zapatones, es desesperante. ¿ Me voy a poner yo a guardar cada zapato que pesa dos kilos? Se lo digo, y me dice que a él le molesta que yo no le deje ni un cajón libre, que no tienen lugar para sus cosas. ¿Qué le voy a dejar , si acá ya no hay lugar para mis cosas, tampoco? Además, una mujer precisa más lugar para sus accesorios. Yo tengo bijoutería, pañuelos, foulards, remeritas, lencería. Para él, con un cuarto de placard para sus remeras y pantalones, le tendría que alcanzar. Pero se queja igual, de jodido que es. Y no sabe poner orden ni hace pedacito que le toca.
Al cambiarse los pantalones acomoda las cosas en los bolsillos como si quisiera hacer el mayor ruido posible No sé que hace, pero sacude monedas, cuenta plata, tintinea llaves, cambia moneditas de lugar, las tira sobre la mesa de luz para ver como suenan. Cualquier cosa con tal de no dejarme dormir un rato más. Tiene un llavero más grande que el de San Pedro. No se para qué. De todas esas llaves, usa tres. Pero suenan como las campanas del Vaticano. Un estruendo.
Ah, y las toses. Hace cuatro años que dejó de fumar, pero a la mañana me ofrece un concierto de toses y gargajos que creo que en un hospital de enfermedades respiratorias no escuchás tantos ruidos. Yo le digo que empiece a fumar otra vez, con tal de no escuchar esos sonidos tan desagradables.
Y lo del baño. No puede ser que un tipo, que ni siquiera se afeita, porque usa barba, se quede más tiempo que yo en el baño cada vez que se ducha. ¿Qué se cree, que está en un spa, o en un centro termal? ¡Por favor, a las nueve de la mañana la gente normal se apura!
Para mí que se queda en la ducha dos siglos, sintiendo como el agüita le baja por la espalda. Después no sé si se corta los pelos de la barba, de las orejas o de la nariz, pero el lavatorio termina hecho un asco de pelos cortados. Y mejor que no quiera usar le baño para hacer sus cosas. Porque aunque él dice que no se lleva lectura al inodoro, un tipo adulto y sano y si sin problemas de oclusión intestinal no puede pasar cuarenta minutos sentado en el trono, y otros veinte en el bidet. Le van a salir hemorroides de tanto estar así. El aroma que deja es como una bomba biológica, después del concierto de ventosidades varias. Y soy yo la que tienen que andar corriendo atrás con el desodorante de ambientes en aerosol, aroma jazmín, porque le ponés tres tubos adelante y no los ve.
Además, no puede salir del baño sin cerrar la puerta de un portazo que hace temblar la casa. No se porqué, pero a la puerta del baño la quiere dejar giratoria. Ya hay rajaduras al costado del marco, y dice que no las hizo él, que en todas las casas el material “trabaja”. Pero no deja de dar portazos.
Cada santa mañana del año me deja la cama deshecha- que la haga Mongo-, y el toallón empapado sobre las sábanas. Cada santa mañana le explico que después de usarlas, las toallas se cuelgan en sitio aireado para que se evapore su humedad, que si no, de color rosa va a pasar a color verde moho, por no hablar de que al mojarse la sábana con el toallón no puedo hacer la cama hasta que se seque, o las tendremos con lindos lamparones de un tono Roquefort. No, no le entra en la cabeza. Para él, los toallones mojados van sobre la cama, o peor, sobre el piso. Porque todo lo que esta en el piso, no lo ve. A veces fantaseo con matar a mi suegra y dejarla en el pasillo que va al baño. Te juro que él no la va a ver. Mucho menos, levantarla. Va a levantar el piecito para pasarle por encima, ida y vuelta , mil veces . Lo que yo no levanto, queda ahí. Una vez tiré papelitos con fecha y hora, para demostrarle que estaban en el piso desde el 6 de junio pasado a las 9 de la mañana. Me discutió que ayer ese papel no estaba ahí, el muy testarudo. No volví a repetir el experimento porque soy yo la que no se banca ver las cosas en el piso. En la convivencia, siempre pierde el más prolijo y gana el que le importan menos vivir con dignidad. .
Otra cosa que me irrita es su manera de hacer el desayuno para él solo. No es capaz de calentarme un café. Cuando yo tomaba mate y él café, se hacía el café, y no era capaz de calentarme agua para el mate. En resumen, no es capaz de prepararme un desayuno. Me dice que para qué va a prepararlo, si nunca sabe cuándo me levanto. Y que si lo hace, para cuando yo esté lista, estará frío. Y a mí que me importa que se enfríe. Lo que me importa es que él me prepare algo. Dice que siempre me quejo de lo que me prepara, porque el café tiene mucha leche, o está muy flojo, el mate está quemado, frío o lavado. O que le digo quién te dijo que quiero una tostada, y menos con dulce de naranja. Es que ya debería saber que le gusta solo a él. Es cierto. A veces quiero una tostada y a veces no. ¿Por qué tengo que desayunar lo mismo cada día, como hace él? Tengo días en que me levanto queriendo comer fruta, y otros que no te pruebo una fruta ni loca. Bueno, que pregunte, estoy a un metro de distancia, qué le cuesta preguntar. Ah, claro… como pone la radio a todo volumen para escuchar las noticias no escucharía mi respuesta. La peor radio de todas, una donde todos se ríen como gallinas cacacareantes a las ocho de la mañana. Por Dios, de qué te podés reír a las ocho de la mañana sin tomar gas hilarante. A él le divierten esos pavos. A mí me irritan terriblemente.
Así que a esa hora él hace su café, y se queda veinte minutos agarrado de la puerta de la heladera, como si se fuera a caer si la suelta, mirando el interior del aparato. No sé qué le encuentra de lindo a contemplar una bolsa con zanahorias como si fuera un Van Gogh. Le pregunto qué hace y me dice “nada”. Claro que nada, ya veo. No sé si espera que se le materialice una longaniza, o una torta Selva Negra. Pero si anoche se quedó diez minutos mirando la heladera, debería saber que esta mañana no vas a encontrar nada nuevo. ¿Anoche saliste a las tres de la mañana a comprar mermelada de frambuesas, jamón serrano, queso gruyere y facturas vienesas? Yo tampoco, así que qué tanto mirar la heladera.
A veces pienso en escribirle una lista de lo que hay en la heladera, y pegársela en la puerta, porque va a terminar rompiéndola de tanto colgarse el abrirla. Te cuento lo que hay, querido : medio limón , aceitunas negras, media lata de tomates, un ají verde, una manzana vieja, tres huevos, medio pan de manteca , una cerveza empezada , un repollo, dulce de naranja, queso crema y medio salamín . Nada para la mañana, excepto el dulce y la manteca. El pan está en el freezer, como siempre.
Además tiene la rara habilidad de hacer llamados telefónicos antes de salir, justo cuando yo tengo que hacerlos. No sé por qué se le ocurre que yo puedo llamar a la noche. Yo también agarro a la gente en su casa a la mañana o no la agarro más. Encima.
Él llama para que le hablen, no para hablar él. Porque lo escucho media hora diciendo si -, si , si , si , no, claro, si , si, si . Si era el otro el que tenía que hablarle, ¿por qué no llamó el otro? Y yo llego tarde al trabajo esperando que él largue el teléfono.
Está bien, reconozco que mi horario de trabajo es más flexible y puedo hacerlo, pero caray, a veces no quiero hacerlo. Otra cosa que me rebela es que apenas el gato hace miau, el le llena el plato con alimento balanceado. Cuando ya le dije que hay que darle de comer las sobras , y el balanceado es para dárselo a la noche, así nos deja dormir. Porque si al gato le das de comer dos veces por día, termina como Garfield. Y si le das a la mañana, no molesta a los vecinos, pero a la noche no duermo yo, porque se la pasa maullando de hambre. Si lo acostumbramos a que coma de noche, a la noche no va a hinchar. Claro, lo que pasa es que como él duerme como un tronco, no escucha los maullidos. Yo sí. Bueno, no lo entiende. El gato lo mira como carnero degollado, y el da Fat Cat sabor ratón, o como se llame.
A lo largo del día me llama, siempre me llama, para avisarme boludeces deprimentes “El estereo no tiene arreglo”, “No se consiguen repuestos para la procesadora. Les dije que se la guarden.”; “No consigo plomero que pueda venir esta semana”, “Tu auto tiene el embrague hecho puré” :
O peor, me pregunta “¿Alguna novedad?”.¿Qué novedad quiere que le diga? ¡Un ovni se llevó la ropa colgada! ¡Nos ganamos la lotería de Transilvania!
Después, a la noche viene oliendo a faso, porque en esa oficina todos fuman, y vuelta a colgarse media hora de la heladera. Y a preguntar qué comemos. Eso me vuelve loca. Y a meterse en la cocina a picar lo que yo esté cortando. Quiero hacer una tortilla de jamón y queso, y me deja en dos minutos sin jamón y sin queso. Entonces le digo que ahora no le hago nada tortilla, que le hago un huevo duro. Y me pone cara de asco. Y me pregunta por qué le pongo tanta sal al agua, que un desperdicio. Cómo se nota que no sabe hacerse un huevo duro, y que no conoce el precio de la sal. Y por qué al tomate le ponés tanto aceite. Porque siempre lo comes así y si no me ves hacerlo, no decís nada, caracho. Y que por qué no le ponés ajo. ¡Ajo! ¿No le importa tirarme encima aliento a ajo? Y aplaude cuando le digo que hay churrasco. Pero después no lava la plancha. Lava solo los platos. La plancha, en vez de lavarla, dice que me la dejó en remojo, porque tiene mucha grasa que no sale, y pesa mucho. No, no se enteró de que existe el polvo limpiador y las esponjitas metálicas. Dice que sabe, pero que no la encuentra. Uf.
Cuando le doy sobras recicladas, en vez de decir no mi amor, dejá que pido un matambrito a la pizza o al verdeo, o una Suprema a la Maryland en el boliche de abajo, se sienta y dice bueno, y se come lo que le des, onda compactadora. Entonces para que cuerno voy a hacer lomo mechado con ciruelas. Es un asco.
Ayer fue lata de atún con tomate. Bien dietético. Y deprimente. Yo por lo menos, prefiero bajarlos con algo de pan, para comer algo consistente. Pero siempre tengo que ser yo la que se levanta a buscarlo. Si va él, primero se pasa media hora preguntando dónde está el pan. En el freezer, le digo, el que busca encuentra.
Acá no hay nada, dice él.
Y te juro que aunque tenga el pan delante de los ojos, no lo ve, porque dice que el freezer es un despelote, que todo es igual, que no se distingue el pescado de la torta, que por qué no tiramos todo, que debe estar viejo. Ni se da cuenta de que soy yo la que se queda en casa los sábados cocinando para meter en le freezer y comer variado cada tanto. Si le pongo unas lasañas rellenas de nueve meses, éste se cree que las hice en diez minutos, que es lo que me lleva calentarlas en el microondas. Si le traigo un recién nacido, capaz que también se cree que lo hice en diez minutos.
Después tarda media hora en separar una rebanada de pan congelado de otra, y otra media hora en descongelarla al mínimo en el microondas. Yo le digo que lo ponga al máximo 10 segundos, pero no, él lo pone al mínimo dos minutos, así, de puro caprichoso. Si le pido que se apure, me descongela medio kilo de pan de una , y después tengo que tirar todo lo que no usamos.
En la cena, no me habla, o habla boludeces .
Que la pared está fea, que no encuentra el cinturón gris, que Núñez le dijo que van a arreglar para ir los dos este fin de semana a jugar al tenis. Bah, hace diez años que Núñez le dice que tienen que arreglar para jugar al tenis el fin de semana, y nunca van. Se lo dije y se ofendió. Le dije que si no concreta de una vez, es todo blablabla . Y me dice que no tendría que contarme nada, porque todo se lo critico. Entonces doy por terminada la cena.
Porque me irrita ver que se toma un litro de soda en dos minutos, y cómo come el pan, sacándole la miga y comiendo la corteza y después amasa las migas como si fuera plastilina y me deja esas bolas de miga ahí que parecen mocos gigantes. Y me dan tanto asco que no quiero ni tocarlas.
Levanto los platos y le digo que traiga los vasos. Me pongo a lavar los platos y me dice por qué no uso el agua caliente, porque con el agua fría no se lavan bien. Y yo le digo si sabés tanto porqué no los lavás vos. Tiro la esponja, al diablo con esto de querer hacerme el ama de casa perfecta, y me voy a terminar unos papeles que tengo que llevar mañana al trabajo. Un plomo, interminable, no logro concentrarme. Ruego que en ese tiempo él no tosa y escupa gargajos. Y tose y escupe gargajos. Y, lo que es peor, silba como un portero lavando la vereda. Lo peor no es que silbe. Lo peor es que silba tangos. ¿No es deprimente? Ni siquiera una música inventada, o algo de rock. Tangos. Tiene la mentalidad de un viejo choto.
Cuando se me caen los ojos de cansancio, paso por la cocina a ver cómo la dejó. El trapo rejilla hecho un bollo detrás de las canillas, empapado, cosa de que se pudra rápido. La basurita de la pileta acomodadita al costado de la mesada. Si la sacó del agujero del desagüe, ¿ qué le costaba tirarla a la basura? No, él es fino. Va mami y la tira, ya que mami hace todo. Un asco. Exprimo y estiro el trapo rejilla sobre la manija del horno. Apesta.
.¿Le dio de comer la gato? No, se lo tengo que dar yo, como siempre.
¿Guardó la mayonesa en la heladera? No, me quiere matar con sobredosis de salmonella. ¿La soda donde está? Calentándose en la mesa. Ja, después la quiere fría. Si uno lava los platos, se supone que tienen que guardar lo demás, ¿no? Pero no, si no voy yo, queda todo afuera toda la noche. No digo nada por no discutir más.
Voy al dormitorio, los zapatos están en el camino, por supuesto.
Y ahí está la morsa, tirada en la cama cuan larga es, mirando cualquier cosa en al tele.
Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa: propagandas de Sprayette, desfile de modas, un partido de fútbol Armenia. Tukmekistán , un pibe baleado en Crónica, una documental de una fábrica de coladores , un candidato a primer ministro en Chechenia . Cualquier cosa.
Y lo peor: se lleva un café a la cama. Después de lavarse los dientes toma un café, con lo cual le digo que se le van a pudrir los dientes con el azúcar. Y él me dice que le pone poca azúcar, que no alcanza para pudrir dientes. Bueno, que le cuente eso al dentista. Además, el café es para despertarse, ¿no? Entonces no se entiende para qué diablos se lleva un café a la cama, si lo que hay que hacer a esa hora es dormir.
Cuando se da cuenta de que me estoy por acostar, saca su ropa de arriba de la cama y ahí van rodando miles de moneditas, botones, fichas de video juegos, que se yo qué cosas que se le caen de los bolsillos y ruedan por el piso, todas las santas noches de mi vida. Él no se agacha para levantarlas, y quedan ahí. Como sus calzones, sus remeras. Todo por el piso. Con suerte, hace una torre de ropa en el respaldo de la silla junto a la cómoda, que a veces se cae de espalda con tanto peso.
Suspiro y empiezo a buscar perchas para colgar los pantalones. “No guardes nada, porque todo lo necesito a mano”, me dice. ¿Qué necesita?¿ Cuatro camisas, dos remeras, un vaquero, un short , un pantalón de corderoy y un polar? ¿Por qué necesita todo a mano? ¿Mañana se va a trepar e Aconcagua? ¿ O se piensa fugar? ¡El favor que me haría!
Y ahí sí que me broto. Y le pregunto por qué dejó el trapo rejilla hecho un bollo. Y me dice que igual ya hay que tirarlo, porque apesta y es puro agujero. Y le pregunto por qué tengo yo que tirar la basurita de la pileta. Me pregunta qué basurita. Nada, le digo.
Estoy tan furiosa que no creo que pueda conciliar el sueño fácilmente.
Bueno, ya se pudrió todo. Perdido por perdido, le pregunto si se acordó de pagar las expensas. Uy me olvidé, me dice, si no me avisás no me acuerdo. Te avisé tres veces, le digo. Me olvidé tres veces, me dice. No sé cómo vivís teniendo tan poca memoria, le digo, de morfar no te olvidás nunca. Si tenés tan buena memoria, por qué no las pagas vos, me dice. Porque no puedo ir al banco en toda la mañana y vos sí, le digo. Pagalas por Internet, me dice. Pagalas vos por Internet, le digo, que no entiendo cómo funciona y voy a terminar regalándole la plata al candidato a primer ministro de Chechenia.
Gracias a tu mala memoria mañana pagamos punitorios, le digo.
Mañana hablo con el administrador para avisarle que pago, me dice.
Oh, no, ahora tengo que ocupar medio cerebro mas haciéndote acordar que hables con el administrador, le digo.
No me rompas las pelotas, me dice el conde.
Mirá esas luces del techo, se están por caer, protesto, por cambia de tema.
Yo lo arreglo en el fin de semana, me dice, bufando.
Pero el ventilador de techo este nunca fue muy normal, lo instalaste como el culo, le digo. Se bambolea de un lado para otro y un día se va a soltar nos va a rebanar las cabezas a los dos, le digo. Bueno, saldremos en Crónica, me dice el chistoso. Pareja muere semidesnuda decapitada en su propia cama.
Y lo quiero matar porque mientras me hace esos chistes patéticos está mirando un programa boludo de la rai, donde un pelado narigón trata de bailar con una mina en bolas con plumas en el orto. Entonces le arranco el control remoto de las manos. Aunque nos caemos de sueño, los dos queremos ver un poco más para irnos de esta realidad de ventiladores asesinos, mayonesa caliente, procesadoras sin respuesto y estereos kaput.
Con el control todo mío, paso animadoras, trolos, coladores, dinosaurios, nardalepes, futbol, cartoon network, jetix, sony, isat , cnn, tnt , mtv, cosmo, hallmark, animal planet , infinito y no vemos nada de nada de nada de nada . Hasta que veo a Jack decirle a Rose que se agarre fuerte, que ella tiene que vivir. Y ella, que se salvó del hundimiento, no quiere salvarse. Quiere que él salga del agua helada. Pero en la balsa improvisada no hay lugar para los dos. Y Jack le pide que no lo olvide, porque el siempre la amará, y le ruega a ella que sea muy feliz en la vida. Rose está desesperada porque el se está congelando, ya tiene labios azules, y no quiere salvarse sin él. Pero él quiere que se salve ella . Los dos, agotados, se quedan dormidos. Rose se despierta e intenta despertarlo. Él esta cubierto de escarcha. Y ella le mueve las manos, lo llama, el ya no responde. Y así, a Rose se le hunde su gran amor, perdiéndose en el fondo del mar.¿Se puede amar tanto, tan de golpe? Claro que sí, especialmente si no llegás convivir con tu amor.
Vi esa película diez veces y las diez veces, lloro, siempre. Un amor tan fuerte, tan puro, que duró tan poco. Una crueldad del destino. Ellos tenían que salvarse, y vivir juntos, y tener hijos, y amarse para siempre, toda la vida. Pero no pudieron.
No, si me acabo de poner firme con el pago de las expensas, no puede verme lagrimeando porque di Caprio se muere.
Entonces no me seco las lágrimas para que él no descubra qué cursi y floja que soy.
Pero qué me preocupo si seguramente ya está roncando, porque no se mueve.
¡Qué va a ver Titanic!
Lo espío de reojo para ver si se durmió. Le veo la mirada húmeda fija en Rose. Y cuando ve que lo miro, dice qué linda ésta película. Me sonríe, porque ve que yo también estoy llorando, y me seca la lágrima con la mano. Me rodea los hombros con su brazo, y apoya mi cabeza en su pecho peludo. Me da un beso en la frente, y después en los ojos, y después llega a mi boca. Y me besa suavemente los labios, y siento su aliento dulce a café. Me toma la nuca con su manota, y se concentra en mi boca. La invade, la explora, la conquista, la revuelve. Me pone la otra mano en la pierna. La toca, la tantea, la goza, como un ciego, como si fuera la primera vez que descubre mi cuerpo. Sube la mano, me acaricia la cola, y la curva de mi cintura, y la espalda, suave y firmemente. Yo me sorprendo acariciándole esos muslos tan duros y firmes como si siempre hiciera tenis, y esos hombros tan fuertes que ni se ven bajo las remeras estiradas.
Me mete la mano debajo del camisón y me toca un pecho. Lo rodea con la mano, lo amasa, lo besa. Y me pasa la lengua por el cuello, los pechos, el ombligo, la ingle, hasta que me besa abajo de todo, como si fuera otra boca, ansioso, insistente. Y me vuelve loca de deseos.
De pronto, se levanta, me saca el camisón, se saca el boxer y se enrosca sobre mi cuerpo, como una boa constrictor de animal planet . Me recorre y me envuelve. Y los dos nos hundimos en abrazo, coordinando un ritmo de intenso placer, emocionados como una película de hallmark, porque él me conoce y yo lo conozco y sabe dónde vibro y sé cómo le gusta. Me sacude, me destapa, me derrite, me desarma, me hace suya y nos quedamos abrazados en un orgasmo fabuloso, de otra dimensión , surrealista como los programas de infinito, y dormidos abrazados, enganchados uno con el otro como para que ninguno de los dos se hunda en el océano helado.
A la mañana suena el despertador.
No lo escucha.
Lo sacudo para que se despierte, y se levanta, haciendo saltar toda la cama.
Enciende las luces, abre el placard, estira sus remeras con esos brazos demasiado largos y anchos que tiene, tose como un camionero, tira sus zapatos al piso como si fueran misiles y me despierto justo para ver su espalda inmensa entrando al baño, que ya sé que cerrará de un portazo.
Y no puedo evitar sonreír, mientras pienso, orgullosa, “Este es mi hombre”.
Subí que te llevo
“Tantas veces que vengo a almorzar a este bar, y nunca antes lo había visto. Es un divino.No debe ser de acá”, pensó Mariana.
Las chicas ya se habían ido, y ella, que lo había estado observando durante todo el almuerzo, no tenía ganas de volver a la oficina. No por pereza de volver a trabajar, sino porque no quería perder de vista a ese hombre.“Por fin un tipo atractivo en este lugar”, pensó ella.
Rápida, inventó el pretexto de que se quedaría tomando otro café porque tenía unos papeles para revisar y prefería verlos sola en el bar, antes que verlos en la oficina, donde siempre hay tantas interrupciones.
Ellas no sospecharon nada, pagaron lo suyo y le dijeron “hasta luego” .
Eran una tipas divinas, re piolas. Tenía suerte de tener compañeras de trabajo así de despiertas. No en cualquier trabajo una encuentra chicas inteligentes, divinas, honestas, que hablan de todo. Y encima, discretas, porque ninguna dijo “Yo también me quedo”.
A veces la pasaban tan bien charlando en la sobremesa de cosas de mujeres, que al volver a su escritorio le dolía la panza de tanto reírse. Otras veces los ánimos estaban más alicaídos, y volvían a caer en los mismos temas de siempre. Que a veces, a decir verdad, se repetían un poco. Como si todas volvieran a caer en los mismos errores. O como si tuvieran que contarlos varias veces para creerlos. Porque la verdad es que le sorprendía que siendo tan inteligentes, les pasaran cosas tan burdas.
Que increíble que siendo todas mujeres profesionales, esclarecidas y psicoanalizadas, siguieran dándole vuelta siempre a los mismos temas. A veces con más humor, otras con menos, pero a la larga se volvían reiterativas.
Todas sabían exactamente qué les pasaba en la vida, que les faltaba y qué necesitaban para ser felices. Todas sabían los sí y los no del hombre ideal. Todas salían los fines de semana juntas para ver si enganchaban algo decente. Todas se quejaban de que los hombres de su edad se quedaron atrás, como brutos, asustados, inmaduros. Tal vez ellas ya se habían convertido en la clase de hombre que hubieran querido conocer. Eran lindas, divertidas, independientes, atrevidas… ¿Y qué encontraban en la vida? Tipos retraídos, nenes de mamá, abusivos, estafadores…No, no exagero. Ni siquiera los buscaban así, porque los conocían por azar. En realidad eran ellos quienes las habían buscado.
Liliana se había metido con un arquitecto que parecía sensacional, hasta que el tipo resolvió ampliarle la casa. Cuando decidió dejarla por otra, volvió para decirle que ella le debía el 20% de los arreglos, porque había decidido cobrarle sus honorarios. El tipo había dormido en su cama y comido de su heladera durante un año y medio, para desaparecer de su vida y volver sólo para pedirle plata.
Fátima alojó en su casa a un atleta. Un divino, la corrió con su bici cuando ella iba a hacer aerobics por el parque de su barrio. El tipo estaba decidido a competir en las Olimpíadas y ella consiguió que su empresa lo auspicie para viajar a Atenas. Vivió con ella dos años en los que juntó buena plata. Un día le dijo orgulloso que se había comprado un campo en Magdalena, porque siempre había soñado tener un campito propio. El campo era un pantanal al fondo de una huella de barro a 30 kilométros del pueblo más cercano. Según él, le había salido rebarato. Ella le dijo que ese lote no servía para nada. El le dijo que no importaba, porque lo había comprado por consejo de su cuñado, que era martillero, como para sacar del pozo a su hermana, porque estaban en apuros económicos. La sangre tira, decía Fátima. Que tire más y se lo lleve, le recomendamos nosotras. Bueno, es su proyecto propio, y andá a saber qué deuda moral tiene con la hermana, no me puedo interponer, dijo ella. Sí, vieja, pero él se lo compró con lo que se ahorró viviendo de arriba mantenido por vos, porque en tu casa no pone un mango. Sí que pone, dijo ella. Si hay que arreglar algo lo hace él, hace años que no llamo a un electricista, dijo ella. Las chicas son sinceras, pero antes que eso, son solidarias. Se miraron entre sí y le dijeron “Tenés razón, eso vale mucho . Un tipo que sabe de electricidad vale su peso en oro” Y Fátima se lo creyó.
Violeta viene con un imán incorporado para atraer tipos jodidos. Enganchó uno que era un primor, con plata y todo, supercariñoso con ella y con las nenas que ella tiene de un matrimonio anterior. De golpe a las nenas les empezó a ir mal en la escuela. Tuvo que llevarlas a terapia porque no hacían nada, no prestaban atención, no hablaban con nadie y estaban hipersensibles, como deprimidas. En los tests salieron cosas muy feas. Entonces supo que cuando el novio llegaba antes a casa antes que ella, se dedicaba a jugar con las nenas unos juegos raros que había inventado él. Ella no pudo saber mucho más. O si supo, no nos contó más que eso. Pero todas sospechamos que manoseaba a las chiquitas. No entendemos cómo no lo denunció a la policía. Se limitó a tirarle todas sus cosas, a cambiar la cerradura y el número de teléfono y a decirle que desaparezca para siempre. Desde entonces, el nombre de Rubén sigue siendo tabú entre nosotras, porque se estremece cuando lo escucha. El padre de las nenas había desaparecido mucho tiempo atrás. Se iba de viaje por trabajo durante semanas enteras y un día Viole supo que tenía un bebé con otra mina, a diez cuadras de su casa. Raro en Viole, nunca quiso averiguar quién era . Después de todo, el nene es medio hermano de las chiquitas, pero ella decidió que no quería saber. Quedó muy mal. Cuando salimos juntas, siempre propone ir al cine o al teatro. Después, todas quieren ir a tomar algo, pero ella invariablemente dice que está cansada y vuelve a su casa .Qué ganas le pueden quedar de conocer a alguien.
Mariana misma no tenía cosas mejores para contar. Hacía cuatro años había conocido a un tipo divino, pero casado. Hacía tres tuvo un novio que cuando ella lo dejó se hizo swinger. Hacía dos conoció a César, un buen partido, de enorme cultura, al que sólo le interesaba que ella estuviera linda para lucirla en las reuniones con sus socios, y salir a navegar solo. Por lo menos, eso decía. Lindo curro el de los barcos. Cuando un tipo tiene un yate, es para llevar una mina escondida abordo todo un fin de semana sin que nadie lo vea. Los pescados no hablan. A Mariana no le gusta navegar, así que ni siquiera iba al club.
Si no era porque de casualidad la mujer de un amigo fue una tarde al club náutico y creyó que César había cambiado de amarra porque vio a una rubia subiendo al Morenita II, ella nunca se hubiera enterado de lo que pasaba. César se lo negó a muerte, y la mujer del amigo le dijo, risueña “Te dice la verdad, ya no lleva a una rubia. El domingo pasado llevó a una morocha” Si no fuera trágico, sería gracioso.
Ella se cansó, porque si su plan fuera compartir a un tipo, seamos honestos, cada uno con su amante y a otra cosa. El problema es que los tipos tienen muchas más jóvenes lindas y amables para levantarse que los amantes disponibles para mujeres engañadas. Decime qué tipo decente puede encontrar una Dicen que existen las mismas oportunidades para hombres y mujeres, pero el mundo está lleno de mujeres fabulosas y hombres mediocres. Mirá en la oficina. Si tuvieras que agruparlos por pareja…¿ con quien juntás Lili, Viole o Fati, de un modo más o menos parejo, que por algo se dice “ pareja”? ¿Con el gordo Vinci? ¿Con el pibe de la entrada? ¿ Con Angel, el jorobado? ¿Con Urruchúa? Bueno, Urruchúa es el más presentable y educado. Pero no podés hacer un harén con cuatro minas para Urruchúa, sólo porque es el único que te animarías a presentarle a una amiga sin que ella te llene la cara de carterazos y no quiera verte nunca más.
Recién lo hablaban con las chicas. Tal vez la vida de todas las mujeres sea siempre así, aguantando la indiferencia, los abusos y el egoísmo de los hombres. Y todas se callan bien la boca porque la casa no es de ella, sino de él, y si él no trae la guita, no comen, y no se les ocurre cómo sobrevivir sin un tipo que las mantenga…César se lo había dicho “Claro, ahora que te ascendieron en el laburo me pedís el divorcio, total, ya no me necesitás para que te mantenga”. No era por eso, era por la traición y la indiferencia y el desamor. Pero ahora que lo pensaba, si ella no tuviera este trabajo, seguramente seguiría con él , haciendo al vista gorda a sus viajecitos higiénicos a Carmelo y Punta del Este.
O tal vez no se trate de que haya pocos hombres elegibles, sino de que ella y sus amigas tienen una habilidad especialmente desgraciada para atraer desastres. Porque una puede tolerar muchas cosas Hasta un cocainómano como Alfred , o un fanático de los trencitos en miniatura como Quique, que no pensaba en nada más que en conseguir el vagón XR 4677. Pero no que te toquen a las nenas, no que te metan los cuernos, o que tengan planes privados donde la hermanita está primero que su mujer.
El problema es que ellas son muy modernas, pero al mismo tiempo, muy anticuadas.
Una mina independiente y moderna no puede seguir saliendo de noche, ir a bares, pubs y discos a ver qué tipo se acerca a ella. Porque si te fijás un poco, todos los espantos que conocieron fueron tipos que las avanzaron a ellas. Nunca al revés.
Como el de Liliana, que le pidió su teléfono a una amiga, porque le habían gustado sus tetas cuando la vio en un cumpleaños. O el de Fátima que la corrió con la bici. O César, que se acercó a ofrecerle rellenar la copa en la fiesta de la empresa, cuando la vio un minuto sola. Ni en un millón de años ella hubiera elegido acercarse a hablarle a César en ninguna fiesta. Ni borracha. ¿ Entonces por qué le dijo que si, cuando él le preguntó si saldría con el al día siguiente? Porque era el único que se lo preguntó. Las mujeres no se quedan con elmejor, sino con el valiente que se atreve a abordarlas.
Al final, son los tipos los que las están eligiendo siempre. Y ellas se dejan elegir, como el pescado en el hielo del super, a ver quién se lleva la mejor merluza.
Dicen que la palabra final la tiene la mujer, diciendo sí o no al que se acerca. Vamos, ninguna mujer dice jamás que no, y menos después de los treinta. Si le decís que no a uno, es de mal agüero. Capaz que en un año no se te acerca otro, porque así de cagones son. Y una no nació para carmelita descalza. Tal vez el error de todas es decir siempre que sí, a cualquiera que aparezca.
Dicen que las pendejas ahora vienen tan zarpadas, que levantan a los tipos. Se acercan, les hablan, les dicen “Me gustás, dame tu teléfono”. Eso no es natural. Te vas a ensartar con uno que no va a luchar por vos, con uno del que nunca sabes si realmente le gustás o si está con vos por vago, por ahorrarse el trabajo de levantarse a una mina. Y si los que tienen el coraje de avanzar y levantarte resultan tan desastrosos, imaginate uno al que vos te tengas que levantar porque si no, no mueve un dedo.
En toda la naturaleza siempre el macho corteja a la hembra. Si torcemos a la naturaleza pasan cosas feas. Como el síndrome de la vaca loca. Que una mujer se levante a un hombre sería el síndrome de la mujer loca, dejame de jorobar, y ella no es ninguna loca. Pero tampoco se siente una merluza, como para quedarse ahí esperando que la elijan, como si fuera una vaca en la Rural.
Mariana pensaba esto mirando sus papeles, y dejando enfriar el segundo café, y mirando si él la miraba. El la miraba.
“Por Dios, que se vaya de una vez”, pensó él. “Ya va por el segundo café, ni siquiera lo tomó, y yo clavado acá. No puedo moverme si esa mujer me sigue mirando. Ya no sé más que leer. Me leí el diario de punta a punta, o hice como que lo leí, porque lo que quiero es mirarla. Tengo miedo que crea que soy un pesado, pero no parece molestarle. Nunca pensé que me pasaría algo así. Quiero que se vaya primero, y ahí sí, agarro y me voy. Pero no quiero que me vea salir, simplemente no quiero. Ya sé que es absurdo, que no tiene porqué importarme lo que piense o crea, pero tengo mi orgullo. Y tengo derecho a tenerlo.”
A esa hora todo el mundo ya había terminado de almorzar y vuelto a sus oficinas. El bar estaba casi vacío, salvo por un viejo de mirada nublada que fumaba un cigarrillo, y dos mujeres mayores que hablaban al unísono. Había algunos más en el fondo, pero junto a su mesa ya no había nadie ¿Por qué se queda ella? ¿Esperará a alguien? Fue muy lindo mirarla y percibir que me miraba, pero ya está, me hace mal, es todo una ilusión.
Esos ojos y esos rulos cayéndole sobre los hombros me van a servir para pensar en ella en la ducha, al irme a dormir, o a la mañana temprano, cuando necesito ponerle una cara a alguna fantasía salvaje. Es estupenda para eso. No sé qué tiene, por qué me atrae tanto. Ni siquiera la vi parada, no sé si es una enana o si pesa 180 kilos. Pero con esa carita no parece que el resto desentone…¿Estoy loco? ¿Qué pretendo? Sea como sea, esta mina me calienta. No sé si porque sostiene la mirada cuando la miro, o porque sonríe y sus labios son perfectos. No es una sonrisa boba, no parece boba. Peor, preferiría que fuera boba, así me voy tranquilo, sin pena de perderla de vista. Pero me molesta que me vea irme, sin hablarle, aunque nunca más la vea. No sé, si es amor propio, machismo, qué sé yo… Y me sigue mirando. Otro tipo haría algo, yo no puedo. No puedo, tengo que asumirlo de una vez por todas.
“ El cree que no me di cuenta de lo incómodo que está.” ,pensó ella.
Tiene una cara tan noble, unos ojos tan cálidos, que no me importa nada más. Qué mal disimula. Es un tipo sincero, no sabe mentir. Que buen lomo tiene. Tiene brazos fuertes, con tanto músculo que no los puede pegar al cuerpo. Y qué lindo pelo. No sabe lo bien que me viene que no tome la iniciativa. No estamos tan lejos, podría hablarme desde su mesa. De acá lo escucharía. Pero creo que es demasiado elegante como para levantar la voz. Creo que espera que yo me levante y me vaya. Pero no me dan ganas de irme. Cada vez que lo miro, me mira. Pero no se va a animar a hablarme. Qué lindos dientes tiene. Me da ternura. No puedo ser tan guacha. Irme sin más sería una estupidez, como perderse el auto cero kilómetro porque te fuiste antes de que empiece el sorteo. Puede ser la última vez que lo vea, Tengo que hacer algo. Soy una mujer moderna, tengo que animarme. Toda la vida me eligieron a mí tipos incapaces de cuidarme. Ahora que me cuido sola, puedo elegir yo.
Antes de arrepentirse, con el corazón latiéndole con fuerzas, y como quien está en el borde del trampolín y siente que si no salta ahora no saltará jamás, ella metió sus papeles en el bolso, lo cargó sobre el hombro en bandolera, dejó la propina y fue directo, sonriendo, hacia él. Y cuanto más cerca estaba, mejor se sentía.
“Me quiero morir, es un bombón y viene para acá…¿Y ahora qué le digo?” , pensó él.
Sentándose lo más erguido que pudo, y puso un codo sobre el respaldo tratando de que ella no viera lo que ocultaba su saco.
- Hola, hace rato que te miro…Llevamos un buen rato acá. – le dijo ella, ladeando la cabeza, como esperando una respuesta.
“Qué lindo rulos, deben ser tan suaves”, pensó él. “Es una dulzura esta mujer.”
- Sí…Hace rato veo que nos miramos. – admitió él
- Por eso me quedé.- replicó ella, valiente.
“Caramba”, pensó él, lleno de una euforia callada.
- Y yo también.
Ella movió las manos y pestañeó, divertida, como esperando que alguien le dijera cómo seguir.
- Bueno, ¿qué hacemos? ¿Vamos yendo?
El sintió sudor frío. ¿Cómo explicarle?
- Excelente idea. - dijo él, desconcertado.
- Subí que te llevo- le dijo ella. Y se rieron.
Ella se puso atrás de él y con decisión tomó las manijas de la silla de ruedas, la separó de la mesa hacia atrás, puso el saco sobre sus rodillas, y se abrió paso con maestría y cuidado entre las mesas, enfilando hacia la puerta, donde un mozo, solícito, les guiñó un ojo y les abrió la puerta de par en par.
Las chicas ya se habían ido, y ella, que lo había estado observando durante todo el almuerzo, no tenía ganas de volver a la oficina. No por pereza de volver a trabajar, sino porque no quería perder de vista a ese hombre.“Por fin un tipo atractivo en este lugar”, pensó ella.
Rápida, inventó el pretexto de que se quedaría tomando otro café porque tenía unos papeles para revisar y prefería verlos sola en el bar, antes que verlos en la oficina, donde siempre hay tantas interrupciones.
Ellas no sospecharon nada, pagaron lo suyo y le dijeron “hasta luego” .
Eran una tipas divinas, re piolas. Tenía suerte de tener compañeras de trabajo así de despiertas. No en cualquier trabajo una encuentra chicas inteligentes, divinas, honestas, que hablan de todo. Y encima, discretas, porque ninguna dijo “Yo también me quedo”.
A veces la pasaban tan bien charlando en la sobremesa de cosas de mujeres, que al volver a su escritorio le dolía la panza de tanto reírse. Otras veces los ánimos estaban más alicaídos, y volvían a caer en los mismos temas de siempre. Que a veces, a decir verdad, se repetían un poco. Como si todas volvieran a caer en los mismos errores. O como si tuvieran que contarlos varias veces para creerlos. Porque la verdad es que le sorprendía que siendo tan inteligentes, les pasaran cosas tan burdas.
Que increíble que siendo todas mujeres profesionales, esclarecidas y psicoanalizadas, siguieran dándole vuelta siempre a los mismos temas. A veces con más humor, otras con menos, pero a la larga se volvían reiterativas.
Todas sabían exactamente qué les pasaba en la vida, que les faltaba y qué necesitaban para ser felices. Todas sabían los sí y los no del hombre ideal. Todas salían los fines de semana juntas para ver si enganchaban algo decente. Todas se quejaban de que los hombres de su edad se quedaron atrás, como brutos, asustados, inmaduros. Tal vez ellas ya se habían convertido en la clase de hombre que hubieran querido conocer. Eran lindas, divertidas, independientes, atrevidas… ¿Y qué encontraban en la vida? Tipos retraídos, nenes de mamá, abusivos, estafadores…No, no exagero. Ni siquiera los buscaban así, porque los conocían por azar. En realidad eran ellos quienes las habían buscado.
Liliana se había metido con un arquitecto que parecía sensacional, hasta que el tipo resolvió ampliarle la casa. Cuando decidió dejarla por otra, volvió para decirle que ella le debía el 20% de los arreglos, porque había decidido cobrarle sus honorarios. El tipo había dormido en su cama y comido de su heladera durante un año y medio, para desaparecer de su vida y volver sólo para pedirle plata.
Fátima alojó en su casa a un atleta. Un divino, la corrió con su bici cuando ella iba a hacer aerobics por el parque de su barrio. El tipo estaba decidido a competir en las Olimpíadas y ella consiguió que su empresa lo auspicie para viajar a Atenas. Vivió con ella dos años en los que juntó buena plata. Un día le dijo orgulloso que se había comprado un campo en Magdalena, porque siempre había soñado tener un campito propio. El campo era un pantanal al fondo de una huella de barro a 30 kilométros del pueblo más cercano. Según él, le había salido rebarato. Ella le dijo que ese lote no servía para nada. El le dijo que no importaba, porque lo había comprado por consejo de su cuñado, que era martillero, como para sacar del pozo a su hermana, porque estaban en apuros económicos. La sangre tira, decía Fátima. Que tire más y se lo lleve, le recomendamos nosotras. Bueno, es su proyecto propio, y andá a saber qué deuda moral tiene con la hermana, no me puedo interponer, dijo ella. Sí, vieja, pero él se lo compró con lo que se ahorró viviendo de arriba mantenido por vos, porque en tu casa no pone un mango. Sí que pone, dijo ella. Si hay que arreglar algo lo hace él, hace años que no llamo a un electricista, dijo ella. Las chicas son sinceras, pero antes que eso, son solidarias. Se miraron entre sí y le dijeron “Tenés razón, eso vale mucho . Un tipo que sabe de electricidad vale su peso en oro” Y Fátima se lo creyó.
Violeta viene con un imán incorporado para atraer tipos jodidos. Enganchó uno que era un primor, con plata y todo, supercariñoso con ella y con las nenas que ella tiene de un matrimonio anterior. De golpe a las nenas les empezó a ir mal en la escuela. Tuvo que llevarlas a terapia porque no hacían nada, no prestaban atención, no hablaban con nadie y estaban hipersensibles, como deprimidas. En los tests salieron cosas muy feas. Entonces supo que cuando el novio llegaba antes a casa antes que ella, se dedicaba a jugar con las nenas unos juegos raros que había inventado él. Ella no pudo saber mucho más. O si supo, no nos contó más que eso. Pero todas sospechamos que manoseaba a las chiquitas. No entendemos cómo no lo denunció a la policía. Se limitó a tirarle todas sus cosas, a cambiar la cerradura y el número de teléfono y a decirle que desaparezca para siempre. Desde entonces, el nombre de Rubén sigue siendo tabú entre nosotras, porque se estremece cuando lo escucha. El padre de las nenas había desaparecido mucho tiempo atrás. Se iba de viaje por trabajo durante semanas enteras y un día Viole supo que tenía un bebé con otra mina, a diez cuadras de su casa. Raro en Viole, nunca quiso averiguar quién era . Después de todo, el nene es medio hermano de las chiquitas, pero ella decidió que no quería saber. Quedó muy mal. Cuando salimos juntas, siempre propone ir al cine o al teatro. Después, todas quieren ir a tomar algo, pero ella invariablemente dice que está cansada y vuelve a su casa .Qué ganas le pueden quedar de conocer a alguien.
Mariana misma no tenía cosas mejores para contar. Hacía cuatro años había conocido a un tipo divino, pero casado. Hacía tres tuvo un novio que cuando ella lo dejó se hizo swinger. Hacía dos conoció a César, un buen partido, de enorme cultura, al que sólo le interesaba que ella estuviera linda para lucirla en las reuniones con sus socios, y salir a navegar solo. Por lo menos, eso decía. Lindo curro el de los barcos. Cuando un tipo tiene un yate, es para llevar una mina escondida abordo todo un fin de semana sin que nadie lo vea. Los pescados no hablan. A Mariana no le gusta navegar, así que ni siquiera iba al club.
Si no era porque de casualidad la mujer de un amigo fue una tarde al club náutico y creyó que César había cambiado de amarra porque vio a una rubia subiendo al Morenita II, ella nunca se hubiera enterado de lo que pasaba. César se lo negó a muerte, y la mujer del amigo le dijo, risueña “Te dice la verdad, ya no lleva a una rubia. El domingo pasado llevó a una morocha” Si no fuera trágico, sería gracioso.
Ella se cansó, porque si su plan fuera compartir a un tipo, seamos honestos, cada uno con su amante y a otra cosa. El problema es que los tipos tienen muchas más jóvenes lindas y amables para levantarse que los amantes disponibles para mujeres engañadas. Decime qué tipo decente puede encontrar una Dicen que existen las mismas oportunidades para hombres y mujeres, pero el mundo está lleno de mujeres fabulosas y hombres mediocres. Mirá en la oficina. Si tuvieras que agruparlos por pareja…¿ con quien juntás Lili, Viole o Fati, de un modo más o menos parejo, que por algo se dice “ pareja”? ¿Con el gordo Vinci? ¿Con el pibe de la entrada? ¿ Con Angel, el jorobado? ¿Con Urruchúa? Bueno, Urruchúa es el más presentable y educado. Pero no podés hacer un harén con cuatro minas para Urruchúa, sólo porque es el único que te animarías a presentarle a una amiga sin que ella te llene la cara de carterazos y no quiera verte nunca más.
Recién lo hablaban con las chicas. Tal vez la vida de todas las mujeres sea siempre así, aguantando la indiferencia, los abusos y el egoísmo de los hombres. Y todas se callan bien la boca porque la casa no es de ella, sino de él, y si él no trae la guita, no comen, y no se les ocurre cómo sobrevivir sin un tipo que las mantenga…César se lo había dicho “Claro, ahora que te ascendieron en el laburo me pedís el divorcio, total, ya no me necesitás para que te mantenga”. No era por eso, era por la traición y la indiferencia y el desamor. Pero ahora que lo pensaba, si ella no tuviera este trabajo, seguramente seguiría con él , haciendo al vista gorda a sus viajecitos higiénicos a Carmelo y Punta del Este.
O tal vez no se trate de que haya pocos hombres elegibles, sino de que ella y sus amigas tienen una habilidad especialmente desgraciada para atraer desastres. Porque una puede tolerar muchas cosas Hasta un cocainómano como Alfred , o un fanático de los trencitos en miniatura como Quique, que no pensaba en nada más que en conseguir el vagón XR 4677. Pero no que te toquen a las nenas, no que te metan los cuernos, o que tengan planes privados donde la hermanita está primero que su mujer.
El problema es que ellas son muy modernas, pero al mismo tiempo, muy anticuadas.
Una mina independiente y moderna no puede seguir saliendo de noche, ir a bares, pubs y discos a ver qué tipo se acerca a ella. Porque si te fijás un poco, todos los espantos que conocieron fueron tipos que las avanzaron a ellas. Nunca al revés.
Como el de Liliana, que le pidió su teléfono a una amiga, porque le habían gustado sus tetas cuando la vio en un cumpleaños. O el de Fátima que la corrió con la bici. O César, que se acercó a ofrecerle rellenar la copa en la fiesta de la empresa, cuando la vio un minuto sola. Ni en un millón de años ella hubiera elegido acercarse a hablarle a César en ninguna fiesta. Ni borracha. ¿ Entonces por qué le dijo que si, cuando él le preguntó si saldría con el al día siguiente? Porque era el único que se lo preguntó. Las mujeres no se quedan con elmejor, sino con el valiente que se atreve a abordarlas.
Al final, son los tipos los que las están eligiendo siempre. Y ellas se dejan elegir, como el pescado en el hielo del super, a ver quién se lleva la mejor merluza.
Dicen que la palabra final la tiene la mujer, diciendo sí o no al que se acerca. Vamos, ninguna mujer dice jamás que no, y menos después de los treinta. Si le decís que no a uno, es de mal agüero. Capaz que en un año no se te acerca otro, porque así de cagones son. Y una no nació para carmelita descalza. Tal vez el error de todas es decir siempre que sí, a cualquiera que aparezca.
Dicen que las pendejas ahora vienen tan zarpadas, que levantan a los tipos. Se acercan, les hablan, les dicen “Me gustás, dame tu teléfono”. Eso no es natural. Te vas a ensartar con uno que no va a luchar por vos, con uno del que nunca sabes si realmente le gustás o si está con vos por vago, por ahorrarse el trabajo de levantarse a una mina. Y si los que tienen el coraje de avanzar y levantarte resultan tan desastrosos, imaginate uno al que vos te tengas que levantar porque si no, no mueve un dedo.
En toda la naturaleza siempre el macho corteja a la hembra. Si torcemos a la naturaleza pasan cosas feas. Como el síndrome de la vaca loca. Que una mujer se levante a un hombre sería el síndrome de la mujer loca, dejame de jorobar, y ella no es ninguna loca. Pero tampoco se siente una merluza, como para quedarse ahí esperando que la elijan, como si fuera una vaca en la Rural.
Mariana pensaba esto mirando sus papeles, y dejando enfriar el segundo café, y mirando si él la miraba. El la miraba.
“Por Dios, que se vaya de una vez”, pensó él. “Ya va por el segundo café, ni siquiera lo tomó, y yo clavado acá. No puedo moverme si esa mujer me sigue mirando. Ya no sé más que leer. Me leí el diario de punta a punta, o hice como que lo leí, porque lo que quiero es mirarla. Tengo miedo que crea que soy un pesado, pero no parece molestarle. Nunca pensé que me pasaría algo así. Quiero que se vaya primero, y ahí sí, agarro y me voy. Pero no quiero que me vea salir, simplemente no quiero. Ya sé que es absurdo, que no tiene porqué importarme lo que piense o crea, pero tengo mi orgullo. Y tengo derecho a tenerlo.”
A esa hora todo el mundo ya había terminado de almorzar y vuelto a sus oficinas. El bar estaba casi vacío, salvo por un viejo de mirada nublada que fumaba un cigarrillo, y dos mujeres mayores que hablaban al unísono. Había algunos más en el fondo, pero junto a su mesa ya no había nadie ¿Por qué se queda ella? ¿Esperará a alguien? Fue muy lindo mirarla y percibir que me miraba, pero ya está, me hace mal, es todo una ilusión.
Esos ojos y esos rulos cayéndole sobre los hombros me van a servir para pensar en ella en la ducha, al irme a dormir, o a la mañana temprano, cuando necesito ponerle una cara a alguna fantasía salvaje. Es estupenda para eso. No sé qué tiene, por qué me atrae tanto. Ni siquiera la vi parada, no sé si es una enana o si pesa 180 kilos. Pero con esa carita no parece que el resto desentone…¿Estoy loco? ¿Qué pretendo? Sea como sea, esta mina me calienta. No sé si porque sostiene la mirada cuando la miro, o porque sonríe y sus labios son perfectos. No es una sonrisa boba, no parece boba. Peor, preferiría que fuera boba, así me voy tranquilo, sin pena de perderla de vista. Pero me molesta que me vea irme, sin hablarle, aunque nunca más la vea. No sé, si es amor propio, machismo, qué sé yo… Y me sigue mirando. Otro tipo haría algo, yo no puedo. No puedo, tengo que asumirlo de una vez por todas.
“ El cree que no me di cuenta de lo incómodo que está.” ,pensó ella.
Tiene una cara tan noble, unos ojos tan cálidos, que no me importa nada más. Qué mal disimula. Es un tipo sincero, no sabe mentir. Que buen lomo tiene. Tiene brazos fuertes, con tanto músculo que no los puede pegar al cuerpo. Y qué lindo pelo. No sabe lo bien que me viene que no tome la iniciativa. No estamos tan lejos, podría hablarme desde su mesa. De acá lo escucharía. Pero creo que es demasiado elegante como para levantar la voz. Creo que espera que yo me levante y me vaya. Pero no me dan ganas de irme. Cada vez que lo miro, me mira. Pero no se va a animar a hablarme. Qué lindos dientes tiene. Me da ternura. No puedo ser tan guacha. Irme sin más sería una estupidez, como perderse el auto cero kilómetro porque te fuiste antes de que empiece el sorteo. Puede ser la última vez que lo vea, Tengo que hacer algo. Soy una mujer moderna, tengo que animarme. Toda la vida me eligieron a mí tipos incapaces de cuidarme. Ahora que me cuido sola, puedo elegir yo.
Antes de arrepentirse, con el corazón latiéndole con fuerzas, y como quien está en el borde del trampolín y siente que si no salta ahora no saltará jamás, ella metió sus papeles en el bolso, lo cargó sobre el hombro en bandolera, dejó la propina y fue directo, sonriendo, hacia él. Y cuanto más cerca estaba, mejor se sentía.
“Me quiero morir, es un bombón y viene para acá…¿Y ahora qué le digo?” , pensó él.
Sentándose lo más erguido que pudo, y puso un codo sobre el respaldo tratando de que ella no viera lo que ocultaba su saco.
- Hola, hace rato que te miro…Llevamos un buen rato acá. – le dijo ella, ladeando la cabeza, como esperando una respuesta.
“Qué lindo rulos, deben ser tan suaves”, pensó él. “Es una dulzura esta mujer.”
- Sí…Hace rato veo que nos miramos. – admitió él
- Por eso me quedé.- replicó ella, valiente.
“Caramba”, pensó él, lleno de una euforia callada.
- Y yo también.
Ella movió las manos y pestañeó, divertida, como esperando que alguien le dijera cómo seguir.
- Bueno, ¿qué hacemos? ¿Vamos yendo?
El sintió sudor frío. ¿Cómo explicarle?
- Excelente idea. - dijo él, desconcertado.
- Subí que te llevo- le dijo ella. Y se rieron.
Ella se puso atrás de él y con decisión tomó las manijas de la silla de ruedas, la separó de la mesa hacia atrás, puso el saco sobre sus rodillas, y se abrió paso con maestría y cuidado entre las mesas, enfilando hacia la puerta, donde un mozo, solícito, les guiñó un ojo y les abrió la puerta de par en par.
Porteñas
El había llegado ansioso a Buenos Aires. Sus colegas más viajados le habían contado que las mujeres argentinas eran muy bonitas, y que las porteñas tenían una sensualidad fogosa. Esto ya lo había detectado a bordo del avión que lo trajo a Ezeiza: algunas pasajeras brillaban con luz propia. ¿Qué tenían ellas, que las hacía tan especiales? Lo pensó largamente mientras las observaba desde su asiento de pasillo. Todas ellas estaban impecablemente maquilladas. Se vestían sensualmente y no dejaban de tocarse el pelo, como invitando a otro a acariciarlo. Todas lucían anillos y collares, tenían inquietas. Hablaban mucho y apasionadamente, y sus ojos no perdían detalle de lo que había entorno. Una rubia le había sonreído sensual al cruzar su mirada con la de él, y el resto del vuelo lo había apuntado con la punta de su pie, como señalando que lo había elegido. Tuvieron una breve charla junto a la puerta del lavabo, y ella rió mucho con las ocurrencias de él, pero como la pasar dejó en claro que regresaba a Buenos Aires a reunirse con su esposo, pero dejando entrever que estaba dispuesta a volver a verlo. O sea que, casadas y todo, las porteñas coquetean igual. Y él estaba dispuesto a averiguar por qué sucedía esto.
Apenas terminó la reunión de negocios, se fue a caminar por la calle Florida. Vio mujeres hermosísimas, con faldas demasiado cortas para la moda actual, y jerseys demasiado ceñidos para estar cómodas. “Está claro que la argentina prefiere estar atractiva a estar cómoda”, decidió. Las miró a los ojos, y se sorprendió al ver que le sostenían la mirada, desafiantes. Las vio observar zapatos, ropa, cosméticos, lencería, embelesadas ante los escaparates. Nada de la androginia tan de moda en Europa. La profusión de mujeres atractivas era tal, que resolvió ser más selectivo. Siguió brevemente a una rubia de pelo corto y boca pulposa, enfundada en una gabardina color Río de la Plata que dejaba adivinar un culo firme y redondo como una ciruela verde. La invitó con un café. Ella lo miró de arriba abajo y le dio vuelta la cara con desprecio. Sin amilanarse, caminó detrás de una pelirroja de pelo largo y lacio con pechos que desbordaban el escote. Le preguntó si podía caminar con ella y ella aceleró el paso, asustada. Ya llegaba la hora de almorzar, y adivinando que si seguía así almorzaría solo, llamó a su amigo Quique, y le narró la situación: “Quiero ligar con una argentina, pero son muy ariscas”. “Déjalo en mis manos” le dijo Quique, “En veinte minutos te paso a buscar con una amiga” . El no perdió el tiempo, y siguió saludando y piropeando a cuanta mujer atractiva se le cruzó. Todas coqueteaban alevosamente de lejos, hasta el momento en que él las encaraba, y luego huían despavoridas, tal vez asustadas por su propia capacidad de seducción.
Esperó ansiosos a Quique , que llegó con dos muchachas , una rubia de cabellos rizados hasta la cintura y dulcísimos ojos color miel, y otra de carita redonda, largas pestañas negras y cabello ultracorto, que dejaba desnudo un cuello de curvas suaves que movía como en cámara lenta .
El no comprendió bien quién era la rubia, pero supo que la morocha era documentalista de cine, que había viajado varias veces a Europa, y que estaría encantada en volver allí. Apenas pudo escuchar las palabras, porque se obsesionó en observar cómo las decía. Cuando ella hablaba, su boca apenas se abría. Sus palabras salían como susurros entre dos labios llenos y apetitosos, rápidos para la sonrisa que dejaba entrever unos dientes pequeñitos y una lengua apenas rosada. Almorzaron los cuatro apretados en una mesita para dos, algunos bocados árabes que el no pudo casi tragar después de que la morenita de pelo corto le limpiara la salsa de yogurt de su mejilla con un dedo, diciéndole entre risas , “Qué bebé que sos, te ensuciás al comer” , lo que le provocó una erección instantánea. “¿Esta mujer está coqueteando conmigo?”, se preguntó, fascinado. No hizo falta pensarlo demasiado: el muslo se pegó al de él . No: más bien se apretó con fuerza contra él. Ella le clavó sus ojos pardos mientras le ofreció una servilleta. El sujetó en su mano la manito suave que sostenía la servilleta, y ella no hizo ningún ademán de retirarla. Quique seguía conversando animadamente con la rubia, así que él siguió sujetando esa manito. Hubiera sido demasiado complicado preguntarle al amigo por las reglas de etiqueta en un almuerzo improvisado con amigas de él.
Se debatía pensando qué hacer: si tomaba una iniciativa muy directa, tal vez ella se asustaría como todas las argentinas que había abordado en la calle. Si no lo hacía, sería peor: ella pensaría que no estaba interesado. No tenía tiempo que perder...después de todo se quedaría solo cinco días en Buenos Aires. Y ella era la única porteña que no se estaba escapando de su lado. Mientras pensaba esto, se dio cuenta de que aún no había soltado la mano de ella, ni ella la había retirado. Entonces le acarició la pierna con la punta del dedo, por debajo de la mesita minúscula. Y ella apretó su pierna aún más contra la de él. Sintió que el corazón le saltaba en el pecho. No por miedo a ser descubiertos, sino por miedo a estropear todo, a que ella dijera “Basta” , a que se cortara la ilusión por un paso en falso, a que se cortara toda posibilidad por no decidirse a jugar fuerte.
El le puso la mano abierta sobre el muslo, con toda delicadeza. Ella le sonrió y bajó la mirada como diciendo “Sigue...no te detengas”. El se sorprendió al sentir que ella ajaba su manito diminuta, la misma que la había alcanzado la servilleta, para acariciarle la pierna con extrema dulzura, como un hada tocando un arpa. Sintió que una deliciosa ola de calor le llegaba a la cara, y temió que se notara su terrible erección bajo el mantel demasiado corto....
- Bueno, ¿vamos yendo, que todos tenemos que volver a trabajar? – dijo de pronto Quique.
Su voz sonó extraña, como lejana y fuera de lugar. Él y la morena se sobresaltaron, se tomaron la mano debajo la mesa, como diciendo “Esto sigue luego” , y mintieron:
- De acuerdo, vamos yendo.
Ella se levantó y caminó hacia la salida. Él aprovechó para mirarla de cuerpo entero. “Deliciosa”, pensó, encantado de haber estado junto a la argentina más bonita. Comprobó que se deshacía de deseos por esa mujercita de manos pequeñas y andar grácil. Salieron las dos chicas adelante, mientras que los hombres caminaron detrás. Le iba a contar a Quique lo feliz que se sentía por esa pequeña aventura, lo agradecido que estaba de que le hubiera presentado a esa dulzura de mujer y la impaciencia que tenía por seguir la historia...Pero Quique, como buen porteño, habló primero:
- Tenés suerte, macho – le dijo- La rubia está muerta con vos, y a mi mujer le caíste re-bien. Cómo te envidio... ¡las porteñas se derriten por los extranjeros!
Apenas terminó la reunión de negocios, se fue a caminar por la calle Florida. Vio mujeres hermosísimas, con faldas demasiado cortas para la moda actual, y jerseys demasiado ceñidos para estar cómodas. “Está claro que la argentina prefiere estar atractiva a estar cómoda”, decidió. Las miró a los ojos, y se sorprendió al ver que le sostenían la mirada, desafiantes. Las vio observar zapatos, ropa, cosméticos, lencería, embelesadas ante los escaparates. Nada de la androginia tan de moda en Europa. La profusión de mujeres atractivas era tal, que resolvió ser más selectivo. Siguió brevemente a una rubia de pelo corto y boca pulposa, enfundada en una gabardina color Río de la Plata que dejaba adivinar un culo firme y redondo como una ciruela verde. La invitó con un café. Ella lo miró de arriba abajo y le dio vuelta la cara con desprecio. Sin amilanarse, caminó detrás de una pelirroja de pelo largo y lacio con pechos que desbordaban el escote. Le preguntó si podía caminar con ella y ella aceleró el paso, asustada. Ya llegaba la hora de almorzar, y adivinando que si seguía así almorzaría solo, llamó a su amigo Quique, y le narró la situación: “Quiero ligar con una argentina, pero son muy ariscas”. “Déjalo en mis manos” le dijo Quique, “En veinte minutos te paso a buscar con una amiga” . El no perdió el tiempo, y siguió saludando y piropeando a cuanta mujer atractiva se le cruzó. Todas coqueteaban alevosamente de lejos, hasta el momento en que él las encaraba, y luego huían despavoridas, tal vez asustadas por su propia capacidad de seducción.
Esperó ansiosos a Quique , que llegó con dos muchachas , una rubia de cabellos rizados hasta la cintura y dulcísimos ojos color miel, y otra de carita redonda, largas pestañas negras y cabello ultracorto, que dejaba desnudo un cuello de curvas suaves que movía como en cámara lenta .
El no comprendió bien quién era la rubia, pero supo que la morocha era documentalista de cine, que había viajado varias veces a Europa, y que estaría encantada en volver allí. Apenas pudo escuchar las palabras, porque se obsesionó en observar cómo las decía. Cuando ella hablaba, su boca apenas se abría. Sus palabras salían como susurros entre dos labios llenos y apetitosos, rápidos para la sonrisa que dejaba entrever unos dientes pequeñitos y una lengua apenas rosada. Almorzaron los cuatro apretados en una mesita para dos, algunos bocados árabes que el no pudo casi tragar después de que la morenita de pelo corto le limpiara la salsa de yogurt de su mejilla con un dedo, diciéndole entre risas , “Qué bebé que sos, te ensuciás al comer” , lo que le provocó una erección instantánea. “¿Esta mujer está coqueteando conmigo?”, se preguntó, fascinado. No hizo falta pensarlo demasiado: el muslo se pegó al de él . No: más bien se apretó con fuerza contra él. Ella le clavó sus ojos pardos mientras le ofreció una servilleta. El sujetó en su mano la manito suave que sostenía la servilleta, y ella no hizo ningún ademán de retirarla. Quique seguía conversando animadamente con la rubia, así que él siguió sujetando esa manito. Hubiera sido demasiado complicado preguntarle al amigo por las reglas de etiqueta en un almuerzo improvisado con amigas de él.
Se debatía pensando qué hacer: si tomaba una iniciativa muy directa, tal vez ella se asustaría como todas las argentinas que había abordado en la calle. Si no lo hacía, sería peor: ella pensaría que no estaba interesado. No tenía tiempo que perder...después de todo se quedaría solo cinco días en Buenos Aires. Y ella era la única porteña que no se estaba escapando de su lado. Mientras pensaba esto, se dio cuenta de que aún no había soltado la mano de ella, ni ella la había retirado. Entonces le acarició la pierna con la punta del dedo, por debajo de la mesita minúscula. Y ella apretó su pierna aún más contra la de él. Sintió que el corazón le saltaba en el pecho. No por miedo a ser descubiertos, sino por miedo a estropear todo, a que ella dijera “Basta” , a que se cortara la ilusión por un paso en falso, a que se cortara toda posibilidad por no decidirse a jugar fuerte.
El le puso la mano abierta sobre el muslo, con toda delicadeza. Ella le sonrió y bajó la mirada como diciendo “Sigue...no te detengas”. El se sorprendió al sentir que ella ajaba su manito diminuta, la misma que la había alcanzado la servilleta, para acariciarle la pierna con extrema dulzura, como un hada tocando un arpa. Sintió que una deliciosa ola de calor le llegaba a la cara, y temió que se notara su terrible erección bajo el mantel demasiado corto....
- Bueno, ¿vamos yendo, que todos tenemos que volver a trabajar? – dijo de pronto Quique.
Su voz sonó extraña, como lejana y fuera de lugar. Él y la morena se sobresaltaron, se tomaron la mano debajo la mesa, como diciendo “Esto sigue luego” , y mintieron:
- De acuerdo, vamos yendo.
Ella se levantó y caminó hacia la salida. Él aprovechó para mirarla de cuerpo entero. “Deliciosa”, pensó, encantado de haber estado junto a la argentina más bonita. Comprobó que se deshacía de deseos por esa mujercita de manos pequeñas y andar grácil. Salieron las dos chicas adelante, mientras que los hombres caminaron detrás. Le iba a contar a Quique lo feliz que se sentía por esa pequeña aventura, lo agradecido que estaba de que le hubiera presentado a esa dulzura de mujer y la impaciencia que tenía por seguir la historia...Pero Quique, como buen porteño, habló primero:
- Tenés suerte, macho – le dijo- La rubia está muerta con vos, y a mi mujer le caíste re-bien. Cómo te envidio... ¡las porteñas se derriten por los extranjeros!
Nada
Nada, no pasó nada.
Viste que siempre para esta época del año me toca ir al congreso ese de farmacología en Brasil, que es siempre lo mismo. Una semana encerrada en un hotel cinco estrellas al que no podés disfrutar porque si no tenés que ir a la charla de un colega de tu empresa, tenés que ir a la de Abbott, o la de Merck , y queda mal que te tengan anotada y no asistir: Además, siempre me conviene que mi jefe sepa que fui a todas. Llegó a decirme que no entiende como hago para estar en tres conferencias al mismo tiempo. El cree que me fascina ver los workshops donde comparan los efectos placebos con la acción del Ribotril Forte. La verdad es que no veo la hora de salir con la folletería para correr a otro lugar siempre con la esperanza de que me vea tan eficiente como para cambiarme de área en la empresa. La mía es un plomo. Pero esto de los congresos se ve que lo hago tan bien que siempre me manda solo a mí. Con lo cual me cavo mi propia fosa, porque si hago esto bien, no me va a cambiar de área, me va a dejar yendo a congresos.
Una lástima, porque la gente me dice “vos siempre viajando, que suerte tenés” , y lo que hago ahí es una rutina bien tediosa . Estuve en Santiago y no conozco Chile, estuve en Atlanta y no conozco Estados Unidos. Y de Brasil, no conocí ni a la gente.
A la piscina olímpica la ves de lejos, al sauna ni entrás, se come de parado y a las apuradas, de una bandejita de telgopor comida de avión para tragar volando porque mi empresa me espera de vuelta con toda la folletería e informes que pueda llevarles, hasta de la charla más obvia. Yo eso no lo hago. Selecciono y les llevo lo mejor. Tal vez con la esperanza de que descubran que hice un trabajo extra, no es que les tiro todo sobre la mesa ç a lo bestia. Tal vez porque de la vida quisiera saber tirar lo que no sirve y guardar solo lo bueno.
Estando allá, no puedo ni salir del hotel, ni escapar cinco minutos. Por eso, yo siempre te digo que no me envidies. No fui a tomarme una caipiriña a una playa tropical… ¡fui a congelarme con aire acondicionado encendido al máximo y a tomar litros de café demasiado fuerte! Tan fuerte que en la noche del segundo día no podía pegar un ojo. Entonces bajé a tomar algo que me ayudara a conciliar el sueño. No me gusta el whisky, pero me pedí uno, porque lo demás me daba demasiada sospecha, qué sé yo qué bebidas son. Por lo menos el whisky, podrido no va a estar. El alcohol mata todo. Y allí encontré a tres colegas de empresas latinoamericanas con los que hicimos un balance de las actividades del día. Lo mismo de siempre: cada uno probando su idoneidad, y yo un poco menos, porque siendo mujer me toca admirarlos para caerles bien. A uno le caí demasiado bien, porque cambió de lkugar y pasó de su sillón frente a mí para sentarse en el sillón junto a mí. Y de golpe empezó a preguntarme como llegué aquí, a qué me dedico, cómo es mi trabajo. Empecé a observarlo sorprendida. Como mucho, tendría veinte años Después dijo que veinticinco, pero eso no me alivió Yo lo doblo en edad. Me sentí extraña. El me clavaba los ojos y se inclinaba hacia adelante para hablarme, como queriendo oler mi respiración. Pensé que tal vez era una falsa percepción mía debido al whisky. Soy una mujer prolija y agradable, pero de ninguna manera puedo pensar que puedo gustarle a un chico de veinte. Pero él no paraba de preguntarme cosas de mi vida. Me dijo que era periodista y que estaba en el congreso para cubrir el evento para un diario de la ciudad y otros medios. Al rato noté que nuestro tono de conversación era más bajo que el de los demás, y que teníamos una charla casi privada. Los otros cada tanto se levantaban anunciando que ya se iban a dormir, pero cuando veían que nosotros dos no nos levantábamos, se volvían a sentar. Sentí que todos querían irse a dormir, pero que no nos querían dejar solos. Yo tampoco tenia sueño, y aunque la situación era inquietante, eso de que un muchacho de veinte dedicara el resto de la noche a mi, no dejaba de ser halagador. Está bien que yo era la única mujer del grupo, pero había pesos pesados para entrevistar. Supuse que tanta pregunta era solo para sacarme data para su nota, aunque me parecía desubicado que en un artículo de diario describiera mis gustos literarios. Tampoco estaba borracho: solo sorbía un jugo de ananá que le duró toda la noche.
Cuando me di cuenta de que los demás giraban alrededor nuestro como lobos patrullando la situación, acechando al joven macho invasor, supe que no eran ideas mías: el muchachito me estaba seduciendo. A final, a las tres y media de la mañana, ya hartos de vigilarnos, todos se fueron a dormir, excepto dos de otro grupo que se quedaron montando guardia para observarnos. Yo no tenía apuro en irme a dormir. Me quedé mirándolo mientras hablaba. Cada tanto se lamía los labios, para humedecerlos. Me fijé que lo hacía cuando estaba por decir algo importante. Si quería remarcar algo más personal, bajaba la cabeza y me miraba fijo entre sus pestañas. Tenía un rostro completamente corriente, con rasgos comunes, pero algo en el conjunto lo hacía excepcionalmente armonioso. Tal vez sus cejas bajas y bien delineadas. O ese mentón firme que le daba una mezcla de dulzura y virilidad. Le miré las manos. Tenia las uñas comidas, como yo. Buena señal. Las personas con uñas comidas son las que siempre quieren hacer más de lo que les permite la vida. Tal vez el querría hacer algo más que contarme su carrera de periodista especializado en medicina y ciencias. Mientras él hablaba, yo imaginaba sus manos sujetándome el cuello, y la humedad de sus labios apretándose en los míos. Por el ancho de sus hombros le adivinaba un torso estrecho y lampiño, pero fibroso. Seguramente, llegado el momento, él no podría creer que una señora mayor con una carrera hecha en una empresa internacional estuviera desnuda debajo de su pelvis, enredando sus piernas en su cintura. A él le haría bien para su autoestima. A mi también. Y también le haría bien a esa absurda cama King Size de mi cuarto, que me sobraba por todos lados porque aunque duerma sola, me aprieto contra el costado izquierdo, acostumbrada de por vida a ceder la cama a un hombre.
Calculé que subiríamos juntos en el ascensor y el bajaría conmigo, para besarme a la fuerza en el pasillo desierto, me pediría la llave magnética para abrir él mi puerta, y me lanzaría a la cama sin más palabras, basta de palabras. Todo sería voraz, salvaje, urgente. Ya habría tiempo para la ternura al amanecer, donde yo lo trataría como a mi niño, a un precioso niño , como el que nunca tuve , al que hay que mimar mucho por todo el tiempo en que no nos encontramos. Al día siguiente, disimularíamos para que nadie sospeche nada. No quedaría bien que lo cuenten en el trabajo, y además, ¿para qué alimentar los chusmeríos de los gordos? Por primera vez en mi carrera yo intentaría estar bella, no sólo prolija. Me pondría maquillaje y una blusa alegre, y me sacaría el saco azul marino para que se viera mi escote. Todos me verían demasiado alegre y yo diría que es por no estar en casa fregando platos, que eso ya me hace feliz. El me guiñaría el ojo de lejos, y nos ingeniaríamos para ofrecernos azúcar en el coffee brake o para hablar con otros, estando cerca sin mirarnos, espalda contra espalda. Teníamos solo tres días más por delante, y tal vez no nos viéramos nunca más. Pero esos tres días serían memorables, esperando el reencuentro nocturno desbordando pasión atrasada.
Pensé en pedir un pase a mi empresa para la sucursal de Brasil. Ya era hora de que me ascendieran. Seguramente, me pagarían un piso céntrico, y él se vendría a vivir conmigo, aunque sea para no pagar ahorrarse un alquiler, no me molestaría que lo hiciera por interés, con tal de tenerlo cerca de mío. Creo que hace años que no encuentra alguien que me guste, o que se dije en mí, y una vez que lo encuentro tengo que conservarlo. Va a ser difícil que su familia acepte lo nuestro. Pero si tu hijo precoz es cuidado por una empresaria extranjera que lo quiere bien, ninguna madre se opone. Tal vez tendríamos roces con la parte social, porque sus reuniones con amigos veinteañeros serían aburridísimas para mí. Pero las reuniones con mis amigos también lo son, y las reuniones con los amigos de mi marido son de querer gritar de aburrimiento, pero igual me las aguanto. Y hasta pensé que sí, me gustaría tener un hijo con él. Ya había abandonado había rato la idea de tener un hijo, demasiadas discusiones amargas me habían hecho olvidar la idea. Pero tener estar embarazada de él, que me bese la panza y me dé la mano en el parto, me llena de ternura . Además , un hijo lograría tenerlo siempre a mi lado. No me dejaría por la primer nena que pase, si tiene un bebé suyo esperándolo en casa. Pero qué tontería estoy diciendo, parezco la mala de una telenovela colombiana, esa treta nunca da resultado, si está lleno de mujeres embarazadas y abandonadas, qué le importan los hijos a los varones cuando les gusta otra mina…
Me preguntó si era casada. Le dije que era separada, lo cual es cierto, porque viva con mi esposo no significa que estemos unidos. Creo que hace meses que no tenemos una conversación que no sea meramente informativa. Y de sexo mejor ni hablar, porque lo que sucede cada tres o cuatro meses no merece ese nombre. Le pregunté si tenía novia. Me dijo que ya no, porque tuvo que mudarse por el trabajo y la relación no resistió la distancia. Pero que le gusta estar de novio porque le gusta llevar a una mujer a lugares románticos y especiales. Y me, casi en secreto, que le gusta bailar lento. No le creí, pensando que lo decía por haber calculado qué podía gustarle a una vieja .Jamás conocí a un hombre que le guste bailar lento, y en la música actual no existen los lentos. Para demostrarle que no era tan fácil la cosa conmigo, y que a una mujer hay que conocerla, no adivinarla, le dije a que a mi no me gusta bailar lento.
Ya habíamos llegado al nivel de conversación donde lo único que queda hacer es besarse. Y no me besaba. Yo me dije “si no me besa ya, me voy a dormir y que no me hable nunca más”. Me miró fijo a los ojos. Yo miré el reloj. El me dijo ya tengo tu teléfono, si voy un día a tu ciudad, te llamo para invitarte a tomar un café, ja , ja. Lo dijo así: ja, ja. No era risa. Era terror diferido. Como si la sola idea de invitarme a tomar un café le pareciera absurda o impensable. Mejor me voy a dormir, le dije, para no sufrir más, pensé. Yo también ,dijo. Nos levantamos y caminamos hacia el ascensor ante la mirada penetrante de los otros dos que se quedaban haciendo como que conversaban, vigilantes. En el ascensor me preguntó en que habitación estaba. No en qué piso, sino en qué habitación. Se la dije, con un último resquicio de esperanza. Llegamos primero a su piso, me dijo buenas noches, me dio un beso en la mejilla y se fue. La puerta se cerró detrás suyo como la caja fuerte de un banco robado. Vacía. Hueca. Mi corazón bajó al subsuelo con tanta velocidad que me mareé. Me apresuré a entrar a mi habitación y me acosté, para olvidar.
Al día siguiente sentí que me él seguía con la mirada a todos lados. Pero no me habló más, y se mantuvo siempre a unos diez metros de donde estaba yo. Distancia más que prudencial. Yo no podría salvarla sin que se viera que estaba corriendo detrás suyo. Todo el tiempo estuvo rodeado de varones.
Igual me vestí, peiné y perfumé como nunca lo hice en uno de estos odiosos congresos. Todo lo que logré fue que el gordo de Bayer dijera que estaba muy llamativa porque tenía los ojos pintados del mismo color de la carpeta de Schering, la puta que lo parió.
En la cena de la última noche, el muchachito de las pestañas largas vino vestido de traje y corbata. Casi me desmayo, estaba increíblemente guapo. Tan lindo que dolía verlo. Se acercó con una mirada admirativa y me preguntó si cenaría con él. Y con mil más pensé, porque estábamos en mesas multitudinarias. Pero le dije que sí. Cuando tuvimos que entrar para acomodarnos en las mesas, él se fue para otro lado. Ni miró donde estaba yo. Yo no lo iba a seguir como un perrito faldero delante de las miradas de todos los laboratorios farmacéuticos del mundo. Peor para él, pensé, y me senté con los vigilantes de Abbott, que por lo menos hablan tanto como para no dejarte pensar pavadas. Ciando me animé a darme vuelta y buscarlo con la mirada, no lo encontré. Se había ido. Dije que tenía sueño y me fui sin esperar el café.
Al día siguiente había que irse. Armé mi valija con pena y rabia. No lo vi en el desayuno. Luego de cerrar mi cuenta y devolver la llave, estaba apunto de subir a la minibús que me llevaba al aeropuerto, cuando lo vi salir con su grupo de periodistas acreditados. Llevaba una mochila, una remera negra con el nombre de un grupo de rock, bermudas y ojotas. Parecía de catorce años, y yo su abuela con el trajecito profesional y los tacos altos. Saludé con un beso a cada uno. También a él. Todos sonreían al saludar. El no. Cuando subí al minibús, intenté no mirarlo una vez más por la ventana. No pude resistir la tentación. Era tan lindo. Vi que su grupo ya estaba subiendo a su minibús. Pero él estaba donde yo lo había dejado, con su cuerpo mirando hacia a mi, y su severa mirada fija en su bolsito negro, luchando con un cierre de la mochila que no cerraba.
En el minibús nos repartieron otro bolso con otra carpeta más, llena de folletos. Lo tomé con rabia. No se dan cuenta que de todas las cosas, el papel es lo que más pesa.
Al llegar a casa encontré todo patas para arriba, y me puse a ordenar, como siempre. Como te fue, bien. Qué pasó, nada.
Cuando mi marido se fue a dormir, me senté en la mesa grande del living a desparramar papeles y folletos, lo que sirve a la derecha, lo que no, a la bolsa. Abrí la carpeta que me entregaron a último momento. En ella estaba el catálogo del congreso de año pasado, que no había llegado a tiempo a la imprenta el año anterior, y nos lo dieron este año. Que vergüenza, son empresas multinacionales y nos dan un catálogo de productos viejos con un año de atraso. En la primera hoja estaba la foto grupal con todos los invitados sonriendo, pese al cansancio del viaje de cada uno. Me busqué en la foto vieja entre tanto rostro ya conocido y me vi con el pelo más corto y oscuro. Me quedaba mejor. Con los años y el miedo a verme vieja, me lo estoy dejando rubio y largo, pero ya no me queda bien. Me queda ja, ja. Pero todos los demás también estaban mejor el año pasado.
Comparé ambas fotos. Este año están todos gordos, pelados, ojerosos. El tiempo hace estragos en la gente. Qué bueno es ser joven. Y de pronto supe que tenía una foto de él. Donde está Wally. Ahí estaba, hermoso, sonriente, dulce. No, lo de los ojos intensos y las pestañas largas no fue idea mía. Es así. Pusieron su nombre y todo, o sea que el nene no es un don de nadie en la organización. Tonto no es. Lo rodeaban los gordos y pelados. Era natural que se sintieran celosos de que yo hablara tanto con él esa noche. Abbott, el único que aún tiene pelo, ya lo tiene totalmente blanco. Schering el año pasado no usaba anteojos de cerca. Y Bayer menos mal que ya no usa ese saco blanco que el año pasado le hacía parecer un mozo. Pero qué flaco estaba, cómo engordó en un año .Y veo que junto al de Bayer, estaba él. Te lo juro. No lo podía creer. Igual de lindo, con sus pestañas rizadas y sus labios húmedos. Eso significa que el año pasado compartimos una semana juntos y yo ni lo vi, ni el me vio.
¿Por qué no nos vimos? ¿Estoy más linda ahora que antes? Tal vez no estoy más linda, sino que estoy más sola, y por eso me vio. Busqué una lupa para mirar las dos fotos suyas: la del año pasado y la de este. El año pasado él estaba en la última fila a la izquierda, este año esta justo debajo mío. ¿Se habrá puesto a propósito tan cerca como para que lo toque? No lo creo. Pero yo podría ampliar la foto, recortarla y guardarla como una foto íntima de los dos juntos.
Te cuento esto y me salta el corazón en el pecho. Este chico me enferma. Me da taquicardia y sudor frío. Así que cerré los catálogos, metí en una bolsa todo lo que tenía que llevar a la empresa, y todo lo demás lo meti en uan bolsa para los cartoneros, esa gente que nunca se va a comprara un producto Schering, ni Merck, ni Serono. Qué desperdicio, se ve que les sobra plata para tantos impresos, pero a mí nunca me aumentan el sueldo. De paso, guardé todas las muestras gratis en una cajita que solo yo sé donde está. No soy de usar esas cosas, pero si me las dieron en el congreso, por lo menos deben ser frescas.
Escondí los dos catálogos en la parte superior del placard, envueltos en una frazada que no usamos jamás. Si me los piden, les digo que la imprenta tampoco esta vez los entregó a tiempo, pensé.
Estaba por acostarme en mi borde izquierdo de la cama, y me invadió una espesa tristeza, de esas que una sabe que no se van. Ya no tenía a Bayer y Monsanto para que me hablen tanto como para no dejarme pensar. Tampoco lograba dormir. En doce de los veintidós seminarios repitieron que los placebos no sirven para nada, que lo que sirve es Disodyl, Marprex y Neo Coditrin 500. Okey, pensé. Me levanté y abrí mi cajita. Siempre hay una primera vez. Me tomé un Disodyl 300 para no pensar más. Pero no dejé de pensar. Entonces probé con un NeoCoditrin 500. Y otro más. Y otro más. Y otro más.
Viste que siempre para esta época del año me toca ir al congreso ese de farmacología en Brasil, que es siempre lo mismo. Una semana encerrada en un hotel cinco estrellas al que no podés disfrutar porque si no tenés que ir a la charla de un colega de tu empresa, tenés que ir a la de Abbott, o la de Merck , y queda mal que te tengan anotada y no asistir: Además, siempre me conviene que mi jefe sepa que fui a todas. Llegó a decirme que no entiende como hago para estar en tres conferencias al mismo tiempo. El cree que me fascina ver los workshops donde comparan los efectos placebos con la acción del Ribotril Forte. La verdad es que no veo la hora de salir con la folletería para correr a otro lugar siempre con la esperanza de que me vea tan eficiente como para cambiarme de área en la empresa. La mía es un plomo. Pero esto de los congresos se ve que lo hago tan bien que siempre me manda solo a mí. Con lo cual me cavo mi propia fosa, porque si hago esto bien, no me va a cambiar de área, me va a dejar yendo a congresos.
Una lástima, porque la gente me dice “vos siempre viajando, que suerte tenés” , y lo que hago ahí es una rutina bien tediosa . Estuve en Santiago y no conozco Chile, estuve en Atlanta y no conozco Estados Unidos. Y de Brasil, no conocí ni a la gente.
A la piscina olímpica la ves de lejos, al sauna ni entrás, se come de parado y a las apuradas, de una bandejita de telgopor comida de avión para tragar volando porque mi empresa me espera de vuelta con toda la folletería e informes que pueda llevarles, hasta de la charla más obvia. Yo eso no lo hago. Selecciono y les llevo lo mejor. Tal vez con la esperanza de que descubran que hice un trabajo extra, no es que les tiro todo sobre la mesa ç a lo bestia. Tal vez porque de la vida quisiera saber tirar lo que no sirve y guardar solo lo bueno.
Estando allá, no puedo ni salir del hotel, ni escapar cinco minutos. Por eso, yo siempre te digo que no me envidies. No fui a tomarme una caipiriña a una playa tropical… ¡fui a congelarme con aire acondicionado encendido al máximo y a tomar litros de café demasiado fuerte! Tan fuerte que en la noche del segundo día no podía pegar un ojo. Entonces bajé a tomar algo que me ayudara a conciliar el sueño. No me gusta el whisky, pero me pedí uno, porque lo demás me daba demasiada sospecha, qué sé yo qué bebidas son. Por lo menos el whisky, podrido no va a estar. El alcohol mata todo. Y allí encontré a tres colegas de empresas latinoamericanas con los que hicimos un balance de las actividades del día. Lo mismo de siempre: cada uno probando su idoneidad, y yo un poco menos, porque siendo mujer me toca admirarlos para caerles bien. A uno le caí demasiado bien, porque cambió de lkugar y pasó de su sillón frente a mí para sentarse en el sillón junto a mí. Y de golpe empezó a preguntarme como llegué aquí, a qué me dedico, cómo es mi trabajo. Empecé a observarlo sorprendida. Como mucho, tendría veinte años Después dijo que veinticinco, pero eso no me alivió Yo lo doblo en edad. Me sentí extraña. El me clavaba los ojos y se inclinaba hacia adelante para hablarme, como queriendo oler mi respiración. Pensé que tal vez era una falsa percepción mía debido al whisky. Soy una mujer prolija y agradable, pero de ninguna manera puedo pensar que puedo gustarle a un chico de veinte. Pero él no paraba de preguntarme cosas de mi vida. Me dijo que era periodista y que estaba en el congreso para cubrir el evento para un diario de la ciudad y otros medios. Al rato noté que nuestro tono de conversación era más bajo que el de los demás, y que teníamos una charla casi privada. Los otros cada tanto se levantaban anunciando que ya se iban a dormir, pero cuando veían que nosotros dos no nos levantábamos, se volvían a sentar. Sentí que todos querían irse a dormir, pero que no nos querían dejar solos. Yo tampoco tenia sueño, y aunque la situación era inquietante, eso de que un muchacho de veinte dedicara el resto de la noche a mi, no dejaba de ser halagador. Está bien que yo era la única mujer del grupo, pero había pesos pesados para entrevistar. Supuse que tanta pregunta era solo para sacarme data para su nota, aunque me parecía desubicado que en un artículo de diario describiera mis gustos literarios. Tampoco estaba borracho: solo sorbía un jugo de ananá que le duró toda la noche.
Cuando me di cuenta de que los demás giraban alrededor nuestro como lobos patrullando la situación, acechando al joven macho invasor, supe que no eran ideas mías: el muchachito me estaba seduciendo. A final, a las tres y media de la mañana, ya hartos de vigilarnos, todos se fueron a dormir, excepto dos de otro grupo que se quedaron montando guardia para observarnos. Yo no tenía apuro en irme a dormir. Me quedé mirándolo mientras hablaba. Cada tanto se lamía los labios, para humedecerlos. Me fijé que lo hacía cuando estaba por decir algo importante. Si quería remarcar algo más personal, bajaba la cabeza y me miraba fijo entre sus pestañas. Tenía un rostro completamente corriente, con rasgos comunes, pero algo en el conjunto lo hacía excepcionalmente armonioso. Tal vez sus cejas bajas y bien delineadas. O ese mentón firme que le daba una mezcla de dulzura y virilidad. Le miré las manos. Tenia las uñas comidas, como yo. Buena señal. Las personas con uñas comidas son las que siempre quieren hacer más de lo que les permite la vida. Tal vez el querría hacer algo más que contarme su carrera de periodista especializado en medicina y ciencias. Mientras él hablaba, yo imaginaba sus manos sujetándome el cuello, y la humedad de sus labios apretándose en los míos. Por el ancho de sus hombros le adivinaba un torso estrecho y lampiño, pero fibroso. Seguramente, llegado el momento, él no podría creer que una señora mayor con una carrera hecha en una empresa internacional estuviera desnuda debajo de su pelvis, enredando sus piernas en su cintura. A él le haría bien para su autoestima. A mi también. Y también le haría bien a esa absurda cama King Size de mi cuarto, que me sobraba por todos lados porque aunque duerma sola, me aprieto contra el costado izquierdo, acostumbrada de por vida a ceder la cama a un hombre.
Calculé que subiríamos juntos en el ascensor y el bajaría conmigo, para besarme a la fuerza en el pasillo desierto, me pediría la llave magnética para abrir él mi puerta, y me lanzaría a la cama sin más palabras, basta de palabras. Todo sería voraz, salvaje, urgente. Ya habría tiempo para la ternura al amanecer, donde yo lo trataría como a mi niño, a un precioso niño , como el que nunca tuve , al que hay que mimar mucho por todo el tiempo en que no nos encontramos. Al día siguiente, disimularíamos para que nadie sospeche nada. No quedaría bien que lo cuenten en el trabajo, y además, ¿para qué alimentar los chusmeríos de los gordos? Por primera vez en mi carrera yo intentaría estar bella, no sólo prolija. Me pondría maquillaje y una blusa alegre, y me sacaría el saco azul marino para que se viera mi escote. Todos me verían demasiado alegre y yo diría que es por no estar en casa fregando platos, que eso ya me hace feliz. El me guiñaría el ojo de lejos, y nos ingeniaríamos para ofrecernos azúcar en el coffee brake o para hablar con otros, estando cerca sin mirarnos, espalda contra espalda. Teníamos solo tres días más por delante, y tal vez no nos viéramos nunca más. Pero esos tres días serían memorables, esperando el reencuentro nocturno desbordando pasión atrasada.
Pensé en pedir un pase a mi empresa para la sucursal de Brasil. Ya era hora de que me ascendieran. Seguramente, me pagarían un piso céntrico, y él se vendría a vivir conmigo, aunque sea para no pagar ahorrarse un alquiler, no me molestaría que lo hiciera por interés, con tal de tenerlo cerca de mío. Creo que hace años que no encuentra alguien que me guste, o que se dije en mí, y una vez que lo encuentro tengo que conservarlo. Va a ser difícil que su familia acepte lo nuestro. Pero si tu hijo precoz es cuidado por una empresaria extranjera que lo quiere bien, ninguna madre se opone. Tal vez tendríamos roces con la parte social, porque sus reuniones con amigos veinteañeros serían aburridísimas para mí. Pero las reuniones con mis amigos también lo son, y las reuniones con los amigos de mi marido son de querer gritar de aburrimiento, pero igual me las aguanto. Y hasta pensé que sí, me gustaría tener un hijo con él. Ya había abandonado había rato la idea de tener un hijo, demasiadas discusiones amargas me habían hecho olvidar la idea. Pero tener estar embarazada de él, que me bese la panza y me dé la mano en el parto, me llena de ternura . Además , un hijo lograría tenerlo siempre a mi lado. No me dejaría por la primer nena que pase, si tiene un bebé suyo esperándolo en casa. Pero qué tontería estoy diciendo, parezco la mala de una telenovela colombiana, esa treta nunca da resultado, si está lleno de mujeres embarazadas y abandonadas, qué le importan los hijos a los varones cuando les gusta otra mina…
Me preguntó si era casada. Le dije que era separada, lo cual es cierto, porque viva con mi esposo no significa que estemos unidos. Creo que hace meses que no tenemos una conversación que no sea meramente informativa. Y de sexo mejor ni hablar, porque lo que sucede cada tres o cuatro meses no merece ese nombre. Le pregunté si tenía novia. Me dijo que ya no, porque tuvo que mudarse por el trabajo y la relación no resistió la distancia. Pero que le gusta estar de novio porque le gusta llevar a una mujer a lugares románticos y especiales. Y me, casi en secreto, que le gusta bailar lento. No le creí, pensando que lo decía por haber calculado qué podía gustarle a una vieja .Jamás conocí a un hombre que le guste bailar lento, y en la música actual no existen los lentos. Para demostrarle que no era tan fácil la cosa conmigo, y que a una mujer hay que conocerla, no adivinarla, le dije a que a mi no me gusta bailar lento.
Ya habíamos llegado al nivel de conversación donde lo único que queda hacer es besarse. Y no me besaba. Yo me dije “si no me besa ya, me voy a dormir y que no me hable nunca más”. Me miró fijo a los ojos. Yo miré el reloj. El me dijo ya tengo tu teléfono, si voy un día a tu ciudad, te llamo para invitarte a tomar un café, ja , ja. Lo dijo así: ja, ja. No era risa. Era terror diferido. Como si la sola idea de invitarme a tomar un café le pareciera absurda o impensable. Mejor me voy a dormir, le dije, para no sufrir más, pensé. Yo también ,dijo. Nos levantamos y caminamos hacia el ascensor ante la mirada penetrante de los otros dos que se quedaban haciendo como que conversaban, vigilantes. En el ascensor me preguntó en que habitación estaba. No en qué piso, sino en qué habitación. Se la dije, con un último resquicio de esperanza. Llegamos primero a su piso, me dijo buenas noches, me dio un beso en la mejilla y se fue. La puerta se cerró detrás suyo como la caja fuerte de un banco robado. Vacía. Hueca. Mi corazón bajó al subsuelo con tanta velocidad que me mareé. Me apresuré a entrar a mi habitación y me acosté, para olvidar.
Al día siguiente sentí que me él seguía con la mirada a todos lados. Pero no me habló más, y se mantuvo siempre a unos diez metros de donde estaba yo. Distancia más que prudencial. Yo no podría salvarla sin que se viera que estaba corriendo detrás suyo. Todo el tiempo estuvo rodeado de varones.
Igual me vestí, peiné y perfumé como nunca lo hice en uno de estos odiosos congresos. Todo lo que logré fue que el gordo de Bayer dijera que estaba muy llamativa porque tenía los ojos pintados del mismo color de la carpeta de Schering, la puta que lo parió.
En la cena de la última noche, el muchachito de las pestañas largas vino vestido de traje y corbata. Casi me desmayo, estaba increíblemente guapo. Tan lindo que dolía verlo. Se acercó con una mirada admirativa y me preguntó si cenaría con él. Y con mil más pensé, porque estábamos en mesas multitudinarias. Pero le dije que sí. Cuando tuvimos que entrar para acomodarnos en las mesas, él se fue para otro lado. Ni miró donde estaba yo. Yo no lo iba a seguir como un perrito faldero delante de las miradas de todos los laboratorios farmacéuticos del mundo. Peor para él, pensé, y me senté con los vigilantes de Abbott, que por lo menos hablan tanto como para no dejarte pensar pavadas. Ciando me animé a darme vuelta y buscarlo con la mirada, no lo encontré. Se había ido. Dije que tenía sueño y me fui sin esperar el café.
Al día siguiente había que irse. Armé mi valija con pena y rabia. No lo vi en el desayuno. Luego de cerrar mi cuenta y devolver la llave, estaba apunto de subir a la minibús que me llevaba al aeropuerto, cuando lo vi salir con su grupo de periodistas acreditados. Llevaba una mochila, una remera negra con el nombre de un grupo de rock, bermudas y ojotas. Parecía de catorce años, y yo su abuela con el trajecito profesional y los tacos altos. Saludé con un beso a cada uno. También a él. Todos sonreían al saludar. El no. Cuando subí al minibús, intenté no mirarlo una vez más por la ventana. No pude resistir la tentación. Era tan lindo. Vi que su grupo ya estaba subiendo a su minibús. Pero él estaba donde yo lo había dejado, con su cuerpo mirando hacia a mi, y su severa mirada fija en su bolsito negro, luchando con un cierre de la mochila que no cerraba.
En el minibús nos repartieron otro bolso con otra carpeta más, llena de folletos. Lo tomé con rabia. No se dan cuenta que de todas las cosas, el papel es lo que más pesa.
Al llegar a casa encontré todo patas para arriba, y me puse a ordenar, como siempre. Como te fue, bien. Qué pasó, nada.
Cuando mi marido se fue a dormir, me senté en la mesa grande del living a desparramar papeles y folletos, lo que sirve a la derecha, lo que no, a la bolsa. Abrí la carpeta que me entregaron a último momento. En ella estaba el catálogo del congreso de año pasado, que no había llegado a tiempo a la imprenta el año anterior, y nos lo dieron este año. Que vergüenza, son empresas multinacionales y nos dan un catálogo de productos viejos con un año de atraso. En la primera hoja estaba la foto grupal con todos los invitados sonriendo, pese al cansancio del viaje de cada uno. Me busqué en la foto vieja entre tanto rostro ya conocido y me vi con el pelo más corto y oscuro. Me quedaba mejor. Con los años y el miedo a verme vieja, me lo estoy dejando rubio y largo, pero ya no me queda bien. Me queda ja, ja. Pero todos los demás también estaban mejor el año pasado.
Comparé ambas fotos. Este año están todos gordos, pelados, ojerosos. El tiempo hace estragos en la gente. Qué bueno es ser joven. Y de pronto supe que tenía una foto de él. Donde está Wally. Ahí estaba, hermoso, sonriente, dulce. No, lo de los ojos intensos y las pestañas largas no fue idea mía. Es así. Pusieron su nombre y todo, o sea que el nene no es un don de nadie en la organización. Tonto no es. Lo rodeaban los gordos y pelados. Era natural que se sintieran celosos de que yo hablara tanto con él esa noche. Abbott, el único que aún tiene pelo, ya lo tiene totalmente blanco. Schering el año pasado no usaba anteojos de cerca. Y Bayer menos mal que ya no usa ese saco blanco que el año pasado le hacía parecer un mozo. Pero qué flaco estaba, cómo engordó en un año .Y veo que junto al de Bayer, estaba él. Te lo juro. No lo podía creer. Igual de lindo, con sus pestañas rizadas y sus labios húmedos. Eso significa que el año pasado compartimos una semana juntos y yo ni lo vi, ni el me vio.
¿Por qué no nos vimos? ¿Estoy más linda ahora que antes? Tal vez no estoy más linda, sino que estoy más sola, y por eso me vio. Busqué una lupa para mirar las dos fotos suyas: la del año pasado y la de este. El año pasado él estaba en la última fila a la izquierda, este año esta justo debajo mío. ¿Se habrá puesto a propósito tan cerca como para que lo toque? No lo creo. Pero yo podría ampliar la foto, recortarla y guardarla como una foto íntima de los dos juntos.
Te cuento esto y me salta el corazón en el pecho. Este chico me enferma. Me da taquicardia y sudor frío. Así que cerré los catálogos, metí en una bolsa todo lo que tenía que llevar a la empresa, y todo lo demás lo meti en uan bolsa para los cartoneros, esa gente que nunca se va a comprara un producto Schering, ni Merck, ni Serono. Qué desperdicio, se ve que les sobra plata para tantos impresos, pero a mí nunca me aumentan el sueldo. De paso, guardé todas las muestras gratis en una cajita que solo yo sé donde está. No soy de usar esas cosas, pero si me las dieron en el congreso, por lo menos deben ser frescas.
Escondí los dos catálogos en la parte superior del placard, envueltos en una frazada que no usamos jamás. Si me los piden, les digo que la imprenta tampoco esta vez los entregó a tiempo, pensé.
Estaba por acostarme en mi borde izquierdo de la cama, y me invadió una espesa tristeza, de esas que una sabe que no se van. Ya no tenía a Bayer y Monsanto para que me hablen tanto como para no dejarme pensar. Tampoco lograba dormir. En doce de los veintidós seminarios repitieron que los placebos no sirven para nada, que lo que sirve es Disodyl, Marprex y Neo Coditrin 500. Okey, pensé. Me levanté y abrí mi cajita. Siempre hay una primera vez. Me tomé un Disodyl 300 para no pensar más. Pero no dejé de pensar. Entonces probé con un NeoCoditrin 500. Y otro más. Y otro más. Y otro más.
Manual de estilo
No se puede creer la mala onda que hay en todas partes.
Amo a este país, lo amo, de veras.
Pero no se puede cre-eer la mala onda que tiran los demás.
Acá hay gente amorosa, negocios divinos, lugares top para vivir nightlife a full con toda la onda...
¿ De qué se queja la gente?
Yo creo que todo es cuestión de mentalidad, lo digo de onda.
Obb-vio que no vivo dentro de una biosfera de crema antiage Nutrix Belle: tengo mis bajones. Como cuando voy al gym, y no está Keto , mi pérsonal, un bodybuilder con un lomo divino. Y también me pasan cosas peores, como cuando voy al gym, quiero hacer un poco de cinta y la mina que está en la cinta no se baja ni a palos. No sé si tenés a las que se las dan de fashion porque usan leotards imitación importado, pero que habla como “dequeísta” total, cosa que no soporrrrto...¡Me broto con esas brujas!.
Prendo la tele y todo muestra una mala onda impresionante, como si en este, el país de las vacas y el oro, el mejor del mundo hubiera miseria. ¡ Por favor!
¿Querés saber una cosa? ¡Acá viene a vivir la gente más fashion del mundo y nosotros nos quejamos, mi amor! ¡Fui a esquiar al sur, y mi instructor, el hijo de un conde austríaco que está harrrrto de los Alpes, mi vida! El tipo, un rubio diváin de impecables Rossignol y naricita nueva “made in Brazil” signeé Pitanguy, me dijo que acá tenemos la mejor nieve que vio en su vida...¿ Y nosotros nos quejamos? Media Patagonia es de Benetton y el resto es de Ted Turner .¡ Eso es nivel, my love! ¿De qué nos quejamos? ¡Si hasta la Onassis eligió morir acá!
Entre los piqueteros, los ricoteros, los de Argentine Airlines, los de la cumbia villera ....es como que la gente está re- mal, ¿ viste? Pero es todo mental: en realidad es que queremos estar mal, porque estamos fenómeno y no nos damos cuenta.
Pero claro, como estamos en el país del psicoanálisis, sería un horror vivir felices, darling.
Tenemos más psicólogos per cápita que los que hay en New York, la capital mundial de la neurosis, donde los que no están lobotomizados, están en cocaína, o están en Prozac , la patria del histeriqueo á la Woody Allen. Como acá Woody no llega ni a palos porque se asfixiaría con tanto aire puro, nos tenemos que inventar dramas para ir a terapia.
Mi analista, un divino total con el que tengo una transferencia brutal, me dijo que me mantenga lejos de las cosas que generan como angustia. Y así tendríamos que hacer todos.
Acá el que se queja es de gusto.
Este año no fue de los buenos porque nadie me invitó a esquiar a Aspen y no sé por qué tampoco me invitaron a hacer surf en Garopaba . Pero aparte de eso, no me quejop. La verdad es que es todo una cuestión de mentalidad. Si vos decís “Estoy re-mal, estoy re-mal, estoy re-mal” ...es como que te la creés, ¿entendés? A mí todo eso de que estamos mal no me cabe. Prefiero pensar usando mi inteligencia emocional, hacer autoafirmaciones positivas y enfocar mi inner self, lo profundo de mi yo interior, diciéndome: “Bajé un kilo, bajé un kilo, bajé un kilo”. Con eso ya me siento capaz de invitar a un dancing al novio de Maby sin que se me mueva un pelo. Trato de mantenerme bien high, para no caer en el bajón.
Estar depre a mí me saca. Y también me saca que la gente no vea lo fácil que es pasarla genial y ser re-fashion. Porque es mentira eso de que para estar bien hay que tener plata y mil tarjetas golden . La plata no hace la felicidad: la plata hace mil cosas. Pero para ser fashion no hay que tener plata. Es más: tener plata en el bolsillo es cache, mi amor. ¿Conocés algún presidente, celebrity, rock star , gobernador o príncipe que ande con plata en el bolsillo? Ellos no usan ni un centavo, para nada. Ni siquiera están al tanto de qué moneda circula actualmente. A ellos les regalan todo, les abren las puertas les consiguen entradas y les traen celulares prestados. ¿Por qué uno va a ser menos, mi vida? Yo a la plata le dije “chau” hace rato y vivo como una lady. Te doy unos tips para ser feliz con outsourcing de recursos.
Yo, por ejemplo, lo primero que hago cada mañana es hacerme unas tisanas reductoras, tomar mis váitamins y jugar con mis perros Sebis, Maximilian y Gus . Mata tener perros con pedigree, porque ellos te dan un amor más que humano, ¿ entendés? Es como que con la lengua colgando te dicen todo, pero TODO. Además, adoran subirse a mi cama Queen Size. Estar con ellos mirando el grteen de golf del Garden Towers de enfrente en un día de sol (como para darle un touch doreé a la cara) es EL placer.
Después, capaz que me cuelgo en Internet para leer el horóscopo, porque- como dice mi amiga Lana - no hay nada peor que ir al gym sin saber qué va a pasar. Si tengo el biorritmo un poco low, me quedo en casa depilándome con una cera suiza divina que me trajo la hija de mi amiga de París y mirando las series Sony, para poder decir algo inteligente en el brunch del country si me invitan Male y Loli, y no quedar descolgada .
Hasta ahora vamos bien: todo fashion, nada grasa, y todo gratis, ¿viste? Como no soy la Carrie de Sex and the City, y no puedo ir a La Cigale o The Four Seasons de colada ( te juro que me re- animaría ). Pero si me va, me voy con los rollers a Palermo y me llevo el movi para llamar a Vani y Vane , y nos vamos a tomar un coffee por ahí, o hacemos un cine en el Patio Bullrich con las entradas de canje que le dan a Vane en el trabajo.
Si pinta, nos comemos un panaché de verdura o una mixta de lechuga y zanahoria y agua mineral en algún lugar con onda gracias a los Luncheon Tickets de Vani.
Si vienen Willy, Yoyo o Cris , tomamos un New Age o un Chandon Brut y todo bien , porque pagan ellos .
Si caen Charlie, Pato o Fred y hay polo, nos vamos a ver los caballos y a los potros que se les suben encima. ¡Adoro cuando los chicos se ponen celosos!.
Curtimos un toque de histeriqueo con los pantalones de cuero negro que me regaló Henry, que importa unos Ralph Lauren divinos, y si el día está bueno llamamos a Miche, que es medio pedorro pero tiene una Harley alucinante que te plancha el pelo en dos segundos, sin gastar en Sanders, Llongueras ni Giordano.
Ojo, no me malentiendan: no soy de curtir motoqueros, pero si vamos a Las Cañitas con esos aparatos cromados (y los aparatos que son sus dueños encima), los demás tipos nos miran con la boca abierta, no sé si por la moto o por lo bien que nos quedó el pelo con el viento, sobre el saquito Prune dorado que saqué por canje de la agencia de publicidad donde trabajé un mes. Me encantó laburar en la agencia, pero me mató eso de cumplir horarios. Yo, si no duermo bien, es como que enseguida se me ve en la cara, así que no me va lo del trabajo de ocho horas.
Valió la pena hacerme re- amiga de unas promotoras. Tener amigas promotoras está bárbaro: vas a estrenos y entrás a todas partes gratis. Una vez en un evento en el Divino me gané una pashmina que no te puedo explicar lo que era. Decí que no me va con nada de lo que tengo, pero se la pasé a mi vieja y quedé como una lady total. Otra vez en un desfile de Piñeiro me quedé con unas botitas de Sarkany, unos pantalones de Cahen D¨Anvers y una pollera alucinante de Trosman Churba . Dudé entre eso y un vestido de Laurencio Adot . Pero ahora que bajé tres kilos, el vestido de Adot me sobraba de todas partes. Lo dejé ahí porque yo para coser soy una negada total... y mi mamá de la única costura que sabe es la que cada año le hace el cirujano en la papada.
Metí en un bolso divino el equipo nuevo y me fui corriendo en medio del desfile porque había una rubia en bolas gritando porque no encontraba su ropa, y qué se yo qué ataque que le agarró, re- desubicada la mina. Me señalaba como si yo fuera no sé qué.
Aunque me dijeron que tenía todo el look de modelo, a mí no me va ni ahí el caretaje de los desfiles, ni me va lo de ser top model: es un embole eso de producirse durante seis horas para cambiarse la ropa cada dos segundos, salir por la pasarela a que todos te vean el culo de abajo, volver y no encontrar lo que te tenías que poner, como le pasó a la mina esa.
¿ Me seguís? Hasta ahora, se puede ser fashion y sin poner un mango, ¿ qué tal?
Te lo digo de onda: no cuesta nada ser fashion. Tampoco te creas esa de que hay que ser top model para levantarse un enterpreneur con Porsche o Vitara. Aún si sos low- profile está lleno de self made men con piso en Punta que mueren por una chica con labios de bioplastic como los de una.
Todo lo que necesitás para ser una diosa total es un toque de kick- boxing para tener la cola dura, un toque de insight para tener la mente abierta , un toque de Taichi para el equilibrio, un amigovio personal trainer, dos litros de agua mineral por día para tener la piel bárbara, nociones de Breeding & Society ( como le llamo yo al quién es quién de la top society porteña), amigas de la USA, que no es United States of America sino Universidad de .San Andrés, un novio en USA, que no es la San Andres sino Estados Unidos y un amigo que te invite a ir a Punta en su yacht junto con gente con onda. También ayuda tener amigos con nombres de calles y vivir en una calle con nombre de amigo. Más una carterita re-divertida imitación Prada, un amigo gay rapado con lentes violetas y piloto vintage de Notting Hill... y ya sos lo más. Y si sos de Piscis, mató , porque es un signo que está de re- onda.
Ayuda, además, tener en tu heladera el fono de sushi delivery y traer al grupete un chisme hot de alguna modelo. No cometas la torpeza de una mina que el otro día se acercó a nuestra mesa Cristopher´s porque vio que el Chino Moro estaba con nosotros, y se tomó todas las burbujas del demi sec mientras contaba una huevada de Dolores Barreiro...¡Me quise morir! No sé qué fue peor : que se bajara el champú que pagó el Chino o que hable de la Barreiro..¡Dolores Barreiro ya fue! Quedé re – cortada,no lo podía creeer.. Nada que ver conmigo, que si no es para hablar de celebrities , me callo la boca.
Ah, otro tip : nada de desbandarse con la comida. No más de medio yogur. Yo odio sentirme hinchada, como pura panza. Porque si querés ser fashion no podés tener un gramo de más, salvo que te llames Macri o tengas sangre azul certificada. La falta de apellido o cuenta bancaria se compensa – hasta ahí - teniendo abono en el Mozarteum, amigos en Pilar, exponiendo en Casa FOA y colándose a todas las fiestas top acompañando a tus amigas top models, a las que tenés que mimarlas mandándoles tu acupunturista chino y tu masajista a domicilio. Eso tampoco cuesta plata, porque lo harán de onda poque sos re – top.
Lo bueno de ser fashion es que aunque nadie te llame, ves a todos tus amigos en las revistas, y podés saber qué hicieron sin que te lo cuenten.
También te conviene tener un par de amigos rugbiers re- sacados, que usen remeras negras con palabras en chino y que saquen la lengua y hagan cuernitos cada vez que los apunten con una cámara de fotos. Después mostrás las fotos y quedás diosa total contando cómo te divertiste con Tobi, Peke , Matu y Boni.
Mata tener una amiga que se esté por casar de día en una estancia, que contrate catering top- top-top y tenga música de mariachis seguidas por el pepepepepé con los Decadentes.
Y mata tener un sofá color tomate imitación Binnard, que a su vez son imitación Roche Bobois de París.
Pero lo absolutamente top es ser amiga de Máxima Zorraguieta.
Tengo que confesarlo: me mata no conocer a una prima de una vecina de una amiga de Maxi. Y eso me re- bajonea a tal punto, que me tengo que tirar en mi bedspread de seda salvaje con Sebi , Maxi y Gus , mis amores peludos, y llamar a Nicole para que traiga a casa sus perros y quedarnos toda la tarde con los perros en la cama, mirando sitcoms por cable y decidiendo si nos hacemos o no body piercing en el ombligo, y si nos tatuamos o no el otro hombro.
No te olvides que la gente fashion es re- marquera. Aunque no tengas efectivo para comprarte unos lentes Oakley, Bollé ; Infinit o Serengeti, podés hacer como hice yo, que me compré unos anteojos re- amorosos en la Farmacia Vergara por diez pesos y le dije a todo el mundo que son de un diseñador búlgaro que hace modelos exclusivos a pedido. La mamá de Zoe– que tiene El nivel - se quedó tan fascinada con ellos que tuve que confesarle la verdad, que estaban de oferta en la farmacia de la esquina. ¡Se quedó más fascinada todavía! También uso un anillo que parece una pieza única de Bulgari, y en realidad es un Todo x$2. Pero lo combino con un top de una feria americana exclusiva, cuya dirección no te voy a dar , y tengo el set ideal para una noche de descontrol.
Lo importante es ir a caballo entre lo exclusivo, lo “taylor made”, que solo vos tenés, y la moda, lo que se usa, que todos tienen, sin caerte del caballo.
Y eso es un arte con lo que se nace, bombón. Es como que no te lo puede explicar, ¿entendés?
Lo que tengo en casa es todo fashion, pero todos son regalos . Todo zen, net, minimalista y top. Para salir, tengo siempre alguien que me pasa a buscar, o me muevo con la cuenta corriente de una remisería divina que sólo tienen autos con aire acondicionado y choferes amorosos que hacen lo que yo les digo.
Porque lo fundamental es vivir a full y mantener una imagen top. Todo es cuestión de mentalidad, y de saber que una es una lady, por eso no merece ensuciarse las manos con plata ...Que los billetes se los dejen a los pobres, mi amor. ¿Yo con billeteras? ¡Nada que ver! En mi carterita casi Moschino llevo mis personal cards con mi pagina web, mis cigarros por si pinta fumar, mis llaves y el celular que me regaló mi ex. Tengo una amiga que además lleva una lapicerita Mont Blanc por si se encuentra con alguien copado que quiera escribirle su teléfono en la pierna...¿ No re divertido?
Yo sé que para otro puede no ser tan fácil ser fashion como para mi. Yo doy look fashion aunque no me mueva. Es algo genético, no sé. Se me nota la cosa de campo argentino cruza con París, tal vez por mis ojos claros y mis lolas latinas, porque mi bisabuelo se sacó de encima a los indios y mi bisabuela era cantante lírica del Folies Bergere , no sé.
Bueno, ya te conté todos mis secretos. ¿Todavía no entendiste cómo ser fashion?
Bueno, tal vez este tema no sea para vos, linda, hay gente a la que le da para ser fashion y hay gente a la que no, qué vas a hacer, no todos somos iguales en la vida.
¿Me devolvés la revista, plis?
Amo a este país, lo amo, de veras.
Pero no se puede cre-eer la mala onda que tiran los demás.
Acá hay gente amorosa, negocios divinos, lugares top para vivir nightlife a full con toda la onda...
¿ De qué se queja la gente?
Yo creo que todo es cuestión de mentalidad, lo digo de onda.
Obb-vio que no vivo dentro de una biosfera de crema antiage Nutrix Belle: tengo mis bajones. Como cuando voy al gym, y no está Keto , mi pérsonal, un bodybuilder con un lomo divino. Y también me pasan cosas peores, como cuando voy al gym, quiero hacer un poco de cinta y la mina que está en la cinta no se baja ni a palos. No sé si tenés a las que se las dan de fashion porque usan leotards imitación importado, pero que habla como “dequeísta” total, cosa que no soporrrrto...¡Me broto con esas brujas!.
Prendo la tele y todo muestra una mala onda impresionante, como si en este, el país de las vacas y el oro, el mejor del mundo hubiera miseria. ¡ Por favor!
¿Querés saber una cosa? ¡Acá viene a vivir la gente más fashion del mundo y nosotros nos quejamos, mi amor! ¡Fui a esquiar al sur, y mi instructor, el hijo de un conde austríaco que está harrrrto de los Alpes, mi vida! El tipo, un rubio diváin de impecables Rossignol y naricita nueva “made in Brazil” signeé Pitanguy, me dijo que acá tenemos la mejor nieve que vio en su vida...¿ Y nosotros nos quejamos? Media Patagonia es de Benetton y el resto es de Ted Turner .¡ Eso es nivel, my love! ¿De qué nos quejamos? ¡Si hasta la Onassis eligió morir acá!
Entre los piqueteros, los ricoteros, los de Argentine Airlines, los de la cumbia villera ....es como que la gente está re- mal, ¿ viste? Pero es todo mental: en realidad es que queremos estar mal, porque estamos fenómeno y no nos damos cuenta.
Pero claro, como estamos en el país del psicoanálisis, sería un horror vivir felices, darling.
Tenemos más psicólogos per cápita que los que hay en New York, la capital mundial de la neurosis, donde los que no están lobotomizados, están en cocaína, o están en Prozac , la patria del histeriqueo á la Woody Allen. Como acá Woody no llega ni a palos porque se asfixiaría con tanto aire puro, nos tenemos que inventar dramas para ir a terapia.
Mi analista, un divino total con el que tengo una transferencia brutal, me dijo que me mantenga lejos de las cosas que generan como angustia. Y así tendríamos que hacer todos.
Acá el que se queja es de gusto.
Este año no fue de los buenos porque nadie me invitó a esquiar a Aspen y no sé por qué tampoco me invitaron a hacer surf en Garopaba . Pero aparte de eso, no me quejop. La verdad es que es todo una cuestión de mentalidad. Si vos decís “Estoy re-mal, estoy re-mal, estoy re-mal” ...es como que te la creés, ¿entendés? A mí todo eso de que estamos mal no me cabe. Prefiero pensar usando mi inteligencia emocional, hacer autoafirmaciones positivas y enfocar mi inner self, lo profundo de mi yo interior, diciéndome: “Bajé un kilo, bajé un kilo, bajé un kilo”. Con eso ya me siento capaz de invitar a un dancing al novio de Maby sin que se me mueva un pelo. Trato de mantenerme bien high, para no caer en el bajón.
Estar depre a mí me saca. Y también me saca que la gente no vea lo fácil que es pasarla genial y ser re-fashion. Porque es mentira eso de que para estar bien hay que tener plata y mil tarjetas golden . La plata no hace la felicidad: la plata hace mil cosas. Pero para ser fashion no hay que tener plata. Es más: tener plata en el bolsillo es cache, mi amor. ¿Conocés algún presidente, celebrity, rock star , gobernador o príncipe que ande con plata en el bolsillo? Ellos no usan ni un centavo, para nada. Ni siquiera están al tanto de qué moneda circula actualmente. A ellos les regalan todo, les abren las puertas les consiguen entradas y les traen celulares prestados. ¿Por qué uno va a ser menos, mi vida? Yo a la plata le dije “chau” hace rato y vivo como una lady. Te doy unos tips para ser feliz con outsourcing de recursos.
Yo, por ejemplo, lo primero que hago cada mañana es hacerme unas tisanas reductoras, tomar mis váitamins y jugar con mis perros Sebis, Maximilian y Gus . Mata tener perros con pedigree, porque ellos te dan un amor más que humano, ¿ entendés? Es como que con la lengua colgando te dicen todo, pero TODO. Además, adoran subirse a mi cama Queen Size. Estar con ellos mirando el grteen de golf del Garden Towers de enfrente en un día de sol (como para darle un touch doreé a la cara) es EL placer.
Después, capaz que me cuelgo en Internet para leer el horóscopo, porque- como dice mi amiga Lana - no hay nada peor que ir al gym sin saber qué va a pasar. Si tengo el biorritmo un poco low, me quedo en casa depilándome con una cera suiza divina que me trajo la hija de mi amiga de París y mirando las series Sony, para poder decir algo inteligente en el brunch del country si me invitan Male y Loli, y no quedar descolgada .
Hasta ahora vamos bien: todo fashion, nada grasa, y todo gratis, ¿viste? Como no soy la Carrie de Sex and the City, y no puedo ir a La Cigale o The Four Seasons de colada ( te juro que me re- animaría ). Pero si me va, me voy con los rollers a Palermo y me llevo el movi para llamar a Vani y Vane , y nos vamos a tomar un coffee por ahí, o hacemos un cine en el Patio Bullrich con las entradas de canje que le dan a Vane en el trabajo.
Si pinta, nos comemos un panaché de verdura o una mixta de lechuga y zanahoria y agua mineral en algún lugar con onda gracias a los Luncheon Tickets de Vani.
Si vienen Willy, Yoyo o Cris , tomamos un New Age o un Chandon Brut y todo bien , porque pagan ellos .
Si caen Charlie, Pato o Fred y hay polo, nos vamos a ver los caballos y a los potros que se les suben encima. ¡Adoro cuando los chicos se ponen celosos!.
Curtimos un toque de histeriqueo con los pantalones de cuero negro que me regaló Henry, que importa unos Ralph Lauren divinos, y si el día está bueno llamamos a Miche, que es medio pedorro pero tiene una Harley alucinante que te plancha el pelo en dos segundos, sin gastar en Sanders, Llongueras ni Giordano.
Ojo, no me malentiendan: no soy de curtir motoqueros, pero si vamos a Las Cañitas con esos aparatos cromados (y los aparatos que son sus dueños encima), los demás tipos nos miran con la boca abierta, no sé si por la moto o por lo bien que nos quedó el pelo con el viento, sobre el saquito Prune dorado que saqué por canje de la agencia de publicidad donde trabajé un mes. Me encantó laburar en la agencia, pero me mató eso de cumplir horarios. Yo, si no duermo bien, es como que enseguida se me ve en la cara, así que no me va lo del trabajo de ocho horas.
Valió la pena hacerme re- amiga de unas promotoras. Tener amigas promotoras está bárbaro: vas a estrenos y entrás a todas partes gratis. Una vez en un evento en el Divino me gané una pashmina que no te puedo explicar lo que era. Decí que no me va con nada de lo que tengo, pero se la pasé a mi vieja y quedé como una lady total. Otra vez en un desfile de Piñeiro me quedé con unas botitas de Sarkany, unos pantalones de Cahen D¨Anvers y una pollera alucinante de Trosman Churba . Dudé entre eso y un vestido de Laurencio Adot . Pero ahora que bajé tres kilos, el vestido de Adot me sobraba de todas partes. Lo dejé ahí porque yo para coser soy una negada total... y mi mamá de la única costura que sabe es la que cada año le hace el cirujano en la papada.
Metí en un bolso divino el equipo nuevo y me fui corriendo en medio del desfile porque había una rubia en bolas gritando porque no encontraba su ropa, y qué se yo qué ataque que le agarró, re- desubicada la mina. Me señalaba como si yo fuera no sé qué.
Aunque me dijeron que tenía todo el look de modelo, a mí no me va ni ahí el caretaje de los desfiles, ni me va lo de ser top model: es un embole eso de producirse durante seis horas para cambiarse la ropa cada dos segundos, salir por la pasarela a que todos te vean el culo de abajo, volver y no encontrar lo que te tenías que poner, como le pasó a la mina esa.
¿ Me seguís? Hasta ahora, se puede ser fashion y sin poner un mango, ¿ qué tal?
Te lo digo de onda: no cuesta nada ser fashion. Tampoco te creas esa de que hay que ser top model para levantarse un enterpreneur con Porsche o Vitara. Aún si sos low- profile está lleno de self made men con piso en Punta que mueren por una chica con labios de bioplastic como los de una.
Todo lo que necesitás para ser una diosa total es un toque de kick- boxing para tener la cola dura, un toque de insight para tener la mente abierta , un toque de Taichi para el equilibrio, un amigovio personal trainer, dos litros de agua mineral por día para tener la piel bárbara, nociones de Breeding & Society ( como le llamo yo al quién es quién de la top society porteña), amigas de la USA, que no es United States of America sino Universidad de .San Andrés, un novio en USA, que no es la San Andres sino Estados Unidos y un amigo que te invite a ir a Punta en su yacht junto con gente con onda. También ayuda tener amigos con nombres de calles y vivir en una calle con nombre de amigo. Más una carterita re-divertida imitación Prada, un amigo gay rapado con lentes violetas y piloto vintage de Notting Hill... y ya sos lo más. Y si sos de Piscis, mató , porque es un signo que está de re- onda.
Ayuda, además, tener en tu heladera el fono de sushi delivery y traer al grupete un chisme hot de alguna modelo. No cometas la torpeza de una mina que el otro día se acercó a nuestra mesa Cristopher´s porque vio que el Chino Moro estaba con nosotros, y se tomó todas las burbujas del demi sec mientras contaba una huevada de Dolores Barreiro...¡Me quise morir! No sé qué fue peor : que se bajara el champú que pagó el Chino o que hable de la Barreiro..¡Dolores Barreiro ya fue! Quedé re – cortada,no lo podía creeer.. Nada que ver conmigo, que si no es para hablar de celebrities , me callo la boca.
Ah, otro tip : nada de desbandarse con la comida. No más de medio yogur. Yo odio sentirme hinchada, como pura panza. Porque si querés ser fashion no podés tener un gramo de más, salvo que te llames Macri o tengas sangre azul certificada. La falta de apellido o cuenta bancaria se compensa – hasta ahí - teniendo abono en el Mozarteum, amigos en Pilar, exponiendo en Casa FOA y colándose a todas las fiestas top acompañando a tus amigas top models, a las que tenés que mimarlas mandándoles tu acupunturista chino y tu masajista a domicilio. Eso tampoco cuesta plata, porque lo harán de onda poque sos re – top.
Lo bueno de ser fashion es que aunque nadie te llame, ves a todos tus amigos en las revistas, y podés saber qué hicieron sin que te lo cuenten.
También te conviene tener un par de amigos rugbiers re- sacados, que usen remeras negras con palabras en chino y que saquen la lengua y hagan cuernitos cada vez que los apunten con una cámara de fotos. Después mostrás las fotos y quedás diosa total contando cómo te divertiste con Tobi, Peke , Matu y Boni.
Mata tener una amiga que se esté por casar de día en una estancia, que contrate catering top- top-top y tenga música de mariachis seguidas por el pepepepepé con los Decadentes.
Y mata tener un sofá color tomate imitación Binnard, que a su vez son imitación Roche Bobois de París.
Pero lo absolutamente top es ser amiga de Máxima Zorraguieta.
Tengo que confesarlo: me mata no conocer a una prima de una vecina de una amiga de Maxi. Y eso me re- bajonea a tal punto, que me tengo que tirar en mi bedspread de seda salvaje con Sebi , Maxi y Gus , mis amores peludos, y llamar a Nicole para que traiga a casa sus perros y quedarnos toda la tarde con los perros en la cama, mirando sitcoms por cable y decidiendo si nos hacemos o no body piercing en el ombligo, y si nos tatuamos o no el otro hombro.
No te olvides que la gente fashion es re- marquera. Aunque no tengas efectivo para comprarte unos lentes Oakley, Bollé ; Infinit o Serengeti, podés hacer como hice yo, que me compré unos anteojos re- amorosos en la Farmacia Vergara por diez pesos y le dije a todo el mundo que son de un diseñador búlgaro que hace modelos exclusivos a pedido. La mamá de Zoe– que tiene El nivel - se quedó tan fascinada con ellos que tuve que confesarle la verdad, que estaban de oferta en la farmacia de la esquina. ¡Se quedó más fascinada todavía! También uso un anillo que parece una pieza única de Bulgari, y en realidad es un Todo x$2. Pero lo combino con un top de una feria americana exclusiva, cuya dirección no te voy a dar , y tengo el set ideal para una noche de descontrol.
Lo importante es ir a caballo entre lo exclusivo, lo “taylor made”, que solo vos tenés, y la moda, lo que se usa, que todos tienen, sin caerte del caballo.
Y eso es un arte con lo que se nace, bombón. Es como que no te lo puede explicar, ¿entendés?
Lo que tengo en casa es todo fashion, pero todos son regalos . Todo zen, net, minimalista y top. Para salir, tengo siempre alguien que me pasa a buscar, o me muevo con la cuenta corriente de una remisería divina que sólo tienen autos con aire acondicionado y choferes amorosos que hacen lo que yo les digo.
Porque lo fundamental es vivir a full y mantener una imagen top. Todo es cuestión de mentalidad, y de saber que una es una lady, por eso no merece ensuciarse las manos con plata ...Que los billetes se los dejen a los pobres, mi amor. ¿Yo con billeteras? ¡Nada que ver! En mi carterita casi Moschino llevo mis personal cards con mi pagina web, mis cigarros por si pinta fumar, mis llaves y el celular que me regaló mi ex. Tengo una amiga que además lleva una lapicerita Mont Blanc por si se encuentra con alguien copado que quiera escribirle su teléfono en la pierna...¿ No re divertido?
Yo sé que para otro puede no ser tan fácil ser fashion como para mi. Yo doy look fashion aunque no me mueva. Es algo genético, no sé. Se me nota la cosa de campo argentino cruza con París, tal vez por mis ojos claros y mis lolas latinas, porque mi bisabuelo se sacó de encima a los indios y mi bisabuela era cantante lírica del Folies Bergere , no sé.
Bueno, ya te conté todos mis secretos. ¿Todavía no entendiste cómo ser fashion?
Bueno, tal vez este tema no sea para vos, linda, hay gente a la que le da para ser fashion y hay gente a la que no, qué vas a hacer, no todos somos iguales en la vida.
¿Me devolvés la revista, plis?
Magnetismo
Se ven en todas las películas, así que se usan en todo el mundo.
No hay un objeto tan universalmente adoptado y de uso infaltable en todos los hogares como los entrañables imanes de heladera.
Hasta hace un tiempo, ella creía que los objetos de uso más común de todos los tiempos eran el peine, el anzuelo, el alfiler de gancho y las monedas. En varios museos arqueológicos pudo ver que desde 5.000 años tienen el mismo aspecto, lo que indica que su diseño es inmejorable, y que fueron objetos utilísimos para la civilización, la supervivencia y el desarrollo de la humanidad. Cómo no, si son la base de la sociedad. Peine para estar prolijos, anzuelos para pescar comida y pescar al otro, alfiler de gancho para que no se te escape, monedas para mantenerlo. Se preguntaba cuál de esos elementos primigenios habría olvidado usar, si son los cuatro objetos de la felicidad.
Lo mismo sucederá en el futuro con esa maravilla de invención humana que son los imancitos de heladera. Acabarán en los museos del año 10000. Se hicieron tan populares que resulta inconcebible ver una heladera sin imanes. Hasta en el lugar más remoto del planeta, mientras haya un ser humano cerca, habrá un imán en la heladera con la forma de un ridículo cucuruchito de helado en miniatura, una torre Eiffel de dos centímetros o la publicidad de la panadería de la esquina, sosteniendo por debajo un papelito con el horario en que hay que ir al dentista. Bien mirado, no está mal que un falso cucurucho de chocolate te advierta cuando te toca la sesión de dolor. Otra demostración de cómo la vida se burla de una. Como cuando por fin te reencontrás con un viejo amor para enterarte de que tiene cáncer, o cuando te enterás de que el único tipo que te gustó en el colegio nunca se acercó a vos por miedo de que le dijeras que no, o cuando sabés que un hombre intelectual y profundo se enamora de una mujer frívola y chata, sólo porque todos los días comparte la mesa de trabajo con él.
Hay gente que se ufana de poseer colecciones de imanes que caen al piso cada vez que se cierra la nevera, como un gran Museo del Kitsch. Pizzitas en miniatura, hamburguesas liliputienses, fetitos de canario al horno con papas barnizadas, ositos verde mufa, corazoncitos con puntillas, banderitas yanquis, falsos trocitos de queso y banana, ignotas vírgenes pueblerinas, tucanes de yeso, souvenirs de vacaciones olvidadas, recuerdo de la Fiesta del Ajo, cualquier cosa puede aparecer en el muestrario heladeril. Si, las mismas porquerías se ven en películas lituanas, francesas, rusas o coreanas. Todas las heladeras del mundo tienen imanes. Si no, no son heladeras. Sólo en las películas de Woody Allen , en donde recrea el interior de las casas de ricachones del Upper West Side, aparecen esas aparatosas heladeras de acero satinado que parecen un sarcófago del futuro, y que inspiran demasiado respeto como para que nadie se atreva a pegarle imanes.
Todos los otros propietarios de heladeras creen que sin imanes, se olvidarían de todos sus compromisos. La factura del gas, el teléfono del médico y de los bomberos, la boleta de la tintorería, la invitación a la fiestita del jardín de infantes, la lista de lo que hace falta comprar, los horarios de ese curso de yoga al que jamás podrá ir, todo cuelga de la heladera. Las heladeras se convirtieron en nuestra agendas personales. Gigantescos memos de mensajes helados sostenidos por óxido ferroso con carga magnética. Porque eso es lo que es un imán. Un imán tiene dos polos. Los polos del mismo tipo se repelen y los polos de distinto tipo se atraen, lo que explica la atracción de los opuestos, y con eso ella debería conformarse.
Pero no se conforma.
Sorbe otro trago de café helado, intentando recordar las leyes de los campos magnéticos, la mirada fija en un imán de heladera con forma de absurda frutilla que los dos compraron en una feria artesanal en la luna de miel en Bariloche, ahí donde compraron mermelada de fruta fina como para endulzar mil amaneceres. Qué bien le vendría una cuchara de dulce de frambuesa, pero está segura de que no le bajaría con la garganta cerrada como la tiene.
Veamos, ¿Por qué se pega el imán a la heladera? Ella no es especialista en magnetismo. En el laboratorio está totalmente dedicada a trabajar con reactivos químicos, y el magnetismo es un tema de la física. Pero todo lo que se aprende en la facultad queda en alguna parte del cerebro. Y se puso a recordar. Qué curioso. Seguramente en este tema hubo química, no física. Pero ella tenía que explicárselo a sí misma desde la física.
Una propiedad característica del comportamiento de los imanes consiste en la imposibilidad de aislar sus polos magnéticos. Si se corta un imán recto en dos mitades, se reproducen otros dos imanes con sus respectivos polos norte y sur. Y lo mismo sucederá si uno sigue cortando imanes veinte millones de veces. No es posible obtener un imán con un solo polo magnético, totalmente norte, totalmente positivo. Eso lo descubrió Peregrinus en el 1200. Así que esa posibilidad queda descartada. Es una idea peregrina.
Las fuerzas magnéticas son fuerzas de acción a distancia, es decir, se producen sin que exista contacto físico entre los dos imanes. La intensidad de la fuerza magnética de interacción entre imanes disminuye con el cuadrado de la distancia. Cuanto más cerca están los polos opuestos, más se atraen, y más difícil será despegarlos. De haberlo sabido, tendría que haber separado a tiempo a los dos polos. No lo supo. Segunda posibilidad descartada.
La última de las posibilidades hubiera sido deshacerse a tiempo de todos los imanes que cubrían la puerta de la heladera, para que no hubiera donde colocar mensajes. Tendrñia que haber tirado el Pluto que le trajo el sobrino de Disneylandia, el castillito que dice Recuerdo de Mallorca, el minisombrero de charro mexicano que le trajo la tía, y el microalmanaque de la farmacia Norte. “Norte”, que ironía. Lo que ella había perdido. No los tiró a tiempo. Tercera posibilidad descartada.
Lo peor es que algo así no le permitía tener derecho a réplica, a reaccionar, a pedir explicaciones coherentes. Una queda sola en la cocina, a la mañana temprano, tratando de entender.
Tal vez no había nada que entender, y esto era una manera de simplificar lo complicado.
Pero en las películas filmadas en cocinas con heladeras llenas de imanes nunca pasa esto. Una se da cuenta de todo porque él prepara una valija, o porque la cita en un restaurante extraño para hablar.
Pero esta es la vida real.
Allí, en su propia heladera, sostenido debajo de ese estúpido imancito con forma de inocente frutilla, había una nota de puño y letra de su amado que decía simple y mortalmente: “No te quiero más. Me fui de casa”.
Es lo que él quiere, pensó ella. Que la relación termine congelada sobre un freezer cuatro estrellas.
Y ahora yo qué hago, pensó.
De acuerdo a las leyes de la física, ahora ella quedaba como una aguja solitaria, boyando luego de haberse pasada siete años pegada a un imán. Una aguja en contacto con un imán, se magnetiza. Y si queda suelta, en una posición de perfecto equilibrio, se coloca en una posición alineada con el campo magnético terrestre. Eso significa que se convierte en una brújula.
Sintió un alivio inmediato.
“Soy mi propia brújula”, pensó. “No voy a perderme.”
De golpe, se dio cuenta de la porquería que estaba tomando.
Escupió el café helado en la pileta y puso a calentar agua para hacer café con filtro de tela, como le gustaba a ella.
Dos tazas enteras para ella sola.
No hay un objeto tan universalmente adoptado y de uso infaltable en todos los hogares como los entrañables imanes de heladera.
Hasta hace un tiempo, ella creía que los objetos de uso más común de todos los tiempos eran el peine, el anzuelo, el alfiler de gancho y las monedas. En varios museos arqueológicos pudo ver que desde 5.000 años tienen el mismo aspecto, lo que indica que su diseño es inmejorable, y que fueron objetos utilísimos para la civilización, la supervivencia y el desarrollo de la humanidad. Cómo no, si son la base de la sociedad. Peine para estar prolijos, anzuelos para pescar comida y pescar al otro, alfiler de gancho para que no se te escape, monedas para mantenerlo. Se preguntaba cuál de esos elementos primigenios habría olvidado usar, si son los cuatro objetos de la felicidad.
Lo mismo sucederá en el futuro con esa maravilla de invención humana que son los imancitos de heladera. Acabarán en los museos del año 10000. Se hicieron tan populares que resulta inconcebible ver una heladera sin imanes. Hasta en el lugar más remoto del planeta, mientras haya un ser humano cerca, habrá un imán en la heladera con la forma de un ridículo cucuruchito de helado en miniatura, una torre Eiffel de dos centímetros o la publicidad de la panadería de la esquina, sosteniendo por debajo un papelito con el horario en que hay que ir al dentista. Bien mirado, no está mal que un falso cucurucho de chocolate te advierta cuando te toca la sesión de dolor. Otra demostración de cómo la vida se burla de una. Como cuando por fin te reencontrás con un viejo amor para enterarte de que tiene cáncer, o cuando te enterás de que el único tipo que te gustó en el colegio nunca se acercó a vos por miedo de que le dijeras que no, o cuando sabés que un hombre intelectual y profundo se enamora de una mujer frívola y chata, sólo porque todos los días comparte la mesa de trabajo con él.
Hay gente que se ufana de poseer colecciones de imanes que caen al piso cada vez que se cierra la nevera, como un gran Museo del Kitsch. Pizzitas en miniatura, hamburguesas liliputienses, fetitos de canario al horno con papas barnizadas, ositos verde mufa, corazoncitos con puntillas, banderitas yanquis, falsos trocitos de queso y banana, ignotas vírgenes pueblerinas, tucanes de yeso, souvenirs de vacaciones olvidadas, recuerdo de la Fiesta del Ajo, cualquier cosa puede aparecer en el muestrario heladeril. Si, las mismas porquerías se ven en películas lituanas, francesas, rusas o coreanas. Todas las heladeras del mundo tienen imanes. Si no, no son heladeras. Sólo en las películas de Woody Allen , en donde recrea el interior de las casas de ricachones del Upper West Side, aparecen esas aparatosas heladeras de acero satinado que parecen un sarcófago del futuro, y que inspiran demasiado respeto como para que nadie se atreva a pegarle imanes.
Todos los otros propietarios de heladeras creen que sin imanes, se olvidarían de todos sus compromisos. La factura del gas, el teléfono del médico y de los bomberos, la boleta de la tintorería, la invitación a la fiestita del jardín de infantes, la lista de lo que hace falta comprar, los horarios de ese curso de yoga al que jamás podrá ir, todo cuelga de la heladera. Las heladeras se convirtieron en nuestra agendas personales. Gigantescos memos de mensajes helados sostenidos por óxido ferroso con carga magnética. Porque eso es lo que es un imán. Un imán tiene dos polos. Los polos del mismo tipo se repelen y los polos de distinto tipo se atraen, lo que explica la atracción de los opuestos, y con eso ella debería conformarse.
Pero no se conforma.
Sorbe otro trago de café helado, intentando recordar las leyes de los campos magnéticos, la mirada fija en un imán de heladera con forma de absurda frutilla que los dos compraron en una feria artesanal en la luna de miel en Bariloche, ahí donde compraron mermelada de fruta fina como para endulzar mil amaneceres. Qué bien le vendría una cuchara de dulce de frambuesa, pero está segura de que no le bajaría con la garganta cerrada como la tiene.
Veamos, ¿Por qué se pega el imán a la heladera? Ella no es especialista en magnetismo. En el laboratorio está totalmente dedicada a trabajar con reactivos químicos, y el magnetismo es un tema de la física. Pero todo lo que se aprende en la facultad queda en alguna parte del cerebro. Y se puso a recordar. Qué curioso. Seguramente en este tema hubo química, no física. Pero ella tenía que explicárselo a sí misma desde la física.
Una propiedad característica del comportamiento de los imanes consiste en la imposibilidad de aislar sus polos magnéticos. Si se corta un imán recto en dos mitades, se reproducen otros dos imanes con sus respectivos polos norte y sur. Y lo mismo sucederá si uno sigue cortando imanes veinte millones de veces. No es posible obtener un imán con un solo polo magnético, totalmente norte, totalmente positivo. Eso lo descubrió Peregrinus en el 1200. Así que esa posibilidad queda descartada. Es una idea peregrina.
Las fuerzas magnéticas son fuerzas de acción a distancia, es decir, se producen sin que exista contacto físico entre los dos imanes. La intensidad de la fuerza magnética de interacción entre imanes disminuye con el cuadrado de la distancia. Cuanto más cerca están los polos opuestos, más se atraen, y más difícil será despegarlos. De haberlo sabido, tendría que haber separado a tiempo a los dos polos. No lo supo. Segunda posibilidad descartada.
La última de las posibilidades hubiera sido deshacerse a tiempo de todos los imanes que cubrían la puerta de la heladera, para que no hubiera donde colocar mensajes. Tendrñia que haber tirado el Pluto que le trajo el sobrino de Disneylandia, el castillito que dice Recuerdo de Mallorca, el minisombrero de charro mexicano que le trajo la tía, y el microalmanaque de la farmacia Norte. “Norte”, que ironía. Lo que ella había perdido. No los tiró a tiempo. Tercera posibilidad descartada.
Lo peor es que algo así no le permitía tener derecho a réplica, a reaccionar, a pedir explicaciones coherentes. Una queda sola en la cocina, a la mañana temprano, tratando de entender.
Tal vez no había nada que entender, y esto era una manera de simplificar lo complicado.
Pero en las películas filmadas en cocinas con heladeras llenas de imanes nunca pasa esto. Una se da cuenta de todo porque él prepara una valija, o porque la cita en un restaurante extraño para hablar.
Pero esta es la vida real.
Allí, en su propia heladera, sostenido debajo de ese estúpido imancito con forma de inocente frutilla, había una nota de puño y letra de su amado que decía simple y mortalmente: “No te quiero más. Me fui de casa”.
Es lo que él quiere, pensó ella. Que la relación termine congelada sobre un freezer cuatro estrellas.
Y ahora yo qué hago, pensó.
De acuerdo a las leyes de la física, ahora ella quedaba como una aguja solitaria, boyando luego de haberse pasada siete años pegada a un imán. Una aguja en contacto con un imán, se magnetiza. Y si queda suelta, en una posición de perfecto equilibrio, se coloca en una posición alineada con el campo magnético terrestre. Eso significa que se convierte en una brújula.
Sintió un alivio inmediato.
“Soy mi propia brújula”, pensó. “No voy a perderme.”
De golpe, se dio cuenta de la porquería que estaba tomando.
Escupió el café helado en la pileta y puso a calentar agua para hacer café con filtro de tela, como le gustaba a ella.
Dos tazas enteras para ella sola.
La vaca
- Buenos días, amor, ¿te sirvo un café?
- No, gracias. Tengo que salir corriendo. Hoy tengo reunión de directorio.
- Ay ...
- ¿Por qué esa cara?
- Porque todos los días sueños con que desayunemos bajo los jazmines de la terraza bebiendo un fragante lapsang souchong con unas croissants crujientes, mirando el sol brillando sobre el río…y nunca podemos hacerlo …
- .Estas tan linda con ese corte tan moderno…dame un beso así me voy…
- No intentes consolarme. Me abandonás.
- No, nada de reproches por favor, que estoy apuradísimo …
- Nuestra vida es un horror. No es lo que yo soñaba.
- ¿Por qué decís eso, amor, si somos felices?
- Yo no soy feliz. Esto no puede seguir así...¿ ves? ¡Siempre a las corridas!
- ¡Hoy es lunes, me tengo que ir ya!
- No me dedicás nada de tiempo …
- ¡Ayer estuvimos todo el día juntos!
- Me refiero a calidad de tiempo, no a la cantidad.
- Es que tenía que terminar un informe urgente para la empresa.
- ¡Los domingos todo hombre se dedica a su esposa y su familia!
- Lo sé, pero mi trabajo es muy absorbente.
- Tu trabajo no es normal…¡nos está arruinando la vida!
- Sin este trabajo, mi amor , olvidate de llevar a los chicos a Disneyworld
- No metas en esto a los chicos, pobres, que ni les dedicás un minuto.
- ¿No entendés que tenía que terminar un informe que tengo que entregar YA?
- Todo lo que te importa es la maldita empresa!
- ¡Lo que me importa es mantener el nivel de vida que ambos queremos! La escuela Montessori bilingüe, dos autos cero kilómetro, tus clases de equitación, tu gimnasio, mi polo, los cruceros, buenos vinos…¿ todo eso hay que pagarlo, y lo pago yo!
- Pero no puede ser que trabajes ahí adentro, y también en casa, los domingos...
- ¿Querés cambiar tu coche? ¿Querés ir a buenos restaurantes?¿Querés ir a la mejor peluquería y que en invierno vayamos todos a esquiar? Este es el trabajo que te da eso y el ritmo de vida que hay que asumir para tenerlo. Pero si lo preferís, me quedo en casa haciendo la comida y bajamos el nivel de vida. Nos mudamos a un piso más chico, no vamos más de vacaciones, ponemos a los chicos en una escuela estatal ...
- Todo lo que te importa es la plata. ¡Sos tan materialista!... Olvidaste el espíritu familiar, los sentimientos
- Cuando los niños necesiten pagar la universidad, no la pagás con sentimientos...¡ y los coches no andan con espíritu!
- Antes no eras así. Te volviste tan frío....
- Escuchame por favor. Hace años que me deslomo para que no les falte nada, y ahora todo esto hay que mantenerlo.
- ¿De qué sirve tanta cáscara si adentro no hay corazón?
- -¿Que querés que haga? ¿Qué pongamos un comedor para niños carenciados en un piso 26 con vista al río?
- Yo me iría a vivir al campo. Mandaría todo esto a la mierda...
- ¿Al campo? ¿Qué campo? Yo, la verdad, no te veo pisando bosta todo el día.
- ¡Qué poco me conocés!... Te lo digo en serio...¿Por qué no nos vamos a vivir al campo?
- ¡Porque mi vida la hice acá y soy ejecutivo de una empresa!
- Hacelo por mí , por loc chicos …¡Empecemos todo de cero!
- Claro, me hago hippie y tiro la plata al inodoro.
- No....volvamos a lo simple…¿ Te acordás? Cuando tenías una bicicleta y yo era maestra jardinera. Cuando alquilamos el pisito y amasábamos nuestro pan…Cuando pasábamos más tiempo juntos....
- Te quejabas porque odiabas la provincia y querías venirte al centro…Vos te olvidás de cuando decías “esto no es vida , no nací para un suburbio, la gente acá es muy chata, me estoy deprimiendo, sos capaz de más , hacete valer, vos podés llegar lejos ....”
- Y vos no me creías …
- Yo no te creía, pero me convenciste. Me especialicé, hice el master, conseguí el trabajo, nos mudamos adonde querías, compraste todo lo querías, inscribiste a los niños en la escuela que querías, ¿y ahora no te alcanza?
- Yo sé lo que quiero, nene. El que no sabe lo que quiere sos vos. ¿No ves que no nos sirvió de nada, porque perdimos el norte, perdimos la idea central, que era ser felices vos y yo? Sos un tipo exitoso… ¿ pero según que parámetros? ¿De acuerdo a cuánto tenés en tu cuenta bancaria? ¿De cada cuánto cambias el auto? ¿Eso querés en tu vida? ¿Nada más te importa?
- Todo esto es lo que vos querías, mujer. Y ahora te quejás. Y ya no sé qué es lo que querés. No podés tener este nivel de vida con un hombre que se queda en casa a hacer la comida y jugar con su hijo. Si querés conservar lo que tenés tengo que estar atento, y trabajando, porque allí afuera es una jungla.
- No es lo que yo soñaba para nosotros dos.
- Muy bien....¿ con qué soñás ahora?
- Vayamos al campo. Dejemos todo esto y volvamos a lo natural.
- Está bien: vendemos todo y nos compramos un terreno
- Eso, una chacra
- En terreno no pantanoso ni inundable ni en zona contaminada....tenemos que llamar a un ingeniero agrónomo que nos asesore para que no ensartarnos comprando un clavo.
- Está bien
- Y a un agrimensor para que no nos roben metros....
-Okey....
- Y a un ingeniero químico para que no tengamos un torrente de deshechos tóxicos en la napa de agua
- No me vas asustar, adelante, mi hombre.
- Hay que construir algo donde vivir
- Algo simple, ¿eh?
- Sí, si, simplicísimo: maderas , chapas....
-Troncos, piedras.....
- Cartones, plásticos…
- At , a mi me encantan unos bloques grandes de hormigón que se usan ahora, para hacer esas casas cubistas de moda....
-: Si muy simples, las vi en el country. Las llaman estilo Miami...
-Si, ahí también las vimos. Se levantan en un día....
-Si, querida. Si le pagás el jornal a veinte obreros.
-Ahí criaremos nuestras cabras, conejos, ovejas....
- Hay que contratar un veterinario o morirán apestados.
-: Tendríamos nuestra vaca lechera....
- Mejor analizar la leche, quién sabe qué peste tiene esa vaca....
- Bueno,. Si la leche no es buena, comemos la carne
- Empecemos con la vaca...
- ¿Dónde la conseguís, si no tenemos plata?
- Lo tenemos, porque estamos construyendo la casa
- La casita, no te agrandes....
-¿De donde vamos a sacar para pagar al herrero, que haga las rejas de puertas y ventanas?
- ¿ Para qué rejas , si no tenemos nada que nos puedan robar?
- Muy bien, pero al menos precisamos vidrios para las ventanas.
-: Podemos poner unos paneles de multilaminado tipo Blindex, quedan preciosos y son resistentes a los pelotazos de los chicos, que van a jugar libres, afuera
- Los Blindex y los blindados cuestan más que diez rejas, pero si te gustan ....¿Y la vaca?
- ¡Sorpresa! Como no tenemos plata...¡Me robé una vaca! ¡ Mirá qué ojazos tiene!
- ¿ De qué raza es?¿ Charolais, Aberdeen Angus…?
- Es Holando Argentina. Las partes blancas son Holando y las negras , Argentina.
- No desayuné…Tengo hambre, ¿ la comemos?
- Cómo no...¿Por dónde empezamos?¿ Donde tendrá el lomo?
- Eso va arriba, pero yo quiero falda
. No tiene. Viene desnuda.
-: Mejor buscale los chorizos. Como un choripán y me voy. O una molleja... que es tan rica.
- ¿Donde la tendrá?
-: Algunos dicen que son las glándulas salivares, otros dicen que son las paratiroides ..
- ¿Glándulas hay que sacarle? Mejor no. Qué asco.
- Algo hay que comer.
- Lo que veo más a mano es el culo. Pero nunca escuché que haya un corte llamado culo de vaca ¿ Y si probamos la pata? Tiene pinta de jamón
- El jamón no es de vaca, es de chancho. La vaca no da jamón .
- Yo ya tengo hambre... ¡Qué despedicio! Una vaca entera y no sabemos que comerle....
- Pero tenemos la vaca atada.
-¿La matás vos, cariño, porfi?
- No .Vos la robaste, vos la matás ...Así en la familia hay un solo ladrón y asesino..
- ¿La estrangulo?
- No, no vas a poder, nena ....
- ¿Le tapo la nariz para asfixiarla?
- Menos
- ¿La noqueo de un buen golpe?
- Ni lo va a sentir.
- ¿Le hago tragar mi frasco de ansiolíticos?
- Sería horrible creerla muerta, empezar a comerla…y que se despierte sin mollejas…
- Por aquí había un cuchillo...
- Aquí está. Matala con este cuchillo.
- ¡Hombre, dejá eso que me da impresión!
- Es un cuchillo….¿acaso te doy miedo?
-¡Dejalo dejalo, dejalo ya!
- Tonta... ¡Te asusto! …Si quisiera matarte ya lo habría hecho.
- No es miedo, es impresión. No te queda bien un cuchillo en la mano. Parece que en vez de ir a trabajar estuvieras por quedarte en casa a cocinar...¡.ay , qué horrible, no quiero ni pensarlo!
- ¿Qué tendría de malo?
-No estoy acostumbrada, no sé, la cocina es un ámbito de mucamas, o de mujeres....¡ no de hombres fuertes., como vos ! ...Además, en esta cocina mando yo... ¡Me molestaría terriblemente que te metas aquí para decidir qué se come y qué no!
- Qué raro lo que decís. Para mí, un cuchillo es más un símbolo fálico.
-: No. Es un símbolo de obrero, de perdedor...
- Bueno, si te molesta tanto, agarralo vos.
-¿Y que hago con él?
- Matá a la vaca.
-No sé cómo hacerlo sin hacer un enchastre en la cocina. Mira mejor, sacala de acá. ¡Seremos vegetarianos!
-Pasto para comer tenemos, mira cuánto campo vacío… Podríamos hacer una pileta en el fondo....
- Qué buena idea...Si hacemos varias podríamos poner un criadero de truchas para venderle a los turistas.
- Entonces tengo que salir corriendo a trabajar o no va a alcanzar el dinero para tanto proyecto…
-¡No, no te vayas! ¡Nos quedamos sin pileta de natación! ¿No íbamos a tener vidas sencillas? Si ponés una pileta, tenés que ponerle el filtro, la bomba, el cloro, el muriático, el medidor de PH, la tierra diatomea... Y además nuestra idea era hacer una vida centrada en lo espiritual....
- Tenés razón.
- Somos demasiados egoístas dentro de nuestro amor. Abrámonos a la comunidad. Compartamos nuestra dicha. Hagamos un comedor para niños cadenciados....
- Un refugio para vagabundos…
-Un hogar para madres solteras, para mujeres golpeadas
- Para putas con sida, para ladrones drogadictos, para sicóticos peligrosos…
-Para niños discapacitados...
-Para ex convictos sin trabajo...
-… para anencefálicos y cuadriplégicos …¡Debemos ampliar nuestra casa campestre para que entren todos!
-¡Genial!
- Habría que hacer un segundo piso para sala de lectura, biblioteca, taller de artesanal, ala de mujeres y de varones....
- Necesitamos más plata para todo eso. Me voy a trabajar....
- ¡ NOOOO! ¡Presentemos un proyecto, busquemos auspiciantes, llamemos a monjas de la orden de la madre Teresa, abramos redes solidarias de alto nivel de eficacia!
- ¡Compremos un camión para traer la verdura!
-¡Generemos una línea de créditos blandos para indigentes!
- Total, si nos sale mal, huimos a Gran Caimán !
-¡Ay, mi amor, soy tan feliz!¡ Por fin nuestra vida tiene sentido!
..-Pero para hacer todo eso tengo que llevar el informe que hice ayer a la oficina, porque sin el recibo de sueldo, no nos van a dar el préstamo para comprar el tractor, ni el crédito para comprar los hornos de pan, y comprar la harina, para que las putas y los adictos amasen el pan integral orgánico...
-Entiendo.Está bien .
-Entonces.... ¿Ahora me dejás ir a trabajar?
- Sí, amor....¡ Vení que te doy un beso!
-¿Contenta?
-Claro que si. Tengo un marido que es un magnate y un santo al mismo tiempo...¿ Como no voy a ser feliz?¡Uf , quedé agotada! No creo que pueda mover un dedo hoy. Esta noche podríamos salir a comer sushi al nuevo restaurante japonés, para charlarlo mejor, ¿verdad? Ahhhhh, que felicidad.,bichi.. ¿Cuánto hacía que no teníamos un proyecto juntos?
- No, gracias. Tengo que salir corriendo. Hoy tengo reunión de directorio.
- Ay ...
- ¿Por qué esa cara?
- Porque todos los días sueños con que desayunemos bajo los jazmines de la terraza bebiendo un fragante lapsang souchong con unas croissants crujientes, mirando el sol brillando sobre el río…y nunca podemos hacerlo …
- .Estas tan linda con ese corte tan moderno…dame un beso así me voy…
- No intentes consolarme. Me abandonás.
- No, nada de reproches por favor, que estoy apuradísimo …
- Nuestra vida es un horror. No es lo que yo soñaba.
- ¿Por qué decís eso, amor, si somos felices?
- Yo no soy feliz. Esto no puede seguir así...¿ ves? ¡Siempre a las corridas!
- ¡Hoy es lunes, me tengo que ir ya!
- No me dedicás nada de tiempo …
- ¡Ayer estuvimos todo el día juntos!
- Me refiero a calidad de tiempo, no a la cantidad.
- Es que tenía que terminar un informe urgente para la empresa.
- ¡Los domingos todo hombre se dedica a su esposa y su familia!
- Lo sé, pero mi trabajo es muy absorbente.
- Tu trabajo no es normal…¡nos está arruinando la vida!
- Sin este trabajo, mi amor , olvidate de llevar a los chicos a Disneyworld
- No metas en esto a los chicos, pobres, que ni les dedicás un minuto.
- ¿No entendés que tenía que terminar un informe que tengo que entregar YA?
- Todo lo que te importa es la maldita empresa!
- ¡Lo que me importa es mantener el nivel de vida que ambos queremos! La escuela Montessori bilingüe, dos autos cero kilómetro, tus clases de equitación, tu gimnasio, mi polo, los cruceros, buenos vinos…¿ todo eso hay que pagarlo, y lo pago yo!
- Pero no puede ser que trabajes ahí adentro, y también en casa, los domingos...
- ¿Querés cambiar tu coche? ¿Querés ir a buenos restaurantes?¿Querés ir a la mejor peluquería y que en invierno vayamos todos a esquiar? Este es el trabajo que te da eso y el ritmo de vida que hay que asumir para tenerlo. Pero si lo preferís, me quedo en casa haciendo la comida y bajamos el nivel de vida. Nos mudamos a un piso más chico, no vamos más de vacaciones, ponemos a los chicos en una escuela estatal ...
- Todo lo que te importa es la plata. ¡Sos tan materialista!... Olvidaste el espíritu familiar, los sentimientos
- Cuando los niños necesiten pagar la universidad, no la pagás con sentimientos...¡ y los coches no andan con espíritu!
- Antes no eras así. Te volviste tan frío....
- Escuchame por favor. Hace años que me deslomo para que no les falte nada, y ahora todo esto hay que mantenerlo.
- ¿De qué sirve tanta cáscara si adentro no hay corazón?
- -¿Que querés que haga? ¿Qué pongamos un comedor para niños carenciados en un piso 26 con vista al río?
- Yo me iría a vivir al campo. Mandaría todo esto a la mierda...
- ¿Al campo? ¿Qué campo? Yo, la verdad, no te veo pisando bosta todo el día.
- ¡Qué poco me conocés!... Te lo digo en serio...¿Por qué no nos vamos a vivir al campo?
- ¡Porque mi vida la hice acá y soy ejecutivo de una empresa!
- Hacelo por mí , por loc chicos …¡Empecemos todo de cero!
- Claro, me hago hippie y tiro la plata al inodoro.
- No....volvamos a lo simple…¿ Te acordás? Cuando tenías una bicicleta y yo era maestra jardinera. Cuando alquilamos el pisito y amasábamos nuestro pan…Cuando pasábamos más tiempo juntos....
- Te quejabas porque odiabas la provincia y querías venirte al centro…Vos te olvidás de cuando decías “esto no es vida , no nací para un suburbio, la gente acá es muy chata, me estoy deprimiendo, sos capaz de más , hacete valer, vos podés llegar lejos ....”
- Y vos no me creías …
- Yo no te creía, pero me convenciste. Me especialicé, hice el master, conseguí el trabajo, nos mudamos adonde querías, compraste todo lo querías, inscribiste a los niños en la escuela que querías, ¿y ahora no te alcanza?
- Yo sé lo que quiero, nene. El que no sabe lo que quiere sos vos. ¿No ves que no nos sirvió de nada, porque perdimos el norte, perdimos la idea central, que era ser felices vos y yo? Sos un tipo exitoso… ¿ pero según que parámetros? ¿De acuerdo a cuánto tenés en tu cuenta bancaria? ¿De cada cuánto cambias el auto? ¿Eso querés en tu vida? ¿Nada más te importa?
- Todo esto es lo que vos querías, mujer. Y ahora te quejás. Y ya no sé qué es lo que querés. No podés tener este nivel de vida con un hombre que se queda en casa a hacer la comida y jugar con su hijo. Si querés conservar lo que tenés tengo que estar atento, y trabajando, porque allí afuera es una jungla.
- No es lo que yo soñaba para nosotros dos.
- Muy bien....¿ con qué soñás ahora?
- Vayamos al campo. Dejemos todo esto y volvamos a lo natural.
- Está bien: vendemos todo y nos compramos un terreno
- Eso, una chacra
- En terreno no pantanoso ni inundable ni en zona contaminada....tenemos que llamar a un ingeniero agrónomo que nos asesore para que no ensartarnos comprando un clavo.
- Está bien
- Y a un agrimensor para que no nos roben metros....
-Okey....
- Y a un ingeniero químico para que no tengamos un torrente de deshechos tóxicos en la napa de agua
- No me vas asustar, adelante, mi hombre.
- Hay que construir algo donde vivir
- Algo simple, ¿eh?
- Sí, si, simplicísimo: maderas , chapas....
-Troncos, piedras.....
- Cartones, plásticos…
- At , a mi me encantan unos bloques grandes de hormigón que se usan ahora, para hacer esas casas cubistas de moda....
-: Si muy simples, las vi en el country. Las llaman estilo Miami...
-Si, ahí también las vimos. Se levantan en un día....
-Si, querida. Si le pagás el jornal a veinte obreros.
-Ahí criaremos nuestras cabras, conejos, ovejas....
- Hay que contratar un veterinario o morirán apestados.
-: Tendríamos nuestra vaca lechera....
- Mejor analizar la leche, quién sabe qué peste tiene esa vaca....
- Bueno,. Si la leche no es buena, comemos la carne
- Empecemos con la vaca...
- ¿Dónde la conseguís, si no tenemos plata?
- Lo tenemos, porque estamos construyendo la casa
- La casita, no te agrandes....
-¿De donde vamos a sacar para pagar al herrero, que haga las rejas de puertas y ventanas?
- ¿ Para qué rejas , si no tenemos nada que nos puedan robar?
- Muy bien, pero al menos precisamos vidrios para las ventanas.
-: Podemos poner unos paneles de multilaminado tipo Blindex, quedan preciosos y son resistentes a los pelotazos de los chicos, que van a jugar libres, afuera
- Los Blindex y los blindados cuestan más que diez rejas, pero si te gustan ....¿Y la vaca?
- ¡Sorpresa! Como no tenemos plata...¡Me robé una vaca! ¡ Mirá qué ojazos tiene!
- ¿ De qué raza es?¿ Charolais, Aberdeen Angus…?
- Es Holando Argentina. Las partes blancas son Holando y las negras , Argentina.
- No desayuné…Tengo hambre, ¿ la comemos?
- Cómo no...¿Por dónde empezamos?¿ Donde tendrá el lomo?
- Eso va arriba, pero yo quiero falda
. No tiene. Viene desnuda.
-: Mejor buscale los chorizos. Como un choripán y me voy. O una molleja... que es tan rica.
- ¿Donde la tendrá?
-: Algunos dicen que son las glándulas salivares, otros dicen que son las paratiroides ..
- ¿Glándulas hay que sacarle? Mejor no. Qué asco.
- Algo hay que comer.
- Lo que veo más a mano es el culo. Pero nunca escuché que haya un corte llamado culo de vaca ¿ Y si probamos la pata? Tiene pinta de jamón
- El jamón no es de vaca, es de chancho. La vaca no da jamón .
- Yo ya tengo hambre... ¡Qué despedicio! Una vaca entera y no sabemos que comerle....
- Pero tenemos la vaca atada.
-¿La matás vos, cariño, porfi?
- No .Vos la robaste, vos la matás ...Así en la familia hay un solo ladrón y asesino..
- ¿La estrangulo?
- No, no vas a poder, nena ....
- ¿Le tapo la nariz para asfixiarla?
- Menos
- ¿La noqueo de un buen golpe?
- Ni lo va a sentir.
- ¿Le hago tragar mi frasco de ansiolíticos?
- Sería horrible creerla muerta, empezar a comerla…y que se despierte sin mollejas…
- Por aquí había un cuchillo...
- Aquí está. Matala con este cuchillo.
- ¡Hombre, dejá eso que me da impresión!
- Es un cuchillo….¿acaso te doy miedo?
-¡Dejalo dejalo, dejalo ya!
- Tonta... ¡Te asusto! …Si quisiera matarte ya lo habría hecho.
- No es miedo, es impresión. No te queda bien un cuchillo en la mano. Parece que en vez de ir a trabajar estuvieras por quedarte en casa a cocinar...¡.ay , qué horrible, no quiero ni pensarlo!
- ¿Qué tendría de malo?
-No estoy acostumbrada, no sé, la cocina es un ámbito de mucamas, o de mujeres....¡ no de hombres fuertes., como vos ! ...Además, en esta cocina mando yo... ¡Me molestaría terriblemente que te metas aquí para decidir qué se come y qué no!
- Qué raro lo que decís. Para mí, un cuchillo es más un símbolo fálico.
-: No. Es un símbolo de obrero, de perdedor...
- Bueno, si te molesta tanto, agarralo vos.
-¿Y que hago con él?
- Matá a la vaca.
-No sé cómo hacerlo sin hacer un enchastre en la cocina. Mira mejor, sacala de acá. ¡Seremos vegetarianos!
-Pasto para comer tenemos, mira cuánto campo vacío… Podríamos hacer una pileta en el fondo....
- Qué buena idea...Si hacemos varias podríamos poner un criadero de truchas para venderle a los turistas.
- Entonces tengo que salir corriendo a trabajar o no va a alcanzar el dinero para tanto proyecto…
-¡No, no te vayas! ¡Nos quedamos sin pileta de natación! ¿No íbamos a tener vidas sencillas? Si ponés una pileta, tenés que ponerle el filtro, la bomba, el cloro, el muriático, el medidor de PH, la tierra diatomea... Y además nuestra idea era hacer una vida centrada en lo espiritual....
- Tenés razón.
- Somos demasiados egoístas dentro de nuestro amor. Abrámonos a la comunidad. Compartamos nuestra dicha. Hagamos un comedor para niños cadenciados....
- Un refugio para vagabundos…
-Un hogar para madres solteras, para mujeres golpeadas
- Para putas con sida, para ladrones drogadictos, para sicóticos peligrosos…
-Para niños discapacitados...
-Para ex convictos sin trabajo...
-… para anencefálicos y cuadriplégicos …¡Debemos ampliar nuestra casa campestre para que entren todos!
-¡Genial!
- Habría que hacer un segundo piso para sala de lectura, biblioteca, taller de artesanal, ala de mujeres y de varones....
- Necesitamos más plata para todo eso. Me voy a trabajar....
- ¡ NOOOO! ¡Presentemos un proyecto, busquemos auspiciantes, llamemos a monjas de la orden de la madre Teresa, abramos redes solidarias de alto nivel de eficacia!
- ¡Compremos un camión para traer la verdura!
-¡Generemos una línea de créditos blandos para indigentes!
- Total, si nos sale mal, huimos a Gran Caimán !
-¡Ay, mi amor, soy tan feliz!¡ Por fin nuestra vida tiene sentido!
..-Pero para hacer todo eso tengo que llevar el informe que hice ayer a la oficina, porque sin el recibo de sueldo, no nos van a dar el préstamo para comprar el tractor, ni el crédito para comprar los hornos de pan, y comprar la harina, para que las putas y los adictos amasen el pan integral orgánico...
-Entiendo.Está bien .
-Entonces.... ¿Ahora me dejás ir a trabajar?
- Sí, amor....¡ Vení que te doy un beso!
-¿Contenta?
-Claro que si. Tengo un marido que es un magnate y un santo al mismo tiempo...¿ Como no voy a ser feliz?¡Uf , quedé agotada! No creo que pueda mover un dedo hoy. Esta noche podríamos salir a comer sushi al nuevo restaurante japonés, para charlarlo mejor, ¿verdad? Ahhhhh, que felicidad.,bichi.. ¿Cuánto hacía que no teníamos un proyecto juntos?
La segunda monedita
Perdón si les cae mal lo que les voy a decir, pero para mí, el feminismo ya fue. Todo eso del movimiento de liberación, de igualdad de los géneros, de equidad de oportunidades es un verso con el que nos quieren llenar la cabeza para no llegar a ninguna parte. Déjense de joder, los hombres son hombres y las mujeres son mujeres, y no hay nada que puedas cambiar al respecto. Las mujeres no tienen que ser feministas, sino femeninas. Las feministas, digamos la verdad, son las feas, las marimachos bigotudas, las resentidas sociales porque los tipos no les dan bola. No les daba el coraje ni para ser lesbianas, y se hacían feministas. Digo se hacían, porque ahora hablar de feminismo es algo totalmente pasado de moda...Es que nada de lo que pedían le interesaba a nadie . Veamos... ¿No usar corpiño? ¡ Si nos encanta la lencería! ¿Derecho al voto femenino? No me hagan reír...¿ A quien le importa? ¿Para qué? Cada vez que hay que votar yo trato de irme de viaje a otro país....¡ si no hay nada para votar! Los candidatos que hay son tan horrendos que te obligan a votar en blanco, porque si ganan, te arrepentís de lo que hiciste. Hasta parece que el voto femenino se inventó para que nos culpen a las mujeres de los gobernantes que tenemos. ¿Igualdad en el trabajo? ¡Por favor! ....¿a quien le interesa que como empleada me traten igual y me paguen el mismo sueldo que a un empleado varón? Además, sería un insulto ¿Me van a comparar a mí con un tipo? ¿Con quien?¿Con el nerd de Velásquez? ¿ O con el bobo de Gorriti . que decía “No me digan lo que hay que hacer”, y pasaba una semana trabajando en lo mismo que yo acababa en media hora?¿Igualarnos con ellos? Sería una humillación.
Nunca me interesó llegar al cargo más alto, ni tener igualdad de oportunidades con un hombre. Me casé, tuve hijo y mandé todo al diablo. Total, cuando quiera puedo retomar...Y si en vez de tomar a una mujer prefieren tomar a un hombre, mejor para mi...¡ por la mierda de sueldo que voy a cobrar , mejor que tomen a cualquier idiota para que se arruine la vida en esa oficina deprimente!
Feminismo...¿ para qué? ¡Había que dejar todo como estaba! El hombre en el trabajo, y la mujer en la casa.”¿Querido, me das plata para comprar comida?” y ya . Si no te la da, no se come, mira qué fácil era.
Desde que las mujeres van a la universidad, adonde vas está lleno de minas. Y ahora tenemos que soportar lo peor que te puede pasar....¡ Ahora en el trabajo nadie tiene jefes , todos tenemos jefas! Una jefa es lo peor que hay...¿ Has visto como son? Duras, jodidas, arteras....¡feministas! . Todo sonrisita de aquí, sonrisita de allá, y te clavan el cuchillo por la espalda. Es agotador tener tanta mujer encima... Salís de tu casa, de aguantar a tu histérica madre y sus gritos...¡y te metés en un trabajo a soportar a tu histérica jefa y sus gritos! Me imagino para un tipo, que al trabajar piensa que saldrá del mando de su mujer...¡ y entra a la oficina a estar al mando de otra! Las cosas que hay que escuchar en una oficina...Desde desprecios, a urgencias, a exigencias, todo con voz de gata en celo...¡ pero como te joden la vida! Porque un jefe varón te dice la verdad y punto. Pero una jefa mujer te dice algo, pero piensa en otra cosa, entonces una no entiende nada.¿Qué te quiere decir cuando te dice lo que te dice? ...Cuando un tipo te dice. “·Hacete cargo de esto”, es que te tenés que hacer cargo solo de eso , y listo. Pero cuando te lo dice una mina, que encima es tu jefa, una piensa : “ ¿ Que me quiere decir con eso? ¿Que me dedique a hacer solo eso y no haga nada más, para no invadirle su territorio? ¿O que quiere que me siente a su lado a hacerlo por ella? ¿Dice que lo estoy haciendo mal y quiere que lo haga mejor? ¿Que lo estoy haciendo tan bien que quiere que solo yo me dedique a eso? ¿Que cuando termine eso, me despide? ¿Que soy su favorita y por eso me da esa tarea específica porque confía en que la haré bien, y ese encargo es una muestra de confianza? ¿Que soy la empleada que más odia, y por eso me quiere castigar con un trabajo extra? ¿Será algo urgente? ¿O que no lo necesita para nada, y me lo dijo para humillarme? ¿Soy la elegida, por hacerlo? ¿O el último orejón del tarro?
Con una jefa mujer nunca nada es muy claro.
Ni siquiera podés saber si tiene o no tiene hambre.
Tuve jefas que se tomaban dos horas en salir a almorzar y al volver te robaban las galletas. “No vi nada que me gustara, así que sigo sin comer” ...¡ Dos horas mirando menúes, increíble! ¿Eso es bulimia, anorexia o algo que todavía no tiene nombre, pero que está de moda? No se con qué sueña su estomago....¿ Una calabaza rellena de queso light, pero no tanto? ¿Un filet de pescado al limón, pero más chico y sin limón, con radicheta en vez de rúcula, y con medio tomate cherry partido, al lado?
¡Las minas deliran con la comida! Y después de que deliberan durante horas por el almuerzo, deliberan durante horas respecto al postre...Dan ganas de decirle ... “Mirá que mañana hay otro almuerzo y este no es el último. Jesús, que era famoso, en la ultima cena comió pan y tomó vino.... ¿Quién sos vos, para pretender algo más?”
A veces peor, ni siquiera sale a almorzar. Son las 12 menos tres minutos y dice que tiene mucho trabajo como para salir a almorzar “¿Quien va a salir a comprar algo para comer?”. Saltan los chupamedias a decir yo voy, yo voy ....Ella quiere que le compres el almuerzo, pero como es jefa te exige que le narres en voz alta el menú de cada bar y rotisería de la zona . Y con tal de maltratarte, va a poner cada de asco con cada cosa que le digas “Tarta de atún” Puajjj! Pizzeta “ –Argggg! – Tarta de verduras....Bllll... Asi hasta hacerte pasar el papelón de ponerte caras de asco y desprecio durante media hora delante de todos tus compañeros, hasta que al final te dice “ Gracias, dejá, dejá ....” y la mira a su secretaria y le dice “¿Sabes qué , Dorita? Cuando bajes ...¿ No me traés un yogur descremado?” A vos te hizo perder veinte minutos de tu tiempo libre relatando lo que venden en la calle , para al final optar por un yogur diet. Todo para detentar el poder. El poder es mucho más fascinante y buscado que el amor. Cuando tenés una jefa en la oficina, no hay amor, sólo hay poder. Antes tenías un jefe y hasta tenias la esperanza de que se fijara en vos. Donde manda una mujer no hay romances de oficina. Solo hay obsesión por saber quien le chupa las medias más y mejor....”Zapallitos rellenos “ Blah! “ Tortilla de papa “ Ugh! ...Son todas unas mal cogidas...Claro...¿ Quién querría voltearse a una mina asi? Con los hombres son igual de despectivas....El cadete Ajjjj, El inspector Bllll....El de prensa....Puaj!!!!
¿Es tan fascinante tener una carrera, como para tener que soportar todo el día a gente así?
Cuando me citó esa histérica para decirme que me dejaban afuera por recorte presupuestario, primero me asusté, porque la calle está dura y de dónde voy a sacar un mango ahora…Le pregunté por qué me echaba a mi y me dijo “ porque te esforzás como corresponde, no tenés ambiciones de crecimiento y por eso declararon tu prescindibilidad” . Me encantó esa palabra. ¿ Que pretendían que hiciera? ¿ Que les limpie el techo?
En verdad, prefiero quedarme en casa a limpiar el horno, cosa en la que no soy precindible. Pero ojo, que la jefa que te hace la vida imposible en la oficina, al llegar a su casa, también tiene que limpiar el honro, como cualquier cristiana....Porque la empleada doméstica no recordó la mitad de las cosas que le pidió que hiciera. Yo que cuando laburaba tuve mucama, supe que ninguna te limpia las piedritas del gato ni las caquitas del perro. No limpian el horno,y si lo hacen, lo hacen tan mal que tenés que limpiarlo vos otra vez , al llegar, con un dolor de pies mortal por estar todo el dia presentable con tacos. Las mucamas no ven las paredes, ni los marcos ni las puertas, Todo eso lo tiene que limpiar la jefa al llegar a casa...se saca los zapatos y limpias los quicios de cada puerta hasta que se desquicia y al día siguiente se la agarra con todos los demás: “ ¿Ensalada de zanahoria?“ “ ¡ BLUAAAARG!”
Liberación femenina, bah .... Las mujeres que trabajan no ganaron nada: ahora tienen dos trabajos: la oficina y la casa . De tantas de horas que pasan en el trabajo, llegan a la casa y no saben que hacer ahí. Se aburren, y miran la tele. Eso las deprime y toman alcohol o pastillas. O ambas cosas. Se aíslan, y pierden a sus amigas. Yo ya he perdido a muchas amigas porque las visitaba y lo único que escuchaba son quejas y lamentos: que mi marido no me habla, que a mis hijos no les importo…¿ Qué esperaban? ¿ Salir en la revista Caras? . El feminismo no sirve para nada. Lucha de géneros.... ¡ por favor! La única lucha de géneros que existe es algodón versus poliéster, y va ganando el poliéster...Hoy quemé una cortina que creí que era algodón y era de plástico. Puse la plancha al máximo y se me fue la tarde rasqueteando carbón pegado al metal. Compré una tela de oferta para hacer unas nuevas.
¿De que lucha de géneros hablan , si cada vez hay más libertad? Los hombres cada vez nos ven más sus iguales....tanto que no tienen pelos en la lengua para decir lo que piensan de las mujeres, y nos insultan a la par. Ya nadie nos cede el asiento ni comenta “ y no voy a decir groserías porque hay una dama presente” . Tampoco nos ponen el saco ni nos ceden el paso. Y te puedo asegurar que si hoy hubiera un Titanic, no salen las mujeres y los niños primero: saldrían ellos en tropel, pasándonos por encima a las mujeres.
El feminismo es cosa del pasado.
¿Cómo pueden querer la igualdad entre hombres y mujeres si somos tan distintos?
El hombre tiene cargos de poder, la mujer tiene ropa. El hombre tiene bienes inmuebles, la mujer tiene zapatos. El hombre se enriquece al divorciarse, la mujer se queda con los hijos.
¿Mujeres que imiten a los hombres? Es ridículo...¿ Como lograrlo?¿Hablando de fútbol, mirando autos , durmiendo siestas eternas, jugando al golf, yendo a pescar? No nos sale. No podemos imitarlos. Las mujeres no pueden ni hacer pis de paradas.... ¿qué van a ser profesionales de carrera? Además, si quieren serlo, y tener hijos al mismo tiempo, no hay otra manera de hacerlo que contratando una mucama con cama. O sea que muy feminista, pero a la hora de la verdad esclaviza a otra mujer para que haga lo que ella no quiere hacer. Si eres feminista, no es lógico que tengas en tu casa a una mujer absolutamente sometida limpiando el váter.
¿Para que tanta liberación femenina, si en el fondo las mujeres no quieren trabajar?
La verdad: ninguna de ellas quiere trabajar. Las mujeres son vagas por naturaleza ....Desde que tienen un hijo , se tumban en un sofá como divas , que no me puedo mover, que la episiotomía, las hemorroides, la acidez ....Con el tema de tener que amamantar cada tres horas se pasan la gran vida recostadas entre almohadones durante más de tres años ¡ Después tiene otro hijo, y la siguen tres años más , y así , siempre tumbadas en el sofá …¡ Y si hacen algo de trabajo , son naderías! Cosen para afuera, cocinan para afuera, venden Avon para afuera o hacen neurocirugía para afuera...Nunca se toman nada en serio.
Hasta las más altas ejecutivas, nunca están donde parecen estar. En la reunión de Directorio, la ejecutiva está pensando “No me combinan las medias con el pañuelo” , “ En casa falta leche “ , “¿ Quien trae a Juancito del cumple?” . Después se gastan toda la plata veraneando en un Club Med, porque si no, no sabrían qué hacer con sus hijos. Las imagino diciendo” ¡Nena! ¿Qué haces con mi cartera? ¿Seguro que sos hija mía? Ah, ¿vos eras Catalina , ¿no? Ay, disculpame, estas tan crecida que no te reconocí...” ¿Para qué tienen hijos si no los pueden criar personalmente ?
A mi déjame como soy, femenina, bien mujer...Crié a mis hijos sin ayuda, los llevé a cada uno a su terapeuta y supe lo que necesitaban, minuto a minuto. No tengo empleada doméstica porque no soporto una extraña en casa, y hago todas las tareas de la casa yo sola. La heladera está llena de comidas muy sanas que preparo los fines de semana, porque en la semana no me alcanza el tiempo para ordenar y limpiar la casa y tener la ropa de todos en buen estado. Mi casa es un sitio acogedor que decoré yo misma con mis propias mano, si hay algo que reparar, pintar o coser, todo eso lo hago yo misma .Es cierto que acabo tan cansada que a las seis de la tarde me iría a dormir, pero no te cambio esta libertad por cumplir un horario de ocho horas seguidas soportando a una jefa histérica. Eso ya lo viví, y fue intolerable.
En casa mando yo y conmigo nadie se mete. Ni siquiera mi marido, a quien cada vez le interesa menos lo que yo haga o diga. Es cierto que a veces me siento un poco sola y aislada del mundo. A veces pasan semanas sin que tenga una verdadera conversación con nadie. Hay días en que salgo tres veces a hacer las compras, cuando podría hacerlas en una sola vez. Todo para poder al menos cambiar tres palabras con una persona adulta: el cajero del súper, que me escucha. Mis hijos llegan tan tarde y cansados que no me hablan. No me quejo de tener que comprar para poder hablar con alguien, porque en cada compra voy haciendo una leve diferencia. Compro donde los tomates están más baratos, donde hay una oferta por tres kilos de papas, donde me hacen una rebaja en el precio del pescado…Soy una genia para preparar platos deliciosos a un costo absurdo. Es increíble lo que podés hacer con un cuarto de pollo y medio kilo de arroz , o con un kilo de papas y un poco de pescado .Acabaría el hambre y la pobreza si las amas de casa manejaran la economía mundial . Una amiga periodista - de esas pobrecitas que trabajan de sol a sol en la redacción de un diario y que los cuarenta años no tiene tiempo libre, ni marido, ni hijos- me contó que en Mozambique los bolsones de alimento que envía las Naciones Unidas para combatir la hambrunas antes se los entregaban a los caciques para que repartieran entre los aldeanos , pero viendo que ellos los cambiaban en el pueblo por cerveza o armas y que los chicos no crecían, empezaron a entregárselos a las madres…¡ y vieras cómo han crecido y mejorado los chicos , sólo porque las madres saben distribuir y racionar de forma justa, de modo que a ninguno le falte su ración!
Las mujeres saben cómo hacer estirar el centavo y hacer crecer familias casi de la nada. Los pesitos extras que me sobran de cada compra, los conservo en una lata, debajo de los botones. Como en casa nadie se cose un botón, nadie los toca. Hace poco me sorprendí agradablemente al contar todo lo que había ahorrado. Corrí con el manojo de billetes al centro, y antes de acabar gastándolo en coliflores o en detergente, me compré una monedita de oro mexicano. Leí en el diario donde escribe mi amiga - que compra mi marido a pedido mío - que el valor del oro crece y crece, año a año en el mundo entero, porque las reservas de este metal se agotan. Y saber que mi oro crece en la lata de los botones es algo que me llena de orgullo. Antes me sentía muy sola en casa, levantando las cosas que todos dejan en el piso. Porque esta es una casa donde la gente entre y sale, come y duerme, y sabe que a nadie le falte la camisa limpia y planchada, comida caliente, jabón, champú y una toalla seca a mano. Pero aunque me sienta sola y cansada ya no me pongo triste. Aprovecho mi soledad para pensar. Paso horas y horas limpiando en silencio pensando en lo que haré cuando venda el oro. A esa plata puedo usarla como quiera, sin rendirle cuentas a nadie, porque me la gané ahorrándola yo sola. Eso de ahorrar moneditas es una costumbre muy femenina. Me contó mi amiga que muchas familias judías se pudieron escapar del nazismo gracias a los ahorritos que tenía guardados la mamá bajo su pañuelo, en la cabeza, el pékele salvador. Como no estamos en guerra, yo me quiero salvar a mi misma. Cuando suba el oro y venda la monedita, ese día sí que llegará para mí la liberación femenina. Qué placer, podré hacer lo que quiera con mi propia plata. Igual, creo que todavía me falta un poco más de tiempo. Para poder planearlo todo mejor, me conviene juntar plata para poder comprarme una segunda monedita de oro.
Ah, claro: y saber qué quiero hacer con eso. Un día lo voy a saber. Ahora tengo que sacar la colita de cuadril del horno, antes de que se me queme. En diez minutos vienen todos y más vale que esté la comida lista.
Nunca me interesó llegar al cargo más alto, ni tener igualdad de oportunidades con un hombre. Me casé, tuve hijo y mandé todo al diablo. Total, cuando quiera puedo retomar...Y si en vez de tomar a una mujer prefieren tomar a un hombre, mejor para mi...¡ por la mierda de sueldo que voy a cobrar , mejor que tomen a cualquier idiota para que se arruine la vida en esa oficina deprimente!
Feminismo...¿ para qué? ¡Había que dejar todo como estaba! El hombre en el trabajo, y la mujer en la casa.”¿Querido, me das plata para comprar comida?” y ya . Si no te la da, no se come, mira qué fácil era.
Desde que las mujeres van a la universidad, adonde vas está lleno de minas. Y ahora tenemos que soportar lo peor que te puede pasar....¡ Ahora en el trabajo nadie tiene jefes , todos tenemos jefas! Una jefa es lo peor que hay...¿ Has visto como son? Duras, jodidas, arteras....¡feministas! . Todo sonrisita de aquí, sonrisita de allá, y te clavan el cuchillo por la espalda. Es agotador tener tanta mujer encima... Salís de tu casa, de aguantar a tu histérica madre y sus gritos...¡y te metés en un trabajo a soportar a tu histérica jefa y sus gritos! Me imagino para un tipo, que al trabajar piensa que saldrá del mando de su mujer...¡ y entra a la oficina a estar al mando de otra! Las cosas que hay que escuchar en una oficina...Desde desprecios, a urgencias, a exigencias, todo con voz de gata en celo...¡ pero como te joden la vida! Porque un jefe varón te dice la verdad y punto. Pero una jefa mujer te dice algo, pero piensa en otra cosa, entonces una no entiende nada.¿Qué te quiere decir cuando te dice lo que te dice? ...Cuando un tipo te dice. “·Hacete cargo de esto”, es que te tenés que hacer cargo solo de eso , y listo. Pero cuando te lo dice una mina, que encima es tu jefa, una piensa : “ ¿ Que me quiere decir con eso? ¿Que me dedique a hacer solo eso y no haga nada más, para no invadirle su territorio? ¿O que quiere que me siente a su lado a hacerlo por ella? ¿Dice que lo estoy haciendo mal y quiere que lo haga mejor? ¿Que lo estoy haciendo tan bien que quiere que solo yo me dedique a eso? ¿Que cuando termine eso, me despide? ¿Que soy su favorita y por eso me da esa tarea específica porque confía en que la haré bien, y ese encargo es una muestra de confianza? ¿Que soy la empleada que más odia, y por eso me quiere castigar con un trabajo extra? ¿Será algo urgente? ¿O que no lo necesita para nada, y me lo dijo para humillarme? ¿Soy la elegida, por hacerlo? ¿O el último orejón del tarro?
Con una jefa mujer nunca nada es muy claro.
Ni siquiera podés saber si tiene o no tiene hambre.
Tuve jefas que se tomaban dos horas en salir a almorzar y al volver te robaban las galletas. “No vi nada que me gustara, así que sigo sin comer” ...¡ Dos horas mirando menúes, increíble! ¿Eso es bulimia, anorexia o algo que todavía no tiene nombre, pero que está de moda? No se con qué sueña su estomago....¿ Una calabaza rellena de queso light, pero no tanto? ¿Un filet de pescado al limón, pero más chico y sin limón, con radicheta en vez de rúcula, y con medio tomate cherry partido, al lado?
¡Las minas deliran con la comida! Y después de que deliberan durante horas por el almuerzo, deliberan durante horas respecto al postre...Dan ganas de decirle ... “Mirá que mañana hay otro almuerzo y este no es el último. Jesús, que era famoso, en la ultima cena comió pan y tomó vino.... ¿Quién sos vos, para pretender algo más?”
A veces peor, ni siquiera sale a almorzar. Son las 12 menos tres minutos y dice que tiene mucho trabajo como para salir a almorzar “¿Quien va a salir a comprar algo para comer?”. Saltan los chupamedias a decir yo voy, yo voy ....Ella quiere que le compres el almuerzo, pero como es jefa te exige que le narres en voz alta el menú de cada bar y rotisería de la zona . Y con tal de maltratarte, va a poner cada de asco con cada cosa que le digas “Tarta de atún” Puajjj! Pizzeta “ –Argggg! – Tarta de verduras....Bllll... Asi hasta hacerte pasar el papelón de ponerte caras de asco y desprecio durante media hora delante de todos tus compañeros, hasta que al final te dice “ Gracias, dejá, dejá ....” y la mira a su secretaria y le dice “¿Sabes qué , Dorita? Cuando bajes ...¿ No me traés un yogur descremado?” A vos te hizo perder veinte minutos de tu tiempo libre relatando lo que venden en la calle , para al final optar por un yogur diet. Todo para detentar el poder. El poder es mucho más fascinante y buscado que el amor. Cuando tenés una jefa en la oficina, no hay amor, sólo hay poder. Antes tenías un jefe y hasta tenias la esperanza de que se fijara en vos. Donde manda una mujer no hay romances de oficina. Solo hay obsesión por saber quien le chupa las medias más y mejor....”Zapallitos rellenos “ Blah! “ Tortilla de papa “ Ugh! ...Son todas unas mal cogidas...Claro...¿ Quién querría voltearse a una mina asi? Con los hombres son igual de despectivas....El cadete Ajjjj, El inspector Bllll....El de prensa....Puaj!!!!
¿Es tan fascinante tener una carrera, como para tener que soportar todo el día a gente así?
Cuando me citó esa histérica para decirme que me dejaban afuera por recorte presupuestario, primero me asusté, porque la calle está dura y de dónde voy a sacar un mango ahora…Le pregunté por qué me echaba a mi y me dijo “ porque te esforzás como corresponde, no tenés ambiciones de crecimiento y por eso declararon tu prescindibilidad” . Me encantó esa palabra. ¿ Que pretendían que hiciera? ¿ Que les limpie el techo?
En verdad, prefiero quedarme en casa a limpiar el horno, cosa en la que no soy precindible. Pero ojo, que la jefa que te hace la vida imposible en la oficina, al llegar a su casa, también tiene que limpiar el honro, como cualquier cristiana....Porque la empleada doméstica no recordó la mitad de las cosas que le pidió que hiciera. Yo que cuando laburaba tuve mucama, supe que ninguna te limpia las piedritas del gato ni las caquitas del perro. No limpian el horno,y si lo hacen, lo hacen tan mal que tenés que limpiarlo vos otra vez , al llegar, con un dolor de pies mortal por estar todo el dia presentable con tacos. Las mucamas no ven las paredes, ni los marcos ni las puertas, Todo eso lo tiene que limpiar la jefa al llegar a casa...se saca los zapatos y limpias los quicios de cada puerta hasta que se desquicia y al día siguiente se la agarra con todos los demás: “ ¿Ensalada de zanahoria?“ “ ¡ BLUAAAARG!”
Liberación femenina, bah .... Las mujeres que trabajan no ganaron nada: ahora tienen dos trabajos: la oficina y la casa . De tantas de horas que pasan en el trabajo, llegan a la casa y no saben que hacer ahí. Se aburren, y miran la tele. Eso las deprime y toman alcohol o pastillas. O ambas cosas. Se aíslan, y pierden a sus amigas. Yo ya he perdido a muchas amigas porque las visitaba y lo único que escuchaba son quejas y lamentos: que mi marido no me habla, que a mis hijos no les importo…¿ Qué esperaban? ¿ Salir en la revista Caras? . El feminismo no sirve para nada. Lucha de géneros.... ¡ por favor! La única lucha de géneros que existe es algodón versus poliéster, y va ganando el poliéster...Hoy quemé una cortina que creí que era algodón y era de plástico. Puse la plancha al máximo y se me fue la tarde rasqueteando carbón pegado al metal. Compré una tela de oferta para hacer unas nuevas.
¿De que lucha de géneros hablan , si cada vez hay más libertad? Los hombres cada vez nos ven más sus iguales....tanto que no tienen pelos en la lengua para decir lo que piensan de las mujeres, y nos insultan a la par. Ya nadie nos cede el asiento ni comenta “ y no voy a decir groserías porque hay una dama presente” . Tampoco nos ponen el saco ni nos ceden el paso. Y te puedo asegurar que si hoy hubiera un Titanic, no salen las mujeres y los niños primero: saldrían ellos en tropel, pasándonos por encima a las mujeres.
El feminismo es cosa del pasado.
¿Cómo pueden querer la igualdad entre hombres y mujeres si somos tan distintos?
El hombre tiene cargos de poder, la mujer tiene ropa. El hombre tiene bienes inmuebles, la mujer tiene zapatos. El hombre se enriquece al divorciarse, la mujer se queda con los hijos.
¿Mujeres que imiten a los hombres? Es ridículo...¿ Como lograrlo?¿Hablando de fútbol, mirando autos , durmiendo siestas eternas, jugando al golf, yendo a pescar? No nos sale. No podemos imitarlos. Las mujeres no pueden ni hacer pis de paradas.... ¿qué van a ser profesionales de carrera? Además, si quieren serlo, y tener hijos al mismo tiempo, no hay otra manera de hacerlo que contratando una mucama con cama. O sea que muy feminista, pero a la hora de la verdad esclaviza a otra mujer para que haga lo que ella no quiere hacer. Si eres feminista, no es lógico que tengas en tu casa a una mujer absolutamente sometida limpiando el váter.
¿Para que tanta liberación femenina, si en el fondo las mujeres no quieren trabajar?
La verdad: ninguna de ellas quiere trabajar. Las mujeres son vagas por naturaleza ....Desde que tienen un hijo , se tumban en un sofá como divas , que no me puedo mover, que la episiotomía, las hemorroides, la acidez ....Con el tema de tener que amamantar cada tres horas se pasan la gran vida recostadas entre almohadones durante más de tres años ¡ Después tiene otro hijo, y la siguen tres años más , y así , siempre tumbadas en el sofá …¡ Y si hacen algo de trabajo , son naderías! Cosen para afuera, cocinan para afuera, venden Avon para afuera o hacen neurocirugía para afuera...Nunca se toman nada en serio.
Hasta las más altas ejecutivas, nunca están donde parecen estar. En la reunión de Directorio, la ejecutiva está pensando “No me combinan las medias con el pañuelo” , “ En casa falta leche “ , “¿ Quien trae a Juancito del cumple?” . Después se gastan toda la plata veraneando en un Club Med, porque si no, no sabrían qué hacer con sus hijos. Las imagino diciendo” ¡Nena! ¿Qué haces con mi cartera? ¿Seguro que sos hija mía? Ah, ¿vos eras Catalina , ¿no? Ay, disculpame, estas tan crecida que no te reconocí...” ¿Para qué tienen hijos si no los pueden criar personalmente ?
A mi déjame como soy, femenina, bien mujer...Crié a mis hijos sin ayuda, los llevé a cada uno a su terapeuta y supe lo que necesitaban, minuto a minuto. No tengo empleada doméstica porque no soporto una extraña en casa, y hago todas las tareas de la casa yo sola. La heladera está llena de comidas muy sanas que preparo los fines de semana, porque en la semana no me alcanza el tiempo para ordenar y limpiar la casa y tener la ropa de todos en buen estado. Mi casa es un sitio acogedor que decoré yo misma con mis propias mano, si hay algo que reparar, pintar o coser, todo eso lo hago yo misma .Es cierto que acabo tan cansada que a las seis de la tarde me iría a dormir, pero no te cambio esta libertad por cumplir un horario de ocho horas seguidas soportando a una jefa histérica. Eso ya lo viví, y fue intolerable.
En casa mando yo y conmigo nadie se mete. Ni siquiera mi marido, a quien cada vez le interesa menos lo que yo haga o diga. Es cierto que a veces me siento un poco sola y aislada del mundo. A veces pasan semanas sin que tenga una verdadera conversación con nadie. Hay días en que salgo tres veces a hacer las compras, cuando podría hacerlas en una sola vez. Todo para poder al menos cambiar tres palabras con una persona adulta: el cajero del súper, que me escucha. Mis hijos llegan tan tarde y cansados que no me hablan. No me quejo de tener que comprar para poder hablar con alguien, porque en cada compra voy haciendo una leve diferencia. Compro donde los tomates están más baratos, donde hay una oferta por tres kilos de papas, donde me hacen una rebaja en el precio del pescado…Soy una genia para preparar platos deliciosos a un costo absurdo. Es increíble lo que podés hacer con un cuarto de pollo y medio kilo de arroz , o con un kilo de papas y un poco de pescado .Acabaría el hambre y la pobreza si las amas de casa manejaran la economía mundial . Una amiga periodista - de esas pobrecitas que trabajan de sol a sol en la redacción de un diario y que los cuarenta años no tiene tiempo libre, ni marido, ni hijos- me contó que en Mozambique los bolsones de alimento que envía las Naciones Unidas para combatir la hambrunas antes se los entregaban a los caciques para que repartieran entre los aldeanos , pero viendo que ellos los cambiaban en el pueblo por cerveza o armas y que los chicos no crecían, empezaron a entregárselos a las madres…¡ y vieras cómo han crecido y mejorado los chicos , sólo porque las madres saben distribuir y racionar de forma justa, de modo que a ninguno le falte su ración!
Las mujeres saben cómo hacer estirar el centavo y hacer crecer familias casi de la nada. Los pesitos extras que me sobran de cada compra, los conservo en una lata, debajo de los botones. Como en casa nadie se cose un botón, nadie los toca. Hace poco me sorprendí agradablemente al contar todo lo que había ahorrado. Corrí con el manojo de billetes al centro, y antes de acabar gastándolo en coliflores o en detergente, me compré una monedita de oro mexicano. Leí en el diario donde escribe mi amiga - que compra mi marido a pedido mío - que el valor del oro crece y crece, año a año en el mundo entero, porque las reservas de este metal se agotan. Y saber que mi oro crece en la lata de los botones es algo que me llena de orgullo. Antes me sentía muy sola en casa, levantando las cosas que todos dejan en el piso. Porque esta es una casa donde la gente entre y sale, come y duerme, y sabe que a nadie le falte la camisa limpia y planchada, comida caliente, jabón, champú y una toalla seca a mano. Pero aunque me sienta sola y cansada ya no me pongo triste. Aprovecho mi soledad para pensar. Paso horas y horas limpiando en silencio pensando en lo que haré cuando venda el oro. A esa plata puedo usarla como quiera, sin rendirle cuentas a nadie, porque me la gané ahorrándola yo sola. Eso de ahorrar moneditas es una costumbre muy femenina. Me contó mi amiga que muchas familias judías se pudieron escapar del nazismo gracias a los ahorritos que tenía guardados la mamá bajo su pañuelo, en la cabeza, el pékele salvador. Como no estamos en guerra, yo me quiero salvar a mi misma. Cuando suba el oro y venda la monedita, ese día sí que llegará para mí la liberación femenina. Qué placer, podré hacer lo que quiera con mi propia plata. Igual, creo que todavía me falta un poco más de tiempo. Para poder planearlo todo mejor, me conviene juntar plata para poder comprarme una segunda monedita de oro.
Ah, claro: y saber qué quiero hacer con eso. Un día lo voy a saber. Ahora tengo que sacar la colita de cuadril del horno, antes de que se me queme. En diez minutos vienen todos y más vale que esté la comida lista.
La escalera
Ella sonría de oreja a oreja mientras lavaba los platos de la cena. Casi se le escapa una carcajada, pero pudo contenerla a tiempo, simulando toser. La situación era demasiado divertida como para vivirla sola. Nada detestaba en la vida tanto como lavar platos grasientos, llenos de migas y restos de una cenas que había dado demasiado trabajo preparar, acabada en cuestión de minutos por una familia voraz que traga y parte rauda, sin siquiera levantar la mesa ni considerar cuánto tiempo le llevó a ella preparar los suculentos fuentones.
Con extorsiones, coacciones, amenazas y comentarios culpógenos, mal que mal, siempre se las había ingeniado para que sea otro quien acabe fregando la grasa fría.
No esta noche. Esta noche ella decidió adelantarse diciendo que estaba satisfecha, y que no comería. Se arremangó para lavar las pocas tazas que quedaban del té de la tarde, esperando que todos acabaran de cenar y le fueran trayendo los platos que ya desbordaban el fregadero. Visión repugnante si las hay: los restos de lo que fue tentador y apetecible, y ahora son solo migas desordenadas , huesos desnudos, babas de lechuga marchita, jugos chorreantes, salsas despreciadas…Sin embargo, esta vez no le daba asco. En verdad, casi estaba disfrutando la suavidad de la espuma blanca saliendo de la esponja y deslizándose cálida entre sus dedos, resbalando por sus muñecas y antebrazos. El agua caliente, en borbotones cristalinos, acompañaba el bullicio de sus pensamientos
Sí. Estaba mejor allí, parada, lavando los platos, que intentando buscar vanos temas de conversación para compartir entre una familia que ya no estaba integrada por adultos alegres y chicos curiosos, sino por un matrimonio hastiado y adolescentes indiferentes, demasiado ocupados en conservar a sus amigos y en fingir ser estudiantes exitosos.
Toda la vida había sido lo mismo a la hora de las comidas. Su esposo sombrío, compenetrado solamente en dosificar la sal con precisión bioquímica y en que los demás no le acaben el hielo. Sus hijos dedicados a agarrar las mejores porciones y a burlarse unos de los otros. Y ella intentando crear una armonía de propaganda de cereales en base a comentarios sobre las novedades del día que aparentemente solo a ella le importaban. Esta tarea de animadora amateur de la hora de las comidas la tenia harta. Al final, era como trabajar radio para entretener a un público ingrato. Una vez había intentado ver que sucedía si ella no sacaba tema en toda la cena. Insoportable. Todo lo que se escuchaba era el ruido de mandíbulas masticando y de vasos chocando sobre la superficie de la mesa. A veces el silencio se cortaba por un cuchillo que caía al piso, sobresaltando a todos. O por el padre, que mascullaba el consabido y repelente “¿Hacen el favor de cerrar la boca al masticar?”, que a ella la sacaba de quicio. Parecían una familia de retrato en sepia de hace un siglo atrás. “¿Cómo puede ser, si somos una familia moderna?”, pensó. Y casi se le vuelve a escapar otra carcajada.
Vamos, que hace un siglo también pasaban cosas modernas.
En esa época la abuela hablaba de lo que sucedía en el zaguán, el pasillo de entrada que conectaba a la casa con la calle. Era un sitio al que convenía acercarse tosiendo, ya que siempre había alguna parejita en una eterna despedida. Los zaguanes eran un sano punto medio para lograr que la niña esté en casa poco antes de que den las diez sin incomodar a toda la familia con el galope hormonal. La niña estaba sana y salva en casa, con un novio que la estaba arrancando de a poquito hacia afuera, como debe ser. La abuela contaba que supieron que Carlota, la del tercero B, se casaría pronto, luego de que la vieron dos veces seguidas abrazada en el zaguán con el chico del quinto C. Hasta recuerda que la abuela dijo que un novio que por amor aguanta el olor a humedad de ese zaguán, es un novio que sirve para casarse. Seguramente, su mamá también usó el zaguán. Pero los años la habrán hecho olvidarlo. A ella la esperaba furiosa cuando tardaba dos horas en subir a casa, luego de despedir a su novio. Se demoraban comiéndose a besos a oscuras en la escalera, sobresaltados por la luz eléctrica que encendía algún vecino que entraba o salía del edificio. El sonido del timer apagándose y envolviéndolos nuevamente en la noche, indicaba que había que aprovechar al máximo ese lapso de efímera intimidad. Codos apretados contra la pared, el borde duro del peldaño contra los costillas, cintos abiertos, cierres bajos, ojales desnudos de botones que miran con callado reproche…Y a la hora de separase con dolor, batían el aire con la correspondencia olvidada en el primer peldaño, para espantar el olor a sexo que estaban seguros que los delataría.
Qué extraño. Ella nunca supo más nada de él. Y se casó con alguien que no perdía tiempo en besos largos, y con quien nunca tuvo olor a sexo.
Ahora no hay zaguanes.
Hay palieres de entrada con vigilancia, y ascensores de acero lustrado, helados como el sarcófago de Disney, imprescindibles como heladeras. Si alguno de ellos deja de funcionar, la gente espera el tiempo que sea para subir al segundo o al vigésimo segundo piso en ascensor. Nadie usa la escalera. Excepto ella y el del trece D. Pensar que dicen que el trece es mala suerte, pensó, divertida. A ella, la primera vez le costó tanto abrir la puerta que lleva a la escalera, que creyó que estaba cerrada con llave. Pero sólo estaba trabada por una mezcla de mugre, óxido y pintura seca.
Fue casi mágico entrar a ese mundo paralelo y desconocido. En quince años de vivir en ese edificio, solo una vez había asomado la nariz a la escalera. Fue cuando el tipo de la inmobiliaria se la mostró, junto con la que sería su flamante casa. “Salida de incendios”, le llamó. Qué apropiado. Sólo se usa si hay fuego.
Hace poco en una revista salió una tabla que mostraba cuántas colorías gastás con cada actividad. En lo que menos se gastan calorías es en leer. Gastás una barbaridad de calorías en hacer una cama. Y en lo que más se gastan calorías es en subir escaleras. Si lo hubiera sabido, las hubiera usado antes, se dijo ella, disimulando su risa con otra tos, como una nena traviesa.
Pensar que hay más de cien estúpidos pagando las expensas, que se supone que incluyen la limpieza de la escalera. Pero la capa de polvo que le quedó en la ropa no era de la que se acumulan en un día, ni en un mes. Ella está segura de que hace años que nadie le pasa un trapo. Tendría que quejarse a la administración, pero mejor no. Porque si lo hace, saldrán todos a revisar si lo que dice es cierto. Y si en efecto concuerdan con que están pagando un dineral por un servicio de limpieza inexistente, comenzarán a exigir que se limpie la escalera diariamente y entonces esa dimensión oscura, íntima, secreta, se verá invadida por fiscales severos revisando si hay polvo en cada peldaño, con la yema de sus sucios dedos. Y seguramente encontrarán sus pelos ahí. Mejor callar.
Qué tremenda pena, no poder animar la cena de su familia contando lo mejor del día. Pobres los que dicen que aquello de que el amor está a la vuelta de la esquina es falso. Ni siquiera está tan lejos. Cómo explicarle ahora al marido que ya no tienen ganas de mudarse a una casa con pileta y jardín en las afueras. Que descubrió que vivir en la ciudad es excitante, y que el edificio ya no es una colmena gris y triste, sino un laberinto con puertas trampas que le llevan a un universo paralelo donde el tiempo se vuelve vertical y se detiene, aunque en tu propia casa las camas estén deshechas, y los platos chorreen salsas y jugos mezclados. Qué importa que el borde del escalón se te clave en las costillas y sientas resbalar entre los muslos una espuma blanca como el detergente, si casi sin salir de casa podés incendiarte, pero no importa, porque lo mejor de vivir ahí es tener tu propia y secreta salida de emergencia.
Con extorsiones, coacciones, amenazas y comentarios culpógenos, mal que mal, siempre se las había ingeniado para que sea otro quien acabe fregando la grasa fría.
No esta noche. Esta noche ella decidió adelantarse diciendo que estaba satisfecha, y que no comería. Se arremangó para lavar las pocas tazas que quedaban del té de la tarde, esperando que todos acabaran de cenar y le fueran trayendo los platos que ya desbordaban el fregadero. Visión repugnante si las hay: los restos de lo que fue tentador y apetecible, y ahora son solo migas desordenadas , huesos desnudos, babas de lechuga marchita, jugos chorreantes, salsas despreciadas…Sin embargo, esta vez no le daba asco. En verdad, casi estaba disfrutando la suavidad de la espuma blanca saliendo de la esponja y deslizándose cálida entre sus dedos, resbalando por sus muñecas y antebrazos. El agua caliente, en borbotones cristalinos, acompañaba el bullicio de sus pensamientos
Sí. Estaba mejor allí, parada, lavando los platos, que intentando buscar vanos temas de conversación para compartir entre una familia que ya no estaba integrada por adultos alegres y chicos curiosos, sino por un matrimonio hastiado y adolescentes indiferentes, demasiado ocupados en conservar a sus amigos y en fingir ser estudiantes exitosos.
Toda la vida había sido lo mismo a la hora de las comidas. Su esposo sombrío, compenetrado solamente en dosificar la sal con precisión bioquímica y en que los demás no le acaben el hielo. Sus hijos dedicados a agarrar las mejores porciones y a burlarse unos de los otros. Y ella intentando crear una armonía de propaganda de cereales en base a comentarios sobre las novedades del día que aparentemente solo a ella le importaban. Esta tarea de animadora amateur de la hora de las comidas la tenia harta. Al final, era como trabajar radio para entretener a un público ingrato. Una vez había intentado ver que sucedía si ella no sacaba tema en toda la cena. Insoportable. Todo lo que se escuchaba era el ruido de mandíbulas masticando y de vasos chocando sobre la superficie de la mesa. A veces el silencio se cortaba por un cuchillo que caía al piso, sobresaltando a todos. O por el padre, que mascullaba el consabido y repelente “¿Hacen el favor de cerrar la boca al masticar?”, que a ella la sacaba de quicio. Parecían una familia de retrato en sepia de hace un siglo atrás. “¿Cómo puede ser, si somos una familia moderna?”, pensó. Y casi se le vuelve a escapar otra carcajada.
Vamos, que hace un siglo también pasaban cosas modernas.
En esa época la abuela hablaba de lo que sucedía en el zaguán, el pasillo de entrada que conectaba a la casa con la calle. Era un sitio al que convenía acercarse tosiendo, ya que siempre había alguna parejita en una eterna despedida. Los zaguanes eran un sano punto medio para lograr que la niña esté en casa poco antes de que den las diez sin incomodar a toda la familia con el galope hormonal. La niña estaba sana y salva en casa, con un novio que la estaba arrancando de a poquito hacia afuera, como debe ser. La abuela contaba que supieron que Carlota, la del tercero B, se casaría pronto, luego de que la vieron dos veces seguidas abrazada en el zaguán con el chico del quinto C. Hasta recuerda que la abuela dijo que un novio que por amor aguanta el olor a humedad de ese zaguán, es un novio que sirve para casarse. Seguramente, su mamá también usó el zaguán. Pero los años la habrán hecho olvidarlo. A ella la esperaba furiosa cuando tardaba dos horas en subir a casa, luego de despedir a su novio. Se demoraban comiéndose a besos a oscuras en la escalera, sobresaltados por la luz eléctrica que encendía algún vecino que entraba o salía del edificio. El sonido del timer apagándose y envolviéndolos nuevamente en la noche, indicaba que había que aprovechar al máximo ese lapso de efímera intimidad. Codos apretados contra la pared, el borde duro del peldaño contra los costillas, cintos abiertos, cierres bajos, ojales desnudos de botones que miran con callado reproche…Y a la hora de separase con dolor, batían el aire con la correspondencia olvidada en el primer peldaño, para espantar el olor a sexo que estaban seguros que los delataría.
Qué extraño. Ella nunca supo más nada de él. Y se casó con alguien que no perdía tiempo en besos largos, y con quien nunca tuvo olor a sexo.
Ahora no hay zaguanes.
Hay palieres de entrada con vigilancia, y ascensores de acero lustrado, helados como el sarcófago de Disney, imprescindibles como heladeras. Si alguno de ellos deja de funcionar, la gente espera el tiempo que sea para subir al segundo o al vigésimo segundo piso en ascensor. Nadie usa la escalera. Excepto ella y el del trece D. Pensar que dicen que el trece es mala suerte, pensó, divertida. A ella, la primera vez le costó tanto abrir la puerta que lleva a la escalera, que creyó que estaba cerrada con llave. Pero sólo estaba trabada por una mezcla de mugre, óxido y pintura seca.
Fue casi mágico entrar a ese mundo paralelo y desconocido. En quince años de vivir en ese edificio, solo una vez había asomado la nariz a la escalera. Fue cuando el tipo de la inmobiliaria se la mostró, junto con la que sería su flamante casa. “Salida de incendios”, le llamó. Qué apropiado. Sólo se usa si hay fuego.
Hace poco en una revista salió una tabla que mostraba cuántas colorías gastás con cada actividad. En lo que menos se gastan calorías es en leer. Gastás una barbaridad de calorías en hacer una cama. Y en lo que más se gastan calorías es en subir escaleras. Si lo hubiera sabido, las hubiera usado antes, se dijo ella, disimulando su risa con otra tos, como una nena traviesa.
Pensar que hay más de cien estúpidos pagando las expensas, que se supone que incluyen la limpieza de la escalera. Pero la capa de polvo que le quedó en la ropa no era de la que se acumulan en un día, ni en un mes. Ella está segura de que hace años que nadie le pasa un trapo. Tendría que quejarse a la administración, pero mejor no. Porque si lo hace, saldrán todos a revisar si lo que dice es cierto. Y si en efecto concuerdan con que están pagando un dineral por un servicio de limpieza inexistente, comenzarán a exigir que se limpie la escalera diariamente y entonces esa dimensión oscura, íntima, secreta, se verá invadida por fiscales severos revisando si hay polvo en cada peldaño, con la yema de sus sucios dedos. Y seguramente encontrarán sus pelos ahí. Mejor callar.
Qué tremenda pena, no poder animar la cena de su familia contando lo mejor del día. Pobres los que dicen que aquello de que el amor está a la vuelta de la esquina es falso. Ni siquiera está tan lejos. Cómo explicarle ahora al marido que ya no tienen ganas de mudarse a una casa con pileta y jardín en las afueras. Que descubrió que vivir en la ciudad es excitante, y que el edificio ya no es una colmena gris y triste, sino un laberinto con puertas trampas que le llevan a un universo paralelo donde el tiempo se vuelve vertical y se detiene, aunque en tu propia casa las camas estén deshechas, y los platos chorreen salsas y jugos mezclados. Qué importa que el borde del escalón se te clave en las costillas y sientas resbalar entre los muslos una espuma blanca como el detergente, si casi sin salir de casa podés incendiarte, pero no importa, porque lo mejor de vivir ahí es tener tu propia y secreta salida de emergencia.
Pazza
Un barco a vapor llegando a Nueva York.
Giulietta con Carluccio y Marina de la mano, arrastrando una valija de cartón. Su esposo, el nono, emocionado, saludándolos, agitando un pañuelo amarillo, como había prometido en la carta. Los cuatro en el muelle, fundiéndose en un largo abrazo.
Eso le contaba mamá. El casamiento de mamá con Al, Alberto otro hijo de piamonteses escapados de la guerra. Mamá y papá bailan. Mamá no está contenta, está nerviosa. Ella quería estudiar medicina, para saber por qué estaba tan enfermo el nono, que no bailó el vals con ella, en su casamiento. Pero le dijeron que no había plata, que estudiar en America era muy caro, que si alguien iba a estudiar era Carluccio, ahora que es grande, Carlo. Y que las chicas tienen que casarse y tener hijos.
Carlo en la carnicería, cortando salchichas estilo italiano para los italianos de Queens. Marina no le compra al hermano, porque de haber sabido que él no estudiaría tendrían que haber dejado que ella lo hiciera. Ahora podría estar trabajando en el St Mary´s Hospital, salvando gente. En pleno Manhattan, los pobres mueren de enfermedades medievales o africanas. Glaucoma, escorbuto, brucelosis, sífilis, tuberculosis. Todo eso le había dicho el doctor. Tuberculosis en pleno siglo veinte, que barbaridad. El nono se había salvado de la guerra y se viene a morir del bacilo de Koch, escupiendo sangre cuando canta Torna a Surriento.
Mamá le muestra unos gatitos. Papá apaga el fuego del galpón de atrás, y salva a tres gatitos. Uno queda atrapado, y lo encuentra mucho más chiquito de lo que era como una ramita seca. Hay un bebé en su cochecito. Qué feo es .Es Tony .
Tony diciéndole que no use sus cosas que son juguetes de varón. Y ella le esconde los juguetes en el tejado porque es fuerte y sabe trepar paredes. Tony llora, el debilucho. Ella se los devuelve cuando llora porque Ron le pegó.
La nona Giulietta llorando delante de la foto del nono, siempre una vela prendida ardiendo delante de la foto, sobre la cómoda. Kathy con miedo de que por esa vela se incendie la casa. Mamá estaba trabajando y papá también. Qué hacemos si todo se prende fuego. Llamar a los bomberos, dijo la nona . Y si no vienen, qué hacemos. Apagar el fuego, con baldes de agua. Y de dónde sacamos un balde de agua tan rápido. Hay una tomas de agua en cada esquina, para que los bomberos conecten las mangueras y saquen el agua de ahí. En verano los chicos del barrio lograban desenroscarlas para refrescarse con los chorros que salían a presión, disparados para cualquier lado, como la gente corriendo, ahora. Entre los chorros, todos se reían, pero ella pensaba sin manguera esto no llega a la cómoda de la nona.
Los grandes también se ríen. Qué vas a ser cuando seas grande, Kathy. Bombero, decía ella, siempre. Mamá no llegaba hasta que era de noche. La nona era muy viejita para llevar un balde de agua, y ella no tenía fuerzas para correr hasta la toma de agua, abrirla, llenar muchos baldes y correr a la casa antes de que se incendie. Se quemaría todo. No, de la canilla no vale, ella quería usar la toma de los bomberos.
En la escuela también la cargan. Bombero una mujer, qué absurdo. Teddy burlándola, la palabra firewoman no existe, solo existe fireman, tonta . Bueno, yo voy a ser firefighter, dice ella.
Questa bambina e pazza, dice la nona. Okay, soy pazza, aunque no sé lo que quiere decir. Pazza , pazza , pazza, pa…zza…parecen decir los vidrios que caen a su alrededor, a medido que sew sienten mas explosiones, más bombas , más escapes de gas , más gente rompiendo ventanas para respirar. Alguien la protege, pero no ve nada. Mucho humo. Y el cuerpo que la cuida pesa demasiado. Y gotea algo caliente, con olor a herrumbre. Pazza , pazza. Los helados de vainilla de Nicola, La fiesta de Dan Genaro en Greewich Village, tanta gente comiendo salchichas como las que vendia el tio Fred, iguales a las que vendía su papá Carlo. Un viento que lleva un papel a las brasas, y se incendia todo. Le gente quiere corre, pero no hay adonde , por la multitud. Ella se mete entre las piernas de todos, toma el balde del tío lleno de hielo para enfriar bebidas y lo arroja a la parrilla. El fuego se apaga. Hay fuegos que se apagan con agua. El tío la aplaude, y la lleva en andas . Los demás gritan viva, viva, y la aplauden. Se siente tan alta. Papá dice “ es la firewoman” . le compra un helado de vainilla de los de Nicola.
No, no aceptamos mujeres en este cuartel. No es machismo, no tenemos vestuario para una chica. Pazza .Los chicos del hospital, las guardias haciendo popcorn. La boca de Rick . Es verano, una noche oscura como ahora, Vuelven a casa de bailar en Limelight, una iglesia gótica convertida en discoteca. Ella tiene n calor y ve un drugstores con una cortina igual que la de la heladería de Incola. Le recuerda a la escuela. Si la cortina es igual, los helados por qué no. Y pide uno de vainilla. Cuerra los ojos y dice “ Mmmm…como los de Nicola” . Y Rick, que había dicho que no quería helado, le dice que quiere probar. Y en vez de probar de su helado, le tapa la boca con un beso, y busca la vainilla sobre su lengua, a los costados, debajo, y se mezclan los sabores a vainilla, el aliento de menta, su perfume de hombre, su respiración, y ríen , y ella prueba más helado y el bebe de su boca.
El casamiento en secreto, en casa de Betsy. Tan poquitos, solo los más amados, la nona se hubiera enojado, pero para que más. Joe tocando el violín y Rina cantando.
Jake y los chicos hicieron una hoguera en el patio. Y desafiaron a Kathy para que la apagara con cubitos de hielo, como había hecho a los siete años en San genaro.
Ella le arruina el mantel a Betsy, pero lo apagó, aunque las chispas le quemaron el tul , y Rick la bañó en champagne para apagarlo, y rieron y bebieron juntos. Pazza.
Papá diciendo que apagar incendios, evacuar inundados, asistir accidentados y rescatar personas de derrumbes es tarea de hombres. Rick dice te entiendo mi amor, pero la mayoría de las chicas en el cuartel hacen tareas administrativas, y eso no te va a gustar .
Un toque de sirena es llamada de personal, dos toques significa choque y tres es incendio. El departamento a veinte cuadras del cuartel. Ella escuchaba sirenas de destacamentos que no eran el suyo, y coiria al cuartle para encontralo vacío, solo la guardia.
El bebé todavía no, porque no me dejan ser pitonera si estoy embarazada. Si que podía ser buena poniendo al manhuera en el foco.
La medalla del año pasado cuando rescató a seis personas del lavadero. El chico caído en la vías del tren. Ese choque horrible, con el nene gritando mamá, mamá y la madre con la cabeza desprendida del cuerpo. Hay que ser fuerte, hay que ser fuerte sino, no sirves para ayudar. No hay tiempo para llorar. Jhay que llorar en casa . La familia comprende.
El trabajo en el hospital.La facultad. Cortar hierros retorcidos para salvar a una chica que llora de dolor. Si solo pudiera dedicarme a esto. Me falta rendir el examen para aumentar el nivel jerárquico. Evaluarán carácter, compañerismo, disciplina y pruebas físicas. Mañana es el día. Las mujeres pueden. La entrevista de Greg, el jefe, en la tele diciendo “Las chicas que no le tienen miedo a nada. Y puedo decir que en ocasiones rinden mucho más que los hombres”. Y habla de ella.
El viaje a México. Las puestas de sol en Acapulco, los besos de Rick en las calandrias que recorren la costanera, con caballos decorados con luces, como arbolitos de navidad. Y ese barco encallado convertido en restaurante y atendido por piratas . Rick dándole de comer langosta en la boca, mi pajarito. Pajaritos en el otoño de Vermont, recorriendo bosques dorados, llenos de hojas amarillas, fucsias, naranjas , rokas , como las llamaradas que iluminan el humo. El pie que le duele, como le duele todo ahora, porque caminaron ocho horas sin parar, perdidos en la montaña. La posada del ciervo que los mira fijo. El jarabe de arce en los panqueques tibios. El edredón de plumas, la nieve cayendo en la ventana ese Año Nuevo en las Catskills. La mezcla de pena y alivio. El test de embarazo dio negativo. Sí quiero un bebé , pero viajemos a Italia primero. No mi amor, Europa es muy cara. Tengamos el bebé, que es lo que más queremos. El la besa otra vez, buscando aliento a vainilla de helado de Nicola, y busca ese aroma en sus entrañas, y la llena de jarabe de arce .
Que suerte enorme, dios mío, encontrar a alguien a quien ames tanto, pero tanto , que el mundo es mejor sólo por mirarlo a los ojos .
Tres sirenas, no. Mil sirenas. Había sirenas por toda la ciudad. Esto es grande, muy grande.Un avión caído en el World Trade Center, no puede ser . Algo habrá explotado allí. Rick trabaja en el sur, por Dios que no esté cerca. Los celulares no funcionan .La autobomba luchando por entrar, cuando todo el mundo escapaba. Quiero irme , pero no. Me necesitan . Por Dios, es tremendo. El mismo infierno. Estamos en guerra y cayó un misil. No puede haber otra explicación. Pazza, pazza , pazza, Hay que evacuar , ya . Las puertas giratorias son una trampa mortal. Alguien tira bolsas desde arriba. Estúpidos, quieren salvar sus cosas. Las bolsas estallan y sale carne de adentro. ¿Arriba hay carnicerías? Watch out, le dijo Tom, y la tiro para atrás. Pero Tom cayó, bajo un cristal que se le clavó en el pecho. Pazza . Pazza . No son bolsas, Greg, es gente. Se tira para no quemarse viva, no pueden bajar. Y los que bajaron no pueden salir . Las mangueras y el agua no sirven de nada aquí. Miles de personas se aplastan contra los vidrios del hall central, como una pecera. Arrojan objetos y rebotan . No logran romperlos. Ve a Greg como perdido, hablando por radio, sin saber para donde ir . Nos quedamos sin jefe, dice. Todo era tal caos, humo, basura, polvo, papeles, sangre, vidrios, olor a combustible y basura quemada. Al diablo con las jerarquías. Tom miraba el cielo, muerto como por una bala de cañón. Jeffe entró corriendo al edificio con otros seis, pero aún no salieron. Por suerte vio a Di Marco, del destacamento del Bronx , diciéndole a sus hombres que hagan señales a la gente para que se aparte más de los cristales . Usaron los megáfonos. No intenten romperlos por dentro. Oh, Dios somos tan pocos para ayudar a tantos . Pásame el oxígeno que se ha desmayado alguien aquí, le dijo Méndez. Es que ya no nos queda, dijo Stuart. Paf, otro vidrio. Paf ,otra bolsa de carne estallando en el suelo. Charcos de sangre grandes como sábanas. Las radios están muertas. La gente que baja no puede salir . Por Dios, si no miras para arriba todo el tiempo, algo te aplasta. Tienes que mirar, pero no puedes mirar, porque todo es tan atroz .
No miren, corran, decían a los que iban saliendo, que se quedaban aterrados, sin poder avanzar ante el pavoroso panorama de sangre y basura alrededor. Los bomberos salen y caen como moscas, asfixiados. Aire, aire, ya no puedo respirar. Mary, Mary. Busquen a mi James. ¿No han visto a una chica de esta altura? He perdido a mi esposa. Cuida a este hombre, ya regreso. No, no tema, no lo dejaré solo. Cómo me duele le pecho. Quise alcanzar a Di Marco. Qué hacemos, esto se viene abajo en cualquier momento.
Corrí entre el humo, y tropecé con un cuerpo. Una mujer policía. Joven, morena, con una prolija trenza en la nuca. Inmóvil. Tenía un rifle en la espalda. Rick dice vamos a hacer algo divertido. Tiro al blanco entre las hojas secas de Vermont . Qué buena eres, Kathy, aprendes enseguida. Las mujeres somos rápidas, cariño. Kathy le quita el rifle. Se lo afirma al hombro. Se quita el seguro. Apunta, dispara. Alto, bien alto, para no herir a nadie y darles tiempo a apartarse de los cristales rotos que caerán en el mezzanine de la Torre 1. Son gigantes, pero tal vez se quiebren. Uno , dos tres disparos, por Dios, que caigan hacia fuera. ¡ Caen! La gente se echa cuerpo a tierra. Cinco, seis, siete. ¡ Bravo! Ahí aún no cede. ¿Hay alguien? No. Vamos, corran, corran.
¿Qué hago disparando? Soy firefighter, no policía. Una estampida de gente saliendo del mezzanine, como fuegos artificiales en Año Nuevo en la montaña. Corran, corran, corran antes que esto se desplome.
Miles corriendo con los ojos cerrados, para no mirar alrededor. Esto está muy mal .Un hombre con su propio brazo bajo la axila. Alguien sin pelos ni ropa, en carne viva, corriendo sin piel. Una mujer con el brazo colgando, y un hueso que asoma. Corran, corran, corran. Las alarmas de los equipos de oxígeno suenan sin cesar. Ya nadie tiene oxígeno. Si no me dan aire ahora, moriré.
Mierda, Rick. Nuestro bebé. No podrá nacer, pajarito. Bueno, salvé vidas. Salvé a miles de personas. Han renacido. Las salvé con balas, ¿ no es raro?
Otra más me protege, me abraza…alguien que cayó del cielo. Greg va a estar orgulloso de mí. Y Rick. Y papá. Y el nono, que me mira detrás del fuego y sonríe. Te vi agitando un pañuelo amarillo en uno de los pisos, como contaba mamá que hiciste en el puerto de New York. Eras tú, ¿no es cierto? Sí, nono, es como un bombardeo, es la guerra. Tanto fuego y tengo frío. Corran, corran. Sei pazza, dice el nono. Sí, sí, soy loca. Salgamos de aquí . Yo tampoco quiero vivir en un país en guerra . Volvamos a Italia, nono, llévame contigo.
Giulietta con Carluccio y Marina de la mano, arrastrando una valija de cartón. Su esposo, el nono, emocionado, saludándolos, agitando un pañuelo amarillo, como había prometido en la carta. Los cuatro en el muelle, fundiéndose en un largo abrazo.
Eso le contaba mamá. El casamiento de mamá con Al, Alberto otro hijo de piamonteses escapados de la guerra. Mamá y papá bailan. Mamá no está contenta, está nerviosa. Ella quería estudiar medicina, para saber por qué estaba tan enfermo el nono, que no bailó el vals con ella, en su casamiento. Pero le dijeron que no había plata, que estudiar en America era muy caro, que si alguien iba a estudiar era Carluccio, ahora que es grande, Carlo. Y que las chicas tienen que casarse y tener hijos.
Carlo en la carnicería, cortando salchichas estilo italiano para los italianos de Queens. Marina no le compra al hermano, porque de haber sabido que él no estudiaría tendrían que haber dejado que ella lo hiciera. Ahora podría estar trabajando en el St Mary´s Hospital, salvando gente. En pleno Manhattan, los pobres mueren de enfermedades medievales o africanas. Glaucoma, escorbuto, brucelosis, sífilis, tuberculosis. Todo eso le había dicho el doctor. Tuberculosis en pleno siglo veinte, que barbaridad. El nono se había salvado de la guerra y se viene a morir del bacilo de Koch, escupiendo sangre cuando canta Torna a Surriento.
Mamá le muestra unos gatitos. Papá apaga el fuego del galpón de atrás, y salva a tres gatitos. Uno queda atrapado, y lo encuentra mucho más chiquito de lo que era como una ramita seca. Hay un bebé en su cochecito. Qué feo es .Es Tony .
Tony diciéndole que no use sus cosas que son juguetes de varón. Y ella le esconde los juguetes en el tejado porque es fuerte y sabe trepar paredes. Tony llora, el debilucho. Ella se los devuelve cuando llora porque Ron le pegó.
La nona Giulietta llorando delante de la foto del nono, siempre una vela prendida ardiendo delante de la foto, sobre la cómoda. Kathy con miedo de que por esa vela se incendie la casa. Mamá estaba trabajando y papá también. Qué hacemos si todo se prende fuego. Llamar a los bomberos, dijo la nona . Y si no vienen, qué hacemos. Apagar el fuego, con baldes de agua. Y de dónde sacamos un balde de agua tan rápido. Hay una tomas de agua en cada esquina, para que los bomberos conecten las mangueras y saquen el agua de ahí. En verano los chicos del barrio lograban desenroscarlas para refrescarse con los chorros que salían a presión, disparados para cualquier lado, como la gente corriendo, ahora. Entre los chorros, todos se reían, pero ella pensaba sin manguera esto no llega a la cómoda de la nona.
Los grandes también se ríen. Qué vas a ser cuando seas grande, Kathy. Bombero, decía ella, siempre. Mamá no llegaba hasta que era de noche. La nona era muy viejita para llevar un balde de agua, y ella no tenía fuerzas para correr hasta la toma de agua, abrirla, llenar muchos baldes y correr a la casa antes de que se incendie. Se quemaría todo. No, de la canilla no vale, ella quería usar la toma de los bomberos.
En la escuela también la cargan. Bombero una mujer, qué absurdo. Teddy burlándola, la palabra firewoman no existe, solo existe fireman, tonta . Bueno, yo voy a ser firefighter, dice ella.
Questa bambina e pazza, dice la nona. Okay, soy pazza, aunque no sé lo que quiere decir. Pazza , pazza , pazza, pa…zza…parecen decir los vidrios que caen a su alrededor, a medido que sew sienten mas explosiones, más bombas , más escapes de gas , más gente rompiendo ventanas para respirar. Alguien la protege, pero no ve nada. Mucho humo. Y el cuerpo que la cuida pesa demasiado. Y gotea algo caliente, con olor a herrumbre. Pazza , pazza. Los helados de vainilla de Nicola, La fiesta de Dan Genaro en Greewich Village, tanta gente comiendo salchichas como las que vendia el tio Fred, iguales a las que vendía su papá Carlo. Un viento que lleva un papel a las brasas, y se incendia todo. Le gente quiere corre, pero no hay adonde , por la multitud. Ella se mete entre las piernas de todos, toma el balde del tío lleno de hielo para enfriar bebidas y lo arroja a la parrilla. El fuego se apaga. Hay fuegos que se apagan con agua. El tío la aplaude, y la lleva en andas . Los demás gritan viva, viva, y la aplauden. Se siente tan alta. Papá dice “ es la firewoman” . le compra un helado de vainilla de los de Nicola.
No, no aceptamos mujeres en este cuartel. No es machismo, no tenemos vestuario para una chica. Pazza .Los chicos del hospital, las guardias haciendo popcorn. La boca de Rick . Es verano, una noche oscura como ahora, Vuelven a casa de bailar en Limelight, una iglesia gótica convertida en discoteca. Ella tiene n calor y ve un drugstores con una cortina igual que la de la heladería de Incola. Le recuerda a la escuela. Si la cortina es igual, los helados por qué no. Y pide uno de vainilla. Cuerra los ojos y dice “ Mmmm…como los de Nicola” . Y Rick, que había dicho que no quería helado, le dice que quiere probar. Y en vez de probar de su helado, le tapa la boca con un beso, y busca la vainilla sobre su lengua, a los costados, debajo, y se mezclan los sabores a vainilla, el aliento de menta, su perfume de hombre, su respiración, y ríen , y ella prueba más helado y el bebe de su boca.
El casamiento en secreto, en casa de Betsy. Tan poquitos, solo los más amados, la nona se hubiera enojado, pero para que más. Joe tocando el violín y Rina cantando.
Jake y los chicos hicieron una hoguera en el patio. Y desafiaron a Kathy para que la apagara con cubitos de hielo, como había hecho a los siete años en San genaro.
Ella le arruina el mantel a Betsy, pero lo apagó, aunque las chispas le quemaron el tul , y Rick la bañó en champagne para apagarlo, y rieron y bebieron juntos. Pazza.
Papá diciendo que apagar incendios, evacuar inundados, asistir accidentados y rescatar personas de derrumbes es tarea de hombres. Rick dice te entiendo mi amor, pero la mayoría de las chicas en el cuartel hacen tareas administrativas, y eso no te va a gustar .
Un toque de sirena es llamada de personal, dos toques significa choque y tres es incendio. El departamento a veinte cuadras del cuartel. Ella escuchaba sirenas de destacamentos que no eran el suyo, y coiria al cuartle para encontralo vacío, solo la guardia.
El bebé todavía no, porque no me dejan ser pitonera si estoy embarazada. Si que podía ser buena poniendo al manhuera en el foco.
La medalla del año pasado cuando rescató a seis personas del lavadero. El chico caído en la vías del tren. Ese choque horrible, con el nene gritando mamá, mamá y la madre con la cabeza desprendida del cuerpo. Hay que ser fuerte, hay que ser fuerte sino, no sirves para ayudar. No hay tiempo para llorar. Jhay que llorar en casa . La familia comprende.
El trabajo en el hospital.La facultad. Cortar hierros retorcidos para salvar a una chica que llora de dolor. Si solo pudiera dedicarme a esto. Me falta rendir el examen para aumentar el nivel jerárquico. Evaluarán carácter, compañerismo, disciplina y pruebas físicas. Mañana es el día. Las mujeres pueden. La entrevista de Greg, el jefe, en la tele diciendo “Las chicas que no le tienen miedo a nada. Y puedo decir que en ocasiones rinden mucho más que los hombres”. Y habla de ella.
El viaje a México. Las puestas de sol en Acapulco, los besos de Rick en las calandrias que recorren la costanera, con caballos decorados con luces, como arbolitos de navidad. Y ese barco encallado convertido en restaurante y atendido por piratas . Rick dándole de comer langosta en la boca, mi pajarito. Pajaritos en el otoño de Vermont, recorriendo bosques dorados, llenos de hojas amarillas, fucsias, naranjas , rokas , como las llamaradas que iluminan el humo. El pie que le duele, como le duele todo ahora, porque caminaron ocho horas sin parar, perdidos en la montaña. La posada del ciervo que los mira fijo. El jarabe de arce en los panqueques tibios. El edredón de plumas, la nieve cayendo en la ventana ese Año Nuevo en las Catskills. La mezcla de pena y alivio. El test de embarazo dio negativo. Sí quiero un bebé , pero viajemos a Italia primero. No mi amor, Europa es muy cara. Tengamos el bebé, que es lo que más queremos. El la besa otra vez, buscando aliento a vainilla de helado de Nicola, y busca ese aroma en sus entrañas, y la llena de jarabe de arce .
Que suerte enorme, dios mío, encontrar a alguien a quien ames tanto, pero tanto , que el mundo es mejor sólo por mirarlo a los ojos .
Tres sirenas, no. Mil sirenas. Había sirenas por toda la ciudad. Esto es grande, muy grande.Un avión caído en el World Trade Center, no puede ser . Algo habrá explotado allí. Rick trabaja en el sur, por Dios que no esté cerca. Los celulares no funcionan .La autobomba luchando por entrar, cuando todo el mundo escapaba. Quiero irme , pero no. Me necesitan . Por Dios, es tremendo. El mismo infierno. Estamos en guerra y cayó un misil. No puede haber otra explicación. Pazza, pazza , pazza, Hay que evacuar , ya . Las puertas giratorias son una trampa mortal. Alguien tira bolsas desde arriba. Estúpidos, quieren salvar sus cosas. Las bolsas estallan y sale carne de adentro. ¿Arriba hay carnicerías? Watch out, le dijo Tom, y la tiro para atrás. Pero Tom cayó, bajo un cristal que se le clavó en el pecho. Pazza . Pazza . No son bolsas, Greg, es gente. Se tira para no quemarse viva, no pueden bajar. Y los que bajaron no pueden salir . Las mangueras y el agua no sirven de nada aquí. Miles de personas se aplastan contra los vidrios del hall central, como una pecera. Arrojan objetos y rebotan . No logran romperlos. Ve a Greg como perdido, hablando por radio, sin saber para donde ir . Nos quedamos sin jefe, dice. Todo era tal caos, humo, basura, polvo, papeles, sangre, vidrios, olor a combustible y basura quemada. Al diablo con las jerarquías. Tom miraba el cielo, muerto como por una bala de cañón. Jeffe entró corriendo al edificio con otros seis, pero aún no salieron. Por suerte vio a Di Marco, del destacamento del Bronx , diciéndole a sus hombres que hagan señales a la gente para que se aparte más de los cristales . Usaron los megáfonos. No intenten romperlos por dentro. Oh, Dios somos tan pocos para ayudar a tantos . Pásame el oxígeno que se ha desmayado alguien aquí, le dijo Méndez. Es que ya no nos queda, dijo Stuart. Paf, otro vidrio. Paf ,otra bolsa de carne estallando en el suelo. Charcos de sangre grandes como sábanas. Las radios están muertas. La gente que baja no puede salir . Por Dios, si no miras para arriba todo el tiempo, algo te aplasta. Tienes que mirar, pero no puedes mirar, porque todo es tan atroz .
No miren, corran, decían a los que iban saliendo, que se quedaban aterrados, sin poder avanzar ante el pavoroso panorama de sangre y basura alrededor. Los bomberos salen y caen como moscas, asfixiados. Aire, aire, ya no puedo respirar. Mary, Mary. Busquen a mi James. ¿No han visto a una chica de esta altura? He perdido a mi esposa. Cuida a este hombre, ya regreso. No, no tema, no lo dejaré solo. Cómo me duele le pecho. Quise alcanzar a Di Marco. Qué hacemos, esto se viene abajo en cualquier momento.
Corrí entre el humo, y tropecé con un cuerpo. Una mujer policía. Joven, morena, con una prolija trenza en la nuca. Inmóvil. Tenía un rifle en la espalda. Rick dice vamos a hacer algo divertido. Tiro al blanco entre las hojas secas de Vermont . Qué buena eres, Kathy, aprendes enseguida. Las mujeres somos rápidas, cariño. Kathy le quita el rifle. Se lo afirma al hombro. Se quita el seguro. Apunta, dispara. Alto, bien alto, para no herir a nadie y darles tiempo a apartarse de los cristales rotos que caerán en el mezzanine de la Torre 1. Son gigantes, pero tal vez se quiebren. Uno , dos tres disparos, por Dios, que caigan hacia fuera. ¡ Caen! La gente se echa cuerpo a tierra. Cinco, seis, siete. ¡ Bravo! Ahí aún no cede. ¿Hay alguien? No. Vamos, corran, corran.
¿Qué hago disparando? Soy firefighter, no policía. Una estampida de gente saliendo del mezzanine, como fuegos artificiales en Año Nuevo en la montaña. Corran, corran, corran antes que esto se desplome.
Miles corriendo con los ojos cerrados, para no mirar alrededor. Esto está muy mal .Un hombre con su propio brazo bajo la axila. Alguien sin pelos ni ropa, en carne viva, corriendo sin piel. Una mujer con el brazo colgando, y un hueso que asoma. Corran, corran, corran. Las alarmas de los equipos de oxígeno suenan sin cesar. Ya nadie tiene oxígeno. Si no me dan aire ahora, moriré.
Mierda, Rick. Nuestro bebé. No podrá nacer, pajarito. Bueno, salvé vidas. Salvé a miles de personas. Han renacido. Las salvé con balas, ¿ no es raro?
Otra más me protege, me abraza…alguien que cayó del cielo. Greg va a estar orgulloso de mí. Y Rick. Y papá. Y el nono, que me mira detrás del fuego y sonríe. Te vi agitando un pañuelo amarillo en uno de los pisos, como contaba mamá que hiciste en el puerto de New York. Eras tú, ¿no es cierto? Sí, nono, es como un bombardeo, es la guerra. Tanto fuego y tengo frío. Corran, corran. Sei pazza, dice el nono. Sí, sí, soy loca. Salgamos de aquí . Yo tampoco quiero vivir en un país en guerra . Volvamos a Italia, nono, llévame contigo.
Intimos extraños
Hay gente con la sentís una conexión inmediata y otra con la que no te conectás ni aunque se te vaya la vida intentándolo.
Manuela trabajaba en una empresa publicitaria en Sevilla, donde pasaba todo el día intercambiando correos electrónicos con profesionales de la Argentina, que la empresa había contratado por ser más baratos y veloces que los andaluces. Así es como se dio cuenta de que entre todos, con Pablo- el diseñador gráfico de Buenos Aires- , había habido una conexión instantánea, que trascendía lo laboral. Al punto tal de que ella había comenzado a borrar sus mails - luego de conservarlos en su diskette particular- por temor a que se descubriera el tenor cada vez más personal de sus mensajes.
Cuando él entró a la página web de la empresa, le hizo un comentario acerca de que había quedado prendado de sus ojos, que vio en una foto de ella en su escritorio. Y ella le dijo que era injusto que él la hubiera visto en foto y ella a él no. Entonces la conversación derivó en que el no quería enviarle una foto, pero que a cambio le contaría todo acerca de él. Y le escribía cosas de un grado de intimidad masculina como ella jamás había conocido en su vida...
Un poco por soledad, otro poco por curiosidad, y otro poco por temor a que se cortara ese nivel de diálogo tan revelador y excitante, ella empezó a contarle sus propias intimidades, fantasías y sueños... a los que él respondía cada vez con más intensidad. La temperatura de los mails empezó a subir, y los temas de trabajo se reducían cada día, para ser reemplazados con mutuas confesiones y consuelos.
Ella vivía esperando las respuestas de él: “Anoche quise dormir con tu foto a mi lado. Pero no pude dormir.Me parece un pecado cerrar los ojos para dejar de verte. Y te lo dice alguien saturado de imágenes”. Pablo le contaba que modelaba su almohada con la silueta de ella y que le hacía cosas “que dudo que me permitieras si estuvieras aquí. Tu falta me está matando.”
Manuela empezó a temer haber llegado demasiado lejos con un perfecto desconocido. “¿Pero acaso no lo hace todo el mundo en Internet?”, pensaba. Por otra parte, en todas sus relaciones amorosas...¿no había llegado también demasiado lejos con perfectos desconocidos? ¿Qué diferencia había? ¿Qué puede importar el aspecto de la otra persona, si ambos se hacen sentir mejor el uno al otro? Pablo había inyectado interés y pasión a su vida. Hasta dónde llegaría esto... era lo de menos. Lo importante bueno era que toda esta historia tan sensual la hacía sentir a Manuela feliz de ir al trabajo a chequear sus correos. Ahora el sonido del ordenador conectándose a Internet, en vez de llenarla de tedio, la llenaba de alegría.
Claro que ese cambio había llamado la atención de toda la oficina. “Estás más contenta”,“¿Estás de novia?”, le preguntaban los compañeros. A ella la invadió el terror de que alguien en la oficina conociera su secreto, y tal vez terminaran echándola. ¿Cómo explicar esa historia? ¿Diciendo que la distancia le deba la impunidad de tratar a otro con un grado de intimidad como hubiera sido imposible con un hombre de su entorno?
Pensaba eso cuando recibió una llamada de su jefe:
- Manuela, la quiero en cinco minutos en mi despacho.
Sonaba grave y urgente. Sintió un escalofrío de pies a cabeza y un sudor en todo el cuerpo. “Estoy acabada, me va a despedir”, pensó. Entró al despacho trastabillando y escuchó que el jefe le decía:
- Es acerca de Pablo, el diseñador argentino.
Ella odió sentir que se ponía roja de vergüenza.
- Dígame, señor
- Tengo que anunciarle algo importante....- dijo el jefe
Ella tragó saliva con esfuerzo.
- Pablo es demasiado talentoso. Por eso quiero aprovecharlo, para que nos rinda al máximo, ya que hace todo lo que promete. Tendrás que viajar a verlo a Buenos Aires para darle instrucciones precisas por la campaña publicitaria de los neumáticos... ¿Creés que puedas hacerlo?
Ella quedó tan helada que no creyó poder hablar aunque se oyó decir, como de lejos:
- Claro que si.
- Perfecto. Partes en una semana. Luego te envío el pasaje y te digo todo lo que debes explicarle.
Ella no podía creer lo que escuchaba .Los días parecieron siglos hasta que ella llegó a Buenos Aires, y fue al hotel donde esperaría a Pablo para comenzar a trabajar en el proyecto . Tomó su llave, subió con su equipaje al tercer piso, y al poner la llave en la puerta, sintió que esta se abría sola. El cuarto estaba completamente a oscuras.
- Bienvenida, Manuela...¡Por fin llegaste! – dijo una voz viril cargada de alivio
- ¿Pablo? ¿Eres tú?- preguntó ella
- Si, soy yo... Pasá, cerrá los ojos, no los abras. Desconecté las luces para que no nos distraigan...
Ella cerró los ojos, obediente, como una nena esperando un caramelo sonriendo en la penumbra Sintió que él le sacaba la maleta de las manos, y la guiaba por la cintura hasta el centro del habitación. Un brazo largo y fuerte la estrechó contra su cuerpo, la hizo girar hacia él y le apartó los cabellos de su cara. Ella llevó sus manos hacia ese íntimo extraño, y lo tocó hasta los hombros. Pablo era alto. Qué raro, lo había imaginado bajito, como el monitor del ordenador. Los labios de él se apretaron contra los suyos, y una lengua caliente y tierna se abrió paso buscando la suya con la insistencia de un pájaro hambriento. De pronto, él la apretó contra su cuerpo y su lengua se endureció y la penetró como una lanza. La llevó caminando hacia atrás, y luego de un revuelo de ropas, ambos se dejaron caer en la cama .Ella supo que no le importaba si este hombre tenia ojos grandes o pequeños, mucho o poco pelo, tez blanca o cetrina. Su jefe tenía razón: era demasiado talentoso, había que aprovecharlo. Supo que ya no le importaría perder su trabajo, y quedarse para siempre enredada en los brazos de este hombre de Buenos Aires, que hacía lo único que todo hombre perfecto tiene que hacer: lo que había prometido.
Manuela trabajaba en una empresa publicitaria en Sevilla, donde pasaba todo el día intercambiando correos electrónicos con profesionales de la Argentina, que la empresa había contratado por ser más baratos y veloces que los andaluces. Así es como se dio cuenta de que entre todos, con Pablo- el diseñador gráfico de Buenos Aires- , había habido una conexión instantánea, que trascendía lo laboral. Al punto tal de que ella había comenzado a borrar sus mails - luego de conservarlos en su diskette particular- por temor a que se descubriera el tenor cada vez más personal de sus mensajes.
Cuando él entró a la página web de la empresa, le hizo un comentario acerca de que había quedado prendado de sus ojos, que vio en una foto de ella en su escritorio. Y ella le dijo que era injusto que él la hubiera visto en foto y ella a él no. Entonces la conversación derivó en que el no quería enviarle una foto, pero que a cambio le contaría todo acerca de él. Y le escribía cosas de un grado de intimidad masculina como ella jamás había conocido en su vida...
Un poco por soledad, otro poco por curiosidad, y otro poco por temor a que se cortara ese nivel de diálogo tan revelador y excitante, ella empezó a contarle sus propias intimidades, fantasías y sueños... a los que él respondía cada vez con más intensidad. La temperatura de los mails empezó a subir, y los temas de trabajo se reducían cada día, para ser reemplazados con mutuas confesiones y consuelos.
Ella vivía esperando las respuestas de él: “Anoche quise dormir con tu foto a mi lado. Pero no pude dormir.Me parece un pecado cerrar los ojos para dejar de verte. Y te lo dice alguien saturado de imágenes”. Pablo le contaba que modelaba su almohada con la silueta de ella y que le hacía cosas “que dudo que me permitieras si estuvieras aquí. Tu falta me está matando.”
Manuela empezó a temer haber llegado demasiado lejos con un perfecto desconocido. “¿Pero acaso no lo hace todo el mundo en Internet?”, pensaba. Por otra parte, en todas sus relaciones amorosas...¿no había llegado también demasiado lejos con perfectos desconocidos? ¿Qué diferencia había? ¿Qué puede importar el aspecto de la otra persona, si ambos se hacen sentir mejor el uno al otro? Pablo había inyectado interés y pasión a su vida. Hasta dónde llegaría esto... era lo de menos. Lo importante bueno era que toda esta historia tan sensual la hacía sentir a Manuela feliz de ir al trabajo a chequear sus correos. Ahora el sonido del ordenador conectándose a Internet, en vez de llenarla de tedio, la llenaba de alegría.
Claro que ese cambio había llamado la atención de toda la oficina. “Estás más contenta”,“¿Estás de novia?”, le preguntaban los compañeros. A ella la invadió el terror de que alguien en la oficina conociera su secreto, y tal vez terminaran echándola. ¿Cómo explicar esa historia? ¿Diciendo que la distancia le deba la impunidad de tratar a otro con un grado de intimidad como hubiera sido imposible con un hombre de su entorno?
Pensaba eso cuando recibió una llamada de su jefe:
- Manuela, la quiero en cinco minutos en mi despacho.
Sonaba grave y urgente. Sintió un escalofrío de pies a cabeza y un sudor en todo el cuerpo. “Estoy acabada, me va a despedir”, pensó. Entró al despacho trastabillando y escuchó que el jefe le decía:
- Es acerca de Pablo, el diseñador argentino.
Ella odió sentir que se ponía roja de vergüenza.
- Dígame, señor
- Tengo que anunciarle algo importante....- dijo el jefe
Ella tragó saliva con esfuerzo.
- Pablo es demasiado talentoso. Por eso quiero aprovecharlo, para que nos rinda al máximo, ya que hace todo lo que promete. Tendrás que viajar a verlo a Buenos Aires para darle instrucciones precisas por la campaña publicitaria de los neumáticos... ¿Creés que puedas hacerlo?
Ella quedó tan helada que no creyó poder hablar aunque se oyó decir, como de lejos:
- Claro que si.
- Perfecto. Partes en una semana. Luego te envío el pasaje y te digo todo lo que debes explicarle.
Ella no podía creer lo que escuchaba .Los días parecieron siglos hasta que ella llegó a Buenos Aires, y fue al hotel donde esperaría a Pablo para comenzar a trabajar en el proyecto . Tomó su llave, subió con su equipaje al tercer piso, y al poner la llave en la puerta, sintió que esta se abría sola. El cuarto estaba completamente a oscuras.
- Bienvenida, Manuela...¡Por fin llegaste! – dijo una voz viril cargada de alivio
- ¿Pablo? ¿Eres tú?- preguntó ella
- Si, soy yo... Pasá, cerrá los ojos, no los abras. Desconecté las luces para que no nos distraigan...
Ella cerró los ojos, obediente, como una nena esperando un caramelo sonriendo en la penumbra Sintió que él le sacaba la maleta de las manos, y la guiaba por la cintura hasta el centro del habitación. Un brazo largo y fuerte la estrechó contra su cuerpo, la hizo girar hacia él y le apartó los cabellos de su cara. Ella llevó sus manos hacia ese íntimo extraño, y lo tocó hasta los hombros. Pablo era alto. Qué raro, lo había imaginado bajito, como el monitor del ordenador. Los labios de él se apretaron contra los suyos, y una lengua caliente y tierna se abrió paso buscando la suya con la insistencia de un pájaro hambriento. De pronto, él la apretó contra su cuerpo y su lengua se endureció y la penetró como una lanza. La llevó caminando hacia atrás, y luego de un revuelo de ropas, ambos se dejaron caer en la cama .Ella supo que no le importaba si este hombre tenia ojos grandes o pequeños, mucho o poco pelo, tez blanca o cetrina. Su jefe tenía razón: era demasiado talentoso, había que aprovecharlo. Supo que ya no le importaría perder su trabajo, y quedarse para siempre enredada en los brazos de este hombre de Buenos Aires, que hacía lo único que todo hombre perfecto tiene que hacer: lo que había prometido.
Un novio demasiado hermoso
Eran una parejita enamorada, como tantas.
Pero se amaban más que nadie. No podían separarse ni un segundo.
Según algunos, vivían pegoteados el uno al otro porque estaban terriblemente enamorados. Según otros, porque de tanto estar pegados y solos, se habían quedado sin amigos. Según ella, porque lo amaba perdidamente. Según sus amigas, porque él la vigilaba sin parar. Según los padres de ella, por la calentura de la edad. Lo cierto es que ya no podían estar sin verse o hablarse varias veces al día
Hacían una linda pareja. En verdad, de los dos, él era el más lindo. Ella se ponía linda de lo que le brillaban los ojos al verlo. El era demasiado lindo. La madre de ella pensaba que él lo sabía, y en vez de sentirse más seguro de sí mismo, tal vez por un mecanismo de proyección, él creía que la bella era ella, y por eso pensaba que dejarla un minuto sola implicaba perderla en brazos del primero que pasara. O tal vez ponía en ella sus propias fantasías de aprovechar su éxito con las mujeres para tener alguna aventura con otras. Si no, no se explicaba tanta inseguridad. Porque en verdad, él podía meterle los cuernos cuando quisiera. Todas las chicas lo seguían. Pero él le era absolutamente fiel a su novia. Sabía que ella tenía algo que no tenían las otras chicas, por lindas que fueran, y por más que se le tiraran encima. Porque él era un muchacho hermoso. Qué pena que fuera tan celoso. No se daba cuenta de que ella sólo tenía ojos para él.
La tía Juana decía que le parecía que eran una pareja simbiótica. La abuela decía que eran demasiado jóvenes para pegarse tanto. Y el abuelo le recordaba que ellos se habían conocido a la misma edad, y nunca más se habían separado. El papá se preocupaba de que ella no pensara en otra cosa que estar con él. Estaba descuidando los estudios y las amistades. Pero mamá le decía que sería mejor para ella si se casaba joven y enamorada que si dejaba pasar esta oportunidad. Si no después, andaba sola a los treinta buscando novio, y a esa edad los tipos sueltos son lo que queda del descarte de las que ya eligieron. Después de todo, si uno se pasa cada día pegado a la misma persona, es natural que empiece a haber roces y problemas varios.
Hasta el día de hoy, ella misma no sabe qué nombre ponerle a esa relación. Pero era del tipo “ni contigo/ ni sin ti”.
Fue él quien se enamoró de ella a primera vista y la persiguió como un sabueso. Se obsesionó con ella. Ella estaba medio noviando con un vecinito. Nada serio, sólo unos besos tímidos, ir a tomar un helado, todo muy inocente y pueril. Pero él, que le llevaba unos años más, la vio como toda una mujer. La convenció de que lo siguiera, la hizo olvidar de su amorcito anterior, con tanta pasión y decisión que el vecinito no pudo reaccionar. El era muy buenmozo. Tenía mucho más mundo y más experiencia que el primer noviecito, y ella se deslumbró. No podía creer que él le diera bola. El vecino era un chico lindo. Pero él era demasiado atractivo. Cuando aparecían los problemas, las peleas, las lágrimas, ella se consolaba pensando “Hay mujeres que en toda su vida no conocen ni a un solo hombre realmente hermoso. Y yo conocí a dos”.
El vecino era un chico tranquilo y bueno, de esos que conquistan el cariño de todas las maestras y vecinas de la cuadra. Medio quedado, sin vueltas.
Rafael era otra cosa. Encima tan alto, y con esa espaldota, un gigante, de esos que cualquier mujer besaría con ganas sin preguntarle el nombre. La gente miraba al vecinito y decía “Qué linda nariz, qué ojitos”.
De Rafael no decían eso, porque tenía una presencia inquietante, un porte de galán de cine y una actitud firme de llevarse el mundo por delante. Hasta sus amigas se inquietaron. Tal vez estaban todas envidiosas de que ella, tan bajita, de aspecto tan ratonil como era, se lo hubiera levantado, y ellas no. Un día las chicas llegaron en patota a su casa a decirle: “Estamos preocupadas por vos. Ese chico no nos gusta”. Y ella pensó “¡Qué no les va a gustar! Les encanta. Lo que no les gusta es que sea mío.”.
El era un seductor, sabía lo atractivo que era y lo explotaba muy bien. Hasta a sus padres los había convencido de que él amaba a la nena, aunque les preocupara a veces ver la seguidilla de llamados a deshoras cuando discutían y se reconciliaban, o los portazos que daba él al irse luego de alguna de tantas peleas tontas, típica de los amores juveniles.
A veces ella sentía que estaba junto a él montando guardia para que otra mujer no se lo llevara. Pero de tanto montar guardia, se había enamorado locamente, hasta de su forma de ser. Cuando él no se enfurecía por pavadas era divertido, ingenioso y tenía grandes planes para el futuro. Acostumbrado a que nadie le dijera que no a nada, todo le parecía posible: “Vamos a comprar un lote en Bariloche, donde construiremos una cabaña para los dos., Tal vez pongamos un hotelito, o un restaurante, con un gran hogar a leños”
“Tendríamos que comprar un terreno en la playa, para hacer un camping sólo para gente joven, con asado todas las noches, bailes y guitarreada”.
“Vamos a comprar un barco que será nuestra casa, nos va a servir para dar la vuelta al mundo en él” .
De esos planes tenía miles distintos, todos los días. A ella no le importaba cuál de esos proyectos terminaran concretando, porque lo único que le importaba era estar con él. Ella sentía que con él todo era posible. Pensaba que él no necesitaba de ella para hacer sus sueños realidad, porque era muy independiente y capaz. Por eso le sorprendía cada vez que él se enfurecía porque ella saludaba con un beso a sus compañeros de curso, o cuando la acusaba de estar engañándolo por llegar un poco tarde a una cita.
Después se metió con su ropa, diciéndole lo que debía ponerse, y prohibiéndole usar jeans porque decía que ella no tenía cuerpo para los vaqueros, y que en realidad cualquier pantalón le quedaba horrible. Le dijo que nada le parecía más sensual y femenino que una mujer con polleras largas, aunque ya no estuvieran de moda. En el fondo ella sabía que lo que él no quería era que se le marcara la cola. Pero un día que ella que le comentó eso medio en chiste, él arrojó a la pared un reloj despertador con tanta fuerza que dejó una marca en el revoque. Las piezas quedaron desparramadas por el suelo, y ella las tuvo que barrer para que nadie se lastimara con los vidrios, así que entendió que era mejor no volver a tocar ese tema.
También la acusó de retirar plata de la cuenta bancaria en la que juntaban fondos para casarse, olvidando que había sido él quien había sacado plata sin avisarle a ella. Cuando ella tuvo un atraso de un mes y creyeron que estaba embarazada, sin preguntar su opinión él le dijo “Paciencia…Usaremos la cuenta de ahorros como cuenta de abortos”. A ella le pareció un comentario de pésimo gusto, pero después entendió que él se lo dijo como para que sepa que estaba dispuesto a gastar los ahorros de los dos en el aborto más seguro posible, y con el mejor médico que pudieran encontrar, costara lo que costara, porque pensaba en ella, en su salud.
No era fácil estar con él, pero nada es gratis en la vida. Era el precio que ella tenía que pagar por estar con un hombre hermoso como el de un anuncio de perfume caro. A veces pensaba que todo hubiera sido más fácil si se quedaba con el vecinito, pero también se daba cuenta de que se hubiera muerto de aburrimiento con él, después de conocer a Rafa. Con Rafael, la vida era una aventura. Nunca sabía qué pasaría. Era como vivir en la montaña rusa.
Por ejemplo, en las vacaciones de invierno, a él se le ocurrió que fueran solos al mar. Sus padres habían alquilado una casa, pero no llegarían hasta la semana siguiente. Era una pena que estuviera pagada y vacía. El pensó que sería genial ocuparla ellos dos, solitos, un nidito de amor. Sonaba a idilio en total intimidad.
Cuando ella le dijo que tendría que preguntarle a sus padres si le dejaban irse con él, a él le agarró un ataque de furia, y la acusó de insensible, por boicotear su brillante idea. Lo discutieron dentro del coche del padre de él, cuando estaban yendo al cine. El le gritó, la zamarreó, le dijo que se bajara de su auto, pero no lo detuvo y hasta abrió al puerta del coche e intentó empujarla afuera, mientras conducía con la otra mano. Casi se estrellan con un árbol, y entonces la discusión terminó.
El episodio la asustó tanto que al día siguiente ella lo olvidó.
Recordó que una vez su amigan Irene presenció por casualidad una de esas discusiones absurdas como “por qué no me trajiste agua cuando te pedí”. Le dijo “Tené cuidado con tu novio , que para mi que está un poco loco” . Ella siempre pensaba que las amigas se lo decían por envidia de verla junto a un hombre tan hermoso. Al fin y al cabo, todas andaban detrás de el. Era irritante ver a las mujeres darse vuelta para mirarlo de arriba abajo, y hacerle mohines y sonrisas, como si ella no existiera, aunque estuviera abrazándolo.. Pero después pensó que de todas sus amigas, justo Irene era la única que no gustaba de él. Después de todo, era la única que no le rogaba que llevara a Rafael a las fiestas para lucirlo, y jamás le preguntaba por él. Tal vez le tenía bronca, a nivel personal. Rafael tampoco gustaba de ella. Decía que Ire era ordinaria y tilinga, cosa que a ella le causaba gracia porque le parecían términos opuestos.
También era conciente de que Rafael tenía motivos para ser tan nervioso. Casi no había tenido padres. Cuando él nació, ellos ya estaban divorciados. El padre se había ido a vivir a España y la madre lo depositó con la abuela y se dedicó a criar a los hijos que tuvo con los dos maridos siguientes, pensando que Rafael era de esos chicos que crecen de golpe y se las arreglan solos. Pero estaba claro que había sido un chico descartado y abandonado. Nunca había tenido con quien hablar. Ni siquiera con su abuela, que tenía Alzheimer. El le contó una vez que su debut sexual a los trece años no fue ni siquiera porque le gustara la mina, sino para que alguien lo abrazara. Toda la historia a ella le partía el corazón y estaba dispuesta a darle todo el amor que nadie le había dado.
El tema de irse juntos a la costa iba a ser una prueba para los dos. Una prueba de convivencia para saber si podían pasar el récord de cinco días sin pelearse, hasta que llegaran los padres de él. “Si pasamos ese tiempo en paz, nos vamos a vivir a la cabaña en el sur, a nuestro camping en la costa o nos vamos a dar la vuelta al mundo en barco” , le dijo él , besándole toda la cara .
Ella era optimista. Pensar que la primera vez que él la llevó a su casa, cuando los padres de él no estaban, la invitó a conocer su habitación, y una vez allí, le sacó la ropa a la fuerza y prácticamente la violó. Ya hacía tres semanas que se conocían y ella se sentía muy halagada de que el chico más lindo del barrio la llevara de la mano por la calle y la llamara todos los días. Sabiendo que iría a la casa de él, se había depilado las piernas y se había perfumado hasta la bombacha, sin saber bien por qué. No, no había esperado nada de lo que sucedió. Para nada. A lo sumo había imaginado una metidita de manos, unos besos más intensos. Pero no eso.
El pretexto de él fue que sus padres podían llegar en cualquier momento, que no había tiempo para prolegómenos ni mimos previos. Le sacó la ropa como un médico que en una emergencia tiene que ver dónde está la herida. Fue más rápido que eso, porque un hombre hermoso sabe donde está el tajo de una mujer. Cuando le sacó todo, la empujó desnuda a la cama, mientras se sacaba de un tirón el cinturón. Ella casi se muere de vergüenza. Era la primera vez en su vida que estaba desnuda ante un hombre. Pero él ni la miraba. Ella tironeó de esa espantosa colcha negra para taparse, pero él no le dio nada de tiempo. Desnudo, cayó sobre ella. Le abrió las rodillas, y le metió algo adentro del cuerpo que le dolió muchísimo. Estaba más que incómoda. Trató de escapar, pero él le atrapó los hombros con los codos. Era un chico alto. La cabeza de él hundida en su cuello no la dejaba ni moverse .Ella miró una grieta en el cielorraso pintado de gris celeste, deseando que todo acabe pronto, y se mordió el labio hasta sentir más dolor. No podía clavarse las uñas de la mano derecha en la mano izquierda- como hacía en el sillón del dentista para no sentir tanto dolor en la boca-, porque tenía los brazos inmovilizados .Cuando no aguantó más, se lo quiso sacar de encima, y justo entonces él gimió como un animal herido, saltó a un costado, y le llenó el ombligo con un líquido espeso y blanquecino, que se derramó sobre su panza. El se quedó apretado contra la pared, como tratando de estar lo más lejos posible de ella en su cama de una plaza, tapándose los ojos con el antebrazo. Ella se quedó inmóvil, aterrada como un conejo en la ruta. El se incorporó con los ojos enrojecidos, y con una rarísima mirada llena de odio, le gritó:
- ¡No me dijiste que no eras virgen!
Ella saltó de la cama, tomó la ropa que encontró en el piso, y corrió al baño, donde se encerró con llave a llorar, echa un ovillo en el piso, junto al inodoro. Sintió arcadas. Y náuseas. Todo ese extraño baño verde le dio vueltas alrededor. Sólo tuvo que estirar un poco el cuello sobre el borde del inodoro para vomitar la Coca Cola que él le había ofrecido al llegar. Y nada más, porque estaba tan ansiosa por verlo, que en esos dos días no había probado bocado.
Sintió que pasaron siglos hasta que él golpeó la puerta suavemente. Le dijo que ya llegarían sus padres, que no quería que la vieran ahí, que quería hablar con ella, y pedirle disculpas por lo rudo que había sido.
No se volvió a hablar del tema, pero ella estuvo varias semanas como perdida, sin saber qué culpa tenia ella de no haber sangrado en el encuentro, o de no haberle hecho sentir a él lo que esperaba, sea lo que fuera. Pero lo peor de todo era su miedo a perderlo.
Los siguientes encuentros sexuales fueron mucho mejores. Para no volver a decepcionarlo, ella se propuso hacer todo lo posible para que él se sintiera bien con ella. Una noche, en el auto del padre de él, él le empujó la cabeza hacia su bragueta, se abrió el cierre, y tomándola de los pelos le mostró el ritmo exacto con el que quería que ella le diera todo el placer del mundo. Ella sintió horror. Creyó que él se había vuelto loco. Pero más miedo le dio decir que no. Sus amigas una vez habían comentado que eso es lo que todos los hombres esperan de una mujer. No pensó que el también querría eso. Pero lo decidió en un segundo. Antes de que él buscara a otra para hacer eso, prefería encargarse ella . Y se convirtió en una experta del sexo oral. Solía escupir todo en el piso, sin que él se diera cuenta. Lo limpiaba apurada con su bombacha o con una media. Y él quedaba convencido de que ella lo tragaba todo.
Le hizo creer que él era el mejor amante del mundo, cuidando al milímetro los ritmos del aliento de él, la presión de sus caderas y la fuerza de sus embestidas. Cuando sentía que él estaba por acabar, ella aceleraba sus movimientos, hacía como que jadeaba, gemía, gritaba, pedía más , ponía los ojos en blanco y se mordía los labios, igual que en las películas. Qué importaba que todo fuera actuación y que ella no sintiera más que esa carne dura empujando sus entrañas con violencia. Su mayor placer era hacerlo sentir placer. De a poco descubrió que a él le encantaba que le mordiera la lengua y le clavara las uñas en la espalda al final, y también agarrarla del pelo o hacerla arrodillar con una pierna al costado para ver mejor cómo la penetraba desde atrás. Siendo aún una nena, tenía a un hombre en sus manos. Se sentía poderosa al saberse deseada, sabiendo que ella le daba lo que él quería, y que para eso, él dependía de ella.
Dado que el sexo había mejorado tanto con el tiempo, no había por qué dudar de que la relación también pudiera mejorar, que por fin se acabaran las sospechas, la violencia, los insultos.
Tal vez esos días solos en la costa les enseñara a los dos cómo mejor la relación.
Tanto presionó él con la idea, que le pidió a ella que mintiera a sus padres diciendo que los padres de él estaban allá esperándolos. Ella le dijo que no les mentiría, porque si descubrían el ardid, se indignarían y perderían la confianza en ella.. Esto lo enfureció de tal manera que la echó de su casa, donde estaban discutiendo. Una vez afuera, la empujó contra la pared del porche con tan mala pata que ella cayó sobre su mano y se fracturó la muñeca. El ni la miró cuando cayó, y cerró la puerta con llave. En vez de ir a su casa, ella fue a la guardia de un hospital donde la enyesaron. Al llegar a su casa mintió a los padres diciendo que se había caído al bajar del colectivo.
Durante tres días no supo nada de él. En la cuarta noche, él fue a su casa, demacrado, ojeroso, llorando, y diciendo lo que ella siempre adoraba escuchar: “No puedo vivir sin vos, sos lo único que tengo, sos lo mejor que me pasó en la vida, te amo y siempre te voy a amar, nos vamos a casar y vamos a tener mil hijos”. Ella sintió tanta pena por ese hombre derrumbando, que decidió mentir a los padres. Pero poco. Les dijo que los padres de él llegarían en cinco días a la costa, pero que en ese tiempo pararían en la casa de una tía de él que no tenía teléfono. Los padres dudaron, pero decidieron que no podían seguir diciendo que no. La nena ya era grande y ellos no querían ser anticuados. Las chicas modernas hacen su vida y van con el novio de vacaciones. La cosa iba en serio, ya hablaban de casamiento. El parecía ser un chico maduro para su edad, la cuidaría bien. Y sería bueno para ella que tuviera le experiencia de convivir con otra familia.
Ella tuvo que ocultar que en vez de alegrarse, le apenó que los padres le dieran permiso. Tenía miedo. No sabía bien de qué. Tal vez era por pensar lo mal que la pasaría en la playa, con la muñeca enyesada y sin poder tocar el agua. Era invierno, haría frío, seguramente no tendrían días de playa. Pero quien sabe, a veces en pleno invierno hace calor. También pensó que esta era una prueba más de la vida, que no hay parejas perfectas, y que hay que tener paciencia para aprender a convivir con el otro. Después de todo, sus amigas también cada tanto se peleaban con sus novios y después se arreglaban. Lo dicen todas las canciones de amor. Amar es sufrir.
Preparó su bolso, no llevó libros porque él se ponía celoso si ella leía, le dio un beso a sus padres y a su hermano y fueron a la terminal de ómnibus, felices como una pareja de recién casados en plena luna de miel. El compró chocolates y galletitas para el viaje, pero estaban tan agotados con la emoción del reencuentro que durmieron todo el trayecto, abrazados, la cabeza de ella sobre el pecho de él.
Al llegar a la casita alquilada por los padres de él, se alegraron de ver que tenía un hermoso jardín y una linda parrilla para hacer románticos asados. La limpiaron un poco, quitaron telarañas, hicieron la cama, y antes de terminar de poner las almohadas en las fundas hicieron el amor salvajemente, ella aferrada a los barrotes de la cabecera de bronce. El quiso atarla para jugar a un raro, pero ella le rogó que no lo hiciera, por temor a que se le rompiera el yeso. No había hospitales cerca..
A la tarde salieron a caminar un poco y al caer el sol, a él se le ocurrió comprar unos churros rellenos. Cinco para él y uno para ella. Ella protestó un poco. Divertida por su egoísmo, le preguntó por qué para ella uno solo. “Porque estás gorda”, dijo él sin reírse nada. Y le dijo que nunca antes se lo había dicho, pero que la ropa ya le quedaba mal, que la enfermaba verla sentada viendo que un rollo de grasa le asomaba por la cintura del jean, y que cuando hacía en el amor el veía que se le sacudía la grasa en los muslos y se le iban las ganas. Ella se indignó, diciendo que era mentira, porque pesaba lo mismo que el día en que se conocieron .El le dijo que estaba loca, y que estaba defendiendo su derecho a ser obesa. Ella lloró. Él le dijo que no hiciera papelones en la calle, y que si seguía llorando la dejaría sola. Y lo hizo. Salió caminando delante de ella. Ella lo corrió por la calle oscura, vio muchos hombres de campera negra como la de él. No supo cuál de ellos era Rafa. Ya había oscurecido. Lo había perdido de vista. Corrió detrás de un hombre alto de espaldas anchas, gritó Rafael, y el hombre se dio vuelta y no era él. Detrás suyo, escuchó una carcajada. Era Rafael, riéndose burlón. Había estando observándola todo el tiempo.
- ¡ Rafa! – dijo ella, aliviada – ¡Estabas acá!
- Pesate- dijo él, serio.
- -¿Qué?- preguntó ella.
- -Entrá a una farmacia y pesate, para ver si estás más gorda o no. Vas a ver que tengo razón.
Caninaron juntos buscando una farmacia con balanza, pero a esa hora ya estaban todas cerradas. Al final, encontraron una de guardia , en la que ella se pesó, pero él prefirió esperarla afuera.
“Esto es absurdo, me estoy humillando”, pensó ella “¿Qué quiero probar?”.
La aguja se sacudió de lado a lado como la bola en la ruleta, y al final se paró en dos kilo menos que su peso habitual. Ella sintió que un calor triunfante le invadía la cara. Con yeso y todo, estaba más flaca, no más gorda que antes.
Salió con una sonrisa de oreja a oreja y se lo dijo:
-¿Sabés qué? ¡Peso menos!
El le lanzó una mirada de hielo:
-¡Mentirosa!
-¡Es cierto, vení a ver!-, dijo ella, tirándole el brazo para llevarlo a la puerta ..
- ¡ Esa balanza está rota!-, dijo él, soltándose con violencia
Metió las manos en los bolsillos, giró sobre sus talones y cruzó la avenida costanera en dirección al muelle. Ella corrió detrás de él, sabiendo que había cometido un error. Tendría que haberle dicho que sí, que tenía razón, que estaba más gorda, que iba a comer solo lechuga y zanahoria rallada para estar tan flaca como él quisiera. El era un hombre alto y sus pasos largos la obligaban a ella a correr para alcanzarlo. El se dirigió al muelle, adentrándose en su penumbra. A ella le dio un poco de miedo que se metiera en ese lugar. No había luz, ni siquiera había nadie pescando. ¿Y si los asaltaban?
Sintió el ruido de las olas rompiendo contra los pilotes que olían a carnada vieja. De golpe lo vio mas cerca. O ella estaba corriendo con más velocidad, o él se había detenido. Era apenas una silueta oscura recortada contra el resplandor de las estrellas y el blanco de la espuma de las olas que chocaban en la punta del espigón.
- Rafa….
El le daba la espalda, con la mirada fija en la negrura del mar.
Era como un nenito abandonado. Tan enojado por tanto abandono, tan necesitado de cariño y calor. Ella lo abrazó por la cintura, y apretó su mejilla contra su espalda, helándose con el cuero frío.
- Te quiero. – le dijo
El ni se movió.
- No nos peleemos, amor …. Mirá que hermoso el mar. Es como estar en la proa de nuestro barco, listos para dar la vuelta al mundo…
El giró sobre sí mismo sin darle tiempo de nada. La agarró de las muñecas y le gritó con voz desencajada:
- ¡Sos una hipócrita! ¡Sólo pensás en vos!
La estaba agarrando de las muñecas con tanta fuerza que el dolor era insoportable.
- ¡Soltame, Rafa, me hacés mal!
- ¡Vos me haces mal a mí! ¡No se puede creer en vos!
Ella forcejeó para soltarse, y él le dobló los brazos hacia atrás. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que en el espigón roto faltaba un tramo entero de la baranda. Un pie le resbaló en el piso mojado, y cayó de rodillas. Una pierna le quedó colgando en el vacío, sobre las olas, mientras él le sujetaba los brazos en la espalda, como le gustaba verla en la cama. Se dio cuenta de que no aguantaría mucho más en esa posición y que el cuerpo se desplazaba al vacío. Pero él la tenía inmovilizada en el peligroso borde.
- ¡Rafa, por favor! ¡Me caigo!
- ¡Pedime perdón, turra!
Las olas la mojaban. Supo que si él no la levantaba ya, caería al mar. La fuerza del oleaje la estrellaría contra los pilotes de cemento o contra las rocas cercanas. Ella no sabía nadar. Y aunque supiera, se congelaría en el agua helada.
- ¡Socorro!
El dolor de las muñecas era insoportable, pero su terror a ese vacío negro era peor. Quiso gritar fuerte, pero no tenía fuerzas. Nadie la escucharía. Lo único que oía era el rugido del mar.
De golpe sus dedos tocaron algo seco y rugoso, y se aferró a eso con todas sus fuerzas
- ¡No!
El grito salió de él, como sorprendido. Ella pensó que alguien había venido a socorrerla, porque él le soltó las muñecas. Eso le dio fuerzas para arrastrase hacia un piso más seco, para salvarse entre un revuelo que no supo qué fue, si el viento, su ropa, la de otro. La sangre finalmente le volvió a circular por los brazos agarrotados. El yeso de su muñeca estaba partido en dos. Lo poco que quedaba estaba blando como manteca, empapado. Con la cara contra el suelo, tratando de recuperar el aliento.
- Rafa…
Lo buscó con la mirada en el medio de esa tremenda oscuridad. Respiró hondo y gritó:
- ¡Rafa! ¡Perdoname!
Pero estaba sola.
Miró desesperada en torno suyo y hacia la entrada del espigón.
Que increíble lo que puede correr un hombre alto .¿Y ahora qué iba a hacer? Ni sabía como volver a la casa. Ya era tarde. Aunque sabía que por sus celos de siempre, él no la dejaría mucho tiempo sola en el muelle. Como siempre, volvería llorando arrepentido, diciendo que la amaba con toda su alma, que ella era lo más importante en su vida, que había sido un tonto en dejarla sola ahí, que fueran corriendo al hospital a que le hicieran un nuevo yeso.
Se levantó como pudo, y vio que tenía los pantalones rotos y le sangraban las rodillas. Claro, los pantalones. El odiaba que usara a jeans. Fue por eso que le dijo que estaba gorda. Fue una manera de que ella supiera que no tendría que haberse puesto jeans sino una de las polleras largas que había llevado porque a él le gustaban. Alguien que ama a a su novio usa polleras, aunque haga frío. La pelea había sido culpa suya. Solo quería pedirle perdón de rodillas, aunque le sangraran. El volvería. Y era más fácil que la encontrara en la entrada del muelle, bajo la luz mortecina del único farol, que en esa punta tan oscura. En un rato habría una reconciliación hermosa.
“ Lo mejor está por venir” , pensó . Y se secó las lágrimas para mirar las olas lamiendo la orilla.
Algo en el agua le llamó la atención. Parecía una foca muerta. Una foquita chiquita, liviana. Se dejaba llevar por el ritmo de las olas. Pero en seguida vio que la foquita era muy parecida a la campera de cuero negro de Rafa.
“Qué raro, ¿Por qué la tiró al agua?”, pensó.
Lo esperó toda la noche.
Al amanecer, la policía la envolvió en una frazada, la llenó de preguntas ridículas que no entendió, y mucho después la mandaron en un patrullero de vuelta a su casa.
También le dieron unas pastillas para que parara de llorar.
Pero no podía parar de llorar.
Estaba segura de que él no llegó a escucharla cuando ella le pidió perdón.
Pero se amaban más que nadie. No podían separarse ni un segundo.
Según algunos, vivían pegoteados el uno al otro porque estaban terriblemente enamorados. Según otros, porque de tanto estar pegados y solos, se habían quedado sin amigos. Según ella, porque lo amaba perdidamente. Según sus amigas, porque él la vigilaba sin parar. Según los padres de ella, por la calentura de la edad. Lo cierto es que ya no podían estar sin verse o hablarse varias veces al día
Hacían una linda pareja. En verdad, de los dos, él era el más lindo. Ella se ponía linda de lo que le brillaban los ojos al verlo. El era demasiado lindo. La madre de ella pensaba que él lo sabía, y en vez de sentirse más seguro de sí mismo, tal vez por un mecanismo de proyección, él creía que la bella era ella, y por eso pensaba que dejarla un minuto sola implicaba perderla en brazos del primero que pasara. O tal vez ponía en ella sus propias fantasías de aprovechar su éxito con las mujeres para tener alguna aventura con otras. Si no, no se explicaba tanta inseguridad. Porque en verdad, él podía meterle los cuernos cuando quisiera. Todas las chicas lo seguían. Pero él le era absolutamente fiel a su novia. Sabía que ella tenía algo que no tenían las otras chicas, por lindas que fueran, y por más que se le tiraran encima. Porque él era un muchacho hermoso. Qué pena que fuera tan celoso. No se daba cuenta de que ella sólo tenía ojos para él.
La tía Juana decía que le parecía que eran una pareja simbiótica. La abuela decía que eran demasiado jóvenes para pegarse tanto. Y el abuelo le recordaba que ellos se habían conocido a la misma edad, y nunca más se habían separado. El papá se preocupaba de que ella no pensara en otra cosa que estar con él. Estaba descuidando los estudios y las amistades. Pero mamá le decía que sería mejor para ella si se casaba joven y enamorada que si dejaba pasar esta oportunidad. Si no después, andaba sola a los treinta buscando novio, y a esa edad los tipos sueltos son lo que queda del descarte de las que ya eligieron. Después de todo, si uno se pasa cada día pegado a la misma persona, es natural que empiece a haber roces y problemas varios.
Hasta el día de hoy, ella misma no sabe qué nombre ponerle a esa relación. Pero era del tipo “ni contigo/ ni sin ti”.
Fue él quien se enamoró de ella a primera vista y la persiguió como un sabueso. Se obsesionó con ella. Ella estaba medio noviando con un vecinito. Nada serio, sólo unos besos tímidos, ir a tomar un helado, todo muy inocente y pueril. Pero él, que le llevaba unos años más, la vio como toda una mujer. La convenció de que lo siguiera, la hizo olvidar de su amorcito anterior, con tanta pasión y decisión que el vecinito no pudo reaccionar. El era muy buenmozo. Tenía mucho más mundo y más experiencia que el primer noviecito, y ella se deslumbró. No podía creer que él le diera bola. El vecino era un chico lindo. Pero él era demasiado atractivo. Cuando aparecían los problemas, las peleas, las lágrimas, ella se consolaba pensando “Hay mujeres que en toda su vida no conocen ni a un solo hombre realmente hermoso. Y yo conocí a dos”.
El vecino era un chico tranquilo y bueno, de esos que conquistan el cariño de todas las maestras y vecinas de la cuadra. Medio quedado, sin vueltas.
Rafael era otra cosa. Encima tan alto, y con esa espaldota, un gigante, de esos que cualquier mujer besaría con ganas sin preguntarle el nombre. La gente miraba al vecinito y decía “Qué linda nariz, qué ojitos”.
De Rafael no decían eso, porque tenía una presencia inquietante, un porte de galán de cine y una actitud firme de llevarse el mundo por delante. Hasta sus amigas se inquietaron. Tal vez estaban todas envidiosas de que ella, tan bajita, de aspecto tan ratonil como era, se lo hubiera levantado, y ellas no. Un día las chicas llegaron en patota a su casa a decirle: “Estamos preocupadas por vos. Ese chico no nos gusta”. Y ella pensó “¡Qué no les va a gustar! Les encanta. Lo que no les gusta es que sea mío.”.
El era un seductor, sabía lo atractivo que era y lo explotaba muy bien. Hasta a sus padres los había convencido de que él amaba a la nena, aunque les preocupara a veces ver la seguidilla de llamados a deshoras cuando discutían y se reconciliaban, o los portazos que daba él al irse luego de alguna de tantas peleas tontas, típica de los amores juveniles.
A veces ella sentía que estaba junto a él montando guardia para que otra mujer no se lo llevara. Pero de tanto montar guardia, se había enamorado locamente, hasta de su forma de ser. Cuando él no se enfurecía por pavadas era divertido, ingenioso y tenía grandes planes para el futuro. Acostumbrado a que nadie le dijera que no a nada, todo le parecía posible: “Vamos a comprar un lote en Bariloche, donde construiremos una cabaña para los dos., Tal vez pongamos un hotelito, o un restaurante, con un gran hogar a leños”
“Tendríamos que comprar un terreno en la playa, para hacer un camping sólo para gente joven, con asado todas las noches, bailes y guitarreada”.
“Vamos a comprar un barco que será nuestra casa, nos va a servir para dar la vuelta al mundo en él” .
De esos planes tenía miles distintos, todos los días. A ella no le importaba cuál de esos proyectos terminaran concretando, porque lo único que le importaba era estar con él. Ella sentía que con él todo era posible. Pensaba que él no necesitaba de ella para hacer sus sueños realidad, porque era muy independiente y capaz. Por eso le sorprendía cada vez que él se enfurecía porque ella saludaba con un beso a sus compañeros de curso, o cuando la acusaba de estar engañándolo por llegar un poco tarde a una cita.
Después se metió con su ropa, diciéndole lo que debía ponerse, y prohibiéndole usar jeans porque decía que ella no tenía cuerpo para los vaqueros, y que en realidad cualquier pantalón le quedaba horrible. Le dijo que nada le parecía más sensual y femenino que una mujer con polleras largas, aunque ya no estuvieran de moda. En el fondo ella sabía que lo que él no quería era que se le marcara la cola. Pero un día que ella que le comentó eso medio en chiste, él arrojó a la pared un reloj despertador con tanta fuerza que dejó una marca en el revoque. Las piezas quedaron desparramadas por el suelo, y ella las tuvo que barrer para que nadie se lastimara con los vidrios, así que entendió que era mejor no volver a tocar ese tema.
También la acusó de retirar plata de la cuenta bancaria en la que juntaban fondos para casarse, olvidando que había sido él quien había sacado plata sin avisarle a ella. Cuando ella tuvo un atraso de un mes y creyeron que estaba embarazada, sin preguntar su opinión él le dijo “Paciencia…Usaremos la cuenta de ahorros como cuenta de abortos”. A ella le pareció un comentario de pésimo gusto, pero después entendió que él se lo dijo como para que sepa que estaba dispuesto a gastar los ahorros de los dos en el aborto más seguro posible, y con el mejor médico que pudieran encontrar, costara lo que costara, porque pensaba en ella, en su salud.
No era fácil estar con él, pero nada es gratis en la vida. Era el precio que ella tenía que pagar por estar con un hombre hermoso como el de un anuncio de perfume caro. A veces pensaba que todo hubiera sido más fácil si se quedaba con el vecinito, pero también se daba cuenta de que se hubiera muerto de aburrimiento con él, después de conocer a Rafa. Con Rafael, la vida era una aventura. Nunca sabía qué pasaría. Era como vivir en la montaña rusa.
Por ejemplo, en las vacaciones de invierno, a él se le ocurrió que fueran solos al mar. Sus padres habían alquilado una casa, pero no llegarían hasta la semana siguiente. Era una pena que estuviera pagada y vacía. El pensó que sería genial ocuparla ellos dos, solitos, un nidito de amor. Sonaba a idilio en total intimidad.
Cuando ella le dijo que tendría que preguntarle a sus padres si le dejaban irse con él, a él le agarró un ataque de furia, y la acusó de insensible, por boicotear su brillante idea. Lo discutieron dentro del coche del padre de él, cuando estaban yendo al cine. El le gritó, la zamarreó, le dijo que se bajara de su auto, pero no lo detuvo y hasta abrió al puerta del coche e intentó empujarla afuera, mientras conducía con la otra mano. Casi se estrellan con un árbol, y entonces la discusión terminó.
El episodio la asustó tanto que al día siguiente ella lo olvidó.
Recordó que una vez su amigan Irene presenció por casualidad una de esas discusiones absurdas como “por qué no me trajiste agua cuando te pedí”. Le dijo “Tené cuidado con tu novio , que para mi que está un poco loco” . Ella siempre pensaba que las amigas se lo decían por envidia de verla junto a un hombre tan hermoso. Al fin y al cabo, todas andaban detrás de el. Era irritante ver a las mujeres darse vuelta para mirarlo de arriba abajo, y hacerle mohines y sonrisas, como si ella no existiera, aunque estuviera abrazándolo.. Pero después pensó que de todas sus amigas, justo Irene era la única que no gustaba de él. Después de todo, era la única que no le rogaba que llevara a Rafael a las fiestas para lucirlo, y jamás le preguntaba por él. Tal vez le tenía bronca, a nivel personal. Rafael tampoco gustaba de ella. Decía que Ire era ordinaria y tilinga, cosa que a ella le causaba gracia porque le parecían términos opuestos.
También era conciente de que Rafael tenía motivos para ser tan nervioso. Casi no había tenido padres. Cuando él nació, ellos ya estaban divorciados. El padre se había ido a vivir a España y la madre lo depositó con la abuela y se dedicó a criar a los hijos que tuvo con los dos maridos siguientes, pensando que Rafael era de esos chicos que crecen de golpe y se las arreglan solos. Pero estaba claro que había sido un chico descartado y abandonado. Nunca había tenido con quien hablar. Ni siquiera con su abuela, que tenía Alzheimer. El le contó una vez que su debut sexual a los trece años no fue ni siquiera porque le gustara la mina, sino para que alguien lo abrazara. Toda la historia a ella le partía el corazón y estaba dispuesta a darle todo el amor que nadie le había dado.
El tema de irse juntos a la costa iba a ser una prueba para los dos. Una prueba de convivencia para saber si podían pasar el récord de cinco días sin pelearse, hasta que llegaran los padres de él. “Si pasamos ese tiempo en paz, nos vamos a vivir a la cabaña en el sur, a nuestro camping en la costa o nos vamos a dar la vuelta al mundo en barco” , le dijo él , besándole toda la cara .
Ella era optimista. Pensar que la primera vez que él la llevó a su casa, cuando los padres de él no estaban, la invitó a conocer su habitación, y una vez allí, le sacó la ropa a la fuerza y prácticamente la violó. Ya hacía tres semanas que se conocían y ella se sentía muy halagada de que el chico más lindo del barrio la llevara de la mano por la calle y la llamara todos los días. Sabiendo que iría a la casa de él, se había depilado las piernas y se había perfumado hasta la bombacha, sin saber bien por qué. No, no había esperado nada de lo que sucedió. Para nada. A lo sumo había imaginado una metidita de manos, unos besos más intensos. Pero no eso.
El pretexto de él fue que sus padres podían llegar en cualquier momento, que no había tiempo para prolegómenos ni mimos previos. Le sacó la ropa como un médico que en una emergencia tiene que ver dónde está la herida. Fue más rápido que eso, porque un hombre hermoso sabe donde está el tajo de una mujer. Cuando le sacó todo, la empujó desnuda a la cama, mientras se sacaba de un tirón el cinturón. Ella casi se muere de vergüenza. Era la primera vez en su vida que estaba desnuda ante un hombre. Pero él ni la miraba. Ella tironeó de esa espantosa colcha negra para taparse, pero él no le dio nada de tiempo. Desnudo, cayó sobre ella. Le abrió las rodillas, y le metió algo adentro del cuerpo que le dolió muchísimo. Estaba más que incómoda. Trató de escapar, pero él le atrapó los hombros con los codos. Era un chico alto. La cabeza de él hundida en su cuello no la dejaba ni moverse .Ella miró una grieta en el cielorraso pintado de gris celeste, deseando que todo acabe pronto, y se mordió el labio hasta sentir más dolor. No podía clavarse las uñas de la mano derecha en la mano izquierda- como hacía en el sillón del dentista para no sentir tanto dolor en la boca-, porque tenía los brazos inmovilizados .Cuando no aguantó más, se lo quiso sacar de encima, y justo entonces él gimió como un animal herido, saltó a un costado, y le llenó el ombligo con un líquido espeso y blanquecino, que se derramó sobre su panza. El se quedó apretado contra la pared, como tratando de estar lo más lejos posible de ella en su cama de una plaza, tapándose los ojos con el antebrazo. Ella se quedó inmóvil, aterrada como un conejo en la ruta. El se incorporó con los ojos enrojecidos, y con una rarísima mirada llena de odio, le gritó:
- ¡No me dijiste que no eras virgen!
Ella saltó de la cama, tomó la ropa que encontró en el piso, y corrió al baño, donde se encerró con llave a llorar, echa un ovillo en el piso, junto al inodoro. Sintió arcadas. Y náuseas. Todo ese extraño baño verde le dio vueltas alrededor. Sólo tuvo que estirar un poco el cuello sobre el borde del inodoro para vomitar la Coca Cola que él le había ofrecido al llegar. Y nada más, porque estaba tan ansiosa por verlo, que en esos dos días no había probado bocado.
Sintió que pasaron siglos hasta que él golpeó la puerta suavemente. Le dijo que ya llegarían sus padres, que no quería que la vieran ahí, que quería hablar con ella, y pedirle disculpas por lo rudo que había sido.
No se volvió a hablar del tema, pero ella estuvo varias semanas como perdida, sin saber qué culpa tenia ella de no haber sangrado en el encuentro, o de no haberle hecho sentir a él lo que esperaba, sea lo que fuera. Pero lo peor de todo era su miedo a perderlo.
Los siguientes encuentros sexuales fueron mucho mejores. Para no volver a decepcionarlo, ella se propuso hacer todo lo posible para que él se sintiera bien con ella. Una noche, en el auto del padre de él, él le empujó la cabeza hacia su bragueta, se abrió el cierre, y tomándola de los pelos le mostró el ritmo exacto con el que quería que ella le diera todo el placer del mundo. Ella sintió horror. Creyó que él se había vuelto loco. Pero más miedo le dio decir que no. Sus amigas una vez habían comentado que eso es lo que todos los hombres esperan de una mujer. No pensó que el también querría eso. Pero lo decidió en un segundo. Antes de que él buscara a otra para hacer eso, prefería encargarse ella . Y se convirtió en una experta del sexo oral. Solía escupir todo en el piso, sin que él se diera cuenta. Lo limpiaba apurada con su bombacha o con una media. Y él quedaba convencido de que ella lo tragaba todo.
Le hizo creer que él era el mejor amante del mundo, cuidando al milímetro los ritmos del aliento de él, la presión de sus caderas y la fuerza de sus embestidas. Cuando sentía que él estaba por acabar, ella aceleraba sus movimientos, hacía como que jadeaba, gemía, gritaba, pedía más , ponía los ojos en blanco y se mordía los labios, igual que en las películas. Qué importaba que todo fuera actuación y que ella no sintiera más que esa carne dura empujando sus entrañas con violencia. Su mayor placer era hacerlo sentir placer. De a poco descubrió que a él le encantaba que le mordiera la lengua y le clavara las uñas en la espalda al final, y también agarrarla del pelo o hacerla arrodillar con una pierna al costado para ver mejor cómo la penetraba desde atrás. Siendo aún una nena, tenía a un hombre en sus manos. Se sentía poderosa al saberse deseada, sabiendo que ella le daba lo que él quería, y que para eso, él dependía de ella.
Dado que el sexo había mejorado tanto con el tiempo, no había por qué dudar de que la relación también pudiera mejorar, que por fin se acabaran las sospechas, la violencia, los insultos.
Tal vez esos días solos en la costa les enseñara a los dos cómo mejor la relación.
Tanto presionó él con la idea, que le pidió a ella que mintiera a sus padres diciendo que los padres de él estaban allá esperándolos. Ella le dijo que no les mentiría, porque si descubrían el ardid, se indignarían y perderían la confianza en ella.. Esto lo enfureció de tal manera que la echó de su casa, donde estaban discutiendo. Una vez afuera, la empujó contra la pared del porche con tan mala pata que ella cayó sobre su mano y se fracturó la muñeca. El ni la miró cuando cayó, y cerró la puerta con llave. En vez de ir a su casa, ella fue a la guardia de un hospital donde la enyesaron. Al llegar a su casa mintió a los padres diciendo que se había caído al bajar del colectivo.
Durante tres días no supo nada de él. En la cuarta noche, él fue a su casa, demacrado, ojeroso, llorando, y diciendo lo que ella siempre adoraba escuchar: “No puedo vivir sin vos, sos lo único que tengo, sos lo mejor que me pasó en la vida, te amo y siempre te voy a amar, nos vamos a casar y vamos a tener mil hijos”. Ella sintió tanta pena por ese hombre derrumbando, que decidió mentir a los padres. Pero poco. Les dijo que los padres de él llegarían en cinco días a la costa, pero que en ese tiempo pararían en la casa de una tía de él que no tenía teléfono. Los padres dudaron, pero decidieron que no podían seguir diciendo que no. La nena ya era grande y ellos no querían ser anticuados. Las chicas modernas hacen su vida y van con el novio de vacaciones. La cosa iba en serio, ya hablaban de casamiento. El parecía ser un chico maduro para su edad, la cuidaría bien. Y sería bueno para ella que tuviera le experiencia de convivir con otra familia.
Ella tuvo que ocultar que en vez de alegrarse, le apenó que los padres le dieran permiso. Tenía miedo. No sabía bien de qué. Tal vez era por pensar lo mal que la pasaría en la playa, con la muñeca enyesada y sin poder tocar el agua. Era invierno, haría frío, seguramente no tendrían días de playa. Pero quien sabe, a veces en pleno invierno hace calor. También pensó que esta era una prueba más de la vida, que no hay parejas perfectas, y que hay que tener paciencia para aprender a convivir con el otro. Después de todo, sus amigas también cada tanto se peleaban con sus novios y después se arreglaban. Lo dicen todas las canciones de amor. Amar es sufrir.
Preparó su bolso, no llevó libros porque él se ponía celoso si ella leía, le dio un beso a sus padres y a su hermano y fueron a la terminal de ómnibus, felices como una pareja de recién casados en plena luna de miel. El compró chocolates y galletitas para el viaje, pero estaban tan agotados con la emoción del reencuentro que durmieron todo el trayecto, abrazados, la cabeza de ella sobre el pecho de él.
Al llegar a la casita alquilada por los padres de él, se alegraron de ver que tenía un hermoso jardín y una linda parrilla para hacer románticos asados. La limpiaron un poco, quitaron telarañas, hicieron la cama, y antes de terminar de poner las almohadas en las fundas hicieron el amor salvajemente, ella aferrada a los barrotes de la cabecera de bronce. El quiso atarla para jugar a un raro, pero ella le rogó que no lo hiciera, por temor a que se le rompiera el yeso. No había hospitales cerca..
A la tarde salieron a caminar un poco y al caer el sol, a él se le ocurrió comprar unos churros rellenos. Cinco para él y uno para ella. Ella protestó un poco. Divertida por su egoísmo, le preguntó por qué para ella uno solo. “Porque estás gorda”, dijo él sin reírse nada. Y le dijo que nunca antes se lo había dicho, pero que la ropa ya le quedaba mal, que la enfermaba verla sentada viendo que un rollo de grasa le asomaba por la cintura del jean, y que cuando hacía en el amor el veía que se le sacudía la grasa en los muslos y se le iban las ganas. Ella se indignó, diciendo que era mentira, porque pesaba lo mismo que el día en que se conocieron .El le dijo que estaba loca, y que estaba defendiendo su derecho a ser obesa. Ella lloró. Él le dijo que no hiciera papelones en la calle, y que si seguía llorando la dejaría sola. Y lo hizo. Salió caminando delante de ella. Ella lo corrió por la calle oscura, vio muchos hombres de campera negra como la de él. No supo cuál de ellos era Rafa. Ya había oscurecido. Lo había perdido de vista. Corrió detrás de un hombre alto de espaldas anchas, gritó Rafael, y el hombre se dio vuelta y no era él. Detrás suyo, escuchó una carcajada. Era Rafael, riéndose burlón. Había estando observándola todo el tiempo.
- ¡ Rafa! – dijo ella, aliviada – ¡Estabas acá!
- Pesate- dijo él, serio.
- -¿Qué?- preguntó ella.
- -Entrá a una farmacia y pesate, para ver si estás más gorda o no. Vas a ver que tengo razón.
Caninaron juntos buscando una farmacia con balanza, pero a esa hora ya estaban todas cerradas. Al final, encontraron una de guardia , en la que ella se pesó, pero él prefirió esperarla afuera.
“Esto es absurdo, me estoy humillando”, pensó ella “¿Qué quiero probar?”.
La aguja se sacudió de lado a lado como la bola en la ruleta, y al final se paró en dos kilo menos que su peso habitual. Ella sintió que un calor triunfante le invadía la cara. Con yeso y todo, estaba más flaca, no más gorda que antes.
Salió con una sonrisa de oreja a oreja y se lo dijo:
-¿Sabés qué? ¡Peso menos!
El le lanzó una mirada de hielo:
-¡Mentirosa!
-¡Es cierto, vení a ver!-, dijo ella, tirándole el brazo para llevarlo a la puerta ..
- ¡ Esa balanza está rota!-, dijo él, soltándose con violencia
Metió las manos en los bolsillos, giró sobre sus talones y cruzó la avenida costanera en dirección al muelle. Ella corrió detrás de él, sabiendo que había cometido un error. Tendría que haberle dicho que sí, que tenía razón, que estaba más gorda, que iba a comer solo lechuga y zanahoria rallada para estar tan flaca como él quisiera. El era un hombre alto y sus pasos largos la obligaban a ella a correr para alcanzarlo. El se dirigió al muelle, adentrándose en su penumbra. A ella le dio un poco de miedo que se metiera en ese lugar. No había luz, ni siquiera había nadie pescando. ¿Y si los asaltaban?
Sintió el ruido de las olas rompiendo contra los pilotes que olían a carnada vieja. De golpe lo vio mas cerca. O ella estaba corriendo con más velocidad, o él se había detenido. Era apenas una silueta oscura recortada contra el resplandor de las estrellas y el blanco de la espuma de las olas que chocaban en la punta del espigón.
- Rafa….
El le daba la espalda, con la mirada fija en la negrura del mar.
Era como un nenito abandonado. Tan enojado por tanto abandono, tan necesitado de cariño y calor. Ella lo abrazó por la cintura, y apretó su mejilla contra su espalda, helándose con el cuero frío.
- Te quiero. – le dijo
El ni se movió.
- No nos peleemos, amor …. Mirá que hermoso el mar. Es como estar en la proa de nuestro barco, listos para dar la vuelta al mundo…
El giró sobre sí mismo sin darle tiempo de nada. La agarró de las muñecas y le gritó con voz desencajada:
- ¡Sos una hipócrita! ¡Sólo pensás en vos!
La estaba agarrando de las muñecas con tanta fuerza que el dolor era insoportable.
- ¡Soltame, Rafa, me hacés mal!
- ¡Vos me haces mal a mí! ¡No se puede creer en vos!
Ella forcejeó para soltarse, y él le dobló los brazos hacia atrás. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que en el espigón roto faltaba un tramo entero de la baranda. Un pie le resbaló en el piso mojado, y cayó de rodillas. Una pierna le quedó colgando en el vacío, sobre las olas, mientras él le sujetaba los brazos en la espalda, como le gustaba verla en la cama. Se dio cuenta de que no aguantaría mucho más en esa posición y que el cuerpo se desplazaba al vacío. Pero él la tenía inmovilizada en el peligroso borde.
- ¡Rafa, por favor! ¡Me caigo!
- ¡Pedime perdón, turra!
Las olas la mojaban. Supo que si él no la levantaba ya, caería al mar. La fuerza del oleaje la estrellaría contra los pilotes de cemento o contra las rocas cercanas. Ella no sabía nadar. Y aunque supiera, se congelaría en el agua helada.
- ¡Socorro!
El dolor de las muñecas era insoportable, pero su terror a ese vacío negro era peor. Quiso gritar fuerte, pero no tenía fuerzas. Nadie la escucharía. Lo único que oía era el rugido del mar.
De golpe sus dedos tocaron algo seco y rugoso, y se aferró a eso con todas sus fuerzas
- ¡No!
El grito salió de él, como sorprendido. Ella pensó que alguien había venido a socorrerla, porque él le soltó las muñecas. Eso le dio fuerzas para arrastrase hacia un piso más seco, para salvarse entre un revuelo que no supo qué fue, si el viento, su ropa, la de otro. La sangre finalmente le volvió a circular por los brazos agarrotados. El yeso de su muñeca estaba partido en dos. Lo poco que quedaba estaba blando como manteca, empapado. Con la cara contra el suelo, tratando de recuperar el aliento.
- Rafa…
Lo buscó con la mirada en el medio de esa tremenda oscuridad. Respiró hondo y gritó:
- ¡Rafa! ¡Perdoname!
Pero estaba sola.
Miró desesperada en torno suyo y hacia la entrada del espigón.
Que increíble lo que puede correr un hombre alto .¿Y ahora qué iba a hacer? Ni sabía como volver a la casa. Ya era tarde. Aunque sabía que por sus celos de siempre, él no la dejaría mucho tiempo sola en el muelle. Como siempre, volvería llorando arrepentido, diciendo que la amaba con toda su alma, que ella era lo más importante en su vida, que había sido un tonto en dejarla sola ahí, que fueran corriendo al hospital a que le hicieran un nuevo yeso.
Se levantó como pudo, y vio que tenía los pantalones rotos y le sangraban las rodillas. Claro, los pantalones. El odiaba que usara a jeans. Fue por eso que le dijo que estaba gorda. Fue una manera de que ella supiera que no tendría que haberse puesto jeans sino una de las polleras largas que había llevado porque a él le gustaban. Alguien que ama a a su novio usa polleras, aunque haga frío. La pelea había sido culpa suya. Solo quería pedirle perdón de rodillas, aunque le sangraran. El volvería. Y era más fácil que la encontrara en la entrada del muelle, bajo la luz mortecina del único farol, que en esa punta tan oscura. En un rato habría una reconciliación hermosa.
“ Lo mejor está por venir” , pensó . Y se secó las lágrimas para mirar las olas lamiendo la orilla.
Algo en el agua le llamó la atención. Parecía una foca muerta. Una foquita chiquita, liviana. Se dejaba llevar por el ritmo de las olas. Pero en seguida vio que la foquita era muy parecida a la campera de cuero negro de Rafa.
“Qué raro, ¿Por qué la tiró al agua?”, pensó.
Lo esperó toda la noche.
Al amanecer, la policía la envolvió en una frazada, la llenó de preguntas ridículas que no entendió, y mucho después la mandaron en un patrullero de vuelta a su casa.
También le dieron unas pastillas para que parara de llorar.
Pero no podía parar de llorar.
Estaba segura de que él no llegó a escucharla cuando ella le pidió perdón.
Gato negro
¿Por qué me divorcié?
Porque mi ex hacía cualquier cosa con tal de no estar con nosotros: se iba a pescar, practicaba deportes, dormía siestas eternas y miraba muchísima televisión. Llegaba siempre muy tarde, y en sus ratos libres se juntaba con sus amigos.
No era distinto cuando estuvimos de novios, pero para cuando me casé yo ya sabía que el Príncipe Azul no existe, que mi primer amor se había vuelto un poco loco, vivía en Brasil y engañaba a la esposa, y que a mi ya me tocaba la hora de tener hijos antes de que fuera demasiado tarde.
Pasé muchos años tratando de que nuestro matrimonio funcionara, y fue peor, Cuando más intentaba acercarme, él más se alejaba. “Dejame hacer mi vida”, me decía, “Me invadís”.
Me divorcié porque tenía un marido frío, ausente,indiferente, que no me daba un mango y gastaba plata en cada uno de sus caprichos.
No se porqué creí que el divorcio mejoraría la situación.
Ahora tengo un ex marido frío, ausente, indiferente, que no me da un mango y gasta montones de plata en cada uno de sus caprichos… y los de su actual mujer. Mi ex es un purista del sadismo: se empeña en hacerme la vida imposible solo a mí. Desde que nos divorciamos, por primera vez en la vida veo que escucha lo que yo quiero, para hacer exactamente lo contrario.
A veces me pregunto si tanto odio no lo enfermará. No, qué va. La que se enferma soy yo, por falta de sueño. Porque si querés trabajar teniendo hijos chicos, la única manera es no dormir de noche. No es difícil: litros de café, cigarrillos, el walkman a mil, y dale que va, adelantando trabajo. Neustadt se ufanaba de dormir cinco horas por día....¡Yo duermo cuatro, y digo menos pelotudeces!
El papá de mis hijos pasa la cuota de alimento que puso él, y me la baja cada vez que necesita más guita para cambiar la 4x4 por un Audi, o para construirse la casa en Cariló. Hay que comprenderlo: su nueva mujer colecciona bolsos Vuitton. Un paquete de salchicha para sus hijos duran dos minutos, pero los Vuitton son eternos. El nene anda con las zapatillas destrozadas heredadas del hermano mayor, mientras mi ex cambia el motor de su lancha de 3000 a uno de 5000 caballos. Casi los siento relinchar. Cada vez que le agrega caballos, me pisotea la vida. ¿Viste que los varones compran juguetes y los hombres adultos compran juguetes caros?...El se compra motos, kayaks, home theatre, palos de golf, lanchas, un equipo de aire acondicionado split por cada habitación. Y sigue siendo un niño. Me consuelo pensando que si siguiéramos casados haría lo mismo: yo reciclando ropa y él comprando chiches de última generación. El nene no tiene una campera de invierno decente, pero el le compró una moto electrónica recargable a $300. ¿Sabés todo lo que hubiera hecho yo con esos 300 pesos? ¡Hubiera comprado diez pares de zapatillas nuevas en Constitución! ¡Sesenta jeans en ferias americanas! ¡Veinte bicicletas usadas! Yo me camino quince cuadras para comprar los tomates 30 centavos mas baratos...y con lo que mi ex se ahorra, viaja a Disney World.
Yo nunca le pedí un Vuitton. Le salimos re baratos. Y sin embrago, la psamos bien, sin lanchas ni palos de golf . “Mami, quiero hacer una fiesta”....¿Por que no? ¡Televisión y pochoclo casero para todo el mundo! Mami, quiero invitar a unos amigos...¡ Hagamos barriletes y echémoslos a volar! Mami, tengo una fiesta de quince y quiero ir de largo...¡ te hago un vestido! Yo hago magia con la ropa. Compro pantalones usados para el mayor, que se los pasa al del medio que se los pasa al menor. En casa, cada trapo tiene ocho vidas : a los pantalones los convierto en bermudas , a las bermudas en shorts, a los shorts en minifaldas, a las minifaldas en pañuelos, a los pañuelos en trapos rejilla, los trapos rejilla en cama del gato. Las sábanas pasan a cortinas pasan a manteles, y los manteles a pareos. Nunca tiro nada. Estoy haciendo una bola de trozos de piolines atados que va a salir en el Guiness de los Record. Tengo más bolsitas de nylon que COTO y Carrefour juntos .Mis ensaladeras son baldes de helado que quedaron de Navidad. Los pulóveres los deshago y los vuelvo a tejer. Los artículos de limpieza se los compro a granel a una amiga que los vende en Munro. Demoro una hora en traerme dos bidones de detergente, pero con la diferencia comemos un trozo de carne. ¡Y les tapo la boca con el churrasco a los chicos que dicen “papá nos hace asado con pechito de cerdo todos los fines de semana”. Pechito de cerdo…¡ Mira este pechito argentino como se la banca la malaria con la frente en alto!
La vida ahora cuesta mucho más cara que antes. No solo por la inflación galopante. Sino porque estamos usando miles de cosas que nuestros padres no usaban.
Cuando yo era chica nadie compraba crema de enjuague...Usábamos champú y nos enjuagábamos con vinagre, para que el pelo brille. No usábamos desodorante de ambientes: encendíamos fósforos . No teníamos ni diskettes, ni Cd Roms, ni tampones. No usábamos “cremas de peinar”: ¡nos peinábamos! Nada de agua mineral saborizada y bebidas diet: agua de la canilla ¡No necesitábamos milanesas de soja, ni pan de salvado, ni Oreos bañadas, ni corn flakes, ni Zucosos....! El Paraíso no era el queso Filadelfia, sino que te florezca el jardín. En las vacaciones no había spas, ni resorts con menú gourmet, sino camping libre y polenta. Y gracias a Dios que no vivimos en Estados Unidos. Me cuentan los chicos que el padre trae de allá rellenos para tortas, maquillaje en aerosol para piernas, esencia artificial de panceta, huevo en polvo, maní en crema... ¡ Que manera de gastar plata! Dicen los pibes que el ni usa todo eso. Trae Toblerones gigantes de los Duty Free y se le vencen en las alacenas. Cuando lo van a abrir, está rancio.
Los chicos se quejan , pero lo adoran “Papá dijo que cuando le salga un negocio, me va a comprar la Play Station 2”. Creo que sale como $ 400¿ Sabes lo que hago yo con 300 pesos? Le compro los aparatos de ortodoncia a la nena que tiene los dientes torcidos y los lentes de contacto al mayor, que no va a bailar porque le acompleja usar anteojos.
Mi ex siempre me echa en cara que me quedé con la casa. Pero desde que el no está, no pude ponerle un mango encima. Se llueve en la cocina, el living y en mi habitación . Ya no me alcanzan los tachitos para tanta gotera. Para que venga un plomero o un techista, tengo que hacerlo llamar a mi primo. Viste que en esos gremios, si escuchan la voz de una mina, te dicen “Disculpe, tengo otra llamada”. Pero si llama un tipo, le dicen “En un rato estoy allá”. A veces ni a mi primo le dan bola. Es más fácil que se aparezca el mismo Jesucristo en la puerta de casa a que venga un plomero. Después te dejan todo desarmado, por la mitad, y no vuelven en tres semanas, y vos sin poder usar el agua de la cocina, y todos duchándose y lavándose los dientes y colando los fideos en el lavadero, porque cuando viene el plomero también cierra la llave de paso del baño, y quien vaya al baño tienen que cargar un balde en la cocina para que lo que hizo en el inodoro no quede a la vista . Por eso ayer se armó, porque Pablo no vio que en la pileta estaban los fideos con salsa porque en el lavadero ya no hay lugar, y les tiró sus zapatillas embarradas encima para lavar …y tuvimos que tirar todos los fideos humeantes. Casi lo mato a mi hijo, qué despistado es.
Estoy agotada. Porque todo es muy desparejo. A los chicos los tengo que llevar a la escuela y al médico yo, a las reuniones de padre voy yo, al club los llevo yo, y el padre solo aparece en los fin de de semana, a disfrutar del tiempo libre. Nunca les saca los piojos ni le corta las uñas. Me enteré de que la mina de él dijo algo de en qué me estaré gastando la plata si los chicos andan con esa ropa, porque claro, no les compro Kosiuko ni Clavin Klein. Me dijo una amiga que necesito una mano, que no puedo con todo con sola. Claro que me gustaría conocer a un tipo bueno, que se quede, que me ayude un poco. Mira lo que pido. No es muy romántico, ¿no? . Ya no busco al amor de mi vida, sólo alguien que me de una mano acostando a los chicos cuando me caigo a pedazos, llamando al techista que no me da bola, abriendo el capot del auto para ver qué tiene que hace meses que no arranca, abrazándome cuando me siento tan cansada, tan cansada. Tan cansada, que con tal de que alguien me abrace tendría otro hijo. Si, ya sé que los bebes no te abrazan porque te aman, sino para no caerse. ¿Pero cuantos hombres hacen lo mismo? Sólo quiero un hombre que llame al plomero, que hable con el mecánico, que me traiga un café cuando me paso la noche trabajando...
Pero no tengo tiempo ni fuerzas para arreglarme y salir a conocer a nadie. Y quien querría meterse con una divorciada con hijos pobres de padre rico, en una casa que se está suicidando. Tiene tumores en la madera, chancros en el metal, heridas en la pintura...
Tendría que irme de acá. Ahora veo a mis hijos que, a medida que van creciendo tienen los mismos mohines que el padre, sus mismos gestos, su misma mirada. Hay que ser fuerte para resistirlo. Mi ex no ha salido de esta casa: está en las caras de ellos. Qué hermoso debe ser ver a tus hijos crecer junto al hombre amado, y ver que ese rostro amado se repite por cinco. No me sucedió. Bueno, algo deben parecerse a mí. Yo no lo veo, tal vez lo ve el padre, y por eso tal vez me odia tanto. Fijate que la única que tiene trato con los profes, dentistas y médicos de los chicos soy yo : el ni se anima a llevarlos a ninguna parte porque dice que de eso no entiende,. Y tampoco lo paga, y asi es como cada uno de los chicos tuvo que sacrificar las clases de tenis, la guitarra y Tendríamos que empezar de cero en otra parte . Esta casa tiene fantasmas de los peores. Los fantasmas de cuando creíamos que seríamos felices, una pretensión tal vez desmesurada. No sé que hacer. La ley permite que la madre se quede en la casa mientras haya menores, para conservar la calidad de vida. Qué ironía. No sé de qué calidad de vida hablan si no me alcanza para pagar impuestos. Tres veces me cortaron el teléfono por falta de pago. Hay tantas goteras en el garage, que el auto está más seco durmiendo en la calle.
Claro, mi ex me dejó un auto, que era un clavo: demasiado viejo para él, no le servía para salir de levante. Lo tengo yo. Pero se me está oxidando en la puerta. Para que ande, lo tendría que llevar al mecánico, pero no tengo plata. Mejor lo vendo. Pero para venderlo, lo tendría que llevar al mecánico. Y no tengo plata. Es como una calesita siniestra : en mi vida se repiten los problemas. Los veo pasar, siempre los mismos, una y otra vez, sin salir del atolladero. No puedo arreglar ese auto. No distingo un árbol de levas de un carburador. Una amiga me recomendó un mecánico de divorciadas: le pagás cuando podés y todas le deben guita“¡Es tan bueno!”, me dijo.¿Bueno? ¡Flor de boludo! ¿Cómo puedo creer que semejante ganso me va a arreglar el auto? ¿Qué le pone adentro? ¿Latas atadas con alambre en lugar de repuestos? Mejor lo dejo oxidándose en la puerta. No queda mal. Al menos se ve que tuvimos auto....
Además, descubrí que debajo del auto vive una gata que tuvo cría. Una familia entera, cinco gatitos y la mamá, igual que nosotros. ¡Chicos, vengan a ver! ¡Qué lindo! ¿Que quién es el papá? Puede que sea el gato negro, ese que a veces aparece de noche, entre las sombras. Dicen que traen mala suerte, porque en la antigüedad los caballos de los carruajes no los veían hasta último momento. Y cuando los veían de cerca se asustaban, se encabritaban y producían terribles accidentes, sólo por asustarse con un gato oscuro como la noche. Por eso a los gatos negros conviene distinguirlos de lejos. No, los papás gatos no se quedan con los hijitos, se van con otras gatas.
¿Vamos a ver si alguno de los gatitos es negro como el papá? Miren, hay uno, dos tres …creo que son cuatro. Sí, son todos negritos. Salieron al papá. ¿No son divinos?
Porque mi ex hacía cualquier cosa con tal de no estar con nosotros: se iba a pescar, practicaba deportes, dormía siestas eternas y miraba muchísima televisión. Llegaba siempre muy tarde, y en sus ratos libres se juntaba con sus amigos.
No era distinto cuando estuvimos de novios, pero para cuando me casé yo ya sabía que el Príncipe Azul no existe, que mi primer amor se había vuelto un poco loco, vivía en Brasil y engañaba a la esposa, y que a mi ya me tocaba la hora de tener hijos antes de que fuera demasiado tarde.
Pasé muchos años tratando de que nuestro matrimonio funcionara, y fue peor, Cuando más intentaba acercarme, él más se alejaba. “Dejame hacer mi vida”, me decía, “Me invadís”.
Me divorcié porque tenía un marido frío, ausente,indiferente, que no me daba un mango y gastaba plata en cada uno de sus caprichos.
No se porqué creí que el divorcio mejoraría la situación.
Ahora tengo un ex marido frío, ausente, indiferente, que no me da un mango y gasta montones de plata en cada uno de sus caprichos… y los de su actual mujer. Mi ex es un purista del sadismo: se empeña en hacerme la vida imposible solo a mí. Desde que nos divorciamos, por primera vez en la vida veo que escucha lo que yo quiero, para hacer exactamente lo contrario.
A veces me pregunto si tanto odio no lo enfermará. No, qué va. La que se enferma soy yo, por falta de sueño. Porque si querés trabajar teniendo hijos chicos, la única manera es no dormir de noche. No es difícil: litros de café, cigarrillos, el walkman a mil, y dale que va, adelantando trabajo. Neustadt se ufanaba de dormir cinco horas por día....¡Yo duermo cuatro, y digo menos pelotudeces!
El papá de mis hijos pasa la cuota de alimento que puso él, y me la baja cada vez que necesita más guita para cambiar la 4x4 por un Audi, o para construirse la casa en Cariló. Hay que comprenderlo: su nueva mujer colecciona bolsos Vuitton. Un paquete de salchicha para sus hijos duran dos minutos, pero los Vuitton son eternos. El nene anda con las zapatillas destrozadas heredadas del hermano mayor, mientras mi ex cambia el motor de su lancha de 3000 a uno de 5000 caballos. Casi los siento relinchar. Cada vez que le agrega caballos, me pisotea la vida. ¿Viste que los varones compran juguetes y los hombres adultos compran juguetes caros?...El se compra motos, kayaks, home theatre, palos de golf, lanchas, un equipo de aire acondicionado split por cada habitación. Y sigue siendo un niño. Me consuelo pensando que si siguiéramos casados haría lo mismo: yo reciclando ropa y él comprando chiches de última generación. El nene no tiene una campera de invierno decente, pero el le compró una moto electrónica recargable a $300. ¿Sabés todo lo que hubiera hecho yo con esos 300 pesos? ¡Hubiera comprado diez pares de zapatillas nuevas en Constitución! ¡Sesenta jeans en ferias americanas! ¡Veinte bicicletas usadas! Yo me camino quince cuadras para comprar los tomates 30 centavos mas baratos...y con lo que mi ex se ahorra, viaja a Disney World.
Yo nunca le pedí un Vuitton. Le salimos re baratos. Y sin embrago, la psamos bien, sin lanchas ni palos de golf . “Mami, quiero hacer una fiesta”....¿Por que no? ¡Televisión y pochoclo casero para todo el mundo! Mami, quiero invitar a unos amigos...¡ Hagamos barriletes y echémoslos a volar! Mami, tengo una fiesta de quince y quiero ir de largo...¡ te hago un vestido! Yo hago magia con la ropa. Compro pantalones usados para el mayor, que se los pasa al del medio que se los pasa al menor. En casa, cada trapo tiene ocho vidas : a los pantalones los convierto en bermudas , a las bermudas en shorts, a los shorts en minifaldas, a las minifaldas en pañuelos, a los pañuelos en trapos rejilla, los trapos rejilla en cama del gato. Las sábanas pasan a cortinas pasan a manteles, y los manteles a pareos. Nunca tiro nada. Estoy haciendo una bola de trozos de piolines atados que va a salir en el Guiness de los Record. Tengo más bolsitas de nylon que COTO y Carrefour juntos .Mis ensaladeras son baldes de helado que quedaron de Navidad. Los pulóveres los deshago y los vuelvo a tejer. Los artículos de limpieza se los compro a granel a una amiga que los vende en Munro. Demoro una hora en traerme dos bidones de detergente, pero con la diferencia comemos un trozo de carne. ¡Y les tapo la boca con el churrasco a los chicos que dicen “papá nos hace asado con pechito de cerdo todos los fines de semana”. Pechito de cerdo…¡ Mira este pechito argentino como se la banca la malaria con la frente en alto!
La vida ahora cuesta mucho más cara que antes. No solo por la inflación galopante. Sino porque estamos usando miles de cosas que nuestros padres no usaban.
Cuando yo era chica nadie compraba crema de enjuague...Usábamos champú y nos enjuagábamos con vinagre, para que el pelo brille. No usábamos desodorante de ambientes: encendíamos fósforos . No teníamos ni diskettes, ni Cd Roms, ni tampones. No usábamos “cremas de peinar”: ¡nos peinábamos! Nada de agua mineral saborizada y bebidas diet: agua de la canilla ¡No necesitábamos milanesas de soja, ni pan de salvado, ni Oreos bañadas, ni corn flakes, ni Zucosos....! El Paraíso no era el queso Filadelfia, sino que te florezca el jardín. En las vacaciones no había spas, ni resorts con menú gourmet, sino camping libre y polenta. Y gracias a Dios que no vivimos en Estados Unidos. Me cuentan los chicos que el padre trae de allá rellenos para tortas, maquillaje en aerosol para piernas, esencia artificial de panceta, huevo en polvo, maní en crema... ¡ Que manera de gastar plata! Dicen los pibes que el ni usa todo eso. Trae Toblerones gigantes de los Duty Free y se le vencen en las alacenas. Cuando lo van a abrir, está rancio.
Los chicos se quejan , pero lo adoran “Papá dijo que cuando le salga un negocio, me va a comprar la Play Station 2”. Creo que sale como $ 400¿ Sabes lo que hago yo con 300 pesos? Le compro los aparatos de ortodoncia a la nena que tiene los dientes torcidos y los lentes de contacto al mayor, que no va a bailar porque le acompleja usar anteojos.
Mi ex siempre me echa en cara que me quedé con la casa. Pero desde que el no está, no pude ponerle un mango encima. Se llueve en la cocina, el living y en mi habitación . Ya no me alcanzan los tachitos para tanta gotera. Para que venga un plomero o un techista, tengo que hacerlo llamar a mi primo. Viste que en esos gremios, si escuchan la voz de una mina, te dicen “Disculpe, tengo otra llamada”. Pero si llama un tipo, le dicen “En un rato estoy allá”. A veces ni a mi primo le dan bola. Es más fácil que se aparezca el mismo Jesucristo en la puerta de casa a que venga un plomero. Después te dejan todo desarmado, por la mitad, y no vuelven en tres semanas, y vos sin poder usar el agua de la cocina, y todos duchándose y lavándose los dientes y colando los fideos en el lavadero, porque cuando viene el plomero también cierra la llave de paso del baño, y quien vaya al baño tienen que cargar un balde en la cocina para que lo que hizo en el inodoro no quede a la vista . Por eso ayer se armó, porque Pablo no vio que en la pileta estaban los fideos con salsa porque en el lavadero ya no hay lugar, y les tiró sus zapatillas embarradas encima para lavar …y tuvimos que tirar todos los fideos humeantes. Casi lo mato a mi hijo, qué despistado es.
Estoy agotada. Porque todo es muy desparejo. A los chicos los tengo que llevar a la escuela y al médico yo, a las reuniones de padre voy yo, al club los llevo yo, y el padre solo aparece en los fin de de semana, a disfrutar del tiempo libre. Nunca les saca los piojos ni le corta las uñas. Me enteré de que la mina de él dijo algo de en qué me estaré gastando la plata si los chicos andan con esa ropa, porque claro, no les compro Kosiuko ni Clavin Klein. Me dijo una amiga que necesito una mano, que no puedo con todo con sola. Claro que me gustaría conocer a un tipo bueno, que se quede, que me ayude un poco. Mira lo que pido. No es muy romántico, ¿no? . Ya no busco al amor de mi vida, sólo alguien que me de una mano acostando a los chicos cuando me caigo a pedazos, llamando al techista que no me da bola, abriendo el capot del auto para ver qué tiene que hace meses que no arranca, abrazándome cuando me siento tan cansada, tan cansada. Tan cansada, que con tal de que alguien me abrace tendría otro hijo. Si, ya sé que los bebes no te abrazan porque te aman, sino para no caerse. ¿Pero cuantos hombres hacen lo mismo? Sólo quiero un hombre que llame al plomero, que hable con el mecánico, que me traiga un café cuando me paso la noche trabajando...
Pero no tengo tiempo ni fuerzas para arreglarme y salir a conocer a nadie. Y quien querría meterse con una divorciada con hijos pobres de padre rico, en una casa que se está suicidando. Tiene tumores en la madera, chancros en el metal, heridas en la pintura...
Tendría que irme de acá. Ahora veo a mis hijos que, a medida que van creciendo tienen los mismos mohines que el padre, sus mismos gestos, su misma mirada. Hay que ser fuerte para resistirlo. Mi ex no ha salido de esta casa: está en las caras de ellos. Qué hermoso debe ser ver a tus hijos crecer junto al hombre amado, y ver que ese rostro amado se repite por cinco. No me sucedió. Bueno, algo deben parecerse a mí. Yo no lo veo, tal vez lo ve el padre, y por eso tal vez me odia tanto. Fijate que la única que tiene trato con los profes, dentistas y médicos de los chicos soy yo : el ni se anima a llevarlos a ninguna parte porque dice que de eso no entiende,. Y tampoco lo paga, y asi es como cada uno de los chicos tuvo que sacrificar las clases de tenis, la guitarra y Tendríamos que empezar de cero en otra parte . Esta casa tiene fantasmas de los peores. Los fantasmas de cuando creíamos que seríamos felices, una pretensión tal vez desmesurada. No sé que hacer. La ley permite que la madre se quede en la casa mientras haya menores, para conservar la calidad de vida. Qué ironía. No sé de qué calidad de vida hablan si no me alcanza para pagar impuestos. Tres veces me cortaron el teléfono por falta de pago. Hay tantas goteras en el garage, que el auto está más seco durmiendo en la calle.
Claro, mi ex me dejó un auto, que era un clavo: demasiado viejo para él, no le servía para salir de levante. Lo tengo yo. Pero se me está oxidando en la puerta. Para que ande, lo tendría que llevar al mecánico, pero no tengo plata. Mejor lo vendo. Pero para venderlo, lo tendría que llevar al mecánico. Y no tengo plata. Es como una calesita siniestra : en mi vida se repiten los problemas. Los veo pasar, siempre los mismos, una y otra vez, sin salir del atolladero. No puedo arreglar ese auto. No distingo un árbol de levas de un carburador. Una amiga me recomendó un mecánico de divorciadas: le pagás cuando podés y todas le deben guita“¡Es tan bueno!”, me dijo.¿Bueno? ¡Flor de boludo! ¿Cómo puedo creer que semejante ganso me va a arreglar el auto? ¿Qué le pone adentro? ¿Latas atadas con alambre en lugar de repuestos? Mejor lo dejo oxidándose en la puerta. No queda mal. Al menos se ve que tuvimos auto....
Además, descubrí que debajo del auto vive una gata que tuvo cría. Una familia entera, cinco gatitos y la mamá, igual que nosotros. ¡Chicos, vengan a ver! ¡Qué lindo! ¿Que quién es el papá? Puede que sea el gato negro, ese que a veces aparece de noche, entre las sombras. Dicen que traen mala suerte, porque en la antigüedad los caballos de los carruajes no los veían hasta último momento. Y cuando los veían de cerca se asustaban, se encabritaban y producían terribles accidentes, sólo por asustarse con un gato oscuro como la noche. Por eso a los gatos negros conviene distinguirlos de lejos. No, los papás gatos no se quedan con los hijitos, se van con otras gatas.
¿Vamos a ver si alguno de los gatitos es negro como el papá? Miren, hay uno, dos tres …creo que son cuatro. Sí, son todos negritos. Salieron al papá. ¿No son divinos?
Feng Shui
Sí, vivir acá nos cambió la vida.
Fijate que José para ir al trabajo se demora sólo quince minutos más que cuando vivíamos en el centro
¿Y viste lo que es la vista del parque desde el living? Un paraíso, la verdad, ¿no?
Ese de la derecha es un gingko biloba, el único árbol que sobrevivió a la bomba de Hiroishima. En Junio se vuelve de color oro. Tengo plantas de todo el mundo, no sabés el trabajo que me dieron, pero están divinas, me llenan todo de color.
La casa es tan grande que le pusimos lo mejor, para que nos dure toda la vida.
El piso es porcelanato italiano, del mejor. ¿Viste cómo brilla? Es un espejo, con cero mantenimiento. Es que para mí, las cosas no tienen que dar trabajo, tienen que dar placer. Por acá los chicos circulan con patines, bicicletas, pasean los perros, y el piso, siempre igual.
Mirá esta alfombra flokati turca, con eso pelos largos, que parece el cuero de un galgo afgano albino. Me encanta, es tan exótica. Poner los pies ahí es de lo más sensual. A la mesa que tiene encima la trajimos de Bali .Le cortamos las patas para que sea ratona. ¿No es un amor? Mirá los cajoncitos con detalles de marquetería. Una bicoca, si pensás que alguien dedicó su vida a hacerle tantos dibujitos.
Vení que te muestro al cocina, mirá lo que es, tiene todos los chiches. Con José hicimos esta isla con mármol travertino, porque no somos de cocinar mucho, pero cuando hacemos algo, queremos tener espacio, así no nos chocamos.
Yo digo que la mucama acá se rasca todo el día, porque esto lo limpiás en un segundo. Mirá este mármol… ¿ves el brillo? Lo plastificamos, para protegerlo. Además, tiene todo lo que quieras: lavaplatos, secaplatos, gratinadora, máquina de hielo. Mi aparato favorito es esta trituradora. Todo lo que va sobrando lo metés acá y desaparece. Lo lleva el agua, lo manda a los caños. Una belleza.
Bueno después el baño, que es mi spa personal. Mirá: jacuzzi y ducha separados, con dos lavatorios. Si, la mesada de vidrio le da frescura a todo y contrasta bien con las lajas de la pared. Es laja sanjuanina. Los pobreros estuvieron meses cortando piecitas idénticas y apilándolas para que de este efecto como de piedra tejida. Pensé que no terminarían más, fue un trabajo de negros, pero quedó brutal. Lo hicieron unos albañiles paraguayos que viste como son, hay que apurarlos o se te quedan a vivir.
¿ Viste las luces? ¿No son un primor? En realidad, hicimos un engendro con una base moderna de acero a la que le pusimos unas pantallas antiguas de opalina austríaca que encontramos en un anticuario en San Telmo. Salió un dineral, pero quedan únicas. Acá tenés la lámpara infrarroja para secarte sin toallas. Y el sauna para seis, aunque nunca hubo tanta gente acá adentro…
Este es el gym, con los fierros de Jo. La cinta es mía. Me encanta correr ahí mientras miro una peli. La pantalla plana es como una ventana, siento que estoy corriendo afuera aunque no me mueva de casa. Bueno, la habitación ya te la mostré…Y este es el vestidor, enorme porque los dos tenemos nuestras cosas por separado. Jo nunca se mete en el mío, ni yo en el suyo. Esa cómoda china, la usaban las concubinas del emperador , y ahora la uso yo.
Bueno, el comedor diario con techo corredizo ya lo viste…El deck lo ves desde la terraza…Pero lo que quiero que veas es el jardín de invierno con la cascada, ¿viste qué ensueño? Fue mi caprichito. Este es mi refugio, tiene flores todo el año. Las cuido yo sola, porque no me gusta que esté entrando tanta gente todo el tiempo. La mucamas, la niñera, el piletero, el que corta el pasto, el que limpia las moquettes, el paseador de perros, el pintor, el techista …Al final, tengo tanta gente extraña deambulando por la casa, que a las orquídeas las cuido yo. No es mucho trabajo, crecen solas, como yuyos.
Venñi, sentate , probá ese sillón Phillipe Starck …¿viste que comodidad? Y va justo con la pared del fondo, que tiene ese entramado tan especial. Mi decorador casi me mata cuando vio el sillón, pero bueno, era nuestro toque personal. El dijo que el ambiente iba a quedar recargado… ¿te parece que está muy cargado? Para mi no, cuando vi este sillón en New York, me enamoré, no podía dejarlo. A Jo le divertía más un enanito de jardín sosteniendo una tabla que tiene Starck, como banco o mesita. A mi me pareció un horror, no me gustan los enanos.
Bueno, acá tengo mi atelier, como yo le digo a mi taller de orfebrería y bijjoux. Este año me lo tomé en serio, hice un curso intensivo con una genia, una divina total, no se puede creer todo lo que sabe de metales y piedras preciosas. ¿No sabías que hago joyas? Si, exclusivas, de diseño mío. Bueno, Margot , la profe, me ayuda bastante, tiene una cancha bárbara, y yo de a poco, me fui soltando. Las vendo por mi cuenta, porque si se la dejo a una joyería, las venden a cuatro veces al precio mío y encima me las queman, porque dejan de ser exclusividades. En cambio, yo las vendo acá en casa y me pagan lo que les pido. Porque cada una de estas piezas es algo único que solo vos vas a tener, no hay dos iguales, y eso no tiene precio. Además fijate, el diseño es de re onda. Te ponés una de estas y estás moderna, usando lo que se usa hoy, pero con algo único que te dura para siempre, ¿ entendés?
Y te digo más: muchas veces ni siquiera las vendo, sino que las alquilo. ¿Viste que tenés una fiesta y no querés llevar las mismas joyas de siempre, porque ya te las conoce todo el mundo? Bueno, en este tocador, un auténtico Luis XVI, yo les muestro todo lo que tengo para probarse, y las asesoro de acuerdo a la ropa que piensen usar. La usan, me la devuelven, y esa noche estuvieron como reinas usando una pieza brutal por nada, porque les cobro algo simbólico, qué sé yo… la cuarta parte de lo que les saldría comprarlas. Así, sin gastar mucho, te lucís como si tuvieras un stock de joyas magnífico. Ahora te doy tarjetas para que le des a tus amigas. Mirá, te muestro la colección de las que hice. Tengo un display especial para cada una. Cuidado los escalones. Este es el camino a la bodega. De paso te la muestro, vení, entrá. ¿Viste los toneles? Son barricas de ron de Jamaica, las trajimos de un viaje en crucero. Todavía huelen a ron. Como bancos son recómodos, los almohadones son de Marruecos. Con las vigas de quebracho que trajo Jo de la estancia, hicimos la mesa. Y tenemos una mezcla de la Pampa, África y Caribe, todo en uno, más los vinos que ponen la parte europea. Tenemos los mejores malbecs, cosechas de diez años. ¿Sabías que además soy enóloga? Hice un curso en el mejor club de cata, con un profe amoroso, te juro que me enamoré de ese tipo. No sé si era lindo, o era el pedo que tenía yo con tanta degustación, pero aprendí a beber bien. Todos lo días en el almuerzo me abro alguna cosita especial para mimarme, porque el vino es algo que debe apreciarse con todos los sentidos, relajada y tranquila, nada de apurones. Almuerzo solita con mi cabernet, tranqui. Y por ahí a la tarde descorcho un Malbec Roble del 98. Tenemos algunos impresionantes, pero están durando poco. A veces, cuando tenemos amigos que se quedan hasta tarde, seguimos la sobremesa acá abajo. Es un ambiente muy cálido, con tanta piedra y madera. Si te mareás un poquito, te sentís en la bodega de un barco, aislada, con más intimidad, lejos de los chicos, en altamar. Te juro que entro acá y los chicos no me encuentran. Creo que ni saben que esto existe.
Ay, sí, los chicos son divinos, pero me agotan. Por más que tengan todo resuelto, siempre les pasa algo. Por Dios, la vez pasada Inesita se rompió un diente por dar una vuelta en la flamante Harley Davidson de una amiga, mirá qué loca. Inuchi es campeona de windsurf, pero en su vida se había subido sólo dos veces a una moto. Igual le pusieron un implante al toque, y quedó divina. Pero con los chicos nunca sabe.
Hace dos años Keko vino fracturado de Portillo, en Chile. El loco siempre está la borde del peligro, siempre se mandó alguna. Él es así, cree que es de goma. Se lanzó con el snowboard por donde estaba prohibido y se hizo crema contra un vallado. Tenía la pierna astillada en mil trocitos. Cuando terminó la rehabilitación, ¿podés creer que se rompe la otra pierna haciendo kite surf con un amigo, acá nomás, en el río? Es para matarlo. No, no se cuidan, pero bueno, decidieron vivir la vida a mil. Yo creo que de puro aburridos. Porque nunca les faltó nada a estos chicos. Tienen video, tele y equipo de música Bang & Olufsen en cada habitación. Podrían pasar años encerrados en su cuarto sin salir y sin aburrirse. Olga siempre les lleva la comida a cada uno es una bandejita, como si fueran príncipes, cada uno con su menú elegido. Y sin embargo, siempre quieren algo más, que la moto, que los esquíes, que la cartera Fendi, que la Play Station 2, que la filmadora digital. Y Jo se los trae, ya que viaja tanto. Los tiene tan malcriados que no les puedo decir que no . A veces los mando en remís al shopping para que se compren lo que quieran y me dejen de hinchar, porque ahora estoy haciendo la cascada afuera del jardín de invierno. Jo dice que para qué , si ya tengo otra adentro del jardín de invierno, pero él no entiende nada de Feng Shui, y de lo que te armoniza sentir el ruido del agua cayendo. Estamos plagados de corrientes eléctricas, microondas, estáticas, que nos ponen de la nuca. ¿No sabías? Es así, todo está sumergido en un flujo de energía, que se llama Qi, que es como la corriente de un río invisible. Tiene que circular, porque si se estanca, aparece la energía negativa, que se llama Sha Ú, y empiezan a aparecer roces y peleas y si no saco las ondas Sha Ú, acá nos matamos todos. El agua te saca la energía negativa, por eso yo pondría una fuente en cada cuarto. Pero Jo me mata, así que voy a poner una más en la entrada.
Jo dice que tengamos ojo con el tema de las alergias. Porque la fuente da humedad, y eso puede traer hongos y Oli es alérgico a casi todo. Según los médicos, para que Oli no se tenga esos brutales broncoespasmos de los que lo dejan internado, tendríamos que sacar las alfombras, la flokati, los adornos, las estanterías, sus peluches gigantes, y hasta a los perros, o sea todo lo que junte polvo o tenga pelos.¿Y cómo se hace? ¿Vamos a vivir en un quirófano, sin muebles ni nada? Oli tienen un tigre de peluche un metro de alto, al que él adora. ¿También se lo vamos a sacar? Si es por eso, Oli ni siquiera podría jugar en el parque porque hay polen por todos lados. Ni podrían entrar a la casita… ¿Viste la casita de juguete que hay detrás de los rosales? Es tipo victoriana antigua, la compramos en FAO Schwarz de Nueva York. Nos salió lo mismo que un departamento de verdad, te juro, aunque es para jugar. Pero lo vale. Es preciosa , y dice Jo que a los chicos les viene bien para irse acostumbrando a tener sus mueblecitos, su heladerita, sus cosas, así van tomando la noción de independencia. Por eso no entiendo lo del asma, fijate que no somos padres que los estemos ahogando o que les estemos siempre encima. Al contrario, viajamos dos veces por año, los dejamos tranquilos y al volver les traemos de todo, zapatillas con luces, palos de jockey, walkie talkies… Hasta tienen esa casita donde si quieren, pasan la noche. Son chicos libres, hacen lo que quieren. La vez pasada tiraron todos los muebles de jardín a la pileta, casi los mato…¡ pero me dio tanta risa, ver las sillas y las sombrillas flotando! La otra noche, después de un asado, pusieron sapos vivos en la parrilla, para ver cómo saltaban al quemarse. El parrillero les dijo de todo, y nosotros no podíamos más de la risa, al verlo tan furioso a Ramón . Qué se yo, para mi que son sanos, ellos se divierten, no le puedo prohibir todo, son buenos chicos. La verdad, en casa ni se sienten. Si precisan algo, cada uno tiene su celular con videocámara. Yo nos los llamo nunca, no quiero ser de esas madres pesadas.
Yo hago mi vida . Aunque estoy sola todo el día, y a veces varios días seguidos, porque Jo viaja mucho, estoy bien acá. Si me aburro voy a lo de Mavi, a lo de Tere, nos hacemos las locas y nos compramos una botas con piel de zorro, o una boas de plumas, algo divertido. O hacemos una fiesta con Lau y Pau, pedimos sushi y el cubano Roque nos da clases de salsa, que mi personal trainer me dijo que estiliza y te juro que lo veo. Me cambió la forma de los brazos en dos meses , con la salsa.
No, no tengo miedo de estar tanto sola en un lugar tan grande, porque, bueno, ya lo viste: hay dos garitas de vigilancia en la entrada, tenemos filmadoras y portero visor a lo largo del muro, sistema de alarma automática, los coches tienen alarma y rastreo satelital, hay luces sensibles al movimiento que funcionan toda la noche por toda la casa y el jardín, los perros están entrenados… ¡y son bravísimos! Son Fila, una raza que en Brasil se usaba para perseguir y atrapar a los esclavos negros que se escapaban. Y te juro que si ven correr a un extraño, lo destrozan. Un día a Oli no lo reconocieron y le clavaron los dientes en una pierna. Trece puntos le tuvieron que dar al enano. Los portones son automáticos, y ya te enteraste de que todo el perímetro está rodeado de una cerca electrificada, que tal vez fue el único error, además de que recién me entero que es ilegal, pero eso lo maneja Jo, yo qué sabía.
Y hablando del tema, ya es hora de que vaya buscando más ropa para Keko, porque el piyama que tiene en el hospital ya apesta, se lo ensuciaron con sangre y no sé que más. Qué pena, era un Tommy Hilfiger que se lo compré justamente para que tenga uno lindo, y no ande yendo a la cama como un mamarracho.
¿Querés tomar algo, mientras preparo el bolsito? Si tenés razón, mejor vamos yendo, que con tanta charla se nos hizo tarde.
¿A qué hora dijo el medico que nos daría el informe? ¡Uy, falta media hora! No sé si llegamos a tiempo…Sí, ya voy, ya voy …
¿Qué pienso de lo que pasó? Nada pienso. Qué voy a pensar. Lo que pasó, pasó. Ojalá salga bien y no tenga secuelas graves , ¿no?
Ya lo hablamos con José, esto le pasó por boludo. Porque te juro que les explicamos bien clarito a todos los chicos que no podían treparse al muro porque la nueva cerca tenía una tremenda corriente eléctrica para proteger la casa, y que quien se trepe recibe una descarga de 10000 voltios, y se queda seco. Por eso no entendemos cómo puede ser que , sabiendo eso, lo primero que hizo este chico fue treparse y tocarla. Todavía no sabemos como se trepó, porque aunque la escalera no llega tan alto. Tal vez se agarró de alguna rama. Y claro, quedó chamuscado. Por suerte , sólo perdió el conocimiento y se quemó las manos. Pero viste lo que dijeron de los huesos rotos al caer. Hasta que no le saquen la tomografía, no se sabe si tiene algo más.
En fin… ¿qué le llevo? Nada, si está inconsciente, no va a necesitar nada, ni las pantuflas, no se va a levantar. Le llevo el celu por las dudas de que se despierte…y…no sé que más podrá querer. Creció tan rápido, que ya no le conozco los gustos a este chico.
Cuidado, cuidado con el jarrón… Uy, se cayó. No, no te preocupes, después Olga lo barre. Ya te dije, este piso es eterno. Te juro, le pasas un rastrillo y no se raya. Nunca más en la vida uso pisos flotantes. Quedan lindos, pero no duran.
Haceme un favor, abrí la puerta de adelante, así no te ven los perros.
No, las persianas las bajo yo con el control remoto.
Vos andá saliendo, que yo conecto la alarma y cierro.
Fijate que José para ir al trabajo se demora sólo quince minutos más que cuando vivíamos en el centro
¿Y viste lo que es la vista del parque desde el living? Un paraíso, la verdad, ¿no?
Ese de la derecha es un gingko biloba, el único árbol que sobrevivió a la bomba de Hiroishima. En Junio se vuelve de color oro. Tengo plantas de todo el mundo, no sabés el trabajo que me dieron, pero están divinas, me llenan todo de color.
La casa es tan grande que le pusimos lo mejor, para que nos dure toda la vida.
El piso es porcelanato italiano, del mejor. ¿Viste cómo brilla? Es un espejo, con cero mantenimiento. Es que para mí, las cosas no tienen que dar trabajo, tienen que dar placer. Por acá los chicos circulan con patines, bicicletas, pasean los perros, y el piso, siempre igual.
Mirá esta alfombra flokati turca, con eso pelos largos, que parece el cuero de un galgo afgano albino. Me encanta, es tan exótica. Poner los pies ahí es de lo más sensual. A la mesa que tiene encima la trajimos de Bali .Le cortamos las patas para que sea ratona. ¿No es un amor? Mirá los cajoncitos con detalles de marquetería. Una bicoca, si pensás que alguien dedicó su vida a hacerle tantos dibujitos.
Vení que te muestro al cocina, mirá lo que es, tiene todos los chiches. Con José hicimos esta isla con mármol travertino, porque no somos de cocinar mucho, pero cuando hacemos algo, queremos tener espacio, así no nos chocamos.
Yo digo que la mucama acá se rasca todo el día, porque esto lo limpiás en un segundo. Mirá este mármol… ¿ves el brillo? Lo plastificamos, para protegerlo. Además, tiene todo lo que quieras: lavaplatos, secaplatos, gratinadora, máquina de hielo. Mi aparato favorito es esta trituradora. Todo lo que va sobrando lo metés acá y desaparece. Lo lleva el agua, lo manda a los caños. Una belleza.
Bueno después el baño, que es mi spa personal. Mirá: jacuzzi y ducha separados, con dos lavatorios. Si, la mesada de vidrio le da frescura a todo y contrasta bien con las lajas de la pared. Es laja sanjuanina. Los pobreros estuvieron meses cortando piecitas idénticas y apilándolas para que de este efecto como de piedra tejida. Pensé que no terminarían más, fue un trabajo de negros, pero quedó brutal. Lo hicieron unos albañiles paraguayos que viste como son, hay que apurarlos o se te quedan a vivir.
¿ Viste las luces? ¿No son un primor? En realidad, hicimos un engendro con una base moderna de acero a la que le pusimos unas pantallas antiguas de opalina austríaca que encontramos en un anticuario en San Telmo. Salió un dineral, pero quedan únicas. Acá tenés la lámpara infrarroja para secarte sin toallas. Y el sauna para seis, aunque nunca hubo tanta gente acá adentro…
Este es el gym, con los fierros de Jo. La cinta es mía. Me encanta correr ahí mientras miro una peli. La pantalla plana es como una ventana, siento que estoy corriendo afuera aunque no me mueva de casa. Bueno, la habitación ya te la mostré…Y este es el vestidor, enorme porque los dos tenemos nuestras cosas por separado. Jo nunca se mete en el mío, ni yo en el suyo. Esa cómoda china, la usaban las concubinas del emperador , y ahora la uso yo.
Bueno, el comedor diario con techo corredizo ya lo viste…El deck lo ves desde la terraza…Pero lo que quiero que veas es el jardín de invierno con la cascada, ¿viste qué ensueño? Fue mi caprichito. Este es mi refugio, tiene flores todo el año. Las cuido yo sola, porque no me gusta que esté entrando tanta gente todo el tiempo. La mucamas, la niñera, el piletero, el que corta el pasto, el que limpia las moquettes, el paseador de perros, el pintor, el techista …Al final, tengo tanta gente extraña deambulando por la casa, que a las orquídeas las cuido yo. No es mucho trabajo, crecen solas, como yuyos.
Venñi, sentate , probá ese sillón Phillipe Starck …¿viste que comodidad? Y va justo con la pared del fondo, que tiene ese entramado tan especial. Mi decorador casi me mata cuando vio el sillón, pero bueno, era nuestro toque personal. El dijo que el ambiente iba a quedar recargado… ¿te parece que está muy cargado? Para mi no, cuando vi este sillón en New York, me enamoré, no podía dejarlo. A Jo le divertía más un enanito de jardín sosteniendo una tabla que tiene Starck, como banco o mesita. A mi me pareció un horror, no me gustan los enanos.
Bueno, acá tengo mi atelier, como yo le digo a mi taller de orfebrería y bijjoux. Este año me lo tomé en serio, hice un curso intensivo con una genia, una divina total, no se puede creer todo lo que sabe de metales y piedras preciosas. ¿No sabías que hago joyas? Si, exclusivas, de diseño mío. Bueno, Margot , la profe, me ayuda bastante, tiene una cancha bárbara, y yo de a poco, me fui soltando. Las vendo por mi cuenta, porque si se la dejo a una joyería, las venden a cuatro veces al precio mío y encima me las queman, porque dejan de ser exclusividades. En cambio, yo las vendo acá en casa y me pagan lo que les pido. Porque cada una de estas piezas es algo único que solo vos vas a tener, no hay dos iguales, y eso no tiene precio. Además fijate, el diseño es de re onda. Te ponés una de estas y estás moderna, usando lo que se usa hoy, pero con algo único que te dura para siempre, ¿ entendés?
Y te digo más: muchas veces ni siquiera las vendo, sino que las alquilo. ¿Viste que tenés una fiesta y no querés llevar las mismas joyas de siempre, porque ya te las conoce todo el mundo? Bueno, en este tocador, un auténtico Luis XVI, yo les muestro todo lo que tengo para probarse, y las asesoro de acuerdo a la ropa que piensen usar. La usan, me la devuelven, y esa noche estuvieron como reinas usando una pieza brutal por nada, porque les cobro algo simbólico, qué sé yo… la cuarta parte de lo que les saldría comprarlas. Así, sin gastar mucho, te lucís como si tuvieras un stock de joyas magnífico. Ahora te doy tarjetas para que le des a tus amigas. Mirá, te muestro la colección de las que hice. Tengo un display especial para cada una. Cuidado los escalones. Este es el camino a la bodega. De paso te la muestro, vení, entrá. ¿Viste los toneles? Son barricas de ron de Jamaica, las trajimos de un viaje en crucero. Todavía huelen a ron. Como bancos son recómodos, los almohadones son de Marruecos. Con las vigas de quebracho que trajo Jo de la estancia, hicimos la mesa. Y tenemos una mezcla de la Pampa, África y Caribe, todo en uno, más los vinos que ponen la parte europea. Tenemos los mejores malbecs, cosechas de diez años. ¿Sabías que además soy enóloga? Hice un curso en el mejor club de cata, con un profe amoroso, te juro que me enamoré de ese tipo. No sé si era lindo, o era el pedo que tenía yo con tanta degustación, pero aprendí a beber bien. Todos lo días en el almuerzo me abro alguna cosita especial para mimarme, porque el vino es algo que debe apreciarse con todos los sentidos, relajada y tranquila, nada de apurones. Almuerzo solita con mi cabernet, tranqui. Y por ahí a la tarde descorcho un Malbec Roble del 98. Tenemos algunos impresionantes, pero están durando poco. A veces, cuando tenemos amigos que se quedan hasta tarde, seguimos la sobremesa acá abajo. Es un ambiente muy cálido, con tanta piedra y madera. Si te mareás un poquito, te sentís en la bodega de un barco, aislada, con más intimidad, lejos de los chicos, en altamar. Te juro que entro acá y los chicos no me encuentran. Creo que ni saben que esto existe.
Ay, sí, los chicos son divinos, pero me agotan. Por más que tengan todo resuelto, siempre les pasa algo. Por Dios, la vez pasada Inesita se rompió un diente por dar una vuelta en la flamante Harley Davidson de una amiga, mirá qué loca. Inuchi es campeona de windsurf, pero en su vida se había subido sólo dos veces a una moto. Igual le pusieron un implante al toque, y quedó divina. Pero con los chicos nunca sabe.
Hace dos años Keko vino fracturado de Portillo, en Chile. El loco siempre está la borde del peligro, siempre se mandó alguna. Él es así, cree que es de goma. Se lanzó con el snowboard por donde estaba prohibido y se hizo crema contra un vallado. Tenía la pierna astillada en mil trocitos. Cuando terminó la rehabilitación, ¿podés creer que se rompe la otra pierna haciendo kite surf con un amigo, acá nomás, en el río? Es para matarlo. No, no se cuidan, pero bueno, decidieron vivir la vida a mil. Yo creo que de puro aburridos. Porque nunca les faltó nada a estos chicos. Tienen video, tele y equipo de música Bang & Olufsen en cada habitación. Podrían pasar años encerrados en su cuarto sin salir y sin aburrirse. Olga siempre les lleva la comida a cada uno es una bandejita, como si fueran príncipes, cada uno con su menú elegido. Y sin embargo, siempre quieren algo más, que la moto, que los esquíes, que la cartera Fendi, que la Play Station 2, que la filmadora digital. Y Jo se los trae, ya que viaja tanto. Los tiene tan malcriados que no les puedo decir que no . A veces los mando en remís al shopping para que se compren lo que quieran y me dejen de hinchar, porque ahora estoy haciendo la cascada afuera del jardín de invierno. Jo dice que para qué , si ya tengo otra adentro del jardín de invierno, pero él no entiende nada de Feng Shui, y de lo que te armoniza sentir el ruido del agua cayendo. Estamos plagados de corrientes eléctricas, microondas, estáticas, que nos ponen de la nuca. ¿No sabías? Es así, todo está sumergido en un flujo de energía, que se llama Qi, que es como la corriente de un río invisible. Tiene que circular, porque si se estanca, aparece la energía negativa, que se llama Sha Ú, y empiezan a aparecer roces y peleas y si no saco las ondas Sha Ú, acá nos matamos todos. El agua te saca la energía negativa, por eso yo pondría una fuente en cada cuarto. Pero Jo me mata, así que voy a poner una más en la entrada.
Jo dice que tengamos ojo con el tema de las alergias. Porque la fuente da humedad, y eso puede traer hongos y Oli es alérgico a casi todo. Según los médicos, para que Oli no se tenga esos brutales broncoespasmos de los que lo dejan internado, tendríamos que sacar las alfombras, la flokati, los adornos, las estanterías, sus peluches gigantes, y hasta a los perros, o sea todo lo que junte polvo o tenga pelos.¿Y cómo se hace? ¿Vamos a vivir en un quirófano, sin muebles ni nada? Oli tienen un tigre de peluche un metro de alto, al que él adora. ¿También se lo vamos a sacar? Si es por eso, Oli ni siquiera podría jugar en el parque porque hay polen por todos lados. Ni podrían entrar a la casita… ¿Viste la casita de juguete que hay detrás de los rosales? Es tipo victoriana antigua, la compramos en FAO Schwarz de Nueva York. Nos salió lo mismo que un departamento de verdad, te juro, aunque es para jugar. Pero lo vale. Es preciosa , y dice Jo que a los chicos les viene bien para irse acostumbrando a tener sus mueblecitos, su heladerita, sus cosas, así van tomando la noción de independencia. Por eso no entiendo lo del asma, fijate que no somos padres que los estemos ahogando o que les estemos siempre encima. Al contrario, viajamos dos veces por año, los dejamos tranquilos y al volver les traemos de todo, zapatillas con luces, palos de jockey, walkie talkies… Hasta tienen esa casita donde si quieren, pasan la noche. Son chicos libres, hacen lo que quieren. La vez pasada tiraron todos los muebles de jardín a la pileta, casi los mato…¡ pero me dio tanta risa, ver las sillas y las sombrillas flotando! La otra noche, después de un asado, pusieron sapos vivos en la parrilla, para ver cómo saltaban al quemarse. El parrillero les dijo de todo, y nosotros no podíamos más de la risa, al verlo tan furioso a Ramón . Qué se yo, para mi que son sanos, ellos se divierten, no le puedo prohibir todo, son buenos chicos. La verdad, en casa ni se sienten. Si precisan algo, cada uno tiene su celular con videocámara. Yo nos los llamo nunca, no quiero ser de esas madres pesadas.
Yo hago mi vida . Aunque estoy sola todo el día, y a veces varios días seguidos, porque Jo viaja mucho, estoy bien acá. Si me aburro voy a lo de Mavi, a lo de Tere, nos hacemos las locas y nos compramos una botas con piel de zorro, o una boas de plumas, algo divertido. O hacemos una fiesta con Lau y Pau, pedimos sushi y el cubano Roque nos da clases de salsa, que mi personal trainer me dijo que estiliza y te juro que lo veo. Me cambió la forma de los brazos en dos meses , con la salsa.
No, no tengo miedo de estar tanto sola en un lugar tan grande, porque, bueno, ya lo viste: hay dos garitas de vigilancia en la entrada, tenemos filmadoras y portero visor a lo largo del muro, sistema de alarma automática, los coches tienen alarma y rastreo satelital, hay luces sensibles al movimiento que funcionan toda la noche por toda la casa y el jardín, los perros están entrenados… ¡y son bravísimos! Son Fila, una raza que en Brasil se usaba para perseguir y atrapar a los esclavos negros que se escapaban. Y te juro que si ven correr a un extraño, lo destrozan. Un día a Oli no lo reconocieron y le clavaron los dientes en una pierna. Trece puntos le tuvieron que dar al enano. Los portones son automáticos, y ya te enteraste de que todo el perímetro está rodeado de una cerca electrificada, que tal vez fue el único error, además de que recién me entero que es ilegal, pero eso lo maneja Jo, yo qué sabía.
Y hablando del tema, ya es hora de que vaya buscando más ropa para Keko, porque el piyama que tiene en el hospital ya apesta, se lo ensuciaron con sangre y no sé que más. Qué pena, era un Tommy Hilfiger que se lo compré justamente para que tenga uno lindo, y no ande yendo a la cama como un mamarracho.
¿Querés tomar algo, mientras preparo el bolsito? Si tenés razón, mejor vamos yendo, que con tanta charla se nos hizo tarde.
¿A qué hora dijo el medico que nos daría el informe? ¡Uy, falta media hora! No sé si llegamos a tiempo…Sí, ya voy, ya voy …
¿Qué pienso de lo que pasó? Nada pienso. Qué voy a pensar. Lo que pasó, pasó. Ojalá salga bien y no tenga secuelas graves , ¿no?
Ya lo hablamos con José, esto le pasó por boludo. Porque te juro que les explicamos bien clarito a todos los chicos que no podían treparse al muro porque la nueva cerca tenía una tremenda corriente eléctrica para proteger la casa, y que quien se trepe recibe una descarga de 10000 voltios, y se queda seco. Por eso no entendemos cómo puede ser que , sabiendo eso, lo primero que hizo este chico fue treparse y tocarla. Todavía no sabemos como se trepó, porque aunque la escalera no llega tan alto. Tal vez se agarró de alguna rama. Y claro, quedó chamuscado. Por suerte , sólo perdió el conocimiento y se quemó las manos. Pero viste lo que dijeron de los huesos rotos al caer. Hasta que no le saquen la tomografía, no se sabe si tiene algo más.
En fin… ¿qué le llevo? Nada, si está inconsciente, no va a necesitar nada, ni las pantuflas, no se va a levantar. Le llevo el celu por las dudas de que se despierte…y…no sé que más podrá querer. Creció tan rápido, que ya no le conozco los gustos a este chico.
Cuidado, cuidado con el jarrón… Uy, se cayó. No, no te preocupes, después Olga lo barre. Ya te dije, este piso es eterno. Te juro, le pasas un rastrillo y no se raya. Nunca más en la vida uso pisos flotantes. Quedan lindos, pero no duran.
Haceme un favor, abrí la puerta de adelante, así no te ven los perros.
No, las persianas las bajo yo con el control remoto.
Vos andá saliendo, que yo conecto la alarma y cierro.
Extra
Ya desde la calle vi que el ambiente raro también seguía ahí. El foyer del teatro estaba repleto de gente extraña y horrible. Parecía un casting para un film de Fellini o Tim Burton Gordas enormes de pelo color guinda, duro con tanto spray, ahorcadas con colas de animales muertos. Perfumes empalagosos a fruta podrida y pino pisoteado. Viejas absurdas bamboleándose dentro de abrigos baratos de colores deprimentes, con el pelo matizado de colores imposibles como lila o nácar. Viejos engominados fumando apurados, y mostrando dientes negros al exhalar un humo apestoso. Los pocos jóvenes que había eran feos, desgarbados, y mal vestidos. Hacia demasiado frío en la calle y demasiado calor dentro. Ricardo y yo nos paramos en algo que parecía una fila para entrar. Apretujada entre tanta gente horrible, yo me sentía dentro de un cuadro de Hyeronimus Bosch .
Nos empujaron a la sala, mostramos nuestras entradas y fui casi arrastrada hasta una de las últimas filas. Con todo lo que me hizo esperar para ver la obra, este tarado ni siquiera consiguió buenas localidades Desde ahí, lo mismo daba estar viendo lo obra o estar en la calle: no veíamos nada más que nucas con caspa y crenchas grasientas.
Las butacas eran viejas y crujían al menor movimiento. Los bichos que nos rodeaban tosían sin parar y hacían crujir celofán en sus dedos. Quise que empezara todo cuanto antes para que irme lo antes posible. Pero la gente no paraba de entrar, uno más feo que el otro, como si hubieran abierto las puertas de un circo freak.
Por fin todos pusieron sus culos en sus ruidosas butacas, se apagaron las luces mortecinas y se abrió el telón. La calidad de sonido era tan mala que no se terminaba de entender quién era quien ni qué pasaba en la escena. Yo no lograba escuchar qué decían. Igual que la voz de mi cuñado en el teléfono antes de salir de casa. Sonidos extraños, organizados caprichosamente, que no significaban nada. Como una mala obra de teatro.
La platea entera reía ante diálogos absurdos. Qué idiota, yo también me reí primero con lo que me dijo mi cuñado .La protagonista sobreactuaba. Yo le pregunté a él si no exageraba Pero lo que dijo probó que no. Era así.
El resto del elenco podía tanto estar ahí como irse: no transmitían nada ni agregan nada a la obra. Como yo, en la vida de Ricardo. Una extra, sin bolo, muda en bambalinas. Ya era hora de hacer mutis por el foro. ¿Qué es el foro? ¿Será la parte de atrás o de adelante del escenario? .
Traté de apagar mi ruido mental concentrándome en la escenografía, pero se trataba de algunas sillas rayadas y viejas, una mesa deslucida y un aparador polvoriento. Intenté pensar en el vestuario que llevaba las actrices. Horrible. Ropa vieja de los años 50 conseguida en alguna feria americana y ajustada con alfileres. Mi vecino de butaca masticaba un caramelo haciendo un estruendo de los mil demonios. Quise matarlo. Lo miré fijo y le empujé el brazo con mi codo en el apoyabrazos. Hasta que no acabó el caramelo, no paró de hacer ruidos repugnantes.
Para entonces, yo estaba aún más perdida en una trama ininteligible de actores agitando los brazos para expresar compensar el talento faltante. Me pregunté quien sería qué, y que relación tendrían entre sí. Me encontré como un nene de jardín de infantes que por primera vez ve algo que no es un dibujo animado. La de rojo era sin duda la protagonista, porque mandoneaba a la otra. O tal vez no. A veces quien creés que manda, es quien tiene un papel secundario. Qué gracia, el jefe tiene papel de reparto, repartido entre los actores principales. . Pero la de amarillo parecía tenerle miedo, y pensé que seguramente aún nadie sabía por qué. Parecía ser una historia intrigas familiares, pero eso era lo último que necesitaba yo en mi vida. Se me había ocurrido ir al teatro solo para distraerme un poco, ver un mundo ideal, tratar de soltar amarras con esta vida que me tocó. Pero cuando dije de ir al teatro para festejar mi cumpleaños fue hace tanto ya, que me parece que hubiera sido en una vida anterior. Ahora, sentada allí, sentía que lo mismo daba estar mirando teatro en chino, la pantalla en blanco en el cine o la señal de ajuste en el televisor de casa. No comprendería nada por más que me empeñara. “Por lo menos, entendé el final”, me dije. Pero no había caso. La obra era mala por más que todo el mundo se empeñara en reír cada tanto, como una claque bien entrenada. ¿O acaso no eran todos extras de Fellini?
Creo que la gente se ríe aunque nada le haga gracia, solamente para justificar que pagó la entrada, para no amargarse tanto pensando en el tiempo perdido y la plata tirada mirando una obra mala. Algunos dicen que cuando más cara es la obra, más se ríen. A mí ya no me molestaba tanto el vecino masticador de caramelos como la presencia de Ricardo. Ni siquiera su presencia era lo que me molestaba. Sin mirarlo, me molestaba su perfume, o su desodorante, no sé . Me resultaba empalagoso y ácido, francamente insoportable.
No entendía como había podido llegar hasta el teatro, fingiendo que nada había sucedido. Pero él tampoco había dado oportunidad para hablar nada. Llegó y me dijo dale, vamos al teatro. No hubo tiempo para hablar. Bueno, tuvimos una hora de viaje, pero no daba para hablar de algo así de grave en medio del tráfico de sábado a la noche, cuando quedaste en ir a ver una obra de la que todos hablan como único festejo de tu cumpleaños, ya que nadie en tu familia te llama para saludarte. Solo tu cuñado te llama. Y para darte la peor noticia. Pensé que tal vez el teatro ayudaría a tapar la mentira, con otra mentira, pero que viene de afuera. Fui soñando con que la función me quitara de la dura realidad por un rato. Pero no había manera de olvidar que estaba intentando quedarme quieta en una butaca incómoda. Vamos, tenés que concentrarte, me dije. La mujer de amarillo, tan sumisa en un rincón, parecía estar reaccionando a los ataques de la de rojo. Bien hecho, levantate y hacé algo, que la de rojo parece dispuesta a destruirte.
Ambas seguían hablando, hablando, y hablando, sin hacer nada en concreto,.y yo sin entender nada de nada . Bueno, estás en el teatro, no en el cine, me dije. Está bien, no aparecería Tom Cruise en un avión caza, ni Schwarzenegger a caballo, pero de todos modos faltaba acción.
Me aburrí, y empecé a pensar en los muebles que veía en el escenario. ¿Qué habría en ese aparador polvoriento a media luz del fondo? ¿Para qué lo ponen en escena si es tan feo? Alguna función tendría que cumplir. En el cajón de la derecha seguro se guardan cubiertos. Eso parecía un comedor. Yo guardaría los cubiertos allí. La mujer de amarillo debe estar cansada ya de los gritos de la de rojo. Creí verla levantarse por fin a la de amarillo. Iba hacia el aparador feo. Lo abrió, y de adentro tomó un cuchillo largo y filoso, como una daga. Su hoja brilló bajo la luz ambarina del escenario. No puedo decir si era plateada o dorada. También tomó un segundo cuchillo idéntico al que tenía en el puño, y se lo dio a la mujer de rojo, que lo aceptó, decidida. Ambas callaron, se miraron a los ojos y caminaron hacia la izquierda del escenario. Bajaron por una escalerita, seguidas por un spot blanco azulino. El público reía nerviosamente, sorprendido de que la obra tomara un giro tan moderno, con las actrices entre la platea. Avanzaron hacia el fondo de la sala, hasta llegar a nuestra fila, y se abrieron paso entre las rodillas del público, dirigiéndose directamente hacia Ricardo y yo, con sus puños en alto sosteniendo las dagas con firmeza, como si fueran parte de su cuerpo. Esto se está poniendo bueno , pensé. Ricardo se irguió un poco para observarlas mejor. La mujer de rojo lo señaló, grave. Apuró el paso entre los espectadores, y cuando llegó hasta las rodillas de Ricardo, se lanzó hacia él, y con su brazo izquierdo lo tomó de los cabellos. El pegó un respingo, asustado, pero ella no le dio tiempo para nada .Le echó la cabeza hacia atrás, y le clavó la daga en el cuello, hasta el mango. La mujer de amarillo, como poseída, se abalanzó tras ella, la empujó a un lado y le clavó a Ricardo su daga en el pecho, y la dejó ahí clavada.. Solo sentí un crujido de tendones rotos, y un gemido leve .La mujer de rojo siguió su camino a paso raudo hacia el final de la fila, regresó hacia delante, subió al escenario y siguió con la obra, como si nada. No se veía sangre en sus ropas. Claro, estaba vestida de rojo. La de amarillo cayó sobre Ricardo, y lloró desconsolada, viendo que su traje se teñía de carmesí con la sangre de él, que manaba a borbotones. El yacía con la cabeza volcada hacia atrás, los ojos opacos fijos, sin nada más que mirar.
Yo no pude concentrarme en lo que decía la mujer de rojo. Sólo pensaba en qué haría con el cadáver de Ricardo, cómo haría para no quedar empapada en sangre, si no tendría problemas con el teatro por el enchastre, si no me encontrarían sospechosa, si se levantaría la obra, si tendría que llamar a la policía o a una ambulancia. Para qué, si estaba muerto.
Me quedé pensando que ni siquiera sé cómo se tramita un entierro, a quien le preguntaría si este era un caso para llevar a una fiscalía, donde conseguir un ataúd, donde se consigue un médico forense…
Todo era demasiado lío. Me convenía hacer mutis por el foro, dejarlo ahí, como si hubiera venido solo. Que se encarguen otros de él. Después de todo, el nunca pensó tanto en qué hacer conmigo.
Los llantos de la mujer de amarillo se me estaban haciendo insoportables. Decidí levantarme y salir de ahí, para no escucharla más. Y en ese acto, sentí que todo el auditorio me aplaudía y me gritaban bravo, bravo. Me llené de orgullo. Me había animado a irme ir sola, por fin.
De a poco encendieron las luces y vi que la mujer de rojo me hacía respetuosas reverencias y la de amarillo ya estaba en el escenario, saludándome con la mano, como deseándome suerte .No supe si eran sinceras o si seguían actuando. Si se trataba de lo primero, estaba agradecida, Si se trataba de lo segundo, eran buenas actrices y esta obra que tanto esperé ver tenia bien merecido su éxito de taquilla.
En eso vi que toda la gente e levantaba, como para salir.
El muerto también se levantó, se sacó toda la sangre con la mano, y mirando a los costados de la fila para ver por qué lado salir.
-Vamos, que esto terminó- me dijo.
- Claro que esto terminó- le dije, sin moverme de mi asiento-Hijo de puta, te acostaste con mi hermana.
Nos empujaron a la sala, mostramos nuestras entradas y fui casi arrastrada hasta una de las últimas filas. Con todo lo que me hizo esperar para ver la obra, este tarado ni siquiera consiguió buenas localidades Desde ahí, lo mismo daba estar viendo lo obra o estar en la calle: no veíamos nada más que nucas con caspa y crenchas grasientas.
Las butacas eran viejas y crujían al menor movimiento. Los bichos que nos rodeaban tosían sin parar y hacían crujir celofán en sus dedos. Quise que empezara todo cuanto antes para que irme lo antes posible. Pero la gente no paraba de entrar, uno más feo que el otro, como si hubieran abierto las puertas de un circo freak.
Por fin todos pusieron sus culos en sus ruidosas butacas, se apagaron las luces mortecinas y se abrió el telón. La calidad de sonido era tan mala que no se terminaba de entender quién era quien ni qué pasaba en la escena. Yo no lograba escuchar qué decían. Igual que la voz de mi cuñado en el teléfono antes de salir de casa. Sonidos extraños, organizados caprichosamente, que no significaban nada. Como una mala obra de teatro.
La platea entera reía ante diálogos absurdos. Qué idiota, yo también me reí primero con lo que me dijo mi cuñado .La protagonista sobreactuaba. Yo le pregunté a él si no exageraba Pero lo que dijo probó que no. Era así.
El resto del elenco podía tanto estar ahí como irse: no transmitían nada ni agregan nada a la obra. Como yo, en la vida de Ricardo. Una extra, sin bolo, muda en bambalinas. Ya era hora de hacer mutis por el foro. ¿Qué es el foro? ¿Será la parte de atrás o de adelante del escenario? .
Traté de apagar mi ruido mental concentrándome en la escenografía, pero se trataba de algunas sillas rayadas y viejas, una mesa deslucida y un aparador polvoriento. Intenté pensar en el vestuario que llevaba las actrices. Horrible. Ropa vieja de los años 50 conseguida en alguna feria americana y ajustada con alfileres. Mi vecino de butaca masticaba un caramelo haciendo un estruendo de los mil demonios. Quise matarlo. Lo miré fijo y le empujé el brazo con mi codo en el apoyabrazos. Hasta que no acabó el caramelo, no paró de hacer ruidos repugnantes.
Para entonces, yo estaba aún más perdida en una trama ininteligible de actores agitando los brazos para expresar compensar el talento faltante. Me pregunté quien sería qué, y que relación tendrían entre sí. Me encontré como un nene de jardín de infantes que por primera vez ve algo que no es un dibujo animado. La de rojo era sin duda la protagonista, porque mandoneaba a la otra. O tal vez no. A veces quien creés que manda, es quien tiene un papel secundario. Qué gracia, el jefe tiene papel de reparto, repartido entre los actores principales. . Pero la de amarillo parecía tenerle miedo, y pensé que seguramente aún nadie sabía por qué. Parecía ser una historia intrigas familiares, pero eso era lo último que necesitaba yo en mi vida. Se me había ocurrido ir al teatro solo para distraerme un poco, ver un mundo ideal, tratar de soltar amarras con esta vida que me tocó. Pero cuando dije de ir al teatro para festejar mi cumpleaños fue hace tanto ya, que me parece que hubiera sido en una vida anterior. Ahora, sentada allí, sentía que lo mismo daba estar mirando teatro en chino, la pantalla en blanco en el cine o la señal de ajuste en el televisor de casa. No comprendería nada por más que me empeñara. “Por lo menos, entendé el final”, me dije. Pero no había caso. La obra era mala por más que todo el mundo se empeñara en reír cada tanto, como una claque bien entrenada. ¿O acaso no eran todos extras de Fellini?
Creo que la gente se ríe aunque nada le haga gracia, solamente para justificar que pagó la entrada, para no amargarse tanto pensando en el tiempo perdido y la plata tirada mirando una obra mala. Algunos dicen que cuando más cara es la obra, más se ríen. A mí ya no me molestaba tanto el vecino masticador de caramelos como la presencia de Ricardo. Ni siquiera su presencia era lo que me molestaba. Sin mirarlo, me molestaba su perfume, o su desodorante, no sé . Me resultaba empalagoso y ácido, francamente insoportable.
No entendía como había podido llegar hasta el teatro, fingiendo que nada había sucedido. Pero él tampoco había dado oportunidad para hablar nada. Llegó y me dijo dale, vamos al teatro. No hubo tiempo para hablar. Bueno, tuvimos una hora de viaje, pero no daba para hablar de algo así de grave en medio del tráfico de sábado a la noche, cuando quedaste en ir a ver una obra de la que todos hablan como único festejo de tu cumpleaños, ya que nadie en tu familia te llama para saludarte. Solo tu cuñado te llama. Y para darte la peor noticia. Pensé que tal vez el teatro ayudaría a tapar la mentira, con otra mentira, pero que viene de afuera. Fui soñando con que la función me quitara de la dura realidad por un rato. Pero no había manera de olvidar que estaba intentando quedarme quieta en una butaca incómoda. Vamos, tenés que concentrarte, me dije. La mujer de amarillo, tan sumisa en un rincón, parecía estar reaccionando a los ataques de la de rojo. Bien hecho, levantate y hacé algo, que la de rojo parece dispuesta a destruirte.
Ambas seguían hablando, hablando, y hablando, sin hacer nada en concreto,.y yo sin entender nada de nada . Bueno, estás en el teatro, no en el cine, me dije. Está bien, no aparecería Tom Cruise en un avión caza, ni Schwarzenegger a caballo, pero de todos modos faltaba acción.
Me aburrí, y empecé a pensar en los muebles que veía en el escenario. ¿Qué habría en ese aparador polvoriento a media luz del fondo? ¿Para qué lo ponen en escena si es tan feo? Alguna función tendría que cumplir. En el cajón de la derecha seguro se guardan cubiertos. Eso parecía un comedor. Yo guardaría los cubiertos allí. La mujer de amarillo debe estar cansada ya de los gritos de la de rojo. Creí verla levantarse por fin a la de amarillo. Iba hacia el aparador feo. Lo abrió, y de adentro tomó un cuchillo largo y filoso, como una daga. Su hoja brilló bajo la luz ambarina del escenario. No puedo decir si era plateada o dorada. También tomó un segundo cuchillo idéntico al que tenía en el puño, y se lo dio a la mujer de rojo, que lo aceptó, decidida. Ambas callaron, se miraron a los ojos y caminaron hacia la izquierda del escenario. Bajaron por una escalerita, seguidas por un spot blanco azulino. El público reía nerviosamente, sorprendido de que la obra tomara un giro tan moderno, con las actrices entre la platea. Avanzaron hacia el fondo de la sala, hasta llegar a nuestra fila, y se abrieron paso entre las rodillas del público, dirigiéndose directamente hacia Ricardo y yo, con sus puños en alto sosteniendo las dagas con firmeza, como si fueran parte de su cuerpo. Esto se está poniendo bueno , pensé. Ricardo se irguió un poco para observarlas mejor. La mujer de rojo lo señaló, grave. Apuró el paso entre los espectadores, y cuando llegó hasta las rodillas de Ricardo, se lanzó hacia él, y con su brazo izquierdo lo tomó de los cabellos. El pegó un respingo, asustado, pero ella no le dio tiempo para nada .Le echó la cabeza hacia atrás, y le clavó la daga en el cuello, hasta el mango. La mujer de amarillo, como poseída, se abalanzó tras ella, la empujó a un lado y le clavó a Ricardo su daga en el pecho, y la dejó ahí clavada.. Solo sentí un crujido de tendones rotos, y un gemido leve .La mujer de rojo siguió su camino a paso raudo hacia el final de la fila, regresó hacia delante, subió al escenario y siguió con la obra, como si nada. No se veía sangre en sus ropas. Claro, estaba vestida de rojo. La de amarillo cayó sobre Ricardo, y lloró desconsolada, viendo que su traje se teñía de carmesí con la sangre de él, que manaba a borbotones. El yacía con la cabeza volcada hacia atrás, los ojos opacos fijos, sin nada más que mirar.
Yo no pude concentrarme en lo que decía la mujer de rojo. Sólo pensaba en qué haría con el cadáver de Ricardo, cómo haría para no quedar empapada en sangre, si no tendría problemas con el teatro por el enchastre, si no me encontrarían sospechosa, si se levantaría la obra, si tendría que llamar a la policía o a una ambulancia. Para qué, si estaba muerto.
Me quedé pensando que ni siquiera sé cómo se tramita un entierro, a quien le preguntaría si este era un caso para llevar a una fiscalía, donde conseguir un ataúd, donde se consigue un médico forense…
Todo era demasiado lío. Me convenía hacer mutis por el foro, dejarlo ahí, como si hubiera venido solo. Que se encarguen otros de él. Después de todo, el nunca pensó tanto en qué hacer conmigo.
Los llantos de la mujer de amarillo se me estaban haciendo insoportables. Decidí levantarme y salir de ahí, para no escucharla más. Y en ese acto, sentí que todo el auditorio me aplaudía y me gritaban bravo, bravo. Me llené de orgullo. Me había animado a irme ir sola, por fin.
De a poco encendieron las luces y vi que la mujer de rojo me hacía respetuosas reverencias y la de amarillo ya estaba en el escenario, saludándome con la mano, como deseándome suerte .No supe si eran sinceras o si seguían actuando. Si se trataba de lo primero, estaba agradecida, Si se trataba de lo segundo, eran buenas actrices y esta obra que tanto esperé ver tenia bien merecido su éxito de taquilla.
En eso vi que toda la gente e levantaba, como para salir.
El muerto también se levantó, se sacó toda la sangre con la mano, y mirando a los costados de la fila para ver por qué lado salir.
-Vamos, que esto terminó- me dijo.
- Claro que esto terminó- le dije, sin moverme de mi asiento-Hijo de puta, te acostaste con mi hermana.
Entre algodones
Cuando nació Milagros, los padres no podían creen lo que tenían entre los brazos.
Era una muñequita preciosa de porcelana.
Los otros bebés de la nursery eran monstruitos o larvas comparados con ella.
“Nació peinada” , reía el papá.
Es que tenía unos rulitos rubios perfectamente distribuidos por toda la cabecita, con un rulito perfecto exactamente en el medio de la frente. El color de su piel era blanco transparente, y sus mejillas sonrosadas enmarcaban una preciosa boquita, roja como un pequeño corazón. Como si se hubiera pintado los labios antes de nacer. Sus ojos eran puras pestañas rizadas. Apenas los dos acariciaron la perfecta curvatura de su mejilla en miniatura, ella abrió dos enormes ojazos color turquesa, como sorprendida. Y juran que hasta el obstetra, que generalmente no mira mucho a los recién nacidos, dijo “ ¡Ahhhh, qué belleza!”.
De ahí en más solo llamó la atención por lo bonita y graciosa que era. Cuando sonreía, tenía un hoyuelo en cada mejilla. Una muñequita. A mamá la paraban en la calle para ver a al nena un rato más. Le compraron las mejores ropas. Su habitación era un ensueño de peluches color pastel y cama de bronce con baldaquino y tules rosados.
Se sentían muy afortunados de tener una nena tan preciosa. Ninguno de los dos era muy agraciado, y no entendían de dónde venían esos genes perfectos.
Milagros era alegre, cariñosa, y buena como el pan. Esperanzados, los papás tuvieron dos hijos más. Ambos varones, narigones, morenos, de rasgos angulosos, y torpes como focas fuera del agua. Milagros hacía todo con gracia infinita. Había que verla tomar la taza de té con sus manitas regordetas, o atarse los cordones de sus zapatos con esos deditos finos y gráciles. Los abuelos y los tíos se peleaban por cuidarla. Nunca hacía falta, porque los papás no la dejaban ni a sol ni a sombra .
En la escuela fue elegida mejor compañera, mejor alumna, escolta y también abanderada.
Tuvo algunos temas de celos con alguna compañerita, pero ella todo lo solucionaba hablando, escuchando y comprendiendo a todo el mundo. La gente les decía “ Llévenla a la tele” , justo a ellos, que odiaban la televisión.
Los padres cuidaron su educación hasta en el último detalle. La enviaron a una carísima escuela con método Montessori, en la que aprendió a leer a los cuatro años, le pusieron profesora particular de piano, francés, inglés y danzas clásicas, y le prohibieron mirar televisión en casa de las amigas , para que no entraran imágenes violentas en su tierna cabecita. En casa, por supuesto no había tele. En los ratos libres, todos conversaban , pintaban , leían, tocaban el piano o cocinaban todos juntos . Una familia realmente unida y sana.
De pronto Milagros cumplió quince años, ya era toda una mujercita.
Por suerte para los padres no había ningún chico que le viniera bien. Todos eran muy zarpados. “ Todos los chicos transan y curten “ , decía el hermano. Por eso prefiriendo no autorizarla a ir a bailes y fiestas. Para qué quemar etapas
Milagros estudió tanto que la secundaria pasó como una exhalación. Se recibió con diploma de honor. Papá la llevaba al colegio y la pasaba a buscar, todos los días, sin falta, no sea cosa que le pase algo a la nena hay tantos locos sueltos.
De pronto se empezó a escuchar hablar de violaciones, asaltos y secuestros extorsivos por el barrio. Todos los vecinos le decían a la mamá “ Ustedes cuiden a Milagritos, porque esa chica tan llamativa no puede andar leyendo y viniendo por la calle. Todo esté muy raro, la calle no es como antes. Hay borrachos y drogadictos. El otro día la siguieron a Carlita, la hija de Juan, y pasaron un mal momento” .
En un país en crisis, la gente indigente está desesperada y es capaz de cualquier cosa.
Milagros no era de salir mucho, pero a veces quería ir con las amigas al shopping. Y aunque mamá las llevara y las pasara a a buscar, si pasada cierta hora Mili no aparecía en la esquina convenida, mamá ya empezaba a sudar frío. Los hermanos estaban hartos de escuchar hablar de qué le pasará a Mili que no llama, qué le pasa que no vuelve, a qué hora dijo que la pasemos a buscar. Incluso a veces el hermano menor tenía que llevarla a y buscarla a las casas de las amigas, para que no volviera sola.
“No es justo para los chicos” , dijo un día el papá. “Este barrio ya no es seguro para nadie” . Decidieron vender la casa y mudarse a una hermosa casa en un country.
Total, Mili el año que viene entraría a la universidad, y se dedicaría sólo al estudio, así qué importa vivir acá o allá. Ella había decidido estudiar Ciencias de la Educación , porque le gustaba estar con los hermanitos menores de sus amigas. Le encantaban los chicos.
La universidad quedaba como a una hora de viaje del country, y no había ninguna manera de asegurarse de que ella pudiera ir y volver a la Facultad sana y salva, con la garantía de que no le pasara nada en el trayecto y viajara absolutamente segura .
“Ya pensaremos en algo” dijo papá “Tal vez un pool con los vecinos” .
Cuando fueron a conocer la nueva casa todos hicieron “ Aaaaah , que belleza”, como cuando nació Mili.
Era una fabulosa casa de madera blanca, con ventanales de pared a pared que dejaban ver un parque lleno de flores, y una terraza gigante frente a un lago con totoras y patitos, donde justo se ponía el sol permitiéndoles disfrutar de crepúsculos alucinantemente hermosos. Cada uno tenía una habitación decorada como una tapa de revista de interiores. La de Mili era el sueño de cualquier chica. Encima tenía un vestidor con espejo gigante, y lugar para poner sus adorables vestidos y sus zapatos haciendo juego.
Tenían un playroom donde se reunían a jugar a las cartas, leer o mirar alguna película, claro que nada de tele , que te pudre la cabeza.
Pero casi siempre estaban en el living junto al fuego, o en la cocina gigante y luminosa, inmaculadamente blanca.
“Hicimos bien en mudarnos”, dijo papá. “La calidad de vida que tenemos acá no la teníamos en la ciudad. Y, por sobre todas las cosas, al fin vamos a poder estar tranquilos de que acá a los chicos no les va a pasar nada. Hay seguridad y vigilancia, y Milagritos está a salvo.”.
Ese verano, Mili invitó a algunas de sus amigas de la secundaria a la pileta, y ellas mismas hicieron el asado. Muchas chicas se quedaban a dormir, como solían hacer en la ciudad, para que Mili no tuviera que salir de casa y las chicas no tuvieran que volver a la suya cuando ya se estaba haciendo de noche. Se despidieron largamente sabiendo que con el ingreso a la facultad, cada una haría su destino y estarían muy ocupadas para ningún pijama party.
Hacia el fin del verano, papá y mamá hicieron averiguaciones para ver si había combis puerta a puerta que la llevara a Mili a la facultad. Pero ninguna línea regular hacía ese servicio. Y las que lo hacían, salían más caras que ir a la Facultad en helicóptero. Entonces papá pensó que lo mejor sería contratar a una remisería de confianza que les recomendara un chofer que se encargara de buscar a Mili a casa todas las mañanas, llevarla a la Facultad, y traerla de vuelta a casa todas las tardes, apenas terminaran las clases. Un tío en la zona les dijo que la mejor remisoria era San Cristóbal, que tenía todos autos cero kilómetro con airbag y aire acondicionado, como merecía Mili. Y también le habló de un muchacho llamado Rubén, impecable y muy responsable. A veces el tío le daba sobres con mucho dinero para que lleve al centro, y jamás habían tenido problemas. Era de suma confianza y los sobres llegaban a tiempo, llueva o truene. Muchos vecinos pedían que fuera él quien les llevara los chicos o cosas de valor, porque era muy honesto y era capaz de esperar horas sin dormir hasta que los chicos salieran de un baile. Además, no tomaba ni fumaba.
Tuvieron miedo de que se Rubén estuviera muy cargado de trabajo, ya que era tan requerido por todos.
Pero la recomendación del tío valió la pena, y se resolvió que Rubén dejaría otros compromisos en manos de otro remisero para llevar a Milagros, ya que era tan importante que los padres supieran que la nena llegara bien a la facultad, y que Rubén la esperara ahí hasta la hora de salida, salvo que pudiera hacer algún viajecito en el medio del que pudiera regresar media hora antes de la salida de Mili.
La semana anterior del comienzo de las clases, los padres recibieron a Rubén en la casa para explicarle como sería el sistema para el resto del año. Rubén entendió clarísimo todo, y se comprometió a llamar a los padres ante cualquier demora que hubiera, sea porque se extendiera una clase de Mili o porque hubiera mucho tráfico en la ruta.
Les pareció un muchacho serio, impecablemente vestido, de extracción sencilla, pero atento y responsable. Milagros también estuvo de acuerdo en que sea él quien la llevara y trajera.
Así, Milagros empezó al facultad, y estaba tan atareada con los estudios, que llegaba y se encerraba en su dormitorio con los libros. Estaba feliz con la facultad, y a medida que pasaba el año se mostró más entusiasmada y con más ganas de terminar sus estudios con las mejores notas. Dijo que la facultad era un lugar hermoso, lleno de gente encantadora, que se estaba haciendo muy buenos amigos nuevos, y que no podría invitarlos a casa porque todos tenían muchos trabajo con los parciales, y el country les quedaba a todos demasiado lejos. Pero que no se preocupen por ella, porque estaba superfeliz con la carrera elegida. En suma, la nena estaba bien, la familia se despreocupó, y todos estaban tranquilos y relajados.
-Milagros está muy crecida-, dijo una noche papá.- ¿ Viste que seria y calladita que está últimamente?”
-Si- dijo la mamá- Está totalmente compenetrada en sus estudios.
-¿Y cómo le está yendo?- preguntó él
- Creo que bien – respondió ella.
- ¿ Vos le viste notas? – dijo él
- No , pero ya está grande , y es responsable de su desempeño. No puedo estar pidiéndole notas si está en la facultad.
- Tenes razón – dijo el papá.
Pero la mamá se quedo pensando que era cierto, que no sabían nada de notas. Entró a la cocina para hacerse un té y vio a Mili abriendo la heladera.
- ¿Tenés hambre, mi amor?- dijo mamá
Mili pego un respingo, sorprendida, y cerró la heladera de golpe..
- ¡ Epa! ¿te asusté? – dijo la mamá.
- No, soolo estaba viendo…- dijo Mili, turbada- Tengo ganas de comer aceitunas.
- ¿ Aceitunas , vos?
- Si, no sé por qué me dieron ganas…. ¿No hay?
- No, pero ya vamos a cenar- le dijo la mamá.
- Bueno, sigo estudiando- dijo Mili
Mientras subía la escalera la mamá la miró orgullosa. Por Dios, ya no es una nena, es toda una mujerota. Que lindo cuerpo desarrolló. Está más tetona y más culona .
La mamá volvió al living y dijo al papá :
-Nuestra hija esta hecha una bombonaza
-Es una nena- dijo él .
-No es una nena, vieras las tetas que tiene. La mitad de la ropa no le debe cerrar. Debe tener a todos los pibes de la facultad detrás de ella – insistió ella .
- Por Dios, qué ocurrencia. Es muy inocente para eso .
- Ella puede ser inocente, pero a los tipos no se les escapa ese cuerpito- dijo ella.
- ¿ Le preguntaste por las notas? – dijo papá, irritado, cambiando de tema
-No, ¿tiene que ser ahora?
- Si no le preguntás vos, le pregunto yo
- Ufa. Que venga y nos cuente- dijo la mamá.
Mamá subió la escalera lentamente, pensando en cómo se lo preguntaría. Vio la puerta del cuarto de Mili entreabierta y golpeó discretamente…
- Milagros …
No respondía, pese a que estaba la luz prendida . ¿ Estaría en el playroom? ¿ O en la terraza?
- Milagros …
Vio abrirse detrás suyo la puerta del baño . Y Milagros otra vez pegó un salto al verla .
- Hija , ¿ porqué te asusto? ¿Tan fea estoy?- preguntó la mamá
- No . no sabía que estaba acá…¿Qué pasa?
- Papa y yo te queremos hablar.
Milagros se quedó helada en el pasillo. La mamá vio que se ponía roja como un tomate, y después blanca , con ese blanco transparente como la vieron de recién nacida,. Le tembló la barbilla y se le llenaron los ojos de lágrimas. Bajó la mirada y enfiló a su cuarto, corriendo con el brazo a su madre para poder pasar.
- ¿Podés bajar un segundo, para conversar?
- Está bien, lo hablamos. – dijo Mili en un hilo de voz , mirando el piso, y dejando bajo una carpeta sobre su escritorio una bolsita que la madre recién se percataba que ella llevaba en la mano al salir del baño.
- Vos bajá que yo cierro las ventanas, que esta entrando frío –mintió la madre .
Sintió que sus manos le temblaban como hojas . “ ¿ Qué pasa ahora con esta chica?” , pensó.
Milagros obedeció ciegamente, y salió arrastrando los pies, como quien va al cadalso..
Mamá entró al cuarto como una autómata y trato de recordar como se cerraban las ventanas.
Sólo pensaba en eso bolsita de nylon debajo de la carpeta .
No estaba bien que husmee el escritorio de su hija. Pero la reacción de Milagros había sido extrañísima y ella imaginaba lo peor.
Milagros había sido criada entre algodones.
Seguramente, al llegar a la facultad , se encontró con un grupo de pibes modernos, de ciudad, sin prejuicios, inadaptados. Y ya se sabe que la droga está por todos lados. Por eso Mialkgros se asusta cada vez que la ve. Por eso está tan callada últimamente. Por eso pasa horas encerrada en su cuarto, ya no habla con ellos, no lleva amigos a la casa, y no muestra sus notas. Se está drogando.
No, como madre no podía tocar esa bolsa.
Si su hija se daba cuenta de que había toqueteado sus cosas le perdería la confianza para siempre. Pero también era su deber de madre saber en qué andaba Milagros.
A lo mejor es una bolsa de chocolates. La veo más gordita, y tal vez come golosinas a escondidas, como cuando era chica , pensó , sonriendo, convencida de que lo decía solo para consolarse .
Avanzó hacia el escritorio sintiendo el corazón latir tan fuerte que la escucharían abajo. Tomó la bolsita de nylon, que estaba prolijamente enrollada en torno a algo blanco y alargado, por Dios que no sea una pajita para aspirar cocina.
Lo desenvolvió lo más rápido que pudo tratando de memorizar la manera en que estaba envuelto para volver a colocarlo igual y que Mili no supiera que lo abrió.
Pero sintió que el proceso demoraba años. No podía controlar el temblor de las manos. Cuando lo vio a través del plástico , ya supo que era. Pero pensó “estoy viendo mal”, por el reflejo de la luz en el nylon . Entonces lo sacó, pensando “ Caray soy la madre. No va a venir un policía a tomarme las huellas digilares.”
Sí. Era lo que había pensado un segundo antes.
Un test de embarazo. Con dos rayitas azules paralelas. Positivo.
“Es de una amiga, y lo guardó Mili”, pensó la mamá. ¿Pero para qué? Absurdo. El test se usa y se tira. ¿Adónde se tira? En el baño. Pero si se tira en el baño, lo ven todos los que van al baño. Mili estaba saliendo del baño. Acaba de hacérselo.
La muy torpe no leyó las instrucciones. Esto se hace con el primer pis de la mañana , que tiene las hormonas más concentradas. Y ya es casi de noche. O sea que está tan embarazada que siendo casi de noche le dio positivo. Bueno, esto amerita explicaciones y una junta familiar .Espero que Carlos no se muera de un infarto en el sofá cuando lo sepa. No, no se lo puedo ocultar. Qué vamos a hacer.
Ella bajó.
Y vio a Carlos mirando a Mili que miraba al piso. “¿ Ya hablaron, o no?” , pensó .
- Acá está mamá, así que ahora se lo decís a ella – dijo papá
- ¿Que cosa? - dijo mamá, para saber qué sabía él .
- Ella dice que si ya nos enteramos, que no lo hizo a propósito, que se dio así, naturalmente, pero que no sabia como decírnoslo.
Mamá se arrodilló frente a ella, para alinear su mirada con la de ella, que miraba el piso. .
- Hija, ¿Cómo no nos dijiste nada? Somos tus padres, en esto te tenemos que ayudar como sea.
- Es una desgracia – dijo papá – tanto esfuerzo …
- ¡ No digas eso Carlos! Veamos qué opina ella ...Mili, ¿Nos contás como fue?
- Nada , la princesa es una vaga y no quiere seguir estudiando más …- dijo papá
- ¿ Queeeé? – dijo Milagros - ¿De qué hablás?- y abrió sus ojazos azules como platos – Mamá …¿ De qué querían hablar conmigo?
- De que no sabemos como te va en la Facultad, pero es obvio que no estás estudiando nada, y que te va mal, con esa cara que tenés…
Milagros miró para todos lados, como tratando de entender…
- ¡ En la Facultad me esta yendo lo más bien y no pienso dejarla!
- ¿ Y qué cuernos es lo que no hiciste a propósito y te acongoja tanto?
- ¿ De qué me querían hablar ustedes? - preguntó Milagros, confundida
- - De tus estudios – dijo él .
- De esto- dijo la mamá, mostrándole el test. –De tu embarazo.
- ¿Qué? – dijo el papá, mirándolas a las dos, incrédulo.
Mamá le mostró el test a Mili.
- ¿ Es tuyo, verdad?
Ella siguió mirando el piso. Mamá le pasó el test a papá .
- Dos rayitas azules es positivo. Mirá con tus propios ojos.
Papá lo miro y lo soltó como si quemara. Se agarró la cara con las dos manos, y se apoyó en el respondo del sofá, para no caerse al piso.
Mamá le puso una mano en la rodilla a Mili .
- ¿ Tenés novio?
- Si .
- ¿Por qué no nos contaste?
- Porque no les iba a gustar …
- Hija, ya sos grande y podés enamorarte de quien quieras. A tu edad yo conocí a papi. ¿Hace mucho que están saliendo?
- Cinco meses.
- Lo conociste cuando empezaron las clases.
- Si .
- ¿ Estás enamorada?
- Si .
- Contame como es él.
- Ustedes lo conocen.
Papa abrió dos dedos para ver la escena, y los cerró rápidamente.
- ¿Como que lo conocemos, si nunca trajiste un amigo a casa?
- Lo conocen. Es Rubén.
- ¿Rubén, el remisero?
- Si.
- ¡Pero si es casado y tiene tres hijos!
- Pero va a dejar a su mujer.
Papá se levanto y saló a la terraza gritando.
- Yo el hago juicio a él y a la remisería. Los hundo a todos . ¡Hijo de puta!
- Papa Rubén es un santo, no tiene culpa de nada.
- Carlos, calmate- dijo mamá – Hija …decime cómo fue.
- Nada, charlábamos todos los días, a la ida y a la vuelta, y me enamoré. Es un ser angelical, es divino.
- Pero no podés tener un hijo con el remisero.
- Mamá, ya lo tengo. Está acá.- dijo ella, acariciándose el vientre.
Esa noche se fueron a dormir a las cuatro de la mañana.
Evaluaron todas las posibilidades. Milagros no quería abortar. Tampoco quería que papá y mamá hablaran con Rubén. Faltó tres días a la facultad porque nadie estaba en condiciones de pensar en otra cosa que en cómo salir del atolladero. Para Mili era muy fácil: se casaría con Rubén y se irían a vivir a la casa de la tía de el, que vivía por ahí cerca, en el barrio y tenia un jardín muy lindo. Hasta sugirió que si papá los quería ayudar, podría ofrecerle a Rubén un puesto en la fábrica. Papá no quería ni ver a Rubén, porque tenía miedo de matarlo. Mamá lo citó una tarde, y casi se desmaya tres veces cuando vio que Mili lo agarraba de la mano, y él le acariciaba la panza y tiernamente. No, no eran los planes que tenían para la nena. La vida entera les hacía pito catalán. Para colmo éste Rubén había dejado a dos mujeres embarazadas. Tenía hijos de dos parejas. Con este, de tres. La buena noticia era que nunca se había casado con ninguna, y sí pensaba casarse con Mili. La mala era que no tenía ni el secundario completo, y se comprometió a terminarlo “si es lo que ustedes quieren”. Mamá tampoco quería dejarla mucho a Mili con ese bruto, y los tres se convirtieron en una especie de trío que iba al obstetra juntos, planeaban donde podrían vivir, cómo seguir adelante con ese niñito que crecía sin parar, que por Dios que se parezca a Mili y no a Rubén , que parecía un jugador de fútbol, de tan tosco.
Una mañ
Era una muñequita preciosa de porcelana.
Los otros bebés de la nursery eran monstruitos o larvas comparados con ella.
“Nació peinada” , reía el papá.
Es que tenía unos rulitos rubios perfectamente distribuidos por toda la cabecita, con un rulito perfecto exactamente en el medio de la frente. El color de su piel era blanco transparente, y sus mejillas sonrosadas enmarcaban una preciosa boquita, roja como un pequeño corazón. Como si se hubiera pintado los labios antes de nacer. Sus ojos eran puras pestañas rizadas. Apenas los dos acariciaron la perfecta curvatura de su mejilla en miniatura, ella abrió dos enormes ojazos color turquesa, como sorprendida. Y juran que hasta el obstetra, que generalmente no mira mucho a los recién nacidos, dijo “ ¡Ahhhh, qué belleza!”.
De ahí en más solo llamó la atención por lo bonita y graciosa que era. Cuando sonreía, tenía un hoyuelo en cada mejilla. Una muñequita. A mamá la paraban en la calle para ver a al nena un rato más. Le compraron las mejores ropas. Su habitación era un ensueño de peluches color pastel y cama de bronce con baldaquino y tules rosados.
Se sentían muy afortunados de tener una nena tan preciosa. Ninguno de los dos era muy agraciado, y no entendían de dónde venían esos genes perfectos.
Milagros era alegre, cariñosa, y buena como el pan. Esperanzados, los papás tuvieron dos hijos más. Ambos varones, narigones, morenos, de rasgos angulosos, y torpes como focas fuera del agua. Milagros hacía todo con gracia infinita. Había que verla tomar la taza de té con sus manitas regordetas, o atarse los cordones de sus zapatos con esos deditos finos y gráciles. Los abuelos y los tíos se peleaban por cuidarla. Nunca hacía falta, porque los papás no la dejaban ni a sol ni a sombra .
En la escuela fue elegida mejor compañera, mejor alumna, escolta y también abanderada.
Tuvo algunos temas de celos con alguna compañerita, pero ella todo lo solucionaba hablando, escuchando y comprendiendo a todo el mundo. La gente les decía “ Llévenla a la tele” , justo a ellos, que odiaban la televisión.
Los padres cuidaron su educación hasta en el último detalle. La enviaron a una carísima escuela con método Montessori, en la que aprendió a leer a los cuatro años, le pusieron profesora particular de piano, francés, inglés y danzas clásicas, y le prohibieron mirar televisión en casa de las amigas , para que no entraran imágenes violentas en su tierna cabecita. En casa, por supuesto no había tele. En los ratos libres, todos conversaban , pintaban , leían, tocaban el piano o cocinaban todos juntos . Una familia realmente unida y sana.
De pronto Milagros cumplió quince años, ya era toda una mujercita.
Por suerte para los padres no había ningún chico que le viniera bien. Todos eran muy zarpados. “ Todos los chicos transan y curten “ , decía el hermano. Por eso prefiriendo no autorizarla a ir a bailes y fiestas. Para qué quemar etapas
Milagros estudió tanto que la secundaria pasó como una exhalación. Se recibió con diploma de honor. Papá la llevaba al colegio y la pasaba a buscar, todos los días, sin falta, no sea cosa que le pase algo a la nena hay tantos locos sueltos.
De pronto se empezó a escuchar hablar de violaciones, asaltos y secuestros extorsivos por el barrio. Todos los vecinos le decían a la mamá “ Ustedes cuiden a Milagritos, porque esa chica tan llamativa no puede andar leyendo y viniendo por la calle. Todo esté muy raro, la calle no es como antes. Hay borrachos y drogadictos. El otro día la siguieron a Carlita, la hija de Juan, y pasaron un mal momento” .
En un país en crisis, la gente indigente está desesperada y es capaz de cualquier cosa.
Milagros no era de salir mucho, pero a veces quería ir con las amigas al shopping. Y aunque mamá las llevara y las pasara a a buscar, si pasada cierta hora Mili no aparecía en la esquina convenida, mamá ya empezaba a sudar frío. Los hermanos estaban hartos de escuchar hablar de qué le pasará a Mili que no llama, qué le pasa que no vuelve, a qué hora dijo que la pasemos a buscar. Incluso a veces el hermano menor tenía que llevarla a y buscarla a las casas de las amigas, para que no volviera sola.
“No es justo para los chicos” , dijo un día el papá. “Este barrio ya no es seguro para nadie” . Decidieron vender la casa y mudarse a una hermosa casa en un country.
Total, Mili el año que viene entraría a la universidad, y se dedicaría sólo al estudio, así qué importa vivir acá o allá. Ella había decidido estudiar Ciencias de la Educación , porque le gustaba estar con los hermanitos menores de sus amigas. Le encantaban los chicos.
La universidad quedaba como a una hora de viaje del country, y no había ninguna manera de asegurarse de que ella pudiera ir y volver a la Facultad sana y salva, con la garantía de que no le pasara nada en el trayecto y viajara absolutamente segura .
“Ya pensaremos en algo” dijo papá “Tal vez un pool con los vecinos” .
Cuando fueron a conocer la nueva casa todos hicieron “ Aaaaah , que belleza”, como cuando nació Mili.
Era una fabulosa casa de madera blanca, con ventanales de pared a pared que dejaban ver un parque lleno de flores, y una terraza gigante frente a un lago con totoras y patitos, donde justo se ponía el sol permitiéndoles disfrutar de crepúsculos alucinantemente hermosos. Cada uno tenía una habitación decorada como una tapa de revista de interiores. La de Mili era el sueño de cualquier chica. Encima tenía un vestidor con espejo gigante, y lugar para poner sus adorables vestidos y sus zapatos haciendo juego.
Tenían un playroom donde se reunían a jugar a las cartas, leer o mirar alguna película, claro que nada de tele , que te pudre la cabeza.
Pero casi siempre estaban en el living junto al fuego, o en la cocina gigante y luminosa, inmaculadamente blanca.
“Hicimos bien en mudarnos”, dijo papá. “La calidad de vida que tenemos acá no la teníamos en la ciudad. Y, por sobre todas las cosas, al fin vamos a poder estar tranquilos de que acá a los chicos no les va a pasar nada. Hay seguridad y vigilancia, y Milagritos está a salvo.”.
Ese verano, Mili invitó a algunas de sus amigas de la secundaria a la pileta, y ellas mismas hicieron el asado. Muchas chicas se quedaban a dormir, como solían hacer en la ciudad, para que Mili no tuviera que salir de casa y las chicas no tuvieran que volver a la suya cuando ya se estaba haciendo de noche. Se despidieron largamente sabiendo que con el ingreso a la facultad, cada una haría su destino y estarían muy ocupadas para ningún pijama party.
Hacia el fin del verano, papá y mamá hicieron averiguaciones para ver si había combis puerta a puerta que la llevara a Mili a la facultad. Pero ninguna línea regular hacía ese servicio. Y las que lo hacían, salían más caras que ir a la Facultad en helicóptero. Entonces papá pensó que lo mejor sería contratar a una remisería de confianza que les recomendara un chofer que se encargara de buscar a Mili a casa todas las mañanas, llevarla a la Facultad, y traerla de vuelta a casa todas las tardes, apenas terminaran las clases. Un tío en la zona les dijo que la mejor remisoria era San Cristóbal, que tenía todos autos cero kilómetro con airbag y aire acondicionado, como merecía Mili. Y también le habló de un muchacho llamado Rubén, impecable y muy responsable. A veces el tío le daba sobres con mucho dinero para que lleve al centro, y jamás habían tenido problemas. Era de suma confianza y los sobres llegaban a tiempo, llueva o truene. Muchos vecinos pedían que fuera él quien les llevara los chicos o cosas de valor, porque era muy honesto y era capaz de esperar horas sin dormir hasta que los chicos salieran de un baile. Además, no tomaba ni fumaba.
Tuvieron miedo de que se Rubén estuviera muy cargado de trabajo, ya que era tan requerido por todos.
Pero la recomendación del tío valió la pena, y se resolvió que Rubén dejaría otros compromisos en manos de otro remisero para llevar a Milagros, ya que era tan importante que los padres supieran que la nena llegara bien a la facultad, y que Rubén la esperara ahí hasta la hora de salida, salvo que pudiera hacer algún viajecito en el medio del que pudiera regresar media hora antes de la salida de Mili.
La semana anterior del comienzo de las clases, los padres recibieron a Rubén en la casa para explicarle como sería el sistema para el resto del año. Rubén entendió clarísimo todo, y se comprometió a llamar a los padres ante cualquier demora que hubiera, sea porque se extendiera una clase de Mili o porque hubiera mucho tráfico en la ruta.
Les pareció un muchacho serio, impecablemente vestido, de extracción sencilla, pero atento y responsable. Milagros también estuvo de acuerdo en que sea él quien la llevara y trajera.
Así, Milagros empezó al facultad, y estaba tan atareada con los estudios, que llegaba y se encerraba en su dormitorio con los libros. Estaba feliz con la facultad, y a medida que pasaba el año se mostró más entusiasmada y con más ganas de terminar sus estudios con las mejores notas. Dijo que la facultad era un lugar hermoso, lleno de gente encantadora, que se estaba haciendo muy buenos amigos nuevos, y que no podría invitarlos a casa porque todos tenían muchos trabajo con los parciales, y el country les quedaba a todos demasiado lejos. Pero que no se preocupen por ella, porque estaba superfeliz con la carrera elegida. En suma, la nena estaba bien, la familia se despreocupó, y todos estaban tranquilos y relajados.
-Milagros está muy crecida-, dijo una noche papá.- ¿ Viste que seria y calladita que está últimamente?”
-Si- dijo la mamá- Está totalmente compenetrada en sus estudios.
-¿Y cómo le está yendo?- preguntó él
- Creo que bien – respondió ella.
- ¿ Vos le viste notas? – dijo él
- No , pero ya está grande , y es responsable de su desempeño. No puedo estar pidiéndole notas si está en la facultad.
- Tenes razón – dijo el papá.
Pero la mamá se quedo pensando que era cierto, que no sabían nada de notas. Entró a la cocina para hacerse un té y vio a Mili abriendo la heladera.
- ¿Tenés hambre, mi amor?- dijo mamá
Mili pego un respingo, sorprendida, y cerró la heladera de golpe..
- ¡ Epa! ¿te asusté? – dijo la mamá.
- No, soolo estaba viendo…- dijo Mili, turbada- Tengo ganas de comer aceitunas.
- ¿ Aceitunas , vos?
- Si, no sé por qué me dieron ganas…. ¿No hay?
- No, pero ya vamos a cenar- le dijo la mamá.
- Bueno, sigo estudiando- dijo Mili
Mientras subía la escalera la mamá la miró orgullosa. Por Dios, ya no es una nena, es toda una mujerota. Que lindo cuerpo desarrolló. Está más tetona y más culona .
La mamá volvió al living y dijo al papá :
-Nuestra hija esta hecha una bombonaza
-Es una nena- dijo él .
-No es una nena, vieras las tetas que tiene. La mitad de la ropa no le debe cerrar. Debe tener a todos los pibes de la facultad detrás de ella – insistió ella .
- Por Dios, qué ocurrencia. Es muy inocente para eso .
- Ella puede ser inocente, pero a los tipos no se les escapa ese cuerpito- dijo ella.
- ¿ Le preguntaste por las notas? – dijo papá, irritado, cambiando de tema
-No, ¿tiene que ser ahora?
- Si no le preguntás vos, le pregunto yo
- Ufa. Que venga y nos cuente- dijo la mamá.
Mamá subió la escalera lentamente, pensando en cómo se lo preguntaría. Vio la puerta del cuarto de Mili entreabierta y golpeó discretamente…
- Milagros …
No respondía, pese a que estaba la luz prendida . ¿ Estaría en el playroom? ¿ O en la terraza?
- Milagros …
Vio abrirse detrás suyo la puerta del baño . Y Milagros otra vez pegó un salto al verla .
- Hija , ¿ porqué te asusto? ¿Tan fea estoy?- preguntó la mamá
- No . no sabía que estaba acá…¿Qué pasa?
- Papa y yo te queremos hablar.
Milagros se quedó helada en el pasillo. La mamá vio que se ponía roja como un tomate, y después blanca , con ese blanco transparente como la vieron de recién nacida,. Le tembló la barbilla y se le llenaron los ojos de lágrimas. Bajó la mirada y enfiló a su cuarto, corriendo con el brazo a su madre para poder pasar.
- ¿Podés bajar un segundo, para conversar?
- Está bien, lo hablamos. – dijo Mili en un hilo de voz , mirando el piso, y dejando bajo una carpeta sobre su escritorio una bolsita que la madre recién se percataba que ella llevaba en la mano al salir del baño.
- Vos bajá que yo cierro las ventanas, que esta entrando frío –mintió la madre .
Sintió que sus manos le temblaban como hojas . “ ¿ Qué pasa ahora con esta chica?” , pensó.
Milagros obedeció ciegamente, y salió arrastrando los pies, como quien va al cadalso..
Mamá entró al cuarto como una autómata y trato de recordar como se cerraban las ventanas.
Sólo pensaba en eso bolsita de nylon debajo de la carpeta .
No estaba bien que husmee el escritorio de su hija. Pero la reacción de Milagros había sido extrañísima y ella imaginaba lo peor.
Milagros había sido criada entre algodones.
Seguramente, al llegar a la facultad , se encontró con un grupo de pibes modernos, de ciudad, sin prejuicios, inadaptados. Y ya se sabe que la droga está por todos lados. Por eso Mialkgros se asusta cada vez que la ve. Por eso está tan callada últimamente. Por eso pasa horas encerrada en su cuarto, ya no habla con ellos, no lleva amigos a la casa, y no muestra sus notas. Se está drogando.
No, como madre no podía tocar esa bolsa.
Si su hija se daba cuenta de que había toqueteado sus cosas le perdería la confianza para siempre. Pero también era su deber de madre saber en qué andaba Milagros.
A lo mejor es una bolsa de chocolates. La veo más gordita, y tal vez come golosinas a escondidas, como cuando era chica , pensó , sonriendo, convencida de que lo decía solo para consolarse .
Avanzó hacia el escritorio sintiendo el corazón latir tan fuerte que la escucharían abajo. Tomó la bolsita de nylon, que estaba prolijamente enrollada en torno a algo blanco y alargado, por Dios que no sea una pajita para aspirar cocina.
Lo desenvolvió lo más rápido que pudo tratando de memorizar la manera en que estaba envuelto para volver a colocarlo igual y que Mili no supiera que lo abrió.
Pero sintió que el proceso demoraba años. No podía controlar el temblor de las manos. Cuando lo vio a través del plástico , ya supo que era. Pero pensó “estoy viendo mal”, por el reflejo de la luz en el nylon . Entonces lo sacó, pensando “ Caray soy la madre. No va a venir un policía a tomarme las huellas digilares.”
Sí. Era lo que había pensado un segundo antes.
Un test de embarazo. Con dos rayitas azules paralelas. Positivo.
“Es de una amiga, y lo guardó Mili”, pensó la mamá. ¿Pero para qué? Absurdo. El test se usa y se tira. ¿Adónde se tira? En el baño. Pero si se tira en el baño, lo ven todos los que van al baño. Mili estaba saliendo del baño. Acaba de hacérselo.
La muy torpe no leyó las instrucciones. Esto se hace con el primer pis de la mañana , que tiene las hormonas más concentradas. Y ya es casi de noche. O sea que está tan embarazada que siendo casi de noche le dio positivo. Bueno, esto amerita explicaciones y una junta familiar .Espero que Carlos no se muera de un infarto en el sofá cuando lo sepa. No, no se lo puedo ocultar. Qué vamos a hacer.
Ella bajó.
Y vio a Carlos mirando a Mili que miraba al piso. “¿ Ya hablaron, o no?” , pensó .
- Acá está mamá, así que ahora se lo decís a ella – dijo papá
- ¿Que cosa? - dijo mamá, para saber qué sabía él .
- Ella dice que si ya nos enteramos, que no lo hizo a propósito, que se dio así, naturalmente, pero que no sabia como decírnoslo.
Mamá se arrodilló frente a ella, para alinear su mirada con la de ella, que miraba el piso. .
- Hija, ¿Cómo no nos dijiste nada? Somos tus padres, en esto te tenemos que ayudar como sea.
- Es una desgracia – dijo papá – tanto esfuerzo …
- ¡ No digas eso Carlos! Veamos qué opina ella ...Mili, ¿Nos contás como fue?
- Nada , la princesa es una vaga y no quiere seguir estudiando más …- dijo papá
- ¿ Queeeé? – dijo Milagros - ¿De qué hablás?- y abrió sus ojazos azules como platos – Mamá …¿ De qué querían hablar conmigo?
- De que no sabemos como te va en la Facultad, pero es obvio que no estás estudiando nada, y que te va mal, con esa cara que tenés…
Milagros miró para todos lados, como tratando de entender…
- ¡ En la Facultad me esta yendo lo más bien y no pienso dejarla!
- ¿ Y qué cuernos es lo que no hiciste a propósito y te acongoja tanto?
- ¿ De qué me querían hablar ustedes? - preguntó Milagros, confundida
- - De tus estudios – dijo él .
- De esto- dijo la mamá, mostrándole el test. –De tu embarazo.
- ¿Qué? – dijo el papá, mirándolas a las dos, incrédulo.
Mamá le mostró el test a Mili.
- ¿ Es tuyo, verdad?
Ella siguió mirando el piso. Mamá le pasó el test a papá .
- Dos rayitas azules es positivo. Mirá con tus propios ojos.
Papá lo miro y lo soltó como si quemara. Se agarró la cara con las dos manos, y se apoyó en el respondo del sofá, para no caerse al piso.
Mamá le puso una mano en la rodilla a Mili .
- ¿ Tenés novio?
- Si .
- ¿Por qué no nos contaste?
- Porque no les iba a gustar …
- Hija, ya sos grande y podés enamorarte de quien quieras. A tu edad yo conocí a papi. ¿Hace mucho que están saliendo?
- Cinco meses.
- Lo conociste cuando empezaron las clases.
- Si .
- ¿ Estás enamorada?
- Si .
- Contame como es él.
- Ustedes lo conocen.
Papa abrió dos dedos para ver la escena, y los cerró rápidamente.
- ¿Como que lo conocemos, si nunca trajiste un amigo a casa?
- Lo conocen. Es Rubén.
- ¿Rubén, el remisero?
- Si.
- ¡Pero si es casado y tiene tres hijos!
- Pero va a dejar a su mujer.
Papá se levanto y saló a la terraza gritando.
- Yo el hago juicio a él y a la remisería. Los hundo a todos . ¡Hijo de puta!
- Papa Rubén es un santo, no tiene culpa de nada.
- Carlos, calmate- dijo mamá – Hija …decime cómo fue.
- Nada, charlábamos todos los días, a la ida y a la vuelta, y me enamoré. Es un ser angelical, es divino.
- Pero no podés tener un hijo con el remisero.
- Mamá, ya lo tengo. Está acá.- dijo ella, acariciándose el vientre.
Esa noche se fueron a dormir a las cuatro de la mañana.
Evaluaron todas las posibilidades. Milagros no quería abortar. Tampoco quería que papá y mamá hablaran con Rubén. Faltó tres días a la facultad porque nadie estaba en condiciones de pensar en otra cosa que en cómo salir del atolladero. Para Mili era muy fácil: se casaría con Rubén y se irían a vivir a la casa de la tía de el, que vivía por ahí cerca, en el barrio y tenia un jardín muy lindo. Hasta sugirió que si papá los quería ayudar, podría ofrecerle a Rubén un puesto en la fábrica. Papá no quería ni ver a Rubén, porque tenía miedo de matarlo. Mamá lo citó una tarde, y casi se desmaya tres veces cuando vio que Mili lo agarraba de la mano, y él le acariciaba la panza y tiernamente. No, no eran los planes que tenían para la nena. La vida entera les hacía pito catalán. Para colmo éste Rubén había dejado a dos mujeres embarazadas. Tenía hijos de dos parejas. Con este, de tres. La buena noticia era que nunca se había casado con ninguna, y sí pensaba casarse con Mili. La mala era que no tenía ni el secundario completo, y se comprometió a terminarlo “si es lo que ustedes quieren”. Mamá tampoco quería dejarla mucho a Mili con ese bruto, y los tres se convirtieron en una especie de trío que iba al obstetra juntos, planeaban donde podrían vivir, cómo seguir adelante con ese niñito que crecía sin parar, que por Dios que se parezca a Mili y no a Rubén , que parecía un jugador de fútbol, de tan tosco.
Una mañ